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romance, drama, LGBT, erótica, psicológica

¿Rechazarías la compañía de la soledad cuando no puedes confiar en nadie más?

La vida me mostró a temprana edad el verdadero rostro de la gente tras sus máscaras de superficialidad. En mi oscura adolescencia, el amor de mi alma gemela fue lo único puro que pude saborear, pero el destino fue tan cruel que me lo arrebató y me condenó a la tragedia.

Sumida en mi profunda melancolía, solo hallaba consuelo mirando a través de la ventana de mi prisión. Sin embargo, una chispa resurgió en mí cuando vi su foto por primera vez…

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Edición nueva.

«—Eres muy intensa, ¿no? —resalto, sosteniendo mi invasiva sonrisa insinuante. Vayamos directo al grano como buenas amigas que desayunan juntas, Ana.

—¿Cómo? —Por favor, Ana, ahórrate tu linda expresión de ingenuidad.

—Escuché el “ruido” de anoche —subrayo, así le quedará más claro.

Al instante, Ana se ahoga con el sorbo de café con leche que acaba de beber, incluso se cubre con la mano para evitar convertirse en un aspersor.

¿Demasiado para ti, Ana?

—Gemiste intensamente durante unos cinco minutos —continúo, refrescando la agradable vivencia que también me duró unos escasos minutos, y que hoy tuve el placer de prolongar—. Parece que eres muy pasional. —Con tus gemidos y mi imaginación, ya lo creo que sí—. “Corto pero intenso”, suelen decir, ¿no?»

Capítulos

¿Puede una vivencia marcarte lo suficiente como para perder la confianza en la gente?

Recuerdo aquel día como si me lo hubieran grabado en la piel con un hierro candente. Por aquellas fechas era una niña de 9 años con una vida normal, quizás con ciertos privilegios de cría mimada porque mis padres son empresarios y han tenido un poder adquisitivo notable desde que tengo memoria. Sin embargo, apenas disfrutaba de su compañía, pero mi hermano mayor siempre estaba a mi lado cuidando de mí.

Como cada mañana entre semana, mi querido hermano Eric y yo acudimos al colegio privado del barrio. ¿Quién habría intuido que aquella mañana reluciente y de brisa otoñal tan agradable se convertiría en mi infierno?

—Hermanita, no des ni un paso más. —Eric apretó mi mano y me detuvo poco después de cruzar la verja de la entrada del colegio.

—¡¿Qué pasa?! —pregunté, alarmada, y contemplé su tierna sonrisa. Mi hermano estaba tan delgado que parecía un espagueti andante. Si incluía su cabeza melenuda en toda su silueta, su aspecto pasaba a ser el de una escobilla. Pero, indudablemente, era un chico alto y guapo y pasear con él de la mano irritaba a las mayorcitas que lo perseguían. Además, se comportaba como todo un caballero cargando con su mochila y la mía.

—Tienes el cordón desatado. ¿Quieres protagonizar la caída del siglo? —señaló con humor y se arrodilló delante de mí para atarme el zapato.

—¡Por eso me bailaba en el pie! —exclamé con asombro y él rio—. No domino el arte de atar cordones.

—Pero bien que sabes atar una cuerda de la manija de la puerta del baño a la de nuestra habitación para dejarme encerrado, ¿eh? —remarcó Eric, sonriente, y no pude contener la carcajada.

—¡Lo siento! Solo pongo en práctica tus clases de nudos. —Le dediqué una dulce mirada de niña apenada—. Se ve que no he practicado lo suficiente…

—Ni se te ocurra porque te dejaré sin agua caliente cuando te estés duchando —me amenazó con cariño mientras reforzaba el nudo del otro zapato.

—¡No, no! Eso no… —Acaricié su pelo tan negro como el mío y me percaté de la mirada envidiosa de una de las compañeras de mi hermano—. Estás peor que un oso. Pélate para que te veas más guapo.

—La bonita de la familia eres tú con ese pelazo —dijo y, tras ponerse de pie y echarse ambas mochilas al hombro, me pellizcó el moflete.

Ambos continuamos hasta la puerta principal del colegio. Allí, aquella chica rubia de ojos cristalinos que nos observaba se nos acercó destilando su altanería.

—¡Madre mía, Eric! ¿No te cansas de arrastrarte por este renacuajo? —Me sentí ofendida por las palabras y la risa burlona de aquella envidiosa, pero yo era tan bonachona y sensible que me refugié detrás de mi hermano.

—No hables así de Laura. Es mi hermana y la cuido como me dé la gana —respondió Eric con su encantador carácter protector.

—A ver, es un renacuajo, pero tiene brazos y piernas, o sea que puede llevar su mochila y atarse los zapatos ella sola. ¿Y lo de llevarla de la mano? Es que parece tu novia, ¿sabes? Los que no os conocen piensan que estáis enrollados. —El discurso de una envidiosa, así lo clasifiqué. Ella deseaba estar en mi lugar para recibir el trato especial de Eric, pero la única privilegiada era yo, su hermana pequeña.

—No me importa lo que diga la gente, Amanda. —Orgullosa, aproveché la firmeza de mi hermano para mostrarle la lengua a esa chica desde las sombras. Disfruté con la mueca de asco que se apoderó de su cara—. No quiero seguir hablando sobre eso.

En ese instante, distinguí a mi grupo de amigas en el fondo del vestíbulo, en especial, a mi mejor amiga. Verla a primera hora por las mañanas hacía que mis días resplandecieran más que el sol del verano y que la armonía de la primavera. Marta, mi amada Marta Alonso, despertaba una chispa en mi interior que me brotaba en forma de alegría desmesurada.

—¡Marta está allí! —Me abalancé sobre mi hermano y le arrebaté mi mochila en un pestañeo—. ¡Me voy! —Eché a correr enseguida.

—¡Vale! ¡Nos vemos luego! ¡Y ve con cuidado! —vociferó mi hermano, pero no le presté atención.

Mi punto de mira estaba centrado en ella. El mundo a mi alrededor se desvanecía cuanto más me acercaba. La mochila me incomodaba rebotando en mi espalda, pero eso no me impidió apresurar las zancadas.

—¡Hola! —Irrumpí en el grupo agitada y rebosante de felicidad. Ellas correspondieron mi saludo, aunque solo anhelaba escuchar la melódica voz de Marta.

—¡Me encanta Laura! Siempre llega riendo —señaló Tania, una de mis amigas, con agrado.

—¡Me gusta reír! —exclamé y abracé a mi adorada amiga repentina y fugazmente.

—Pues no sé qué la pone tan contenta. Odio venir a clase —comentó Noelia, la más pesimista y amargada de todas.

—A mí me gusta su energía. Me mantiene despierta a todas horas —destacó Marta mientras acariciaba mis cabellos y creí flotar entre corazones. No solo me atraía que fuera mimosa conmigo, sino también su melena con ese tono de chocolate y sus lindos ojos almendrados.

—Hago lo que sea para que no te duermas en clase —dije, sosteniendo mi sonrisa bobalicona.

—Hablando de clases… Laura, ¿me dejarás los deberes de Lengua hoy también para copiarlos? Me dio pereza hacerlos —me pidió Sara, otra del grupo.

—¡Y a mí los de Mates! —añadió Tania de inmediato.

—Yo necesitaré que me ayudes con los trabajos de Naturales —pidió mi otra amiga Susana, lo cual se traducía en que le hiciera todo el trabajo como de costumbre.

No me molestaba ayudar a mis amigas con sus tareas, lo consideraba mi ventaja por ser una estudiante aplicada y una forma de demostrar mi lealtad.

—¡Eh! No corráis —intervino Marta—. Todo eso me lo dejará primero a mí porque yo la quiero más. ¿A que sí, mi Laura? —Me echó el brazo por encima y me besó en la cara, suficiente para que mis babas de niña ingenua chorrearan por mi boca.

—¡Obvio! Mi Marta va primero —afirmé encantada—. Pero no os preocupéis, os dejaré todo.

—¡Esa es nuestra Laura! —celebró Tania—. Por cierto, en el examen te sientas a mi lado, ¿eh?

—¡De eso nada! No me la robarás. —Mi corazón latía con más fuerza cada vez que Marta empleaba un posesivo para referirse a mí, sobre todo cuando materializaba sus palabras con actos como el de esa ocasión, que fue agarrar mi mano.

¡Riiing! ¡Riiing!

—¡Qué asco! ¿No se podría romper ese timbre por una vez? —se quejó Noelia.

—¡Venga, llorica! ¡Tira para el aula! —Tania la puso en marcha con un empujoncito y todas se unieron a la estampida de alumnos.

Por fin tuve la oportunidad para quedarme a solas con Marta.

—Espera, Marta —le murmuré, nerviosa, rascando con insistencia las correas de mi mochila.

—¿Qué? ¿Quieres ser malota y llegar tarde? —musitó Marta, con gestos despreocupados, y permaneció a mi lado.

—¡No! Tengo… algo para ti. —Entusiasmada, metí la mano en el bolsillo de mi falda y saqué un papel doblado a la perfección.

La noche anterior, me había acostado más tarde de lo habitual porque me apetecía preparar una sorpresa para Marta. Como muchas otras veces, realicé un dibujo de nosotras abrazadas y lo decoré con flores. Mis dibujos no se alejaban del nivel de garabatos, pero ponía todo mi empeño y mi amor en ellos. Esa era una de mis formas de decirle que estaba enamorada de ella, porque sí, yo tenía bien claro que me gustaba mi mejor amiga y no miraba ni sentía nada por otras, mucho menos por chicos.

Siempre buscaba la ocasión perfecta para darle mis regalos, pues no quería que mis otras amigas se pusieran celosas por ser tan atenta con Marta. Normalmente esperaba a que estuviéramos en clase porque nos sentábamos juntas en un rincón, pero ese día no pude contener mis ansias de ver su reacción.

—¡Lo dibujé para ti! —Muy risueña, extendí la mano con la hoja.

Marta la tomó y abrió el papel con calma. Sostuvo su media sonrisa mientras observaba el dibujo.

—¿Te gusta? Somos nosotras —indiqué con una inocente insinuación.

—¡Qué linda eres! Mi Laura. —Marta me abrazó y yo me entregué a sus brazos satisfecha. No sabía si ella sentía lo mismo por mí, pero me conformaba con su cariño—. Eres mi mejor amiga.

—Te quiero mucho —expresé y rocé mi mejilla con la suya.

***

Los primeros minutos de clase transcurrieron como de costumbre. Mis cuadernos circulaban por el aula, pasaban de mano en mano para que mis amigas y otros compañeros copiaran las tareas de las próximas materias. Los estudios no suponían ninguna dificultad para mí, por lo que me distraía fantaseando con Marta.

Cuando notaba que ella se aburría, me armaba de valor y buscaba su mano con atrevimiento. En aquella mesa, tras el muro de los libros, deslizaba las yemas de mis dedos con suavidad por su palma. El roce del vaivén de mis caricias en ella provocaba que mi pecho se agitara. El tacto de la piel de Marta cautivaba todos mis sentidos, absorbía mi pensamiento. Igual que en incontables veces, no pude resistirme y también froté su muslo. Todo en ella me resultaba agradable.

Recuerdo la expresión coqueta de Marta y su sonrisa de satisfacción. Yo sabía que mis delicados masajes le gustaban porque ella misma acomodaba su mano en mi pierna para que continuara. Si no, tumbaba su cabeza en mi lado de la mesa y me pedía que le hiciera esas cosquillas tan ricas que solo yo sabía hacer.

En todos esos momentos imaginaba que éramos novias. Era tal mi enamoramiento que recreaba en mi mente casarme con ella y masajearla todos los días para ver su cara complacida. Dado que no me atrevía a expresarle mis más profundos sentimientos, le escribía notas amorosas durante las clases cuando no la acariciaba.

El timbre del primer recreo me sacó de mi ensimismamiento, me libró del hechizo de tener la mirada perdida en Marta. Mis amigas y yo nos reunimos y salimos al patio del colegio. Saludé a mi hermano desde la distancia, que recién se sumaba a sus compañeros, y así surgió el debate que cambió todo.

—Quiero ser novia de tu hermano Eric —comentó Tania mientras nos sentábamos en el suelo.

—¡Es súper guapo! —añadió Susana.

—Oye, Laura, ¿tú lo ves desnudo todos los días? ¿Nos dices cómo es su cosa? —preguntó Sara con sumo interés, cuestiones que me abrumaron.

—¿Qué? ¡No! No hablaré de mi hermano y su… cosa. ¡Puaj! —expresé.

—Pero sí se la has visto —afirmó Sara, quien, como todas, disfrutaba de mis galletas rellenas de chocolate y fresa.

—Claro que se la ha visto, tonta. Viven juntos, ¿recuerdas? —señaló Marta y yo misma le puse la galleta entre los dientes.

—Es curiosidad. Yo no he visto ninguna en persona —argumentó Sara.

—Un pene es un pene, no es nada extraño que no vayas a ver nunca —expuso Noelia como si la reprendiera.

—Yo solo sé que Eric está en mi top cinco chicos guapos del cole. Sería uno de mis novios —reiteró Tania—. ¿Quiénes os gustan a vosotras?

—¡Sergio! —exclamó Sara.

—¿Cuál? ¿El de sexto A o el del C? —cuestionó Susana y se apoderó de un puñado de galletas como si las demás no existiéramos.

—¡Qué pregunta tan estúpida! ¡Pues obvio que el del A! —especificó Sara—. El otro tiene muchos granos, ¡es asqueroso!

—¡Uy, los granos! Espero que no me salgan —comentó Noelia, denotando su repugnancia.

—Pues yo quiero tener de novio a Juan, el de quinto D. Tiene cara de niño bueno y es todo lo contrario —dijo Susana.

—Tendrá la cara bonita, pero es un pesado que molesta a todo el mundo, no sé cómo te puede gustar —contradijo Tania—. ¿Y a ti quién te gusta, Noelia?

—El profe de Música —confesó Noelia y las demás reímos—. ¿Qué? Es muy guapo.

—Que es muy mayor, tonta. Lo que quieres es un chico que te toque la guitarra todas las mañanas para que no lloriquees tanto —expresó Marta con burla, aunque todas debimos de pensar lo mismo.

—Solo he dicho que es muy guapo. A ver, Marta, ¿y tú de cuál serías novia? —preguntó Noelia y sentí cierta angustia al imaginar que a Marta le gustara otra persona que no fuera yo.

—Pues… —Marta lo meditó y me miró mientras lo hacía. Deseé que pronunciara mi nombre—. No sé. Hay muchos que me parecen guapos, pero no he pensado en ser novia de alguien.

—Ya, tú quieres un guapo como Robert Pattinson —bromeó Tania y clavó su mirada en mí—. Falta nuestra Laura. ¿Qué chico te gusta más?

Esa pregunta generó una nebulosa en mi mente. ¿Debía ser sincera? ¿Debía mentir? Las dudas me enmudecieron durante unos pausados segundos. Sin embargo, tenía la respuesta ante mis ojos. Marta estaba sentada a mi lado y mis amigas me rodeaban. A pesar de los nervios que cortaban mi respiración, consideré que era la ocasión ideal para expresar mis sentimientos. Imaginé a mis amigas alentando a Marta y a mí a darnos un beso. Así que tomé la mano de mi mejor amiga y…

—¡Me gusta Marta! —confesé con gran entusiasmo.

—¿Cómo? —cuestionó Marta con extrañeza y las sonrisas de todas menguaron a la vez que ella retiraba su mano de la mía.

—¡Marta, me gustas mucho! Yo sería tu novia —repetí como una idiota. Intenté recuperar el tacto de mi mejor amiga, pero ella se alejó por completo.

—¡Qué puto asco! —chilló Noelia.

—Estás enferma —añadió Tania con el mismo tono de desprecio y todas empezaron a ponerse de pie.

—¡Sí! Eso dicen mis padres de gente como ella. ¡Coge! —Susana me lanzó la bolsa de galletas con rabia—. No quiero que me contagies.

—Pero no estoy enferma. ¿Por qué os ponéis así? —expresé, llorosa e incapaz de comprender sus reacciones.

—¡Sí lo estás! —afirmó Sara con dureza—. Por eso nos tocas a todas. ¡Enferma!

—Tengo ganas de vomitar. No quiero que mis padres sepan que ando con una bollera. —Susana fingió las arcadas.

—Alejémonos de este bicho raro —propuso Tania con una frialdad que nunca había visto en ella.

—¿Por qué me decís esas cosas? Somos amigas. —Me interpuse en su camino con lágrimas en los ojos. Habría entendido que Marta me rechazara porque no le gustara, pero no concebía que todas lo hicieran con tanta crueldad.

—¡Quítate, enferma! —Noelia me apartó con un empujón tan brusco que estuvo a punto de derribarme—. Tú no eres nuestra amiga. Eres una asquerosa bollera y no te queremos cerca de nosotras.

Las cinco me dieron la espalda sin compasión. ¿Por qué? ¿Las amigas no estaban para apoyarse? ¿Qué había de malo en expresar mis sentimientos? No le había hecho daño a nadie, pero ellas me lo estaban haciendo a mí.

Agarré la mano de Marta, mi mejor amiga, la persona en quien confiaba y que no había abierto la boca para nada.

—Marta, por favor. Yo te quiero —le rogué mientras las otras se adelantaban y divulgaban entre ellas que yo era una enferma bollera.

—¡No me toques! —bramó Marta a la vez que arrancaba su mano de la mía con odio—. ¡Sucia! ¡Eres una enferma de verdad! Ya sé por qué siempre estabas encima de mí. ¡Me das asco! ¡No te me acerques!

—Marta… Marta… ¡Por favor! —supliqué en medio del patio, pero Marta huyó de mí como las otras.

Mi sollozo se volvía incontrolable cuanto más digería que había perdido a mis amigas y a Marta por haber sido sincera. Nunca había saboreado unas lágrimas tan amargas, aunque esas serían dulces comparadas con las que estaba por liberar.

Cualquier consuelo me habría sentado bien, cualquier persona que me comprendiera y que me hubiera aclarado que yo no había hecho nada malo. Sin embargo, lo único que percibía a mi alrededor eran risas burlescas y miradas despreciativas. ¿Era yo la enferma o ellos por propagar su menosprecio hacia mí?

Corrí. Corrí con todas mis fuerzas para escapar de la vista de todos y para evitar que mi hermano me viera en aquellas condiciones. Me encerré en una cabina del baño, el único lugar donde podía desahogarme sola.

***

Cuando el recreo terminó, regresé a mi aula después de lavarme la cara. Me había calmado lo suficiente, pero aún moqueaba por el lloriqueo. Quería pensar que mis amigas me estaban haciendo una broma de mal gusto y que todas vendrían a abrazarme cuando entrara en la clase. No obstante, la realidad agudizó mi tortura.

Mis compañeros tomaban asiento y la maestra Eugenia hojeaba el libro de texto. Yo me detuve junto a la puerta para soplarme la nariz. En cuanto tiré el pañuelo al cesto de basura, distinguí el dibujo que le había regalado a Marta hecho añicos. La angustia regresó a mí y sentí un fuerte deseo de llorar otra vez. Además, noté que mi gran amiga se había cambiado de sitio. Marta me había abandonado.

Apresuré los pasos para ocultar mis ojos empañados, que se humedecían cada vez más a medida que pasaba entre mis compañeros. Un desfile de repudio, en eso se convirtió mi recorrido hasta mi silla. Las voces de mis supuestas amigas repetían a mi paso «¡Enferma!», «¡Bicho raro!», «¡Bollera asquerosa!» y otras calamidades a la vez que incitaban a más alumnos a unirse al coro.

Por si las palabras no eran suficientes, algunas fingían arcadas y exhibían muecas de repugnancia. Una lluvia de bolitas de papel y trocitos de goma acompañó el festín de insultos. Alcancé mi puesto llorando y la ejemplar maestra Eugenia se limitó a un «Silencio, chicos. Vamos a empezar la clase. Laura, deja el llanto ya, ¿eh? Estoy cansada de las niñas lloronas que se quejan por todo, así que baja la cabeza y no hagas ruido.» con un tono gélido y seco.

Dos horas de tristeza pronunciada por las miradas despreciativas de Noelia, Sara, Tania y Susana se volvieron una eternidad. Ellas mismas cotilleaban con otros cercanos mientras me observaban de reojo. Cualquiera habría deducido que envenenaban la imagen que mis compañeros tenían sobre mí, pero yo no fui capaz de figurármelo por ser tan ingenua. Marta era la única que no conspiraba, aunque tampoco me dedicaba ni una mirada. Eso me dolía más que cualquier cosa porque yo la apreciaba muchísimo y consideraba que nuestra amistad sería de esas que duran para siempre. Ella me había eliminado de su vida con tanta facilidad…

¡Riiing! ¡Riiing!

El timbre que lo cambió todo. El timbre que estremeció mis tímpanos al recordarme que sufría sola en aquella mesa donde Marta y yo habíamos grabado nuestros nombres en un corazón.

Todos salían del aula para disfrutar del segundo recreo, salvo yo. No me apetecía moverme de aquella silla, ni cruzarme con mi hermano ni intentar razonar con mis amigas. El daño había sido tan inesperado y doloroso que solo tenía ánimos para lamentarme sumida en mis pensamientos, por lo que agaché la cabeza y permanecí pasiva en mi puesto.

—Oye, Laura, ¿estás despierta? —Reconocí aquella voz melódica a mi lado.

—¡Marta! —expresé con ilusión al levantar la vista. Allí estaba ella con su media sonrisa y su mano hundiéndose en mis cabellos con calidez. No había nadie más en la clase—. Marta, ¿por qué te has enfadado conmigo? ¿Ya no lo estás? Solo quería decirte que me gustas, pero no es malo. Por favor, sigamos siendo amigas. ¡Yo te quiero! —Palabras de una niña estúpida.

—Vale. Acompáñame al baño para hablar —respondió y yo asentí aferrada a la esperanza de que todo seguiría como antes, incluso sonreí.

Marta no abrió la boca en todo el trayecto, solo exhibía su media sonrisa en respuesta a mis amorosas justificaciones. La seguí como una perrita entusiasmada a la que su ama saca a pasear. Y, entonces, el maravilloso día que se había tornado gris se convirtió en una tormenta infernal cuando entramos en el baño…

—Os he traído a la enferma —anunció Marta.

—¿Por qué dices eso, Marta? ¿Qué pasa? —cuestioné, dolida y asustada, pues, a pesar de ser una ingenua, tuve un mal presentimiento cuando contemplé las inquietantes caras de mis otras amigas, que aguardaban allí.

—Te estábamos esperando para curarte —dijo Noelia con un tono siniestro mientras cerraba la puerta y las otras me cercaban.

—Os he dicho que no estoy enferma. Sois mis amigas. ¿Por qué…?

¡Zas!

Una despiadada bofetada me silenció.

—¡Cállate, sucia! —chilló Marta, la que se había atrevido a hacerme llorar con un golpe que iba más allá del plano físico.

—¡¿Por qué me pegas, Marta?! ¡Somos amigas! ¡Siempre he sido buena contigo! —lloriqueé, acongojada e incapaz de comprender su odio hacia mí.

—¡Porque me da la gana! Me acerqué a ti porque eres lista, pero siempre me has dado asco. Estaba cansada de tus dibujos estúpidos y de todo. Ahora ya no tendré que tirar esos dibujos horrendos a la basura a escondidas —confesó Marta, destilando pura rabia, y mi frágil corazón se quebró por completo.

—¡Marta, no digas eso! —sollocé.

—¡Llorona! —Sara me golpeó en la nuca con tal fuerza que me sacudió la cabeza.

—¡Es una enferma! —Noelia me empujó hacia los lavabos.

—¡Ay! —me quejé al chocar con el borde de uno a la altura de mis pechos—. ¡Parad, por favor!

—“¡Parad, por favor!” —se burló Susana—. Das asco, Laura.

—Sí, eres un bicho raro que solo nos sirve para sacar buena nota —añadió Tania, otra confesión que me demostraba cómo eran mis amigas en realidad.

—¡Sois muy crueles! ¡Me voy! —dije en pleno llanto, dispuesta a marcharme, pues ya no soportaba ni un desengaño más.

—¡No! ¡Sujetadla! —ordenó Marta y las otras cuatro se abalanzaron sobre mí como fieras.

—¡¿Qué hacéis?! ¡Por favor, soltadme! —supliqué, aterrada, cuando inmovilizaron mis brazos y tiraron de mis cabellos. Mi corazón nunca había latido con tanta violencia como aquella vez.

—¿No entendiste? Te vamos a curar porque estás enferma —enfatizó Noelia, la que me infligía daño sometiendo mi brazo derecho.

—¡Parad ya, por favor! ¡Quiero irme! —continué implorando mientras forcejeaba, pero yo era demasiado débil como para deshacerme de las cuatro.

—Te convertiremos en un chico para que puedas estar con chicas. —En ese instante, Marta sacó unas tijeras de su bolsillo. Yo había estado tan distraída pensando en que me perdonara que ni me había percatado de que las puntas se asomaban por el bolsillo. ¡Idiota de mí! Nunca olvidaré el miedo tan angustioso que viví y que me hizo sudar y temblar en aquel momento—. Te llamarás Lauro —sentenció con malicia y todas se carcajearon.

“¡Ja, ja, ja! ¡Lauro! ¡Es Lauro! ¡Es un chico!”, repetían con burla. ¿Por qué se reían? ¿Por qué abusaban de mí? ¿Por qué?

—¡Ah! ¡No! ¡No lo hagáis! ¡Soltadme, por favor! —grité con el mismo temor y la misma agitación que manifestaba mi cuerpo, sobre todo cuando Marta accionó las tijeras a la altura de mis ojos.

—¡Calladla! —les ordenó Marta y una de ellas me cubrió la boca—. Curemos a la enferma.

Mi mejor amiga, sonriente y con una expresión maléfica, fue la primera en tensar un mechón de mis cabellos. La observé con ojos de espanto envueltos en lágrimas y luché para liberarme, pero solo sentí impotencia ante la sensación de que me apresaban gruesas cadenas.

Marta cortó sin compasión y todo lo que yo sentía por ella se desvaneció en ese instante.

—¡Mirad! ¡Empieza a ser Lauro! —Marta ondeó el mechón delante de mí.

—¡Eh! ¡Yo también quiero curar a la enferma! —pidió Susana como si aquello se tratara de un juego.

—¡Y yo! —añadió Sara igual de animada.

—¿La dejamos calva? —planteó Noelia con suma vileza mientras tiraba de mis cabellos, dando la impresión de que estaba dispuesta a arrancármelos.

Recé para que alguien apareciera por la puerta y pusiera fin a mi pesadilla, pero no fue así. Cada segundo de sufrimiento se prolongó como un bucle de martirio infinito. Todas se turnaron para emplear las tijeras y cortarme el pelo a su antojo. Mientras, reiteraban los mismos insultos entre risas. Alcancé un punto en el que mis fuerzas solo rendían para contemplar mis cabellos precipitándose junto a mis lágrimas.

—¡Mírate, Lauro! Ya estás casi curado —señaló Marta cuando me inclinaron hacia el espejo.

Mi mandíbula temblaba y mi rostro estaba empapado. Mi propia imagen me apenó. Ellas habían destrozado mi larga melena negra y no me cortaron todo gracias a que el timbre había sonado.

—Ya no dices nada de que te gusta Marta, enferma —comentó Noelia y estampó su mano contra mi cabeza.

—¡Oye! Ahora es Lauro. Trátalo como un chico. —Marta era la más cruel de todas—. Debemos endurecerlo como a un chico. —Me controló sujetándome por el pelo—. A partir de hoy te pegaremos cada día para que te hagas fuerte y no se lo dirás a nadie. Yo seré la primera.

¡Zas!

La mejilla me ardió tras su bofetada. Toda la cara se me entumeció cuando las demás, enfiladas, replicaron su sadismo.

—¡Ja, ja, ja! ¡Lauro es un llorón! —se mofó Marta—. Recuerda no decir nada, ¿eh, Lauro?, o te dejaremos calvo. Vámonos.

No me atreví a responder. Permanecí llorando y con los hombros encogidos como una cobarde para que me dejaran en paz. Luego, acudí a la maestra Eugenia en busca de ayuda, pero solo hallé más decepción, por lo que perdí la confianza en las personas.

Aquella experiencia había creado una grieta enorme en mi corazón. No volví a estrechar vínculos con nadie. El sol no volvió a brillar para mí y las mañanas se tiñeron de oscuridad. Mi hermano fue el único capaz de defenderme, pero yo no quise que la misma desgracia lo salpicara ni que lo asociaran conmigo, con la enferma, por lo que decidí ocultarle mis penas y aprendí a afrontar mi desgracia a mi manera.

Sin embargo, cuando creía que ni siquiera el amor existiría para mí, el destino me presentó a mi alma gemela, a Aiko.

—Buenos días, estimados pasajeros. El comandante y todos los miembros de la tripulación os damos las gracias por elegir este vuelo con destino a Palma de Mallorca…

Había olvidado la sensación de subir a bordo de un avión. Siempre han sido diferentes el vuelo de ida y el de vuelta. El de vuelta suele estar acompañado de gratos recuerdos que nos dibujan una sonrisa en los labios y nos despiertan lágrimas de felicidad mezclada con nostalgia. Nunca sabes si volverás a ese sitio que llenó tu corazón, que enriqueció tus experiencias, que cumplió alguno de tus sueños y que te presentó a alguien especial que marcó tu vida. Esa sensación sí la recuerdo muy bien.

Pero ahora revivo la del viaje de ida. Después de más de dos años aislada en Londres, he sentido la inquietud de hacer la cola de facturación sola por primera vez. Para ser de madrugada y haber dormido poco, la excitación de lo que me depare mi destino me ha mantenido despierta. Muchas preguntas rondan mi mente desde hace seis meses, pero han ganado fuerza anoche mientras terminaba de preparar mi equipaje.

Algunos pasajeros me observan con extrañeza. Quizás les resulta raro que el asiento junto al mío sea el único vacío en todo el avión. Si ellos supieran que lo reservé para que nadie me incordiara. Aunque, quizás, lo que les sorprende es que vista con un uniforme de estudiante. ¿Pensarán que tomo un avión en lugar de un autobús para ir a clase? Sería una locura, pero lo cierto es que viajo únicamente con una mochila repleta de libros y de chapitas de mis idols favoritas del K-pop, que seguro catalogarían de infantil. Me dirijo a mi nuevo Centro de Educación Superior en Mallorca, mi hogar natal que sembró en mí huellas tan felices como amargas y que no he pisado en varios años.

Mis padres no estaban de acuerdo en que regresara sola y de forma tan repentina. Sin embargo, ya tengo 18 años y les demostré que soy capaz de controlar mi vida porque yo misma gestioné mi ingreso en la Preparatoria, además de que compré los libros y encargué el uniforme a distancia. Aun así, admito que el proceso fue desconcertante porque Inglaterra conserva su sistema educativo tradicional, pero España aplicó una reforma educativa hace un par de años de la que no estaba muy al corriente, ya que estuve desconectada del mundo y no presté atención a mis padres cuando me contaron que mi hermano se había matriculado en la Preparatoria en lugar de empezar la universidad.

Por lo visto, la Educación en España estaba produciendo vagos de bajo rendimiento intelectual y profesional en masa, como las máquinas de palomitas de maíz de los cines escupiendo ese aperitivo en grandes cantidades, lo que suponía que el país ocupara uno de los últimos puestos en la clasificación de mejor formación de estudiantes en Europa. En pocas palabras, ese dato se interpretaba como que España era un país productor de basura social y, por mi experiencia de la infancia, no se alejaba de la realidad.

El gobierno no soportó esa mala reputación y actuó lo antes posible. Para ello, alargó la enseñanza obligatoria hasta los 18 años, conservando la ESO, transformando el Bachillerato en Ciclo 2 Obligatorio y creando la Preparatoria, un programa de formación opcional posterior al Ciclo 2 para jóvenes de entre 18 y 21 años aproximadamente. Esta Preparatoria tenía como objetivo consolidar el aprendizaje básico visto a lo largo de la enseñanza obligatoria a un nivel muy avanzado, casi que universitario, a la vez que introducía asignaturas específicas y optativas relacionadas con las carreras universitarias.

Según tengo entendido, esta reforma educativa redujo la duración de muchas carreras, eliminando la materia que no aportaba nada más que datos de relleno que, a fines prácticos y realistas del mundo laboral, no valían para nada. Con la Preparatoria, los jóvenes interesados en acceder a la universidad podrían matricularse directamente en la carrera que eligieran sin necesidad de superar exámenes ni rezar para que su nota media no los dejara sin plazas. Lo que se valoraba en la Preparatoria era la formación continua, que, supuestamente, garantizaba un aprendizaje sólido que potenciaba las capacidades de los estudiantes. Por supuesto, las otras vías de formación alternativas se mantuvieron intactas, pero contemplando los cambios necesarios para que se adaptaran al nuevo marco de la enseñanza obligatoria.

¡Qué filosofía tan maravillosa e ingeniosa! Me pareció calcada de una historia de fantasía infantil, de esas coloridas, enfocadas en la paz, el amor y el final feliz. ¡Menudos ilusos! Cuando leí que el gobierno alentaba a los jóvenes a elegir el camino de la Preparatoria regalando becas y ayudas sin miramientos, como si fueran los Reyes Magos lanzándoles caramelos a los niños para contentarlos, me di cuenta de que seguían cometiendo el mismo error. ¡Su reforma educativa sigue engendrando vagos conformistas que carecen de motivación para definir unos objetivos en sus vidas y luchar por ellos! ¿No se dan cuenta de que es un fracaso premiar el desinterés?

Pero ese no era mi problema porque los estudiantes son una plaga mal gestionada en todas partes. Mi problema era matricularme donde quería. Como me había graduado en Inglaterra, podía acceder a la universidad directamente, ¡pero yo no quería eso! Yo quería asistir al mismo centro que mi hermano, por lo que no me supuso un sacrificio renunciar a mi ventaja para solicitar la matrícula de la Preparatoria.

Después de informarme bien, descubrí otro fallo del gobierno. Los responsables habían ejecutado la reforma educativa sin crear las condiciones apropiadas para su desempeño. Es decir, carecían de los medios para construir Centros de Enseñanza Superior de Preparatoria independientes y, para solventar este fallo cósmico, optaron por ampliar los institutos públicos con nuevos bloques que permitieran la acogida de más alumnos por centros, y lo mismo hicieron con los institutos privados y concertados con los que firmaron acuerdos.

O sea, los institutos ya eran un infierno de por sí y los convirtieron en granjas de animales de corral de toda índole, desde los pollitos de 1º de ESO hasta los burros de 3º de Preparatoria. Incluso a los alumnos de Preparatoria les habían asignado uniformes para diferenciarlos, como si esa fuera su marca grabada en la piel con un hierro candente, aunque, si me detengo en el diseño, no me quejo, pues me gusta la combinación de la falda plisada roja con la corbata del mismo tono, la camisa blanca, la moderna americana negra, las medias y los zapatos oscuros, todo al estilo de mi adorada Japón.

El corazón se me paralizó cuando deduje que tendría que exponerme a los peligros orquestados por tantas mentes perversas, pero estaba dispuesta a asumir ese sacrificio con tal de cumplir mi objetivo. Por tanto, contacté a la directora del instituto concertado de mi hermano y le expliqué mi situación, enfatizando mi deseo de matricularme en su reputado centro para consolidar mi formación de cara a la universidad. Fue sencillo seducirla con palabras melosas y con un expediente académico sobresaliente como el mío, una medalla que le caía del cielo y que podría colgarse para presumir de que en su instituto se formaba a los jóvenes más prometedores de la isla y del país. Además, mencionar a mi hermano fue mi otra arma secreta, ya que esa mujer se había portado muy bien con él en ausencia de mis padres y Eric era una representación del tipo de alumna que sería yo. Con el viento a mi favor, la propia directora McCarthy movió cielo y tierra para tenerme en su instituto.

No obstante, no mentí cuando alegué que uno de los motivos por los que regresaba a la isla era que echaba de menos a mi hermano, con quien había perdido el contacto hacía más de tres años después de nuestro viaje familiar a Japón.

Mis padres habían decidido separarnos por mis problemas de acoso en varios colegios de Mallorca y esa fue una de las razones por las que nos distanciamos. Supongo que él tuvo que madurar a ritmo acelerado porque ellos prácticamente lo abandonaron en el apartamento que poseemos en la isla, mientras que nosotros nos mudamos a Londres. Sé que él se las ha arreglado para vivir solo, contando con el apoyo económico de nuestros padres y de una tutora que ellos le asignaron hasta su mayoría de edad, aunque nunca me ha gustado mi papel de favorita y sobreprotegida frente al suyo de desplazado. Vivir una temporada con Eric, recuperar el tiempo perdido y aprender de la independencia que ha cultivado hasta sus actuales 20 años fueron otros motivos sólidos para que mis padres me consintieran.

A pesar de todo, mi hermano es afortunado porque, al parecer, ha formalizado una relación con una chica, ha encontrado el amor con ella. Ana Álvarez, ese es el nombre de mi cuñada y, aunque suene egoísta, siendo sincera, es la razón principal por la que estoy subida en este avión.

¿Puede una sonrisa devolverte las ganas de vivir?

Necesito averiguar qué significa esta sensación que agita mi pecho cada vez que contemplo la sonrisa de Ana en la foto donde aparece con mi hermano.

Tras abrocharme el cinturón, observo la muñequera de mi brazo izquierdo, la muñequera que me recuerda a mi Aiko, la muñequera que oculta mis secretos, la muñequera que reaviva el dolor de mi pérdida. Me tomo un selfi junto a la ventanilla para comprobar una vez más que mi rostro encarna la melancolía. No he vuelto a sonreír de verdad en los últimos dos años en los que he estado muerta por dentro. Solo he fingido para conseguir mis propósitos.

Mis lágrimas acarician mis mejillas, graban su rastro en mi piel de nuevo. La sonrisa de mi cuñada es lo único que ha conseguido hacerles frente. Tiene el poder de absorberme, de liberarme de mis pensamientos grises. Necesito conocer a Ana para obtener respuestas, pero temo arrepentirme de dejarme llevar por este rayo de luz.

—Tripulación, preparados para el despegue…

Ya no hay vuelta atrás.

***

Un taxi me lleva a mi destino.

El viaje en avión ha sido agotador, pero la tensión de la novedad que me espera me mantiene espabilada. Además, disfruto del sabor a mar sostenido en el aire, del cielo soleado y hasta del calor asfixiante que me resulta agradable. Recuerdo cuando mis padres conducían por estas calles para llevarnos a mi hermano y a mí a la playa, de excursión o a algún restaurante exquisito. Había olvidado algo tan simple como apreciar la viveza de los colores.

El taxi se adentra en la calle del instituto, quedando a la izquierda un pequeño bosque que comunica con la carretera convencional. Hay muchos coches aparcados por aquí, supongo que del profesorado y de alumnos mayores. La entrada del vehículo ahuyenta a los gorriones que juguetean en los alrededores y, cuando frena por completo, mis nervios se activan porque estoy a punto de exponerme a lo desconocido.

Después de pagar, me bajo del taxi y suspiro al encarar mi nuevo centro formativo, cuyas instalaciones son notables y se mantienen en perfecto estado, aunque algunos grafitis en el muro exterior degradan su imagen. Los chillidos de los alumnos retozando y de los profesores impartiendo clases inundan mis oídos desde las ventanas.

Eric está cursando el último año de Preparatoria en una de esas aulas. En otra, yo empezaré 1º de Preparatoria, concretamente en el grupo A, donde sé que Ana está repitiendo curso. ¿Coincidencia del destino? Sí, fue sorprendente que la directora me confirmara que Ana acude al mismo grupo al que me asignarían cuando le sonsaqué información sobre mis futuros compañeros de clase.

Hablando de la directora McCarthy, por ahí viene para recibirme, precisa como un reloj gracias a mi notificación de la hora de mi llegada. En persona luce más ancha de caderas que en las fotos de la plataforma online del instituto. Cuida su imagen, por eso viste con falda y blusa a la altura de su puesto de trabajo y de la firmeza que destila al andar.

—¡Laura Larson! Es un placer contar con otra Larson en este instituto. Soy la directora McCarthy —se presenta, exhibiendo su mejor sonrisa.

—Hola, señorita McCarthy. Mucho gusto. Me alegra conocerla por fin y asistir a este prestigioso instituto. He navegado por Internet y he visto que su labor como directora es encomiable. —Comienzan las formalidades. Las defiendo porque mis padres me enseñaron a valorar la educación. Aiko también era partidaria de guardar las formas y el respeto para generar energías positivas. Según ella, de esa manera es más fácil endulzar a la gente.

—¡Qué educada! Se nota que estás a otro nivel. Nosotros somos los afortunados de contar con una alumna como tú. —Lluvia de halagos—. Espero que podamos cubrir todas tus necesidades académicas. ¡Bienvenida, Laura! Por favor, acompáñame y te guiaré hasta tu aula —indica la directora y la sigo hacia el interior del recinto—. ¿Qué tal el viaje?

—Bien, muy tranquilo.

—Debes de estar cansada. Mira que te recomendé que te tomaras un día para instalarte y que asistieras a las clases mañana cuando estuvieras más descansada, pero admiro tu entrega con los estudios —comenta la señorita McCarthy. Su objetivo es que me sienta a gusto porque le conviene, no porque le interese yo como persona. Este instituto es concertado, lo que supone que vive de las subvenciones y la buena reputación, especialmente con el añadido de la Preparatoria. Un expediente académico como el mío se traduce como un triunfo para la directora—. Serás una buena influencia para tus compañeros.

—Eso espero. Los ayudaré en todo lo que pueda. —No he venido a hacer amigos porque los amigos no existen. Todos los que se arriman siempre buscan una satisfacción personal.

—Verás que ellos te acogerán enseguida y te ayudarán a integrarte. Por supuesto, si tuvieras algún problema, acude a mí de inmediato —remarca la directora mientras atravesamos el vestíbulo—. Mira, ahí está la secretaría para todo lo que necesites. ¿Hacemos un pequeño tour por el instituto antes de ir a tu aula para que te familiarices con él?

—No, no importa. Seguro que alguno de mis buenos compañeros me lo mostrará encantado. —En realidad, estoy ansiosa por ver a Ana en persona.

***

Toc, toc.

Por fin, la directora llama a la puerta de la que será mi aula tras una larga tanda de adulaciones sobre mi promedio académico. Interrumpimos la clase tras el aviso de la profesora.

En cuanto la señorita McCarthy abre, respiro hondo para controlar la palpitación en mi pecho. Soy consciente de que me expondré ante varios desconocidos y, en especial, ante Ana. Hace mucho que no trato con personas de mi edad y, aunque no tengo miedo, me inquieta lo que pueda pasar.

La directora cree que he estado estudiando en escuelas normales por mis titulaciones y mis notas, pero la verdad es que solo me presenté a los exámenes de nivel para conseguir los certificados. Mis padres desembolsaron dinero en un instituto privado para justificar la ausencia de mi evaluación continua y saltar directamente a los exámenes finales. La parte sencilla fue estudiar por mi cuenta, pues los estudios no suponen un reto para mí.

La señorita McCarthy me indica que pase. Yo, sin levantar la vista, junto las manos bajo mi vientre y me paro a su lado. Solo distingo siluetas deformes y piernas bajo las mesas de la primera fila. Ana debe de estar entre ellos…

—Os presento a vuestra nueva compañera. Ella es Laura y desde hoy es alumna de primero de Preparatoria de este instituto —expone la directora, destacando su tono imponente sobre el silencio que reviste estas cuatro paredes. Su palabra es la ley, todos la respetan. Tal y como le pedí durante nuestro intercambio de mensajes, ella no ha revelado mi apellido. Así es menos probable que Ana me asocie con Eric y dispondré de más tiempo para relacionarme con ella como si fuera una completa desconocida—. Es una alumna brillante. Tratadla bien y con respeto. Ayudadla a integrarse. Si la amargáis, ateneos a las consecuencias. Dadle una cálida bienvenida. —En parte, me suena a que me ha puesto una diana en la espalda sin saberlo.

—Bienvenida, Laura —pronuncian todos a la vez. Una de esas voces es la de Ana…

Ha llegado el momento de dar la cara y afrontar mi ansiedad.

—Gracias, señorita McCarthy. Hola a todos —los saludo con agrado y me atrevo a alzar la mirada—. Gracias por la bienvenida. —Soy el centro de atención de todas esas expresiones traicioneras. Perversión, envidia, menosprecio, indiferencia, todo eso percibo en los rostros que descubro durante mi barrido de izquierda a derecha—. Sois muy amables. —Dudo que lo sean conmigo en realidad. Unos me verán como un objeto aprovechable y otros, como la competencia. Cualquiera me clavará el puñal a la mínima ocasión y todos me darán la espalda—. Espero estar al nivel del grupo A de primero de Preparatoria del Centro de Educación Superior Arenal de Llucmajor. —Mi escaneo acelera mis pulsaciones a medida que se reduce el número de caras analizadas.

Allí está ella. Allí está Ana Álvarez junto a la ventana en el fondo derecho del aula. Sus cabellos cobrizos resaltan más intensos en persona. Su piel no es más pálida que la mía, pero sí lo suficiente para destacar sus labios rosados. Solo pienso en lo mucho que le favorecería una gargantilla elástica en el cuello. Realzaría ese porte atractivo de vampiresa que la caracteriza.

Ella me observa con tal detenimiento que me intimida. Un cosquilleo impertinente invade mi estómago y potencia mi vulnerabilidad. ¿Qué me está pasando? No puedo sostener mi mirada sobre ella más allá de unos escasos segundos, así que la desvío al suelo otra vez.

La directora se despide y devuelve la autoridad de la clase a la profesora, quien, tras meditarlo, me indica que me siente al lado de Ana.

—Es buena estudiante, haréis buenas migas —asegura, aunque no hay más sitios disponibles, pero yo asiento encantada por esta inesperada suerte.

Mientras me dirijo a mi nuevo puesto, clavo mis ojos en este para observar a Ana de refilón. Ella renuncia a su postura relajada, propia de una holgazana, para quitar sus pertenencias de mi lado. No parece que le agrade tener que compartir mesa conmigo. De hecho, me resulta curioso que sea la única que no tiene un compañero. ¿Por qué nadie querría sentarse a su lado? ¿O por qué ella no permitiría que alguien se sentara a su lado?

—¡Qué bombón! Está buenísima. El reinado de Ana se va a la mierda —comenta un alumno, uno cuya expresión repulsiva me permite catalogarlo como un clon más de los múltiples indeseables que me he cruzado en mi vida. No le presto atención, pero sí reparo en la referencia a Ana. Por lo visto, ella goza de cierta popularidad, pero ¿será solo por su belleza física?

—Le sobra el uniforme —agrega otro granuja. Ya tengo identificados a dos con quienes debo tener cuidado.

Alcanzo mi puesto. Suspiro con disimulo para desahogar la creciente tensión en mi interior. Exprimo las correas de mi mochila para canalizar la inestabilidad que me produce estar tan cerca de Ana por primera vez.

—¿Puedo sentarme? —le consulto a mi cuñada con gentileza.

Imaginé que nuestras miradas se conectaran de muchas maneras cuando nos conociéramos, pero no como esta tan mediocre. Los nervios apenas me permiten oxigenar mi cerebro. Sin embargo, me pierdo en sus radiantes ojos de miel. ¿Será ella tan dulce como el aura que mana de sus iris?

—Sí, claro —afirma Ana de forma redundante—. Este será tu puesto a partir de hoy. —Tampoco imaginé que nuestras primeras palabras fueran tan banales. Pero, desde luego, su voz no es su fuerte. Suena tan femenina como ruda, seguro que se debe a la forma de ser tan despreocupada que expone en cada gesto. Al menos, me aclara que no tiene ni idea de quién soy. Estando tan cerca, me habría reconocido si Eric le hablara sobre mí a menudo con alguna foto antigua en las manos.

—Gracias. —Me siento estúpida siendo tan educada con ella. No obstante, la sonrisa que le muestro no es fingida.

Tras acomodarme en mi silla, saco mi material escolar y lo coloco sobre la mesa en orden y con cuidado. Me impacta la gran diferencia que existe entre Ana y yo en ese aspecto. Sus libros están arrugados y pintarrajeados como si no apreciara el valor de las cosas. Quiero pensar que los heredó de sus amistades o que los compró de segunda mano para ahorrarse unos euros.

—Disculpa, ¿puedes decirme por qué tema vais? —le consulto para seguir relacionándome con ella, ya que por el análisis sintáctico de la oración que hay en la pizarra puedo deducir qué tema están estudiando.

—Pues… —¿Por qué lo medita tanto? No puede ser que sea tan lerda—. Tema cuatro.

—Vale. Gracias. —¿Y la profesora afirmó que ella es una buena estudiante? No me extraña que haya repetido curso. Es evidente que su pasión por los estudios es mínima o, en el mejor de los casos, algo impide que se concentre en sus obligaciones.

Reconozco que mi hermano tiene un gusto exquisito. Ana despide cierto magnetismo que anula parte de mi voluntad, pero necesito conocerla más para descubrir su verdadera cara, la cara que me demostrará que la sensación que me transmite es ridícula porque ella debe de ser despreciable como todos. Nadie está a la altura de mi Aiko.

Por ahora, atenderé a la profesora para ponerme al día.

***

La clase de Lengua Avanzada I ha finalizado. Ana apenas tomó cuatro apuntes sobre todo lo que señaló la profesora como importante. Dedicó la mayor parte del tiempo a columpiarse de un lado a otro en la silla como si estuviera sentada sobre brasas ardientes. ¿Pretende aprobar con esa actitud de malota aburrida y chulesca? Dudo que su memoria sea tan extraordinaria como para recordar toda la información. Veremos cuánto tarda en ser agradable conmigo para pedirme mi cuaderno.

De momento, soy yo quien la incordia un poco más. Según el horario, toca clase de Química Avanzada I y, por lo que observo, debe de ser en otra aula porque todos recogen sus pertenencias.

—Perdón, Ana —le digo mientras cargamos nuestras mochilas—. He visto que nos toca Química. Soy nueva y estoy un poco perdida, la verdad. ¿Te importaría que vaya contigo?

—Claro, tú sígueme. —Escasa simpatía. ¿Será igual de rancia con todo el mundo?

Voy detrás de ella hasta salir al pasillo. Por un instante, me paralizo ante la estampida de alumnos que no tiene nada que envidiarle a una corrida de toros. Había olvidado lo que era el bullicio de un instituto. Toda la tranquilidad en la que he estado viviendo colapsa por el ruido. Demasiadas caras, demasiados estímulos que escapan a mi control. Espero que ninguno de ellos se aproveche del caos para hacerme algo.

Acelero los pasos para alcanzar a Ana, no quiero perderla de vista. Ella no es capaz de esperarme, ni se percata de mi retraso. Debo de ser como un fantasma para ella por su indiferencia hacia mí.

Somos las últimas en llegar al laboratorio de Química. Mientras todos toman asiento, yo me adapto al cóctel de olores de sustancias químicas que inunda la atmósfera y me acerco al profesor para presentarme. En parte, solo gano tiempo para que los demás se acomoden y reservarme un puesto solitario. Para mi sorpresa, las parejas se forman enseguida, pero Ana es la única que permanece sola. Quizás tengamos eso en común. No obstante, aunque no me apetecía dar la imagen de que persigo a mi cuñada, el profesor me indica que forme grupo con ella para el experimento que realizaremos hoy.

Ana me sonríe de forma superficial cuando me apodero de media mesa y del taburete. No necesita hablar para exteriorizar su descontento con mi presencia.

El profesor nos explica que el experimento consiste en una reacción química con cambio de color. Frente a nosotras tenemos permanganato de potasio, azúcar, agua e hidróxido de sodio, las sustancias que emplearemos. Además, disponemos de recipientes como vasos de precipitado y un matraz de Erlenmeyer.

Siempre me han gustado las clases prácticas para comprender mejor la teoría. También aporta mucho la pasión con la que el profesor detalla los pasos que ejecutaremos y el porqué del cambio de color. A su vez, advierte sobre lo cuidadosos que debemos ser porque el permanganato potásico mancha. Yo ya lo sabía, pero mi mente mezquina comienza a tramar algo al rememorar ese detalle que resuena en mi cabeza, no como un aviso, sino como una invitación. Una idea, afilada y brillante, se abre paso. Solo un pequeño golpe. Un instante. Es perfecto.

—Oye, Ana, ¿podrías dejarnos tu libro? —le pide un chico amanerado, que está sentado con una chica en la mesa contigua, en el momento preciso que todos sacamos nuestro material—. Patri compró los libros de Prepa por Internet y este es uno de los que no le ha llegado, y a mí se me olvidó.

—Vale, pero me lo cuidáis —responde Ana, denotando cercanía con ellos por su amistosa expresión.

Es entonces cuando los segundos se ralentizan para mí. Mi ritmo cardíaco aumenta porque me dispongo a llevar a cabo mi plan maquiavélico. Si quiero conocer bien a Ana, debo descubrir sus reacciones en todos los aspectos posibles. Por eso, en cuanto ella se extiende para prestar su libro, golpeo el recipiente que contiene la sustancia con la mano.

¡Clac!

El líquido púrpura se vierte sobre la mesa y se precipita sobre la falda de mi cuñada como una cascada. Mi respiración se detiene y un intenso calor me quema por dentro. Hacía mucho tiempo que no cometía una fechoría como esta.

—¡Mierda! —brama Ana con enojo al contemplar cómo el tono púrpura que empapa su prenda y la piel de sus muslos marchita el tejido adoptando un tono marrón. Mientras, las risas burlescas y los cuchicheos afloran a nuestro alrededor.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —me disculpo, realmente apenada, porque quizás me excedí un poco con ella sin razón, ya que aún no me ha hecho nada. Por eso, enseguida cojo un pañuelo del paquete que saco del bolsillo de mi falda—. Ha sido mi culpa. ¡Lo siento!

Soy consciente de que emplear el pañuelo será en vano porque la mancha no desaparecerá ni empleando los productos adecuados para generar otra reacción química, pero al menos puedo secarla. Sin embargo, cuando froto sus muslos con cuidado, esa sensación que agita mi pecho se intensifica. No entraba en mis planes tocar su piel tan tersa y tentadora. Además, sus músculos se contraen sutilmente cada vez que la rozo con la yema de los dedos. ¿Significará eso que… le gusta?

—Déjalo. No es nada. —Ana retira mi mano. Aunque su movimiento es brusco, su tacto es gentil. Apenas recordaba el calor humano sobre mí, pues en los últimos dos años solo he tenido contacto físico con mis padres y mi cuidadora—. Al menos no es ácido. —Tiene sentido del humor, pero lo más llamativo es la sonrisa que exhibe por un breve instante. Ha sido capaz de sonreírme después de lo que le he hecho.

—¡Dios, qué torpe soy! Me sabe tan mal. ¿Vamos al baño para limpiarte mejor? —excuso con la idea de poder estar un rato a solas con ella para charlar, para conocernos mejor y, quién sabe, quizás le confiese que soy su cuñada para ver si influye en su comportamiento respecto a mí.

—Podéis ir al baño si queréis, pero sabéis que esa mancha no se irá con agua y jabón —indica el profesor, un gran aliado en este momento—. Ya veis lo que pasa cuando no estáis atentos.

—No hace falta, en serio. Seco esto y listo. —Mi cuñada no cede, así que pierdo la oportunidad.

La clase continúa y yo dejo de insistir para no parecer una acosadora. Al contrario, le entrego los pañuelos a Ana tal y como desea. Mientras ella limpia mi destrozo, yo contemplo la silueta de su rostro, deteniéndome en sus provocadores labios unos segundos, y desciendo hasta sus muslos. Me habría gustado frotárselos un poco más…

Ana me descubre y yo desvío la mirada de inmediato. Estoy actuando como una estúpida y apenas llevo una hora con ella. Seguro que ya piensa cosas raras sobre mí. Entre nosotras no hay conexión y ninguna conexión superaría la mía con Aiko.

***

Comienza el recreo. Muchos regresan a nuestra aula para aliviar la carga de portar sus mochilas, incluyendo a Ana, pero yo no lo hago, aún no, porque no me fío ni de los alumnos mayores de la Preparatoria, mucho menos después de mi recibimiento por parte de aquel par de hienas en celo. Es pronto para exponerme a alguna novatada vil. Perdí la cuenta de las veces que regresaba de un recreo y encontraba mi merienda en la basura o esparcida dentro de la mochila, eso cuando no tiraban mis libros y cubrían hasta el último rincón de los bolsillos con alguna sustancia como corrector líquido. Siempre me dolía hallar mis cuadernos dañados.

Opto por pasar de largo, evitando que Ana me vea, pues me dirijo a las aulas del último curso de Preparatoria. Unos alumnos comentaban que los exámenes de tercero ocuparán todo el día, por lo que deduje que mi hermano estará ocupado hasta el final de la jornada. Pospondré mi sorpresa para no desconcentrarlo, pero sí me atrevo a asomarme en la puerta de su grupo con precaución.

Todas las cabezas están inclinadas con la vista clavada sobre el papel. Las manos mueven los bolígrafos a gran velocidad, como si tuvieran los minutos contados para alegar su defensa ante una condena a muerte. Entre todos los estudiantes, distingo a mi hermano bajo la misma presión. Ha cambiado mucho desde la última vez que nos vimos en persona. Se ha convertido en todo un joven atractivo, le favorece tener el pelo más corto. El profesor cierra la puerta y, aunque mi espionaje termina, estoy contenta porque he visto a Eric.

Aún queda tiempo de recreo por delante, así que aprovecharé para merendar porque tengo hambre. Sería una buena ocasión para inventar una excusa y compartir un rato con Ana, pero no la perseguiré. Me mantendré fiel a mi plan de comparar su comportamiento conmigo antes y después de que sepa que soy su cuñada.

Entro en el bar que hay en un extremo del instituto. Ha sido sencillo dar con él, solo había que fijarse en el mapa de ubicación o seguir el rastro de los alumnos que andan enfilados como hormigas devorando su tentempié.

No me apetece nada pesado, así que encargo una chocolatina. Para mi desgracia, cometí un fallo tonto al no cambiar dinero suficiente, todo se me consumió en el taxi y en el desayuno del aeropuerto. Las monedas que rescato de mi bolsillo son libras esterlinas, aquí solo vale el euro. Dispongo de una tarjeta de débito, lo que estoy habituada a usar en lugar de efectivo, pero no me arriesgo a exhibirla delante de todas esas miradas acosadoras que no dudarían en planear cómo robármela.

Renuncio a la chocolatina, así aprenderé a no bajar la guardia y me sentiré más segura. Sin embargo, el dependiente insiste en fiármela. Sé cómo funciona ese sistema. Primero te hacen un favor para que luego estés en deuda con ellos y así ganan poder sobre ti. Rechazo educadamente su gesto “amable”.

Accedo al patio desde el bar y atravieso las canchas, que me recuerdan que Educación Física sigue siendo una asignatura obligatoria en la Preparatoria, ¡impresionante! El gobierno pretende promover hábitos saludables en los jóvenes forzándolos a realizar deporte y ofreciendo menús sanos en el bar. Aunque sí soy partidaria de cuidarse y entrenar, creo que eso es abusivo y que la asignatura debió ser una optativa. No sé si estoy preparada para esa clase, me asusta compartir espacios íntimos como un vestuario con personas desconocidas.

Pero prefiero no anticiparme a eso, así que me centro en observar a los estudiantes para descartar que haya alguna cara abusadora de mi infancia entre ellos. Tampoco veo a Ana por ninguna parte. Será mejor que regrese al aula y que espere allí hasta que se acaben las clases. Además, debo avisarles a mis padres de que informen a mi hermano de todo en mi lugar, pero más tarde para no interrumpirlo en los exámenes.

En cuanto tomo las escaleras para volver al interior del instituto, percibo a Ana recostada en una pared. Una chica la acompaña, una que no es de nuestro grupo. Posee cabellos castaños oscuros y ondulados, y es de estatura media como Ana y yo. Tanto su cuerpo redondeado como su boca alargada gritan “descaro”. Pero no es ella quien provoca que los latidos de mi corazón aumenten como el sonido de un detector de metales cuanto más me acerco. Evito conectar mi mirada con la de Ana y me apresuro.

No obstante, capto el tenso silencio que se genera a mi paso. No soy tonta, sé que debían de estar hablando sobre mí. Por eso, doblo por el pasillo que hay a su lado y permanezco en las inmediaciones para espiar su conversación.

—Es ella. Me puso perdida. —El comentario de Ana confirma mi sospecha.

—¡Más torpe que un pato cojo! —se mofa su amiga y ambas se carcajean a mi costa.

—Es un poco rara. Se puso a limpiarme y todo. Encima se sienta a mi lado y es una protegida de la directora. —Lo sabía. Sabía que Ana era como todos. Una sonrisa afable por delante y una puñalada por detrás.

—¿En serio? Te ha tocado una friki. —Detesto el tono despectivo de su amiga al referirse a mí como friki—. Pobre de ti, lo que te espera. —¿Qué le he hecho para que me juzgue de esa manera como si yo fuera a ser un cáncer en la vida de Ana? Todos son iguales en todas partes. No ha cambiado nada en estos dos años que he estado lejos de la gente.

—No me seas gafe que mi vida es perfecta. —¿Ya consideras que yo gafaría tu vida, Ana? Y ni siquiera me conoces. Quizás cometí un error al dejarme llevar y venir aquí.

—Bueno, bueno. Tanto como perfecta… ¿Cómo van esas alegrías para el cuerpo? ¿Has estrenado la nueva lencería ya? —expone su amiga con una connotación sexual. ¿De qué vida perfecta presumías, Ana?, porque parece que eres una superficial que oculta su punto débil.

—Me tiene que llegar esta semana, así que nada. —Me apunto este dato—. Además, Eric con el insti, el trabajo y los exámenes está más cansado y no tiene tiempo. Esta racha nos enfría más en la cama. —Ya veo, te sientes insatisfecha con mi hermano, así que no todo es tan “perfecto”.

—El tiempo para eso se hace. Sácalo del agobio. Si quieres, deja que se concentre y termine los exámenes, pero luego fóllatelo bien. Con ese modelito vas a triunfar. Es un chico, le gusta el tema por narices. —¿Su amiga se considera una experta en relaciones?

—No sé qué decirte, Claudia. —Ya le puedo poner un nombre a esa cara—. Las últimas veces he sido yo la que lo ha buscado. —¿Qué insinúas, Ana? Mi hermano no tiene la culpa de que seas la insaciable que das a entender que eres.

—Eso es porque él está en su burbuja. Sé juguetona y querrá más. —Bien que me juzgaste, Claudia, cuando la digna de ser juzgada eres tú por alardear de conocimientos que a lo mejor ni posees.

—Bueno, ya te contaré cuando pruebe. Por cierto, ¿cómo te fue tu examen? —¡Qué interesante! Ana ha desviado el tema. ¿Tan delicado resulta para ella? Como siempre, las apariencias engañan.

—Bastante bien. No sacaré notaza, pero aprobaré. Ahora tengo el otro. Matemáticas Avanzadas Dos, con eso te lo digo todo. —Tu actitud tan pesimista sí que lo dice todo, Claudia.

¡Riiing! ¡Riiing!

¡Qué lástima que el timbre interrumpa el momento! He obtenido bastante información sobre Ana y su entorno en poco tiempo, no me puedo imaginar todo lo que habría averiguado con unos minutos más.

Claudia se abalanza hacia las escaleras, por lo que me aparto de la pared, pero no soy lo suficientemente rápida y Ana me sorprende tras doblar por la esquina del pasillo. Noto su asombro antes de alejarme de ella a toda prisa. ¿Quién sabe?, tal vez reflexione sobre sus actos.

***

Las siguientes horas de clase no fueron iguales a cuando llegué. Arrimé mi silla al extremo de la mesa. Además, agrandé la frontera ficticia entre el puesto de Ana y el mío arrinconando mis pertenencias en el lado derecho. Así también evité que nuestros brazos pudieran rozarse debido a que ella es diestra y yo, zurda. Tampoco me valí de excusas académicas para dirigirle la palabra.

Tuve la sensación de que Ana quería decirme algo por sus miraditas, pero eludí el contacto visual. Para colmo, es tan maleducada que no se despidió de mí cuando se acabó la jornada estudiantil. Ana, como el resto, recogió su material escolar y se apresuró para unirse a la avalancha de alumnos que corrían como animales despavoridos. ¡Ni que huyeran del matadero! Sin embargo, me extrañó que frenara junto a la puerta por un instante para mirarme.

Yo he guardado mis cosas con calma, alargando mi partida para que mi hermano se reúna con ella y le cuente la gran sorpresa. Eric me ha enviado un mensaje indicando que me espera en la puerta principal. Mis padres cumplieron con mi petición al avisarle lo más tarde posible.

Bajo por las escaleras luciendo una sonrisa triunfante. En parte, se debe a que pronto podré abrazar a mi hermano. Pero mi mayor satisfacción proviene del trago amargo que vivirá Ana cuando descubra que su cuñada soy yo.

Me acerco a la salida del instituto.

—¡Laura! ¡Por aquí! —Mi hermano ondea un brazo para señalarme su ubicación entre la multitud.

¡Qué alto se ha vuelto! Y allí, a su lado, Ana exhibe una gran expresión de pasmada.

He venido a esta isla persiguiendo algo que me inquieta y que no comprendo, pero soy una friki y una gafe para ti, Ana. Por eso, vas a conocer mi otra cara… y te arrepentirás.

—¡Hermano! —Mi grito de emoción camufla la sonrisa de satisfacción que se dibuja en mis labios tras deleitarme con la expresión bobalicona de Ana.

Me apresuro hasta fundirme en un profundo abrazo con Eric. ¡Cuánto tiempo sin sentir su calor y su acogida protectora! Pero, a pesar de todo el amor que derrochamos, saboreo cierta diferencia, cierta frialdad engendrada por la distancia que dejamos crecer entre nosotros, especialmente por mi culpa para no involucrarlo en mis desgracias.

—¡Menudo estirón has pegado! —exclama mi hermano con entusiasmo—. Casi ni te reconozco.

—Han pasado años desde aquel verano en Tokio. —El verano más especial de mi vida. Fue la última vez que estuve con mi hermano, pero fue la vez que conocí el amor verdadero. Mi alma gemela. Mi Aiko. El destino enlazó nuestros caminos para siempre, incluso aunque nos haya separado en el plano terrenal—. No puedo ser una niña eternamente.

—Para mí siempre lo serás. Aunque nos hayamos perdido estos últimos años, nada cambiará que eres mi hermana menor. —La ternura de Eric me transporta a nuestra infancia, a la época en que éramos felices y vivíamos sin preocupaciones. ¡Cuánta añoranza!

—Lo siento por eso. —Me acomodo en su pecho y lo apretujo como hacía en aquellas fechas donde primaba la inocencia—. Mamá y papá son sobreprotectores conmigo. Han sido unos años difíciles. Hemos tenido algunos problemas y no quería saber de nadie. Pero les planté cara y aquí estoy. Necesito distanciarme de ellos. Lo siento por no avisarte antes. —Aunque no es mentira, me pesa tergiversar la verdad para ocultarle mis secretos. Al menos, abrazada a él evito mirarlo a la cara en este instante—. ¿Puedo quedarme contigo? —¿Cómo te sienta esta pregunta, Ana? ¿Puedes digerir lo que implica?

—No tienes que pedírmelo, boba. —El tono de mi hermano se torna más cariñoso, igual que cuando íbamos al colegio—. Tendrías que haberte venido conmigo todas las vacaciones, pero sé cómo son nuestros padres. Nos han criado de forma diferente, pero bueno, no son de lo peor. Nos quieren a su manera. Lo importante es que estás aquí y que podrás quedarte todo el tiempo que quieras. —Eric conserva su corazón gentil, me enternece. Por otro lado, me cuestiono si el egocéntrico mundo de Ana se está agrietando al ver que la atención de mi hermano ya no gira en torno a ella.

—Gracias, hermano. Estoy muy contenta. —Me apodero de Eric entre mis brazos. Este es un abrazo agridulce. Dulce para nosotros y agrio para Ana porque este gesto familiar equivale a que no podrá impedir que yo viva con ellos, por lo que tendrá que soportar a la “friki”.

¿Afirmabas que yo gafaría tu vida, Ana? Hagámoslo realidad.

—¡Ejem! —¡Oh, miss “Mi vida es perfecta” clama por la atención que dejó de recibir! ¡Qué poco aguante tienes, Ana!

—Por cierto, Laura, te presento a mi novia Ana. —Eric se aparta de mí para lucir su trofeo con orgullo echándole el brazo por encima—. Vivimos juntos, así que compartirás casa con ella también. —Lo sé muy bien, tanto que estoy recreándome con el momento—. Ana, te presento a mi hermana Laura—. ¿Qué pasa, cuñada? Te has puesto más rígida que una estatua. ¿Para eso te hiciste notar cuando te sentiste desplazada por mi hermano? Quizás te ayude un poco más de… tensión.

Tan natural como cariñosa, me atrevo a saludarla con un par de besos en sus mejillas. Sin embargo, la cercanía me traiciona. El tiempo se ralentiza tras el primer roce de mis labios sobre su piel. El tacto tibio y el radiante aroma que brota de sus cabellos cautivan mis sentidos. Los escasos centímetros que se interponen entre su boca y la mía cuando busco el lado opuesto de su rostro detonan mis latidos. Presa de la atracción inesperada, retraso el último beso el tiempo suficiente para no delatar mi idiotez a la vez que me empapo de su esencia.

—Sí. Ana. Es más bonita en persona. —Soy tan tonta que no he podido contener mi verdadero pensamiento a través de mi zalamería. Espabila, Laura—. Mamá y papá me habían enseñado una foto que les habías enviado donde sales con ella. —Creo que he podido arreglarlo. La cara atónita de mi cuñada revela su sorpresa al descubrir que yo ya sabía quién era ella. ¿Ahora te sientes fatal por catalogarme como “friki”, Ana? Nunca sabes a quién tienes a tu vera, ¿no es así?

—Gracias. —Extraña forma de agradecer un elogio al emplear un tono sarcástico, Ana—. Es curioso, Eric. Resulta que vamos al mismo grupo. ¿Te lo puedes creer? Me podías haber dicho algo, Laura. Ya que somos cuñadas…

No preví que me expusiera de esa manera. Una de dos: Bajé la guardia demasiado o infravaloré a mi cuñada intelectualmente. Pero no cantes victoria tan rápido, Ana, pues todo lo que digas servirá para cavar tu propia tumba.

—¿Sí? ¡Qué coincidencia! —comenta mi hermano.

—Lo siento, no estaba del todo segura. Estoy cansada por el viaje y me estoy habituando. —Me valgo de una excusa patética y me victimizo, es mi mejor carta para combatir mi error—. Pero me alegra que seas mi cuñada y mi compañera de clases. —Casi lo olvidaba, una pizca de dulzura para removerte la conciencia, Ana, si es que tienes.

—Mi hermanita es un encanto. —Debo acostumbrarme otra vez a que Eric es la única persona que me apreciará de verdad aquí—. Vámonos para que puedas comer y descansar. Deja que te lleve la mochila.

¿Otro golpe para tu ego, Ana? Porque parece que estás a punto de bramar como un toro. Ahora yo soy la privilegiada. Sí, la “friki” te comió el terreno.

—Gracias, hermano.

—¿No tienes más equipaje? —me consulta Eric.

—Sí, pero no lo traje conmigo. Mamá y papá lo envían por separado. No querían que cargara con todo ni que perdiera tiempo en el aeropuerto. Saben que me gusta estudiar y que aprovecharía desde el primer día. Creo que mis cosas llegarán entre hoy y mañana. —Me aseguraré de que sea mañana, tengo otros planes en mente, planes que te conciernen, Ana, por supuesto…

***

Durante el camino a casa, mentí sobre el rumbo que había llevado mi vida después del viaje a Japón. Campamentos de verano para adolescentes con futuro, ese fue mi argumento creativo para justificar mi pérdida de contacto con mi hermano. Culpé a mis padres de decidir por mí y obligarme a participar en actividades que no me apetecían. Sabía que Eric lo entendería, aunque las mentiras atraían a otras. Él supuso que yo habría conocido a muchas personas, lo cual dejé en el aire y opté por no entrar en más detalles para no equivocarme.

En realidad, a pesar de que yo fui la principal responsable de nuestra distancia por no seguir comunicándome con él, mi hermano también se olvidó de mí con rapidez. Ana entró en su vida y lo absorbió como un parásito encantador, ella es la culpable de que Eric no pensara en mí como antes. Creo que empiezo a verla como lo que es en las pocas horas que hemos compartido. ¡Qué decepción! Acaparadora. No soltó la mano de Eric en todo el trayecto porque no soportaba que él me echara el brazo por encima y derrochara su cariño conmigo.

—Bienvenida a casa, hermanita. —Mi hermano abre la puerta del apartamento.

Un aluvión de recuerdos invade mi mente. El sofá donde retozábamos, donde le robaba las golosinas y donde jugábamos con la consola. Algunos muebles del salón han cambiado, pero este sigue conservando su esencia. La zona del comedor me representa nuestras peleas con palillos para coger las piezas de sushi que más nos gustaban. Me alegra que Eric no se deshiciera de la antigua mesa redonda en la que vivimos tantos momentos de nuestra infancia. Ahora es Ana quien se encarga de extender el mantel.

—Ven, Laura. —Mi hermano me guía a través del pasillo que distribuye el resto de la casa—. Seguro que recuerdas este cuarto.

¡Cuánta nostalgia! Esta era nuestra habitación. Antes teníamos una litera, un escritorio doble y un armario y una estantería compartidos, aunque yo poseía más de la mitad de ambos. Eric dormía arriba porque yo solía rodar y caerme. Despertaba a todos con el estruendo del golpe seco, pero más con mi llanto. ¡Ay, cuántos chichones me salieron! Mi hermano me decía que yo me volvería más cabezona que él.

—¡Ja, ja! —Río irremediablemente.

—¿Qué? ¿Recordando tus maldades? Cuando me echabas pasta dentífrica en la mano y me hacías cosquillas en la nariz con una pluma… —rememora mi hermano con elocuencia.

—¡Ja, ja, ja! ¡No!

—Entonces cuando tocabas la trompeta para que despertara de un salto y me pegara con el techo. ¡Traviesa que eras!

—¡Ja, ja, ja! Querías tener cuernos como un demonio y yo te ayudaba, no te quejes. Pero no me río por eso. Me río por el cambio que diste cuando empezaste a echarme del cuarto para cambiarte de ropa. El señorito ya no quería que su hermana, con la que se había bañado toda una vida, lo viera desnudo.

—Ya sabes, todos crecemos. Seguro que tú también tienes tus reservas ahora que te has vuelto un poquito mayor. —Algo tan simple como entrar en este dormitorio con mi hermano ha reavivado mi alegría. No es suficiente para llenar mi vacío, pero sí para sentir que recupero a Eric. Él también luce feliz con mi presencia.

—Sí, me gusta la privacidad.

—Pues tendrás toda la privacidad del mundo con el cuarto para ti sola. Espero que te gusten los cambios, ya no hay tantos trastos ni muebles aparatosos. Lo preparé pensando en que volvieras algún día. Las sábanas están limpias, todo está listo para instalarse. La cama es grande para que no te caigas, ¡ja, ja! —A pesar de la distancia, Eric sí ha pensado en mí.

—Es perfecta. Gracias, hermano.

—Ana y yo dormimos en la de nuestros padres —señala Eric, cosa que yo suponía. Eso significa que estaremos pared con pared…

—¡Eric! ¡Podéis venir! ¡Ya os he servido! ¡Recuerda que se te hace tarde para el trabajo! —La ladrona de hermanos no nos concede ni un minuto a solas. Ha estado correteando de la cocina al salón, quizás espiando nuestra charla con disimulo durante el recorrido. No obstante, huele a comida caliente y tengo hambre.

Eric y yo regresamos al comedor. Ana ocupa una silla en la mesa, espera por nosotros. Por lo visto, ha servido tres platos de espaguetis y tres vasos de agua, ha colocado los cubiertos y ha doblado las servilletas para cada uno. Es evidente que no cocinó, que esta comida ya estaba hecha, y que solo pretende causar una buena impresión delante de mi hermano.

—Huele bien. Algo caliente, sí, que me ruge el estómago —expresa Eric con agrado y se sienta.

Ana gira el tenedor para enredar los espaguetis.

—Esto… —Me encantan los espaguetis y estoy más hambrienta que mi hermano, pero no puedo desaprovechar la oportunidad. Voy a desenmascararte delante de Eric, Ana—. Gracias, pero… —Aflojo mi voz, articulo cada palabra con suma delicadeza mientras atravieso a miss “Mi vida es perfecta” con la mirada—. Lo siento, pero no como espaguetis.

Bajo la vista con pena para controlar las ganas de carcajearme. La cara de ingenua de Ana con la boca abierta supera cualquier chiste que haya escuchado jamás. Debí esperar a que engullera el bocado que sostiene para que se atragantara. ¿Te jodió la “friki”, cuñada de pacotilla?

—¿Alguna razón en especial por la que no los comas? —replica Ana con amargura. Confío en tu intelecto, hermano, para que percibas el lado oscuro que tu novia no ha podido reprimir.

—Simplemente no me gustan. Lo siento. —Mantengo mi postura de apenada.

—Perdón, hermana —se disculpa Eric—. No lo sabíamos. No pasa nada. ¿Te preparo una tortilla con pan y queso? —Abandona la silla.

¡No, esto no debía desarrollarse así! Quiero fastidiarla a ella, no a ti.

—No, hermano. No quiero molestar. Comed, por favor. Puedo aguantar. —¿Qué más puedo hacer? Tengo un déficit improvisando ideas por mi falta de ingesta de comida.

—De eso nada. Te lo preparo en un santiamén. —La bondad de mi hermano sobrepasa mis expectativas.

El silencio será mi arma. ¡Explota de una vez, Ana! No puedo creer que seas tan desgraciada como para mantener el pico cerrado. ¡Quéjate! ¡Llámame friki!

—Déjalo, mi amor. —¡Por fin abres la boca, Ana! Ponte en evidencia—. Ya se lo preparo yo. Come tranquilo, tienes que ir a trabajar. —¿Qué? Se levanta con mala gana, pero sigue interpretando ese papel de novia ejemplar. ¡Vamos, hermano! Di que notaste cómo ella exprimió la servilleta con rabia.

—Eres un sol. —¡No! Mi hermano está ciego con ella.

—Gracias, Ana. Siento las molestias. —Perdí esta batalla, pero no la guerra. No importa, Ana, ahora sé que frente a mi hermano te esfuerzas para guardar las apariencias. Escarbaré un poco más, debes tener límites.

Tras marcharse ella a la cocina resoplando por lo bajo, observo a mi hermano mientras come. Eric apenas mastica. Los espaguetis parecen una cascada colgando desde su boca hasta el plato. Tiene prisa de verdad. Mis actos están perjudicando su rutina y sus responsabilidades. Esto no era lo que deseaba para él.

—Llegas tarde al trabajo, ¿cierto?

—Umm… Sí… —Eric casi no puede hablar con la boca llena.

—Lo siento. Te has retrasado por mi culpa.

—Tran-quila… —La nuez de mi hermano se expande como si se hubiera tragado una pelota—. No pasa nada por llegar tarde una vez. Para mí es más importante aprovechar este rato con mi hermana. Mi vida se ha vuelto más ocupada y no me pasó por la cabeza forzar un viaje para visitaros en Londres, pero no por ello he dejado de echarte de menos.

—Ay, hermano… —Mi corazón se ablanda ante el amor de mi hermano. Sin embargo, no soy capaz de abrirle mi alma, mucho menos con una diabla como Ana rondando por aquí.

***

La señorita de la vida “perfecta” suelta el plato delante de mí como si le sirviera la comida a un perro. Mi hermano solo contempla la parte positiva de la falsa obra de cortesía de ella, pues estaba distraído capturando los últimos espaguetis. Aun así, le doy las gracias a mi cuñada como toda una hipócrita y Eric como todo un ciego.

Escaneo el pan con tortilla de un vistazo. ¿Ana habrá envenenado mi comida con lejía o algo semejante? Tiene motivos para dañar el estómago de la “friki”. Bueno, mi hermano es testigo de que cocinó ella, así que correré el riesgo.

Muerdo mientras le dedico una mirada a mi cuñada. Si me ocurriera una desgracia, este momento quedará grabado en su mente… ¡Qué sabroso! Para ser una comida simple, le puso esmero.

—Está muy bueno, Ana. Cocinas muy rico. Eres muy buena, entiendo por qué le gustas a mi hermano. —Por hacer la tortilla en contra de tu voluntad y por si acaso la contaminaste, un poco de amabilidad debería pesarte. No obstante, mis palabras sí son sinceras. Pretendieras quedar bien delante de mi hermano o no, tu decisión evitará que llegue más tarde al trabajo.

Ana exhibe media sonrisa forzada y se marcha a la cocina con su plato. Supongo que los espaguetis se le enfriaron. Mi hermano, por otra parte, se dirige a la habitación para cambiarse de ropa. En menos de cinco minutos volvemos a estar los tres reunidos en el salón, salvo que en esta ocasión Eric porta su uniforme de empleado para irse a trabajar.

—Os quedáis en buenas manos. Me voy corriendo. Las veo en la noche —se despide mi hermano tras expresarnos su cariño con besos.

Ana y yo ocupamos la mesa a solas. ¿Quién diría que lo que anhelé esta mañana se cumpliría cuando menos me interesara? Todas las preguntas que tenía en mente para conocerla mejor carecen de sentido ya. Ahora me mantengo alerta mientras como por si ella desata su lado cruel. Me inquieta lo que pueda pasar porque mi hermano no está aquí y eso le brinda poder a Ana para mostrar su verdadera cara. ¿Cuánto tardará en confesar lo que piensa sobre mí?

Mi cuñada rompe con el tenso silencio, pero lo hace encendiendo la televisión. ¿Se sentirá tan incómoda como yo? Sí, seguro que sí. Por eso enrolla los espaguetis deprisa, sacude una pierna a ratos y respira agitada. Estamos en igualdad de condiciones, aunque yo no soy tan evidente como ella. Aiko habría conseguido exponerla rápido. Ella siempre fue tenaz y directa con las personas, ahora mismo estaría escupiéndole las verdades a miss “Mi vida es perfecta” a la cara para sacar lo peor de ella, todo lo contrario a mí, que dudo y observo de refilón los labios de Ana manchados de salsa mientras espero que los use para insultarme.

Tan seca y madura que aparenta ser, y resulta que se pone a chupar un espagueti como una niña. Este se agita como un látigo y castiga a mi cuñada, impregnando de salsa parte de su cara.

—¡Ja, ja, ja, ja! —Mi risa se torna atronadora, tanto por la estupidez de Ana como por su expresión ridícula. Ella también cede y muestra los dientes.

Tengo delante de mí la sonrisa cautivadora y contagiosa que anula mi oscuridad interna. Es su sonrisa real. Es su sonrisa sincera. Esto era lo que deseaba vivir esta mañana y ha surgido cuando menos lo imaginaba.

Guiada por el impulso de su hechizo, extiendo mi mano hacia ella. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Debería echarme atrás? No, no puedo. Ella luce pasiva, así que no me contengo. Limpio el rastro de la salsa con un dedo. Recorro su piel tibia en una sutil caricia que se prolonga hasta casi tocar sus labios. La sensación ardiente se reaviva en mi pecho, tanto que me asusta, por lo que reprimo mi atrevimiento.

—Te manchaste de salsa —me justifico.

—A veces hago el tonto —dice Ana con un tono más amistoso que en el resto del día y se pone de pie—. Voy a recoger la mesa y a fregar. Come tranquila, luego lo limpio.

¿Por qué tengo la sensación de que su actitud ha cambiado? No, debo estar confundida por lo que ha pasado. He vuelto a bajar la guardia como una idiota. Detrás de esa sonrisa luminosa se oculta la cuñada diabólica que me cataloga como una friki vomitiva y sé cómo comprobarlo.

En cuanto digiero mi último bocado, me aventuro hacia la cocina. Ana friega en paz de espaldas a mí, situación que aprovecho para soltar mi vaso desde lo alto.

¡Clac!

—¡Joder! —grita Ana con la misma fuerza con que estalla el cristal en múltiples trozos. Su rostro encarna su disgusto al voltearse y encontrarse conmigo, mi plato en una mano y el desastre en el suelo.

—Esto… Lo siento. Se me resbaló. —Interpreto una falsa culpa.

—Cosas que pasan. No te preocupes. —Los agresivos gestos faciales de Ana se relajan—. Ten cuidado de no cortarte. Hay cristales por todos lados. —Se comporta como en el instituto. Primero estalla, luego minimiza la gravedad de la situación, pero me convierte en objeto de burlas cuando le doy la espalda. Sí, tiene que ser eso. Apuesto a que se lo contará a su amiga sabelotodo Claudia para reírse de mi “torpeza de pato cojo” a mi costa.

—Lo limpiaré. ¿Dónde están la escoba y el recogedor? —Por mucho que pretendo incordiarla, al final me irrito yo cuanto más descubro cómo es.

—Deja el plato por ahí y no te preocupes por esto, yo lo recojo. Aprovecha y descansa un poco. —¿Por qué me trata con amabilidad y opta por lidiar con mi desastre a pesar de que le caigo mal? Lo normal habría sido que me ordenara limpiar y fregar lo que falta.

—Vale… —Nadie me había confundido tanto de un segundo a otro como Ana Álvarez. Nadie.

***

Tumbada en mi nueva cama, medito sobre el día tan desbordante que estoy viviendo. Dos años de dolor, de vacío, de tristeza, aislada del mundo, y en unas horas tras mi regreso a la realidad me he visto sumergida en una tormenta de emociones. El amor de mi hermano, el bienestar de mis primeras risas en meses y esa resplandeciente sonrisa frente a la decepción y las burlas que me persiguen. Ana es el eje de todo. Ni siquiera me he planteado qué haré cuando halle una respuesta clara respecto a ella. Tal vez la aleje de mi hermano para protegerlo y luego me iré a alguna parte donde me sienta cerca de Aiko para siempre…

¡La empresa de transporte! Casi lo olvido. Tengo un plan para poner a prueba el egoísmo de Ana e incomodarla más.

Enseguida tomo mi teléfono y marco el número de la empresa. Me atiende una señora, a quien reporto mi solicitud sin alzar mucho la voz para que Ana no me escuche.

Después de colgar, salgo de mi habitación para buscar a mi cuñada. Casualmente, ella viene de la cocina.

—Ana, ¿puedo pedirte un favor? —Ansío conocer su reacción.

—Dime… —Miss Falsa está neutral.

—He hablado con la agencia de transporte. He confirmado la dirección de entrega, pero han tenido un retraso con los envíos y no me traerán mi maleta hasta mañana por la tarde. —En otras palabras, yo les pedí retrasar la entrega alegando que no habría nadie en la casa hoy—. ¿Podrías… prestarme ropa tuya para cambiarme? —Prueba de fuego, Ana. ¿Qué excusa me pondrás para que me joda?

—Claro. Creo que tenemos más o menos la misma talla —contesta tras mirarme de la cabeza a los pies.

—¿Y una toalla para ducharme? —¿Me habré equivocado?

—También. Lo que necesites.

—En ese caso…, ¿algo de ropa interior? —¡Arrugó las cejas y se le borró la media sonrisa afable! Tienes algo de generosa, pero he conseguido incordiarte con esto—. Vale, no quiero molestarte tanto. Puedo ir… fresquita. —¡Siéntete mal!

—No, está bien. Puedes quedarte con lo que te dé. —¿Cómo puede ser que me complazca? Juraría que sus ojos y su mutismo prolongado revelaban lo contrario.

Ana me conduce hasta la que una vez fue la habitación de mis padres. En cierto modo, estas paredes siguen oliendo a matrimonio.

—Entonces aquí es donde duermes con mi hermano —enfatizo con doble intención. Imagino que se han divertido mucho sobre esa cama, pero parece que la llama se apagó y solo queda carbón. ¿Debería mencionar su insatisfacción de insaciable para atacar sus sentimientos y poner un punto final rápido a mis dudas? Aiko lo haría sin cuestionárselo. Tal vez me he vuelto débil por estar tanto tiempo encerrada en mí misma. O tal vez no soy tan dura por otra cosa que no consigo explicarme.

—Sí. Vivimos juntos desde hace casi un año —me cuenta Ana mientras revisa el armario. Yo también tuve el privilegio de vivir con mi Aiko una temporada… Te envidio, Ana.

—Qué bien —expreso con debilidad.

—¿Tú tienes novio? —Presupone que me gustan los chicos. ¿Te burlarías de mis preferencias también? Aunque ella no lo sabe, me hace daño con este tema.

—No. —No soporto la idea de no volver a sentir a Aiko entre mis brazos.

Ana me proporciona unas prendas veraniegas reveladoras y diferentes a lo que acostumbro a vestir. También me facilita una toalla y unas chanclas. Tras acompañarme al baño, que está justo en frente de nuestras habitaciones, me advierte que la puerta no tiene pestillo y que tendré que llamar antes de entrar si está cerrada. Esta norma no es nueva para mí, pues esa puerta nunca tuvo un seguro.

A solas, mi máscara de bienestar se quiebra frente al espejo del lavamanos. Contemplo el reflejo de mi melancolía. Las cejas encogidas. Los labios caídos. Mis ojos se humedecen, estaban agotados de retener las lágrimas de dolor. Me molesta que Ana me trate bien cuando estoy segura de que piensa lo contrario de lo que hace, pero más me lastima recordar que Aiko no está conmigo.

Me desvisto a ritmo lento, dejando para el final la muñequera que, sin mirarla, consigue desmoronarme. Lloro. Busco consuelo bajo el agua hirviendo de la ducha para combatir el dolor emocional con el dolor físico. La propia bañera me destroza al simbolizar el lugar en el que estuve con Aiko por última vez. La angustia me asfixia, es insoportable. Vivo este tormento cada día desde hace dos años…

***

Me he desahogado, aunque he dejado de llorar porque ya no me quedaban lágrimas para derramar. El baño se ha convertido en una sauna a causa del agua caliente que he consumido. Debería darme prisa para salir, pero no puedo permitir que Ana descubra mis ojos llorosos. Ganaré tiempo cepillándome el pelo frente al espejo empañado y me vestiré luego.

Ana. Ana… Su sonrisa regresa a mi mente como si fuera un remedio para mi congoja. Prefiero pensar en ello mientras me cepillo para acelerar mi recuperación.

Sí, recordar su agradable sonrisa me distrae. ¡Si hasta tiene su gracia! Su belleza y sus expresiones ridículas combinan muy bien. Además, ¿quién hubiera dicho que mi cuñada me regalaría una de sus mejores bragas? Por el estado del tejido intuyo que no las usaba mucho, como si las guardara para ocasiones especiales… ¿Cómo será en la cama? Si encargó lencería, significa que le gusta seducir.

Me acerco las bragas a la nariz y compruebo que huelen a limpio, a un suavizante fresco. Seguro que este olor delicado se adhiere a su zona íntima. Lo cierto es que ella tiene un aura seductora de por sí, tiene algo que la vuelve irresistible. ¿Será el tono rojizo y pasional que la caracteriza? Puedo imaginarla con estas bragas puestas, en lencería, insinuando sus encantos, y sería como tener una rosa tentadora delante… ¿Por dónde empezaría a acariciarla?

Los labios rosados de Ana poseen la forma de sus pétalos más atractivos y sensuales. Sí, empezaría por ahí. Son magnéticos, apetecibles. Estuve a punto de tocarlos. ¿Cómo habría sido secuestrarlos por un instante?

Tengo mucho calor de repente. La sangre me hierve, había olvidado esta sensación tan posesiva. Mi mano apretuja las bragas y se arrastra por mi vientre. Sé a dónde se dirige. Quiero detenerla, pero me vence la ilusión de los labios de Ana sobre mí. ¡Y la exquisita piel de sus muslos! Tuve el placer de frotarlos con mis dedos, pero… ¿cómo debe ser saborearlos con mi… boca?

—Ah… —gimo con suavidad al rozar mi clítoris y distingo parte de mi rostro excitado en un fragmento del espejo.

Esto no está bien… Con ella no… Pero es adictivo…

Descubrir el cuerpo de Ana con mi lengua…

¡Chiiir!

¡No! La puerta se abre en este momento tan embarazoso. De inmediato, oculto la mano con que sostengo las bragas detrás de mí y me cubro con la del cepillo de pelo.

—¡Ana! —chillo nerviosa cuando reconozco a mi cuñada junto a la puerta.

Ese ser que tiene por nombre “Ana” cierra la puerta del baño enseguida. ¡Qué desgraciada! Quebrantó la norma de llamar antes de entrar que tanto remarcó. Pudo haberme visto sin la muñequera y destapar mis secretos. ¡Es detestable! Lo hizo para fastidiarme.

—¡¿Por qué has entrado así?! ¿No me dijiste que había que llamar a la puerta?

—Lo siento, Laura. Se me ha ido la pinza por completo. Me había quedado dormida y la mente se me ha reseteado. —Excusa barata—. Como no estoy acostumbrada a tener a alguien más en casa… —Ahora sí has sido sincera. Lo que quieres decir es que no me soportas, que soy una molestia para ti—. Pero bueno, no volverá a ocurrir. —Lo dudo—. ¿Te falta mucho? —Encima con exigencias.

—Cinco minutos más, por favor. —Cinco minutos para calmarme antes de que te tire el cepillo por maliciosa.

Percibo el carraspeo de Ana al otro lado de la puerta hasta alejarse.

Contemplo las bragas una vez más antes de ponérmelas. Soy patética. ¡Qué bajo he caído! Excitarme con Ana, mi cuñada, la que me apuñaló por la espalda nada más conocerme. Caí en un momento de debilidad sufriendo por Aiko, pero no volverá a ocurrir.

***

Tras salir del baño, busco a Ana. Mi cuñada está plácidamente sentada en el sofá del salón. Se mordisquea una uña como si fuera su remedio para aplacar su risita intermitente mientras sostiene la mirada perdida más allá de la televisión. Su material escolar reside desperdigado encima de la mesita del centro, abandonado como una pobre mascota en el desierto. ¿Qué puede haber dentro de la mente de paja de Ana?

—El baño ya está libre. —La sorprendo a sus espaldas. Ella se gira al instante, revelando el rastro de las lágrimas de risa que se esfuerza por limpiar.

—No te sentí salir. Estaba aquí… Bueno… —Se enmudece. ¿Se te agotó el repertorio de excusas, Ana?

—¿Te pasa algo? Tienes los ojos lagrimosos —destaco mientras juego con un mechón de pelo, atenta a la ridícula improvisación que está a punto de exponer. ¿Admitirá el verdadero motivo de su risa impertinente?

—Sí, bueno. Nada, una tontería. Una cosa en la tele que me hizo mucha gracia. —Lo sabía, la típica respuesta absurda e incoherente. ¿A quién quiere engañar? Dudo mucho que la divierta más un programa de reformas del hogar que sabotear la intimidad de su cuñada. Lo que no entiendo es por qué me observa con tanta intensidad, como si me acariciara con la mirada—. Te queda muy bien mi ropa. Te ves muy bien. —Esa sonrisa tan tierna. Ese tono tan gentil. ¿Es un elogio de verdad?

—¿Sí? Gracias, Ana. Será mi nuevo pijama. Es más cómodo que el mío. —Vuelvo a ser presa de su encanto de súcubo. Estos escasos segundos en los que conecto con ella me hacen sentir que soy yo misma.

—Bien. Bueno, me voy al baño. —Una parte de mí me desconcierta, anhela conocer este lado noble tuyo, tiene la esperanza de que seas diferente.

—Vale. Yo… voy a hacer los deberes. —Aunque sea para estar en paz, te agradeceré el esfuerzo por contentarme y sacrificarte por mi hermano.

En cuanto me aseguro de que Ana se encierra en el baño, ocupo su puesto en el sofá. La letra un tanto descuidada de sus cuadernos representa muy bien su escaso interés por los estudios. Hojeando las páginas de las distintas materias noto que la mayoría de las actividades están incompletas o mal encaminadas. Este es un punto débil de mi cuñada, por lo que la ayudaré como compensación y, quién sabe, tal vez le sirva de ejemplo para mejorar.

Tomo el bolígrafo y comienzo a resolver los ejercicios. Durante el proceso, recuerdo cuando era una niña ciega que satisfacía las peticiones de mis supuestas amigas, especialmente las de Marta. Ellas no fueron las únicas que intentaron aprovecharse de mi ingenuidad y mis conocimientos. Por todos los colegios que pasé siempre hubo gente que se me acercó con una sonrisa falsa para conseguir la misma finalidad. Después de negarme, esas sonrisas se desvanecían y revelaban las miradas de odio y menosprecio. Así se desencadenaba uno de los motivos de abuso sobre mí, un acoso proveniente de las mismas personas que pretendían ser mis amigas. Nunca he comprendido del todo por qué la gente es así, pero no bajé la guardia desde mi vivencia con Marta.

Aiko también vivió experiencias muy similares. Ella me dijo que las personas actúan por interés. Cuando no consiguen lo que quieren, un sentimiento de rechazo y negación los devora por dentro y revela su verdadero ser. No pueden permitirse que alguien a quien consideran inferior esté por encima de ellos y recurren a cualquier bajeza por tal de hundirle y humillarle. Solo así se sienten superiores y mejor porque, en realidad, son ellos quienes no son nadie y no tienen nada bueno que aportar a la humanidad. Son víctimas de su propio complejo de inferioridad. Aiko afirmaba que todos debían recibir su castigo. Yo simplemente deseaba que nos dejaran vivir nuestras vidas en paz.

Debería haber respondido mal los deberes de Ana para que hiciera el ridículo en clase, de esa manera pagaría las consecuencias de sus otros actos conmigo. Sin embargo, no he sido capaz.

***

Dejé todo el material de Ana organizado después de terminar las tareas. No creo que ella aprecie el detalle, pero tengo la mente tranquila porque he pagado con mi gesto las “molestias” ocasionadas.

Ahora pretendo compensar el retraso que le causé a mi hermano adelantando la cena. Demostraré que no soy la niña mimada que Ana quiere hacer ver frente a los ojos de Eric.

Empuño una sartén y la coloco sobre la vitro a máxima potencia, no sin antes pelearme con los botones de encendido y de bloqueo de seguridad. Mis padres me prohibían acercarme a la cocina, a excepción de emplear la tostadora y el microondas porque… ¿qué podía salir mal con esos electrodomésticos tan sencillos? Lo cierto es que una vez se me atascó la palanca de la tostadora y las rodajas de pan se chamuscaron. En otra ocasión, tuve la maravillosa idea de calentar huevos crudos sin sacar del cascarón en el microondas. Creía que se cocinarían por dentro igual que al hervirlos. Aún recuerdo la explosión que arrugó las caras de mis padres. No volví a pisar la cocina.

Aunque el arte culinario no es mi fuerte y tampoco me apasiona, me gustaba comer rico. Le había perdido el gusto a la comida desde que no tengo a Aiko… hasta hoy.

Esta niña consentida te va a sorprender con el arroz, Ana. Si leí bien las indicaciones en Internet, basta con echar los granos en la sartén y removerlos de vez en cuando con el cucharón. Sencillo.

El arroz se dora con rapidez, quizás con excesiva rapidez. El aroma tierno se torna tóxico. El ruido efervescente amenaza con un estallido de chispas al estilo de palomitas de maíz, por lo que cubro la sartén con una tapa por precaución.

Algo no me convence. Un humo negro y grisáceo con sabor a quemado se abre paso por los poros de la tapa, creando una nube densa por toda la cocina. Las instrucciones mencionaban que era normal que se liberara vapor, pero el indeseable olor y las repentinas erupciones volcánicas me indican lo contrario.

Estremecida por la tensión, sujeto la sartén valiéndome de un trapo y retiro la tapa.

—¡Ah! —El fuego que se alza frente a mis ojos me asusta.

¡¿Por qué pasó esto?! El arroz se está calcinando. Mis buenas intenciones se queman junto a él.

Soplo para extinguir la persistente llama. Las gotas de sudor que se escurren por mi cuerpo no se deben al calor, sino al miedo que me vence.

—¡Joder, Laura! ¡¿Qué coño haces?! —Ana, envuelta en una toalla, aparece en el momento justo que dudo en aguantar la sartén un segundo más y me la quita de la mano. Admiro su firmeza ante esta situación. La consideraría mi heroína, pero es un maldito ogro chillón.

—Yo… ¡Yo solo quería ayudar! —Su forma de dirigirse a mí por un simple error que cometí hiere mis sentimientos.

—Esto es fuego, ¡joder! Es peligroso. No te metas a hacer lo que no sabes. —Esa es la Ana despreciable, la que me cataloga como inútil con otras palabras—. Y pon la puta campana siempre que cocines. El extractor está ahí para algo —señala con la misma furia con que activa la campana extractora.

—Lo siento mucho, Ana. Me voy a mi cuarto… —Doy media vuelta antes de que distinga mis incontenibles lágrimas.

Tras encerrarme, me tumbo en la cama para desahogarme en silencio.

He vuelto a quedar como una estúpida. Solo pretendía hacer algo bueno, empezar a aportar para la convivencia, y ella no lo ha valorado. Hasta le hice los deberes como toda una idiota. ¡Te detesto, Ana Álvarez! ¡¿Por qué me afecta tanto el veneno que me escupes por esa boca si apenas llevamos unas horas juntas?! Ojalá tuviera mi cuaderno de Death Note aquí para escribir tu nombre en él. La sartén te debería explotar en la cara por malagradecida y chillona. Aiko nunca me trató con semejante violencia cuando me equivocaba en algo. Ella siempre me valoró y fue buena conmigo. ¡¿Por qué te tuve que perder, Ai?! ¿Por qué…?

***

He llorado durante un buen rato cuando creía que ya no me restarían fuerzas para hacerlo. Ni siquiera estoy segura de si lloraba por Aiko, por culpa de Ana o por toda mi vida. Soy tan infeliz que me cambiaría por esta funda de almohada inerte que pellizco como consuelo. Sin respirar. Sin pensar. Sin recordar. Sin dolor. No sentir nada.

El primer día con mi cuñada me está superando, pero no puedo rendirme tan rápido. Tampoco quiero que mi hermano me encuentre así.

Acudo al baño para lavarme la cara con calma. Contemplo mi reflejo abatido en el espejo una vez más. Mi mejor opción será refugiarme en la habitación hasta que Eric vuelva.

Para mi sorpresa, me encuentro con Ana al otro lado de la puerta cuando salgo del baño. ¿Esperaba por mí?

—Oye, Laura, que… gracias por hacerme los deberes. No tenías por qué. —Nadie apostaría que el ogro gruñón se expresa con el encanto de una princesa cuando le apetece. Serviría de inspiración para un personaje como Fiona.

—Solo quería ayudar… —remarco, por si no le quedó claro antes en la cocina. De todas formas, no tengo voluntad para tratar con ella ahora, así que bajo la mirada y la evito para seguir hasta mi cuarto.

—Tu hermano está al llegar. Ahora iba a la cocina para empezar la cena. ¿Quieres… venir y ayudarme? —¿Debo interpretarlo como tu forma de pedirme perdón? ¿O solo pretendes enloquecerme con tu bipolaridad?

—Lo único que hago es estorbar. —Yo sí tengo el valor para decir lo que piensas de verdad sobre mí. Dilo. Reconoce que soy un estorbo para ti.

—¡Qué va, Laura! Es cuestión de aprender y practicar. Mi primer huevo frito se carbonizó. Lo dejé en el fuego pensando que tardaba mucho. Ni siquiera le había echado aceite a la sartén. Me dio trabajo limpiarla después. Y no te creas, de vez en cuando se me olvida alguna pizza en el horno y la encuentro hecha una chancla. —La muy manipuladora me endulza con sus anécdotas, incluso conquista mi mirada y mi sonrisa ingenua en contra de mi voluntad. Esto no es lo que esperaba escuchar de su boca. Para colmo, siento la necesidad de contarle mis escasas experiencias, pero no caeré en su trampa—. Ven conmigo. Te enseñaré un par de cosas. Tengo un arte culinario de muerte, aunque esto no será suficiente para conquistar el estómago de un chico, ya te lo advierto. —Ni falta que me hace porque no me interesan los chicos. Si fueras más avispada y menos prejuiciosa, notarías cómo te miro…

—Vale. —Asumo este sacrificio solo para ayudar a mi hermano en la convivencia.

***

La Ana que tengo delante de mí en la cocina es la cara opuesta de la arpía. Me instruye con humor y calidez, como si yo fuera su hermana o su mejor amiga, alguien especial para ella. Firme, pero delicada y gentil. Me explica con suavidad y me supervisa con paciencia. Esta es la Ana de la sonrisa que me trajo de vuelta a Mallorca.

—Abrí la primera recomendación que vi en Internet. No sabía que hablaba de arroz tres delicias congelado. Creía que todo el arroz se hacía igual. —Ana ha conseguido relajarme lo suficiente como para abrirle una capa de mi coraza y contarle lo ocurrido mientras cocinamos arroz y filetes a la plancha.

—Ahora ya lo sabes. Aceite en la base, misma cantidad de arroz y de agua, y sal al gusto. Lo bueno de la olla arrocera es que cocina y para sola, pero no te puedes olvidar de desconectarla cuando ha terminado. Es fácil y rápido. Por eso Eric y yo comemos mucho arroz cuando nos da pereza cocinar algo más elaborado. Encima es fácil de acompañar. —Ella no tiene ni idea de lo bonita que luce cuando es simpática. O tal vez sí y todo esto forma parte de su plan embaucador para fastidiarme.

—Ya veo. ¿Puedo darles la vuelta a los filetes? Creo que ya están doraditos como me dijiste. —Me convertiré en una profesional. Mentira, pero ya no me moriré de hambre y no quemaré la cocina.

—Buen ojo. Aprendes rápido. Todo tuyo —me alienta Ana y me entrega las pinzas.

Capturar un filete es como querer atrapar a un pez fuera del agua. ¡Qué escurridizo! Pero lo consigo con un mínimo de concentración. Orgullosa, lo suelto por la otra cara desde cierta altura. El filete impacta en la base de la sartén, provocando que el aceite caliente me salpique.

—¡Ah! —chillo por el escozor provocado por las gotas que me queman el brazo como si fueran ácido y me aparto de la sartén.

—¿Estás bien? —Ana me socorre, toma mi brazo con cuidado en lugar de burlarse.

—S-sí. Pero me ha dolido. Quema —expreso con inocencia, sorprendida por su reacción y por la escasa distancia que nos separa.

—No es nada. Esto pasa a veces. —Ana sopla mi brazo como si me acariciara con una brisa primaveral suave y refrescante. Mi piel se eriza ante la ternura que despiden esos labios tan sensuales—. No te quedará ni una marca. Es culpa mía, debí advertirte. Cuando el aceite está muy caliente, se vuelve saltarín. Bajamos el fuego y solucionado. —Apenas proceso su explicación porque mis ojos se pierden en la curva de sus labios y el resto de mis sentidos se entrega al protector roce de sus dedos sobre mi piel.

Ana se enmudece, pero entreabre los labios y me posee con la mirada al compás que mis latidos se aceleran sin control. ¿Sentirá ella estas mismas sensaciones que me arrastran a lo indebido e ilógico? ¿O solo estoy siendo una víctima de su juego seductor?

—¡Mi amor! ¡Hermana! ¡Ya estoy de vuelta! —advierte mi hermano desde el salón. Inoportuna llegada; me habría gustado descubrir el desenlace de esta situación, pues Ana no me ha soltado el brazo hasta que ha escuchado a Eric.

—Mi amor, estamos en la cocina —le indica Ana, que se rasca la cabeza y se aparta de mí con cierto nerviosismo.

—Huele bien, a carne. Justo lo que necesito. —Mi hermano nos besuquea con cariño tras entrar en la cocina. Apesta un poco al sudor del largo día y sus párpados caídos resaltan su cansancio—. ¿Qué tal la tarde? ¿Qué habéis hecho? —Interesante pregunta. ¿Cómo piensas afrontarla, Ana? La mirada insegura y acorralada que me dedicas lo dice todo.

—Bueno… —A mi cuñada se le atraganta la lengua. Está entre la espada y la pared, y eso me place. Si confiesa la verdad, quedará como la mala de la película delante de Eric. Si miente, corre el riesgo de que yo la desenmascare. Detendría el tiempo para saborear este momento de satisfacción una y otra vez. Yo gano… Pero no puedo ignorar lo que acabamos de vivir en esta cocina por mucho que dude de ella.

—Descansar, hacer los deberes y ahora cocinar. Ana me está enseñando a cocinar cosas fáciles —le miento a medias a mi hermano. En otras palabras, le oculto lo que no necesita saber ahora mismo.

—Eso es —comenta Ana, expresando una sonrisa de alivio.

—Guay. Parece que os entendéis bien. Yo he tenido una tarde larga reponiendo y en caja. Ha habido mucho movimiento hoy —narra mi hermano, sin mostrar la más mínima sospecha de la tensión que hay entre su novia y su hermana. Supongo que ambas mentimos muy bien—. Voy a darme una ducha rápida para comer caliente y ponerme al día con mi hermanita, que Ana ya ha tenido su oportunidad. —Si tú supieras, desde gritarme hasta verme desnuda, hacerme llorar y manipularme.

***

He ayudado a Ana a servir la mesa mientras mi hermano se duchaba. Por alguna razón que desconozco, ella me estuvo observando con insistencia, como si me vigilara. Yo me estuve cuestionando si se planteaba lo que nos pasó en la cocina.

La cena es la que se ha vuelto incómoda por el interrogatorio policial de Eric. Comíamos tranquilos, yo estaba sentada entre ellos y era el centro de atención con el tema de las prendas que me regaló Ana, hasta que él se interesó por mi vida. Que si amigos, que si el instituto, que si vacaciones, que si nuestros padres… Le he repetido las mismas mentiras de esta tarde y he optado por los monosílabos para responder.

—¡Oh, Ana! Cuéntame eso de la mancha de tu falda. —Por fin mi hermano desvía el tema, y lo hace precisamente para uno muy interesante—. Me he acordado ahora. Y con lo callada que estás… ¿Quién fue la friki? ¿Qué pasó? —¡Vaya, vaya, Ana! De nuevo entre la espada y la pared. Sin embargo, me afecta que me vendieras como la “friki” incluso a mi hermano. ¿Pensabas propagar mi existencia por todas partes con ese apodo de no haber sabido que soy tu cuñada?

—Eh… En realidad, fue culpa mía. La friki fui yo. No es importante. Prefiero seguir escuchando a tu hermana y vuestras historias. Es la recién llegada, merece nuestra atención. —Eludiendo la verdad, ¿eh, Ana? Lo que no llego a entender es si lo haces por ti, por mí o por mi hermano. Déjame adivinar… Por tu grandísimo ego.

—No está bien, es como hacerte el vacío. Ahora que mi hermana vivirá aquí, tendremos días por delante para hablar de nuestras vidas. Bueno, tú estabas allí, ¿no, Laura? Si vais a clase juntas, debiste ver lo que pasó —me consulta mi hermano. La piedra está en mi tejado. ¿Qué debería hacer? Ana comienza a sacudir una pierna y se rinde ante mí con una mirada. Le cuesta cortar el filete, como si el cuchillo hubiera perdido el filo de repente. Pobre ratoncito, no me das ninguna pena.

—Sí, estuve allí, pero prefiero que Ana cuente su versión. No le robaré su historia. —Muevo ficha y perforo a Ana con la mirada. Ambas sabemos la verdad, pero yo tengo el control y el poder de la situación. Ana demostrará una vez más que es una falsa delante de mi hermano.

—Si es una tontería. Pues nada, estaba en clase de Química. Teníamos sustancias líquidas coloridas para un experimento. Y, bueno… Se me ocurrió… asustar a una compañera con uno de los recipientes. Le dije que… era ácido. Entonces… me empujó para apartarme y en el proceso me cayó el líquido encima. Hice el tonto como una cría. —Excelente discurso improvisado, Ana. Creo que empiezo descifrar los gestos que delatan tus mentiras. Ojos asustados. Nariz ensanchada. Sonrisa forzada que más bien expresa indiferencia.

El filete está jugoso, jugoso como esta otra victoria. Digiero el trozo de carne con gusto. Ana me mira como si tuviera la esperanza de que la respalde igual que hice en la cocina. Sería tan fácil exponerla delante de mi hermano y poner fin a su doble cara… Pero me guardaré estas cartas como ases bajo la manga por si algo sale mal. Alegaría que me amenazó y que por eso mentí. Además, me tiene muy desconcertada. He recopilado mucha información sobre ella en un solo día, pero algo me dice que no la conozco ni un diez por ciento. Si tan solo supiera qué sintió en la cocina…

—Sí, eso fue lo que pasó —afirmo.

¿Salvada por la campana, Ana? Eres muy evidente relajando los hombros.

***

Después de la cena, ayudé a mi hermano y a Ana a fregar. Me sentí bien porque al final pude contribuir y aprender algo nuevo. No vine para seguir siendo una niña consentida y mucho menos estorbar a Eric. Luego, ellos se despidieron amablemente y se fueron a su cuarto.

Tumbada en mi cama, me volteo de un lado a otro. Me cuesta conciliar el sueño. Cada noche me ponía una foto de Aiko en el teléfono para dormirme sintiendo que la tenía a mi lado. Hoy es diferente. Hoy no es suficiente para serenarme. La culpa es de Ana. Mi mente naufraga en los recuerdos del día tan intenso y disparatado que me ha hecho vivir, pero, sobre todo, en la conexión que sentí.

Ana y mi hermano me despertaron antes de que sonara la alarma. En algún momento de la madrugada mis pensamientos se habían diluido en sueños de tal manera que creí estar soñando al contemplar la cara fisgona de mi cuñada en la puerta de mi cuarto. ¿Ella estaba allí para mofarse de mis ojos de sapo a escondidas? Muy probablemente, sí.

Eric solo pretendía advertirme de que ellos marcharían al instituto antes debido a sus exámenes, pero que yo podía seguir durmiendo. Eso significaba que tendría que ir sola más tarde y, por tanto, exponerme al peligro. No era lo mismo llegar al instituto en mitad de una clase como el día anterior que llegar a primera hora y desfilar entre todos esos desconocidos problemáticos. Por eso insistí en acompañarlos y, con mucho esfuerzo, salí de la cama.

Un buen lavado facial con agua bien fría me espabiló lo suficiente como para juntar la voluntad necesaria para maquillarme ligeramente y disimular mis ojeras. Por supuesto, Ana se mordió los labios a causa de mi tardanza en el baño. La culpa fue suya por meterse en mi cabeza y no dejarme dormir. Luego, me atiborré a cafés para mantenerme despierta y partimos hacia el instituto. Los resoplidos de ansiedad de Ana cesaron, mientras que yo me sentí más segura y protegida por ir con ellos.

Mi segundo día de clases. Mi segundo día descubriendo mi nueva realidad. Como ayer, las miradas discretas e indiscretas han persistido en acosarme. Ana expresaba su estado ansioso para que no nos retrasáramos en la casa, pero no sabe lo que es la ansiedad de verdad. Yo debo permanecer alerta, vigilar los movimientos de todos esos que manifiestan pretensiones conmigo para que no me sorprendan con sus acosos. Resulta muy agotador y más porque he perdido gran parte de mi fortaleza por estar tanto tiempo aislada. Tengo suerte de ocupar la última mesa de la fila, desde aquí puedo controlar toda el aula con mi campo visual y prever si alguien pretende invadir mi espacio. Por ello no me he movido de mi silla en ningún cambio de clase.

Gracias a que tengo todo bajo control he podido distraerme atendiendo a los profesores. Sus explicaciones suelen ser enriquecedoras, aunque un tanto aburridas cuando son redundantes. La mayoría de los alumnos ignora los planteamientos formulados por ellos. Yo soy una de las pocas, por no decir la única, que se anima a responder las preguntas con entusiasmo. Me gusta contribuir.

Mi otra distracción es Ana. Tenerla al lado es como tener a un pez en una pecera. Nunca se está quieta, pero tampoco hace algo útil más allá de mirar la hora, el equivalente a buscar comida en un pez. Balbucea. Resopla. Muerde el bolígrafo. Adopta posturas vagas y despreocupadas. En ocasiones parece que su mente abandona su cuerpo como ahora en la clase de Biología. Intuyo que para ella el profesor está hablando en latín y las imágenes de los microorganismos que estudiamos le parecen jeroglíficos. No la juzgaré esta vez, entiendo lo que es estar en un lugar por obligación. Además, sus expresiones de atontada me resultan bonitas, más desde lo que pasó ayer en la cocina.

La hora de Biología se acaba. El adormecimiento de Ana se extingue, como si el timbre del recreo le devolviera la vitalidad. Ha pasado de tardar un minuto en apuntar una palabra a recoger sus pertenencias en un segundo. Ya se ha levantado y ha cogido su mochila, se dispone a marcharse al recreo sin decirme nada. No me importa que no me tenga en cuenta, pero me siento vulnerable y no puedo refugiarme en mi hermano porque está haciendo exámenes.

—Ana… —pronuncio con suavidad, reteniendo sus pasos—. Esto… —Otra vez obro como toda una patética recurriendo a ella, pero servirá para ponerla a prueba. Después de todo, anoche pude dejarla en evidencia delante de mi hermano y no lo hice. A ver cómo me lo agradece—. No conozco a nadie. ¿Puedo ir contigo? Por favor… —¿De verdad estoy actuando como una cobarde por temor a lo que me puedan hacer o una parte de mí quiere estar con ella?

—Claro. Ahora somos familia, no tienes que pedirme una cosa como esa. —Tampoco finjas ser tan familiar porque estabas a punto de largarte y dejarme tirada como si fuera otra pata de la mesa.

—No quiero ser una molestia. Supongo que tienes tus propias amistades, por eso pregunto. —Veamos cómo te sienta una dosis de verdad—. A lo mejor no les gusta relacionarse con una extraña como yo. —Sí, Ana, no hace falta que disimules tu asombro, estoy confirmando que te escuché ayer hablando con esa “gran” amiga que tienes—. No me gustaría dañar tu imagen.

—Oye, no eres una extraña. Te vienes conmigo a partir de ahora. —Una decisión radical. ¿Tanto te pesa la conciencia? Apuesto a que te arrepentirás antes de que termine la semana—. Y no soy tan popular como crees, solo tengo una amiga de verdad y me llevo bien con casi todos mis compañeros, pero eso es todo. —Sí, una súper amiga. ¿Y de qué compañeros hablas aparte de los escasos que te saludan como el chico amanerado que te pidió el libro? Aún me intriga que fueras la única sin compañero de mesa en el aula—. Venga, vamos, que el recreo dura un suspiro.

Ana me acaricia el hombro, gesto que sí me toma por sorpresa. ¿Qué significa? ¿Por qué recurrió al contacto físico sin necesidad? No logro explicármelo, pero le devuelvo una sonrisa amable.

***

Ana y yo bajamos por las escaleras. Ella no lo nota, pero me arrimo a la pared, bordeándola en todo momento mientras descendemos para protegerme de la avalancha de alumnos. Un paso antes del último escalón percibo a su “gran” amiga Claudia, que espera por ella en el mismo rincón de ayer junto a la salida del patio. Detesto su expresión infame.

—Claudia, te presento a mi cuñada Laura. —Por fin nos vemos las caras, Claudia. ¿Serás hipócrita o tendrás el valor de insultarme en mis narices? Por ahora he descifrado el desprecio en tu rostro.

—Así que esta es la famosa Laura —enfatiza Claudia con un repugnante tono irónico. ¿Está reconociendo que ha hablado con Ana sobre mí a mis espaldas? Corrijo lo de «ha hablado», más bien «se ha burlado».

—Laura, esta es mi amiga Claudia. —Ya me quedó claro que es tu indeseable amiga, Ana. Solo te falta tatuártelo en la frente.

—Encantada, Claudia. —Sostengo mi postura cordial y neutral. Es pronto para retornarle la piedra que dejó en mi tejado.

Curiosamente, Claudia se me echa encima para saludarme con dos besos. El beso de Judas. Hacía tiempo que no me transmitían tanta traición y rechazo a través de un beso. ¡Qué horror! Ha sembrado cáncer en mis mejillas.

—Tienes cara de rompecorazones. ¿Qué tal tu primer día? ¿A cuántos has dejado con la bragueta apretada hasta ahora? —¡Qué vulgar eres, Claudia! ¿Así le das la bienvenida a la cuñada de tu supuesta mejor amiga? ¿Qué pretendes? ¿Quieres incomodarme catalogándome de zorrona o hundirme porque no valgo nada para ti por ser una “friki”?

—¡Claudia! —la riñe Ana, tira de la correa para controlar a la perra alborotada.

—Yo no… —Me gustaría aclarar unas cuantas cosas, pero mi cuñada me interrumpe.

—No le hagas caso, Laura. Claudia es así de confianzuda, pero es una buena amiga. Te caerá bien. —¿Buena amiga? ¿Bien? La defiendes porque es tu amiga o porque estás ciega, o ambas cosas. Claudia ya era una espina clavada desde ayer que ahora se me ha enterrado más.

—Lo siento, estoy de broma. —¿Y te tengo que creer con esa risa de burro que exhibes, Claudia? El que ríe último ríe mejor, recuérdalo. Expón más tu idiotez para conocer mejor tus puntos débiles y saber por dónde atacarte—. Pero algo de razón tengo. Laura, eres carne fresca, carnada para estos tiburoncitos que apenas saben morder. —Atentamente, la experta sexóloga con licencia para morder—. Espero que lleves algo más que bragas debajo de esa falda porque aquí hay muchos mirones que no pierden oportunidad en las escaleras. Bueno, a menos que seas una pervertidilla que le gusta que la miren. —¿Te crees chistosa, Claudia? No tienes ni idea de lo que es el acoso. No sabes lo que es que los chicos te manoseen por los pasillos por parecer indefensa o para combatir mi “lesbianismo”, o que lo hagan las chicas como burla para comprobar si me excito con ellas. Y lo peor es reportarlo en vano porque nadie paga las consecuencias, nada va más allá de un mero castigo verbal sobre los responsables. La palabra de uno contra la de otro. La falta de pruebas. Un «Tenéis que respetaros» y al día siguiente se repite la misma historia. No sabes lo que es vivir con ese temor a diario en el instituto, pero aprendí a hacer que mi palabra valga más que la de los mediocres y a reunir pruebas para que la gente como tú pague por sus abusos.

Me decepciona que Ana le ría la gracia, pero ¿qué podía esperar de este par que me convirtió en su chiste particular sin conocerme? Prefiero mirar a otra parte y desgarrar las correas de mi mochila antes de que pierda el control.

—No soy una… —Debo calmarme y mantener la mente fría, pero esos recuerdos…

—Es broma, chica —me interrumpe Claudia. Tus bromas te saldrán caras.

—Dale un respiro, Claudia. La vas a asustar. —¿Asustarme? No, eso no, pero ahora mismo es la primera en la lista de mi Death Note. Te quitó el puesto, Ana.

—Y no ha visto nada todavía —resalta Claudia, empoderada como la reina de las payasas. Al contrario, Claudia, he visto muchísimo de ti como para tenerte en mi punto de mira. ¿Jugamos al Gato y ratón? ¿Quién cazará a quién? Aiko ya habría hecho pedazos tu risa de asno, pero yo te concederé cierta ventaja.

—Lo dicho, Laura. No le hagas caso. Está loca. —Loca la voy a volver como castigo por sus ofensas.

—¡Oye! —entona Claudia y Ana sigue lamiéndole los zapatos al reírse con ella—. Vale, me comportaré. La culpa es de los exámenes. Me tienen quemada. —La culpa es de la escasez de neuronas que hay en tu cerebro.

Creía que Ana era acaparadora, pero Claudia la supera, son tal para cual. En cuanto mi cuñada indaga en su desempeño en los exámenes, Claudia magnifica su teatralidad. El mundo gira a su alrededor, su voz reina sobre el silencio impuesto sobre las nuestras porque sí, ni siquiera le cede un margen a Ana para que opine. Mientras, ambas comienzan a merendar. Mi cuñada saca un batido de chocolate y miss Monólogo desenfunda una barrita energética, que mordisquea como un perro a un hueso mientras gruñe. Después de todo, puede que sí tenga licencia para morder. Por desgracia, esas bocas alimentándose me recuerdan que yo no traje merienda. El remolino se manifiesta en mi estómago y este me traiciona, gritando a los cuatro vientos que estoy más hambrienta que un zombi.

—¡Vaya! No sabía que el insti estuviera construido sobre un volcán. —Eres una desgraciada, Claudia. Los caprichos de la vida te han servido en bandeja que me avergüences delante de mi cuñada, pero no te preocupes, sigues encabezando mi lista negra.

—¿No cogiste algo en casa para merendar? —¿Por qué preguntas algo tan obvio, Ana?

—No tuve tiempo para preguntar y no quería coger algo vuestro sin permiso. —Si ella no hubiera estado apresurándonos…

—Laura, no tienes que pedir permiso para coger comida en casa. Coge, queda medio batido. —¿Cómo? ¿Ana está dispuesta a darme la mitad de su merienda? ¿Es por lástima, por compromiso o porque te preocupas por mí de verdad?

—Es tu merienda, no puedo… —Vale, no fue tu culpa que yo no fuera lo suficientemente responsable como para preguntar qué podía coger para merendar porque estoy acostumbrada a comprar lo que quiero y aquí no me atrevo a sacar mi tarjeta bancaria, pero no pienso aprovecharme de este inesperado acto de caridad de tu parte.

—¡Qué drama! —¿Por qué metes cizaña, Claudia? Maleducada, no fuiste capaz de ofrecer lo tuyo aunque fuera por cortesía. Ana acaba de demostrarme que es más humana que tú.

—Vamos, Laura. No vas a pasar hambre y yo estoy llena. —Ana pone el batido prácticamente en mis manos. No puedo creer que esté llena porque estos envases solo traen 200 mililitros, duran casi lo mismo que un sorbo, demasiado poco para toda una jornada escolar. Eso hace que me resulte más tierna—. Claudia, ¿tienes algo de dinero que me puedas prestar? —¡No! ¡No recurras a ella como alternativa! No me obligues a sacar la tarjeta, no quiero deberle nada—. No llevo nada encima, olvidé la cartera, y no puedo interrumpir a Eric en medio de un examen.

—Lo único que tenía era esta barrita y no creo que le guste regurgitada. —De hecho, no me gustaría nada proveniente de tus sucias manos, Claudia—. Va siendo hora de que regrese a clase. —Sí, lárgate ya, por favor—. El recreo está por terminar y me espera otro examen.

—Pues mucha mierda. Veré si alguien de mi grupo me puede prestar algo. —¡Qué insistente eres, Ana!

—Suerte. —¿Quieres acelerar tu castigo, Claudia? ¿Crees que soy tan tonta como para no sobreentender ese «Suerte con la gafe friki» que insinúa tu sonrisa perversa?

—Suerte en tus exámenes… —A ver si eres tan lista como para sobreentender que te deseo todo lo contrario, aunque no hace falta deseártelo, pues tus limitadas capacidades cumplirán con ello.

Por fin me quedo a solas con Ana y las correas de mi mochila lo agradecen.

—Ven, Laura. Por allí veo a Patricia. A ver si me presta dinero para comprarte algo en el bar. —¡Por Dios, Ana! ¿Aún sigues con eso?

—Ana, no. Por favor, no. El batido es suficiente, de verdad. Por favor, no te molestes más por mí. Aprecio mucho que te preocupes por mí, a pesar de todo… —¡Mierda! Hablé demasiado. Solo me faltó reconocer que me ha parecido muy tierna preocupándose por mí.

Enseguida acerco la pajita a mi boca. Me endulzo los labios con el delicioso sabor a chocolate del batido. El placer se multiplica mientras observo a Ana porque ella me devora con una mirada atónita. La estoy besando indirectamente, la huella de su saliva se mezcla en cada sorbo que chupo. Sus intensos labios entreabiertos se me representan en la dichosa pajita. Pero ¿por qué ella me mira así? ¿Habrá llegado a la misma conclusión que yo? ¿Es mi boca lo que posee con sus ojos o la frase incompleta pero insinuante que dejé en el aire? Empieza a volverse una costumbre que me desconcierte.

Termino de beber y me saboreo los labios con la lengua para disfrutar hasta el último rastro del batido.

—¿A pesar de todo? —Vale, solo le daba vueltas a mi frase inconclusa. ¿Dónde está mi merecido título de ingenua?

—No quiero hablar de eso para no hacerte sentir mal… —Estás advertida, Ana, pero ya va siendo hora de dejarte entrever algunas verdades.

—Quizás lo mejor sea que empecemos a ser más abiertas entre nosotras. Sé que nos conocimos ayer y las circunstancias no han sido las mejores para empezar, pero te pido que me digas lo que piensas. —¿De verdad te interesa, Ana, o solo me manipulas para descubrir mis debilidades? Aun así, me ha convencido tu tono amistoso y maduro.

—Si de verdad es lo que quieres… —Como dice el refrán, “Sobre advertencia no hay engaño”—. Espero que no me odies. —O sea, más de lo que ya me debes odiar, aunque eso me ayudaría a definir mi camino—. Sé que te resulto un estorbo y que te parezco una friki. —Sí, Ana, por si aún no te había quedado claro, lo sé todo—. Te he causado problemas desde mi llegada. —Algunos de forma voluntaria, lo admito, pero estaban justificados—. Lo siento, solo quería ser amable con la novia de mi hermano. —No puedo ni mirarla a los ojos. Lo que debería ser un reproche para removerle la conciencia debilita mi coraza. ¿Qué me haces, Ana? ¿Por qué consigues el efecto contrario?

¡Riiing! ¡Riiing!

Salvada por la campana. No estoy en mis mejores facultades para seguir con esta conversación.

Me escabullo entre los alumnos antes de que Ana reaccione.

***

Entro en el aula a toda prisa, no me detengo hasta alcanzar mi puesto. Algunos estudiantes ya merodean por aquí y uno de ellos me persigue con la mirada.

—Oye, bombón, ¿cuándo daremos una vuelta? —Un chico invade mi espacio, el indeseable de comentarios obscenos cuyo nombre es Mario, el más pronunciado por los profesores para mandarlo a callar por sus constantes interrupciones. Uniforme desarreglado. Andar de idiota, este sí parece un pato cojo como diría Claudia. Morro empinado con una sonrisa torcida al más clásico estilo de un don nadie que vive de la ilusión de creer que es el mejor. En definitiva, un perdedor.

—Lo siento, no me interesa. —Clara, concisa y educada. Ocupo mi silla y lo ignoro sacando el material de la próxima clase, pero el abejorro no se espanta como debería haber hecho.

—¿Vas de dura? —La sangre me hierve cuando este desconsiderado campa a sus anchas sobre mis libros y mis cuadernos. Cuido mis pertenencias con cariño como para que este engendro las dañe arrastrándose como una serpiente sobre la mesa—. Chicas más duras que tú han caído ante mí. —Quien va a caer eres tú por la ventana si no te levantas, arrogante—. ¿Tan cachonda te pongo que me tienes miedo? —Es verdad, me calientas la sangre, pero por las ganas que tengo de clavarte el compás en esa mano que estruja la portada de mi libro.

—Por favor, levántate. Estás arrugando mis cuadernos. —Segundo intento por las buenas, aunque te garantizo que esto no se quedará así, idiota.

—Y si no lo hago, ¿qué vas a hacer? ¿Te pongo nerviosa? Se me ocurren unas cuantas cosas para ponerte más nerviosa. —Segundo día de clase y las cucarachas se siguen manifestando, van saliendo del nido. Este es un acosador en potencia cuyo único interés es acostarse conmigo. No eres el primero que me veo obligada a quitar de mi camino. Tu atrevimiento tendrá consecuencias y, a la larga, veremos quién pone más nervioso a quién.

Como un torbellino surgido de la nada, Ana embiste al chico y lo saca de la mesa.

—Deja de incordiarla, payaso. —¿Me acabas de defender, Ana? ¿Por qué? ¿Disfrutas confundiéndome con tus repentinos actos tan tiernos o te sientes en deuda por no haberte ridiculizado delante de mi hermano? Eric y Aiko habían sido los únicos en intervenir por mí hasta ahora…

—A mí no me empujes así, ¡eh! Que no se te suban los humos —se queja el debilucho con piel de engreído.

—Ni a ti. Vuelve a tu sitio con tu noviecito Carlos. —Vaya, vaya. Ana encaja bien los golpes, de frente, sin miedo.

—¿Qué cojones? —replica el tal Carlos, que está sentado en su puesto—. ¿Me estás llamando marica? —Este chico con tendencia al sobrepeso debe ser la sombra del otro.

—Está celosa porque ya no es la más buena de clase. Eres historia, Ana —alega el engreído con tono burlón. Mi cuñada parece la inalcanzable de muchos. Es cierto que su belleza resalta por encima de la de todas las chicas de esta aula con diferencia; por lo visto, no soy la única que lo percibe así. ¿Será ese el motivo de que ella estuviera sola? Celos, envidia, firmeza por parte de ella para enriquecer ese sentido de inalcanzable, son buenas razones.

—Eres realmente un idiota si eso es lo que pasa por tu cabeza. Venga, lárgate de nuestro sitio y deja de ser tan baboso. Eres un moscón repugnante que se tiene que conformar con su mano para calmar sus hormonas. —Ana, la ametralladora de verdades. ¿Habrá reaccionado así porque su orgullo ha sido herido o porque realmente confronta cualquier adversidad? Ojalá yo hubiera sido tan valiente desde el principio atacando de frente, pero la realidad me demostró que hay que calcular hasta la última jugada para ganar. Por desgracia, los planes no siempre salen como uno quiere por culpa de los sentimientos.

El resto de alumnos se carcajea a coro, disfruta con el acalorado intercambio de insultos. Este no debe ser el primer roce entre ellos.

—¡Puta! Te salvas por ser chica porque te partiría la cara aquí mismo. —Mario está perdiendo el control. Ya veo, su virginidad es uno de sus puntos débiles. Alguien tan machito no puede consentir que le digan que se tiene que conformar con su mano para satisfacerse. ¿Presumirá de falsas relaciones para no verse tan pequeño delante de todos? Algunos recurren a esas mentiras.

—Abofetéala. Está deseando que le cierren esa boquita de zorra. —Carlos, Carlos. ¿Te gusta alentar a tu “amigo” a cometer una idiotez desde la distancia, sin involucrarte personalmente? Eso dice mucho de tu nivel de cobardía… o manipulación. ¿Acaso mueves los hilos de este títere actuando como su mala conciencia? ¿Y por qué ese rencor que destilas sobre Ana? ¿Serán celos porque en verdad sí eres gay y no soportas que tu amigo persiga a mi cuñada como un perrito?

—¿Por ser chica? Excusa de cobarde. No tienes huevos. Te crees muy hombre y eres un gallito desplumado como Carlos que solo habla desde su silla. —Ana llegó a la misma conclusión, pero me sorprende que lo rete con tanta fiereza, como si no pudiera permitirse agachar la cabeza y retirarse. Hay fuego en sus ojos.

—¡Uf! ¡No me toques los cojones, Ana! —El debilucho le asesta una fuerte patada a una silla. ¿Habrá alzado la voz para disimular que se hizo daño en la pierna? Estúpido.

—¡Zúrrala de una vez! —Procura que eso no suceda, Carlos, o te incluiré en mi lista por incitar a la violencia contra mi cuñada. Cada mañana desearás no venir al instituto.

—¿Estás ciego o qué? Eso es una silla, yo estoy aquí. —¡Qué sentido del humor tan curioso tiene Ana!

—Chicos, dejadlo ya. Somos todos grandecitos para esto —los interrumpe Patricia, una de las pocas personas que se arriman a Ana. Recuerdo su nombre porque también es de las pocas que participan en las actividades de clase. Se muestra sensata y pacífica, pero hay algo en la mirada que oculta detrás de esas gafas de culo de botella que no me encaja. De hecho, solo usa las gafas cuando quiere destacar a nivel intelectual.

—¡Tú no te metas o vas a recibir también! —chilla Mario, el engreído, anunciando otra rivalidad de la cual podría servirme para ejecutar mi venganza a su debido tiempo.

—A ver, a ver. ¿Qué está pasando aquí? Espero que estéis debatiendo sobre Filosofía. —El profesor de Filosofía disuelve el alboroto al entrar en el aula. Según la ficha de la asignatura, se llama Ricardo, pero no menciona por ninguna parte que posea una sonrisa siniestra.

—Eres una zorra, Ana —susurra Mario como despedida y mi cuñada le muestra el dedo medio. Luego, ella se sienta a mi lado.

—¿Estás bien, Ana? —Me disgusta que se haya visto involucrada en esta situación por mí, que haya dado la cara por mí, y que fuera tratada de esa manera. Ella sabía a lo que se exponía al defenderme. ¿Me estoy equivocando en algo contigo?

—Sí, no ha sido nada. Ese payaso de Mario es un imbécil. No dejes que te moleste y si lo hace, dímelo. —¡Qué bonita te ves en el papel de defensora!

—Lo siento por causarte más problemas. No tenías que hacerlo. —Me tienes hechizada ahora mismo.

—Laura…

—A ver, esos cuchicheos —la interrumpe el profesor, sembrando el silencio en el aula—. Parecéis gallinas cacareando. ¿Hay algo que queráis poner en común? ¿Mario?

—Nada —contesta Mario.

—Con lo inspirado que te veía. A ver… ¿Ana? ¿La manzana de la clase tiene algo que aportar a esta encrucijada silenciosa? ¿Algo endulzado por tus palabras? —¿Por qué el profesor le tiene ese apodo? No me gusta la mirada obsesiva de ese señor panzudo sobre ella. Pero, en cierto modo, Ana sí es una manzana para mí. La manzana por la que cayó Blancanieves, la fruta prohibida que tentó a Eva—. Pero si tienes nueva compañera. —¡Qué desgracia! Dejó a Ana con la palabra en la boca para centrarse en mí—. Tú debes de ser Laura, la alumna nueva de la que nos habló la directora en la junta. Se espera mucho de ti. Subirás la media de este grupo. —De eso estoy segura, equilibraré la balanza para compensar las carencias que aportan alumnos como Mario, pero no es necesario alardear de ello delante de todos, no quiero más enemigos tan pronto—. Una alumna tan especial y tan radiante como una flor de primavera se merece estar a la altura de Ana. Tú serás… la cereza del grupo A. Dulce, roja y tentadora como una cereza. Mirad cómo se sonroja. —¿Quién no se abrumaría siendo expuesta como si fuera un producto en venta frente a toda la clase? Pero me sonrojo porque… pienso en cómo sería que Ana me recitara unas palabras poéticas. ¿Tendrían el mismo impacto en mí que cuando me las susurraba mi Ai? No debería desvariar—. ¿No os parece una apetitosa cereza? ¿Qué dices, Mauro?

—Ya lo creo —asiente Mauro, el verdadero donjuán del grupo hasta donde he podido observar por las chicas que se le arriman como abejas sedientas de miel, aunque no es el único en afirmar que soy una “cereza”.

—Anda, Laura, parece que hemos encontrado un posible pretendiente para ti. —Hasta el profesor es un fan de los estereotipos. Si esta hubiera sido la clásica historia romántica de “chica nueva conoce a chico”, Mauro habría sido el típico chulito por quien todas babean y yo, la ingenua de la que se enamora. Nuestra historia habría arrancado a partir de esta absurda insinuación, que ya se propaga por las bocas de los demás, al crear un vínculo entre nosotros, que no tenemos nada en común.  Habríamos tenido una cita amistosa y, cuando estuvieras a punto de besarme, ¡sorpresa!, soy lesbiana y no me interesan los chicos para nada. Habría sido un buen giro inesperado, ¿no? Pero la realidad es que para él soy un trofeo, un objetivo, la conquista que todos esperan que consiga porque a sus ojos es el único que parece estar a la altura de bajarme las bragas. Luego presumiría de ello y al cabo de un tiempo se fijaría en otra. Lo he visto cientos de veces en todos los institutos por los que he pasado, muchas veces como un beneficio de mis venganzas—. ¿Qué dices tú?

—Yo… —¿Debería aprovechar para aclarar mi orientación sexual? No, no me apetece ganarme nuevos acosos y, en especial, no quiero arriesgarme a que eso condicione a Ana hasta el punto de que cambie conmigo. Prefiero que me siga descubriendo tal como soy y como ella me interpreta— no tengo nada que decir. —Podría pedir que paren de mirarme con tanta violencia.

—Parece que he dado en el clavo. No seas tímida. Aquí puede surgir una bonita relación juvenil. Mauro, pídele una cita oficial, pero pórtate bien. —¿La clase tratará sobre esto, profesor? Limítese a cumplir con su deber.

—¿Podemos empezar la clase? Siento que no estoy aprendiendo nada —comenta Ana, denotando su disgusto a través de su sarcasmo. ¿Ha intervenido para protegerme otra vez? No es precisamente la alumna más aplicada como para rogar que empiece la clase.

—Manzana, no seas tan seca y egoísta, eso es de frutas podridas y tú no lo eres. Estás jugosa. Laura se merece una bienvenida a su nivel. —Más que una bienvenida esto es un agobio—. ¿Por qué te pones tan seria?

—Lo que pasa es que está celosa. Ya no es la belleza del aula. Ha sido destronada. —¡Qué interesante, Mario! Has sabido encontrar el momento oportuno para contraatacar el ego de Ana.

—Mario, mejor cállate. No creo que estés en posición de hablar. —Eres peleona, Ana. Siempre tienes que tener la última palabra.

—Sin malos rollos. ¿Eso es verdad, Ana? ¿Te sientes en desventaja? ¿Laura supone una rival para ti? —No comprendo el sentido de este planteamiento del profesor Ricardo. ¿No es consciente de que puede potenciar nuestra enemistad generando celos y envidia entre nosotras? Así nacen las disputas.

—¿Por qué iba a ser una rival para mí? Se supone que somos compañeras y las compañeras se apoyan, no compiten entre sí. Además, ¿de qué estamos hablando? ¿En qué se supone que estamos compitiendo? ¿Estamos en un concurso de Miss Universo o me he perdido algo? Que yo sepa, somos estudiantes. —Bien dicho, Ana. Te reservas las neuronas inteligentes para momentos críticos. Incluso añades pasión a tu discurso, pero me estás confirmando que cuando te expresas así lo haces con sinceridad. No parece que finjas tus emociones más fuertes.

—No te calientes tanto que te vas a derretir, helado de manzana. —Este profesor es el que menos confianza me transmite—. Vamos a ponerlo fácil. ¿Qué te parece Laura? ¿Es una cereza o no? ¿Es bella o no? Responde. —Gran jugada a mi favor, Ricardo. No me lo hubiera imaginado, pero me intriga saber qué piensa Ana sobre mí en ese aspecto. ¿Serás franca, Ana?

La penetrante mirada de mi cuñada se fusiona con la mía. Sin tocarme, Ana me dibuja con la caricia que destellan sus ojos. En medio del silencio que se extiende a nuestro alrededor, temo que los latidos de mi corazón me traicionen exponiendo mi rendición ante el posesivo recorrido de Ana por mis facciones. ¿Le gustarán mis ojos verdes? ¿La atraerán mis cabellos negros y lacios con flequillo? ¿La cautivará mi piel pálida? ¿Se sentirá tentada por mis labios? Guardo un gran parecido con mi hermano, soy como su versión femenina. Tal vez solo por eso… Ana me mire diferente.

—Laura es… —¿Por qué lo meditas?— muy bonita. —La naturalidad y franqueza que percibo en su afirmación me halagan. Soy una friki bonita para ti, ¿eh, Ana?

Una sonrisa inoportuna se apodera de mí. Avergonzada, bajo la vista y acomodo mis cabellos por detrás de la oreja.

—¡Ahí está! —celebra el profesor Ricardo—. Te habría suspendido de haber dicho lo contrario. Y todo esto sirve para iniciar el debate de hoy. La belleza. El concepto de belleza. La belleza concebida como idea abstracta. —¿Todo este espectáculo ha sido una maniobra para iniciar la lección del día y captar la atención de los alumnos? Interesante método, aunque agradezco que no bromeara con una insinuación sobre Ana y yo—. Seguro que todos o la gran mayoría apostaríais a que la belleza es subjetiva. Y lo es hasta cierto punto. Cada uno de vosotros interpretáis la belleza de una manera diferente, pero seguro que todos los aquí presentes no podéis negar que Ana y Laura son bellas. ¿Por qué creéis que pasa esto? ¿Por qué, a pesar de que seáis muchos con gustos variados, coincidiríais en que manzana y cereza son bellas?

—Pues… porque están buenas. —La respuesta de Mauro despierta una risa colectiva. Confirmado, eso es lo único que tiene en la cabeza el donjuán del grupo.

—No digas obviedades que sabemos todos. —Me gustaría diseccionar el cerebro del profesor para examinar los rincones más profundos de su mente—. Eso entraría en la idea preconcebida que se tiene de la belleza física en la época actual. Aquí vamos un poco más allá, algo que trasciende entre épocas y que se aproxima a la idea de belleza como la belleza abstracta del mundo de las ideas de Platón. —Entramos en materia. Puede que Ricardo emplee ese tono juvenil y pervertido para conectar con sus alumnos adultos, pero el aura sombría de sus ojos confiesa más que eso.

—Mmm, creo que ya me he perdido —dice el chico amanerado como si representara a casi todo el grupo, que expresa un gran desconcierto colectivo, el mismo que yo con Ana, pero el profesor ya ha conseguido su objetivo porque todos lo atienden.

—Existen patrones que influyen en nuestras percepciones sensoriales del mundo que nos rodea. En lo que a belleza humana se refiere, se ha demostrado que las personas percibimos mayor belleza y atracción por caras simétricas. Si nos fijamos en nuestra manzana y nuestra cereza, podemos apreciar que sus rostros son muy simétricos si los partiéramos por la mitad y los juntáramos. —Bueno, Ricardo demuestra ser más que un simple profesor parlanchín, pero no me agrada que nos convierta en sus ejemplos. Si hubiera conocido a mi Ai, no habría encontrado una fruta digna de su dulzura y belleza—. Por supuesto, hay más elementos que influyen, pero no entraremos en esos detalles. Vamos a centrarnos en ese rasgo de belleza que trasciende entre épocas y etnias. Para Platón, eso sería la idea de belleza, la belleza en sí misma, pura, como si fuera divina, injuzgable, y que solo puede existir en el mundo de las ideas.

***

La clase de Filosofía duró poco tiempo, o puede que se me hiciera corta porque no podía sacarme de la cabeza ese «Laura es muy bonita» de mi cuñada. Ella, como siempre, lucía más perdida que una codorniz en un desierto. Lo mismo ocurrió durante la hora de Inglés. Ana parecía la típica alumna nueva recién mudada a un país de idioma diferente. Sola. Desamparada. Incapaz de comprender el mundo que la rodea. Sentí el impulso de ayudarla, tal vez para compensar lo que ha hecho por mí hoy, pero la profesora, de origen británico, se obsesionó conmigo en cuanto supo que yo viví en su tierra natal. Eludí su interrogatorio con medias verdades y, sin querer, conseguí que me proclamara la estrella de la clase. Es comprensible que me tratara con agrado, debí recrearle ciertos sentimientos de nostalgia con mi presencia. Si algo bueno puedo sacar de ello, es que esa mujer defendería cualquier testimonio mío con ímpetu porque me la eché en el bolsillo. Aunque no confío en nadie, los aliados poderosos pueden ser determinantes cuando una situación se complica.

Ya es la hora del segundo recreo. A diferencia del primero, observo de soslayo que Ana no muestra la misma prisa recogiendo sus pertenencias. ¿Qué ha cambiado? ¿Ya no se muere por ir detrás de su amiga para reírse a costa de cierta persona friki? En esta ocasión, soy yo quien no la perseguirá como una perrita faldera. No la necesito para estar a salvo. Aiko me enseñó a protegerme muy bien.

Cargo mi mochila, dispuesta a marcharme y olvidar a Ana como mismo hizo conmigo.

—Laura, espera. —No puede ser. ¿Ana deteniéndome? La incertidumbre del motivo detrás de eso me genera cierta ansiedad—. Siéntate conmigo un momento. —Me huele a charla filosófica y adulta.

Complazco su petición regresando a mi silla como una buena chica. Soy solo oídos y boca, no quiero que hechice mi juicio con su mirada. Los demás se han ido al patio, así que nadie nos interrumpirá.

—Quiero que sepas que no era mi intención que te compararan conmigo. No he venido aquí a usurpar tu posición en nada. —Me adelanto a sus argumentos. No pretendo que me deteste por más razones, ya tengo suficiente con sus prejuicios sobre mí.

—Laura, no digas tonterías. Lo sé bien. No hagas caso a ninguno, mucho menos al profesor Ricardo. Eres mejor alumna que yo y eso es digno de admiración. —¿Me halagas otra vez? Te has propuesto confundirme, tiene que ser eso—. No me ofende ni estoy celosa por eso.

—Me tranquiliza no ser una piedra en tu camino. —Aunque sé que lo sigo siendo—. Tampoco me considero guapa y menos aún tanto o más que tú —resalto, devolviéndole el elogio. Instintivamente busco el placer de sus ojos, pero desvío la mirada enseguida para no ser una víctima de su encanto.

—Olvídate de esa tontería también. Y siéntete hermosa porque lo eres. —¿Por qué me tratas con tanto cariño de repente, Ana? ¿Por qué no puedo percibir la malicia en tu tono como cuando me catalogaste de friki?

—Gracias, Ana. Me alegro de que esté todo aclarado. Me voy al patio, si no te importa. —Si paso un minuto más con ella, podría derrumbarme.

—Espera, espera. Realmente no era de esto de lo que quería hablarte. —Ana consigue retenerme de nuevo—. Creo que… te debo una disculpa —pronuncia con debilidad, conquistando mi asombrada mirada, pues habría apostado mi vida a que nunca me pediría perdón por nada. Tras el velo de la mirada que oculta reconozco vergüenza y arrepentimiento.

—¿Por qué? —Necesito respuestas claras.

—Yo no quería… insultarte, llamarte friki a tus espaldas. Eso estuvo mal por mi parte. Cuando Eric lo mencionó en la mesa… me quería morir. Lo siento mucho, Laura, de verdad. Me he portado muy mal contigo. Me siento fatal… —confiesa mi cuñada con el tono más dulce, sincero y delicado que he escuchado de ella. Esta es la Ana que vi en la foto, la de la sonrisa que me trajo de vuelta a mis raíces como un rayo de luz. Casi que he podido palpar su corazón a través de su voz.

Acaricio su mejilla por mero impulso. Tan cálida y bonita. Empatizo con su vulnerabilidad y guío su barbilla con delicadeza para recuperar su frágil mirada.

—Reconozco que… me hirió, pero no te guardo rencor. —Ahora mismo no dispongo de voluntad para odiarte. Posees algo especial, Ana. Aunque deseaba que te arrastraras y sufrieras por tratarme así, no saboreo satisfacción con tu disculpa. Más bien me pareces la persona más tierna que he conocido desde que perdí a Aiko—. De todas formas, no me convertiré en una carga y una molestia para ti. Tú no te juntarías con una chica como yo. Creo que lo que has hecho por mí hasta ahora es porque te sentías culpable. Eso no es lo que quiero. Pero no te culpo, lo entiendo, yo soy la nueva y la que ha alterado tu estabilidad. Por eso me mantendré al margen. Sigue con tu vida normal, con tu amiga, yo estoy adaptada a estar sola. Ya no tienes que sentirte culpable por nada, así que no tienes que hacer nada por mí. No te preocupes, Eric no se enterará. —Te libero de ese peso, Ana. Me has conmovido de tal manera que has agrietado mi coraza y no puedo seguir con este juego sucio. Estaremos en paz—. Nos vemos luego, me voy al patio. —Me levanto antes de que confiese más de lo que he hecho.

—¡Laura! —Para mi sorpresa, Ana toma mi mano—. Espera, no te vayas. Eso no es lo que quiero —expresa con fluidez y convicción—. No quiero que pienses que actúo así por lástima o culpa. Quizás lo fuera al principio, pero te juro que no es así. Esto puede continuar como hasta ahora y mejorar a medida que nos conozcamos más. Yo quiero conocerte más. No te juzgo por nada, cada persona es como es. —Basta, Ana—. Tú eres una chica muy buena, eres alguien con quien me juntaría. —No estoy tan segura de eso, Ana—. Me he dado cuenta de tus buenas intenciones y las valoro mucho. —¿Por qué me haces esto? Ninguna de mis intenciones fue buena contigo y ahora me pagas con este cariño—. Tal vez pecas de torpe, pero te acepto como eres. —Incluso bromeas y me dedicas esa sonrisa inocente y encantadora—. ¿Qué te parece? ¿Podemos empezar de nuevo?

—¿Por qué, Ana? ¿Por qué quieres conocerme más? —¿Por qué no aceptaste simplemente que siguiéramos nuestros caminos en paz? ¿Por qué te interesas por alguien como yo? ¿Por qué has empezado a tratarme diferente? ¿Por qué? ¿Por qué?

—Laura, somos cuñadas. ¿Qué clase de cuñadas seríamos si no intentáramos llevarnos bien?

—Ya veo, ese es tu motivo… —Verbalizo mi pensamiento con la misma desilusión con que sonó en mi mente. Sabía que no debía esperar otra cosa. Ana solo se esfuerza en aceptarme porque soy su cuñada y vivimos bajo el mismo techo.

—No es el único, Laura —responde Ana tras un breve silencio por su parte—. Quiero… —¿Qué quieres, Ana?— que seamos amigas.

«Amigas». Un concepto que estaba muerto para mí desde hacía mucho tiempo. Aiko fue lo más cercano que tuve a una amiga, pero ella estuvo muy por encima de eso. Sin embargo, aunque no creo en la amistad, el espontáneo deseo que Ana me transmite con entusiasmo despierta en mi interior la ilusión de tener una amiga de verdad.

Poseída por una emoción repentina, me entrego a un abrazo con ella. Ana me arropa entre sus brazos con firmeza, y yo me siento aceptada y protegida. Saboreo puro afecto en el roce de nuestras mejillas, en el calor que compartimos, en nuestra cercanía. Aunque ella no lo sepa, por un instante representa la mano que se extiende para rescatarme del abismo donde me ahogo.

Gracias, Ana, por hacerme sentir viva.

El recreo terminó y puso fin a nuestro abrazo. Desde entonces me he estado cuestionando por qué me siento diferente con Ana. ¿Influye en mí porque es chica y percibo que me comprenderá mejor? ¿O yo, como ella, me esfuerzo para que tengamos una buena relación sin ser consciente de ello porque es la novia de mi hermano? Después de todo, siempre quise una buena chica para él, una tan buena como Aiko que a mí también me pudiera gustar, y Ana ha demostrado que se preocupa por Eric. ¿Será eso, que ella se ha preocupado por mí y me ha defendido a pesar de odiarme, lo que me conduce a mostrarle una parte de mí? ¿O me he ablandado porque tuvo el valor de hacer algo que no parece que haga con frecuencia: pedir perdón? ¿Y si es un mensaje de Aiko para indicarme que intente seguir adelante con mi vida? ¿Es Ana el ángel guardián que ilumina la melancólica oscuridad que me rodea para enseñarme con el reflejo de su luz que hay un mundo armonioso más allá de este abismo?

Tengo miedo. Tengo mucho miedo de equivocarme, de cometer el error de cegarme por la ilusión de una amistad, de un abrazo, de un cariño que me recuerde lo que era sentir el afecto de mi Ai y luego terminar con el corazón destrozado por una traición de Ana.

Y lo que más me asusta es la facilidad con que mi cuñada derrumba mis muros defensivos, aunque intento mantener la mente fría, solo hay que ver nuestra creciente complicidad tras ese abrazo sanador. Sus persistentes miradas sobre mí en plena clase han derivado en intercambios de sonrisas ingenuas. Las muecas aleatorias con sus labios y ojos también han sido lo suficientemente graciosas como para distraerme de las explicaciones. Por último, ha optado por dibujar una caricatura del profesor de Historia Avanzada I y extenderme la hoja para verlo mejor. Reconozco que tiene talento para dibujar, tanto que la perfecta recreación disparatada de ese señor regordete y narizón me incita a carcajearme. La presión de la risa me estremece por dentro como un globo inflado hasta sus extremos. Soy una buena alumna, así que me cubro la boca para evitar el estallido que interrumpa la clase. No obstante, escribo «Obélix» junto a la caricatura, ya que me recuerda a ese personaje, y eso actúa como detonante para Ana. Mi cuñada, enrojecida, explota como una piñata y yo me sincronizo con ella. Nuestra risotada capta la atención de toda la clase, pronunciando mi sudoración por la vergüenza.

—¿Acaso he dicho algo que sea motivo de risas, señoritas? ¿Dónde está la gracia en que tantas personas inocentes padecieran un infierno en los campos de concentración nazis? —nos riñe el profesor con dureza. Está en su derecho y tiene toda la razón, pero, por una vez, haber sido indisciplinada y reírme tan abiertamente gracias a Ana han reforzado la misma sensación del abrazo.

—Lo siento mucho por interrumpir —me disculpo y agacho la cabeza, en especial para controlar la impertinente risa.

—Fue culpa mía. Laura no ha tenido nada que ver, yo la distraje. No volverá a ocurrir —alega Ana, sorprendiéndome al asumir toda la responsabilidad.

—No pierdas el camino, señorita Álvarez, ni desvíes el de tu compañera. Esta falta de respeto no quedará impune y debes tomar conciencia sobre el tema que estamos tratando. Tus notas no brillan precisamente en mi asignatura. Querré sobre mi mesa un trabajo de investigación de-ta-lla-do sobre los campos de concentración nazis y las atrocidades que allí se cometieron. Recuerda citar todas las referencias. Si lo haces bien, lo tendré en consideración para tu nota final de trimestre. Si no, suspenderás automáticamente. ¿Entendido? —El profesor se ha excedido con ella, no es justo. ¿Por qué la castiga con tanta severidad y hace la vista gorda con otros que también interrumpen con sus cuchicheos?

—Sí, profe. —Ana no se queja al respecto y me guiña el ojo, pero sé que ese trabajo supone una carga para ella por lo rápido que su risa se ha atenuado. ¿De verdad estás dispuesta a portar ese peso sobre tus hombros tú sola? Gente como Marta Alonso me habría susurrado que si podríamos hacer el trabajo juntas para luego dejar que yo me ocupara de todo. ¿Hasta dónde pretendes conquistar mi fortaleza con todo lo que estás haciendo por mí sin pedir nada a cambio? Por segundos me invade la idea de que estás siendo buena conmigo solo para compensar que no te delaté delante de mi hermano y porque somos cuñadas. Pero el instinto me indica que te estoy conociendo mejor, que estás siendo cada vez más tú misma conmigo. Por favor, Ana, no seas una Marta Alonso.

***

La jornada estudiantil concluye y Ana y yo nos preparamos para irnos. Ella dedica un instante a mensajearse con alguien, pero no alcanzo a distinguir la pantalla.

—Venga, vamos. —Al menos no me ha tenido plantada como un árbol por mucho tiempo ni se ha olvidado de mí.

Nos sumamos a la maratón de estudiantes que se apresura para salir del instituto. Por primera vez, no me centro tanto en arrinconarme porque me distraigo con Ana. Ella retoma el tema de la caricatura, reviviendo las risas entre nosotras, y se asegura de que no estoy enfadada por haber dejado de ser una alumna modelo por su culpa. ¡Es tan tierna cuando quiere!

—En serio, no había visto una caricatura tan buena y graciosa en años. Por eso te perdono que me distrajeras. —Me percato de que hasta mi tono se ha vuelto más relajado y amistoso con ella. ¿Estaré acercándome a su corazón?

En ese instante, mientras cruzamos el vestíbulo, Ana se sacude con cierta brusquedad. Es evidente que la chica que acaba de pasarle por el lado ha chocado con ella adrede.

—Quita de en medio, estorbo. ¿Te crees una princesa por ser popular? —ataca verbalmente la chica que catalogaría como enemiga pública de primer nivel. En sus palabras denota desprecio, rabia, rencor. Lo único que destila es veneno a través de la oscuridad que la ha consumido. De un vistazo puedo oler lo podrida que está. Si hay algo que tenemos en común, son los demonios que albergamos, pero que manifestamos de manera diferente.

Con el uniforme desarreglado, se exhibe como un espectro gótico. Su piel es tan pálida como la mía, puede que más porque parece pintada de blanco. Un maquillaje sombrío reviste sus labios y las sombras de sus ojos. Varios piercings adornan su rostro como perlas plateadas, pero son sus iris claros y cristalinos los que resaltan entre tanta oscuridad, potenciando su aspecto demoníaco. Sus cabellos, más negros que una noche sin estrellas ni luna, le cuelgan por un lado y realzan el opuesto rapado. Algunos de sus accesorios son correas con tachuelas puntiagudas y anillos góticos, prendas que no sé hasta qué punto le permiten portar como parte de su atuendo escolar.

Aterradora, es su mejor definición igual que para sus secuaces acompañantes de aspecto similar que apestan a hierba prohibida, aunque esa es su arma exterior para intimidar a los demás. Aun así, eso no quita que sea peligrosa, es mi enemiga por naturaleza, y me sorprende que Ana le devuelva una mirada provocadora.

El breve pero tenso momento culmina cuando mi cuñada desvía la vista. Sabia decisión. La chica espectro y sus alimañas siguen su camino, abriéndose paso entre los demás a golpe de hostilidad.

—¿Estás bien? —Hay algo más detrás de este amargo imprevisto, algo capaz de perturbar a Ana como para borrarle la sonrisa de la cara, por eso manifiesto mi interés y acaricio su hombro para que se relaje.

—Sí, no es nada. Hay mucho imbécil suelto en este instituto. —En este y en todos. Mira a nuestro alrededor, cada cara oculta distintos tipos de maldad—. No te acerques a esa gente nunca —me aconseja de forma imperante, como si hubiera vivido alguna mala experiencia con ellos o, por lo menos, haber sido testigo de sus abusos.

—Vale. Me ha pasado de todo por la cabeza menos acercarme a ellos. Dan miedo. —Los he conocido iguales o peores. En realidad, aunque sean peligrosos, son muy predecibles y son los más fáciles de incriminar en una actividad ilegal y enviarlos a prisión o a un centro de reclusión de menores. Mi verdadero temor reside en quienes fingen ser tus amigos, en quienes te tratan bien y predican que les importas para luego clavarte un puñal por la espalda y destruirte física y emocionalmente. Tú me das más miedo, Ana.

—Son unos niñatos, las joyitas del insti. ¡Qué peste a hierba han dejado! —señala Ana con asco y repito lo mismo. El olor de los cigarrillos en sí me aborrece, más si se trata de esa planta apestosa.

A las puertas del exterior del instituto distingo a mi hermano en compañía de una chica despampanante. Sus atractivos rasgos latinos causarían envidia a cualquiera. Por tanto, ¿cómo reaccionaría una novia al contemplar que la exuberante competencia posee a su novio con los brazos y le habla descaradamente al oído? A mí, que solo soy la cuñada, me molesta.

—¿Quién es esa que está con mi hermano?

—Esa… Esa es… ¡la puta Daniela! —Como sospechaba, Ana escupe sus palabras como una llamarada.

***

—¡Ana, espérame!

—¡Date prisa, Laura! —Mi cuñada avasalla a todos los alumnos que tiene por delante como un dragón escupiendo fuego. Me cuesta alcanzarla entre tanta gente, no es propio de mí empujar a los demás.

Un grupo me corta el paso y pierdo a Ana de vista. Por un instante me siento como un pececillo indefenso nadando entre tiburones hambrientos. ¡No quiero estar aquí! ¿Los celos te gobiernan hasta el punto de abandonarme a la deriva, Ana? Al menos, he descubierto algo más de ti.

La voz chillona de Ana me sirve de guía como un faro desde alta mar. Su enemiga también brama con potencia; la acalorada discusión parece un duelo de divas, pero no logro filtrar las palabras exactas por el ruido del entorno. Lo único seguro es que me estoy perdiendo el drama porque los insultos sí son evidentes. Mi hermano es la voz pacífica y apagada que se escucha en la lejanía, ideal como señuelo para desorientar la ubicación de algo.

—Eres tú la que no se respeta a sí misma y mucho menos respetas lo ajeno. No sé qué haces aquí estudiando cuando seguro que vives de lo que te “meten” en el sostén. —¡Vaya! Me incorporo como espectadora del duelo en el momento que mi cuñada asesta un golpe bajo. Tiene la lengua afilada cuando se calienta. No sé por qué la empiezo a encontrar sexi cuando entra en ese estado de peleona protectora, tal vez porque yo no soy la víctima de sus aguijonazos.

—¿Me estás llamando puta? —Supongo que todos entendimos lo mismo, arpía—. Eric, mira, me fastidia decirlo, pero deberías ponerle un bozal a tu perra celosa. —Ella también tiene labia para defenderse. Esto es mejor que muchos mangas que he leído, el drama siempre se disfruta más viéndolo desde fuera, solo me faltan las palomitas de maíz, pero lo cierto es que me disgusta que le hable a mi cuñada con ese tono tan despectivo.

Noto que Ana aprieta el puño con tal furia que le tiembla el brazo. ¡No puedo permitir que cometa una estupidez!

Enseguida capturo su mano con disimulo y entrelazo mis dedos con los suyos. La rigidez que percibo en su tacto se desvanece con la delicadeza del mío. Es hora de que yo también te proteja como hiciste conmigo, Ana.

—Eso es muy grosero. Ana no se merece que le hablen así —intervengo a su favor.

—No hables sin saber —protesta la roba novios.

—Calmaos. —Mi hermano toma las riendas—. A ver, Daniela, no hace falta que insultes a mi novia de esa manera. —¿Eso es todo, Eric? A mí me defendías con uñas y dientes—. Y, Ana, Daniela tampoco se merece que le hables así. Ella simplemente se estaba despidiendo de mí. Aquí no ha pasado ni pasará nada. —¿Cómo? Entiendo que te hayas vuelto más pacifista y que busques la solución más equitativa y noble posible, pero no puedes rebajar a tu novia de ese modo delante de esa arpía. Estás ciego si no te has percatado de que esa chica te cabalgaría si se quedara a solas contigo en un cuarto. Ana merecía más apoyo en esta situación—. Mi novia eres tú. —Demuéstralo con más firmeza. Aunque me cueste reconocerlo, ella me ha demostrado hasta ahora que está enamorada de ti.

—Pues digo yo que para despedirse de un amigo no tiene que arrimarse tanto. —Tranquila, Ana, tus celos tienen fundamento, pero eres afortunada porque mi hermano es leal. Lo conozco y dudo que haya cambiado en ese aspecto.

—Eres una jodida posesiva. Eric se merece a alguien mejor. —Esta tal Daniela solo pretende quebrar la imagen que Eric tiene sobre Ana para que se desencante con ella.

El silencio se prolonga, ni siquiera Ana replica.

—Dudo que haya alguien mejor —comento en voz baja, pero con la fuerza suficiente para contrarrestar la toxina de la arpía.

—Daniela, déjalo ya. —Por fin reaccionas como debías, hermano. Estabas tardando en imponerte para defender lo que es tuyo. Supongo que tantos exámenes te tienen atontado—. Estoy con quien me place y eso no es de tu incumbencia. Para evitar estos problemas, mantengamos las distancias y punto. Le debo un respeto a mi novia y tú como amiga también. —Esas eran las palabras que debiste pronunciar desde un principio, Eric. Me has ahorrado incluir a Daniela en mi lista, y lo más importante, le has devuelto la sonrisa a Ana.

—Me da pena que te manipule así, pero tú mismo. Suerte con tus exámenes. Me voy, aquí no pinto nada. —Algo me dice que no te darás por vencida, Daniela. Tus ojos felinos advierten que eres de esas que no paran hasta conseguir lo que quieren, cueste lo que cueste. Espero equivocarme.

—Adiós —dice Ana con plena frialdad.

—Chao, Daniela —añade Eric.

—¡Hermanito! —Apretujo a Eric para extinguir la tensión con una pincelada de ternura. Además, hay que despojarlo de la obstinación causada por los exámenes.

—¿Nos vamos? —sugiere mi hermano más animado.

—¡Ay!, un segundo. Claudia debe estar al salir y quiero despedirme. —¿En serio perderemos tiempo por ella, Ana?

—¡Esa bicha! —pronuncia mi hermano sonriente. Transmite familiaridad y confianza respecto a Claudia, supongo que la conoce porque es la “mejor amiga” de su novia, pero puede que no la conozcas tan bien como crees, Eric. Deberías saber cómo ha maltratado a tu hermana psicológicamente—. A ver si se da prisa, no debería llegar tarde al trabajo dos días seguidos. —Eso es, hermano, que no te perjudique miss Sexóloga con licencia para morder.

Ana comprueba en los mensajes del teléfono que hemos perdido el tiempo para nada, pues Claudia ya se había marchado.

Ana, Ana… Tienes mucho que aprender.

***

Por suerte, no se ha hecho tan tarde y mi hermano ha podido descargar la frustración de las preguntas difíciles mientras comemos en casa. Ana y yo somos como sus terapeutas dándole un enfoque positivo a las respuestas donde dudó. En cuanto desahoga todo ese peso, la comida cae más aliviada por su garganta y su cuerpo se relaja mientras mastica. Mi pobre hermano, necesita un respiro. Yo no sufro tanto en los exámenes, solo me agoto por el desgaste de las horas consumidas frente a un papel.

—Laura, ¿quieres venir con Claudia y conmigo? Podemos recorrer la ciudad para que te familiarices con ella. —La propuesta de Ana me toma por sorpresa. ¿Me está invitando a salir? Ah, no. Rebobino. Ha mencionado a Claudia. No puedo descifrar tus intenciones, Ana, pero si has pactado quedar con tu gran amiga y añadirme en el paseo con su aprobación es porque me quiere convertir en el nuevo juguete de sus burlas.

—Sí, hermanita. Ve con ellas. Te lo pasarás bien. Claudia es una payasa, tendrás las risas garantizadas. —Ya sé que es una payasa, Eric. Lo que tú no sabes es que esas risas son a mi costa.

—Me gustaría, pero hoy no puedo. Pasearé otro día con Ana. —Lo he dicho con claridad: solo con Ana.

—¿Y eso? —¿Te afecta que te rechace, Ana? Has pasado de ignorar mi existencia a cuestionarte que no quiera salir contigo—. Si es por las tareas, te aseguro que no será un paseo largo.

—No, es porque hoy traen mi equipaje. Tendré una tarde entretenida ordenando mi cuarto. —Mi plan tuvo más beneficios, me ha servido de argumento sólido para no verle la cara a Claudia—. Pero gracias por proponérmelo, Ana. —Ojalá hubieras pensado solo en nosotras, habría aceptado enseguida. Tengo curiosidad por conocerte fuera del instituto y de estas cuatro paredes, y comprobar qué tan amiga mía quieres ser.

—Cierto, tus cosas. Entonces en otra ocasión, tenemos días por delante. —Ya lo creo, Ana. Cada día a tu lado se vive con intensidad, me lo has demostrado desde el minuto cero.

—¿Cómo van las clases? ¿Te estás adaptando bien? —¡Ay, hermanito! ¿Cómo te lo resumo? Tu novia y yo éramos enemigas ayer, hoy le dio la vuelta a la tortilla, aunque espero que no se chamusque. Ya me han atacado las primeras cucarachas, Claudia y Mario, y estoy escogiendo el zapato adecuado para pisotearlas. He identificado a la mayor amenaza del instituto, el espectro gótico, y he conocido a la gata en celo que te ronda. Suficiente para dos días, ¿no crees?

—Sí, muy bien. Ana me ayuda mucho. —Por encima de todo, quiero destacar lo que ha sido más importante para mí. Me traicione o no más adelante, Ana me ha hecho sentir viva en este presente que compartimos. Esta es mi compensación, Ana. Quiero que brilles ante los ojos de mi hermano y que él contemple lo que yo he visto en fragmentos de ti.

—Laura es muy amable. Es una alumna brillante, me sirve de ejemplo. —Ana, no lo estropees con esos elogios de agradecimiento.

—Veo que os entendéis bien y que os apoyáis en clase. Me alegra mucho ver que congeniáis —expresa mi hermano con una amplia sonrisa. Ese es tu mayor deseo ahora mismo, ¿verdad? Si te mostrara lo contrario, arruinaría tu bienestar y no mereces eso.

—Pero hoy pasó algo inusual a lo que estoy acostumbrada —enfatizo, intimidando a mi cuñada con la mirada. Un poco de tensión te pondrá a prueba, Ana. No puedo cegarme como mi hermano creyendo que mi relación contigo se está volviendo de color rosa de la noche a la mañana.

¿Por qué me miras con tanta inseguridad, Ana? ¿Por qué sueltas el tenedor? ¿Por qué agitas tu pierna de repente? ¿Qué temes que exponga delante de mi hermano? Solo denotas desconfianza hacia mí a sabiendas de que te he subido en un pedestal para Eric. ¿Eso es propio de una amiga?

—¿Sí? ¿Qué cosa? —pregunta Eric con interés, acentuando la inquietud que Ana pretende disimular.

—Un profesor me ha puesto un apodo —digo tras una maliciosa pausa.

Ana se desinfla como un globo y recupera el color de sus labios. Antes quería provocarle esos estados para estudiar sus reacciones, pero ahora han cobrado un sentido más… picante, irresistible.

—Te puedes imaginar qué profesor, ¿no? —La jovial Ana ha regresado.

—Maldito Ricardo. Tiene fijación por las chicas guapas. —Así que mi hermano lo conoce. Pudo ser o es su profesor, Ana le hablaría sobre él o tiene fama de lisonjear a las alumnas—. Primero mi novia y ahora mi hermana. ¿Con qué fruta te bautizó? —Eric se divierte con las perversiones de ese profesor. Creo que no te gustaría su forma de mirar a Ana.

—Con la cereza.

—Es un gran halago. La cereza es una de sus top. Manzana, cereza y fresa. Ya tiene dos de tres, está cerca de cumplir su sueño. Eso solía decir, que su deseo era reunir a esas tres frutas en su clase. No me digas con qué propósito, pero es un salido mental, así que no se puede esperar nada bueno de él —cuenta Eric con elocuencia. Me hago una idea del verdadero sueño de Ricardo.

Concluimos el almuerzo con ese tema porque mi hermano debe marcharse al trabajo. Mientras él se prepara, nosotras recogemos la mesa. Ya puedo figurarme la rutina que tendremos en la casa de lunes a viernes.

Después de abrazarme con mi hermano, Ana lo acompaña a la puerta para despedirlo con amor, pero regresa apagada, como si Eric le hubiera arrebatado el ánimo.

—Ana, ¿estás bien? —le consulto en mitad del salón.

—Sí, claro —afirma ella, aunque su sonrisa forzada indica lo contrario.

—¿Seguro? —¿Por qué me engañas, Ana? Empiezo a conocerte como para intuir que algo te acaba de afectar. ¿Mi hermano te dijo algo sobre la tal Daniela? Habla conmigo.

—Sí. —Optas por fingir las apariencias y huir de mí. ¿Así quieres que seamos amigas?

***

Desplegué los cuadernos en la mesa del salón para hacer las tareas allí. En parte, fue una estrategia para ver a Ana antes de que se fuera. Ella salió del cuarto luciendo sus prendas de vestir veraniegas: pantalón vaquero corto, camiseta simple y sandalias. Aprecié que no había tardado mucho en cambiarse y que no se había molestado en arreglarse demasiado, lo que confirmaba que no pasearía lejos y que iba a matar tiempo con su amiga. Su sencillez realzaba su belleza natural, pero su rostro había perdido brillo. Quise insistir en hablar, pero ella se despidió de mí a toda prisa.

Mientras adelantaba los deberes a solas, me estuve imaginando el paseo de mi cuñada con Claudia. La “gran” amiga se aprovecharía de su estado vulnerable para influir sobre ella y manipularla. Si Ana le hubiera contado que sospechaba que Eric la engañaba con otra, seguro que esa serpiente le habría dicho que más bien la engañaba con otras. Una criatura que se alimenta burlándose de otras indefensas también se alimenta del sufrimiento de sus seres cercanos. Ella se crece al ser el único soporte de Ana. Eres un veneno para mi cuñada, Claudia, y lo demostraré…

Ding, dong.

Llaman al timbre de la puerta. Enseguida compruebo que se trata del transportista de la empresa de transporte encargada de traer mi equipaje. Ya me habían avisado con un mensaje de que pasarían alrededor de esta hora, han sido puntuales.

—Hola —saludo tras abrir la puerta.

—Buenas tardes. ¿Laura Larson? —El muchacho no me quita los ojos de encima, pero no actúa como los babosos que intentan conseguir lo imposible… por ahora.

—Sí, soy yo.

—Muy bien —dice mientras rellena el formulario—. He tenido suerte de que estaba abierto abajo, por eso subí directamente. —Frase banal para que el silencio no sea incómodo y justificar las miraditas a mis pechos y mis piernas—. Son dos maletas grandes y una de mano. ¡Cómo pesan! Menos mal que tienen rueditas. —En efecto, mi conjunto de equipaje rosa. Viéndolo así, inconscientemente me mudé pensando en una estancia a largo plazo—. Una firma por aquí, si es tan amable. —Me extiende la hoja y el bolígrafo con educación. Finge muy bien ser un caballero respetuoso. No ha dudado en rozarme un dedo en cuanto tuvo la ocasión.

—Vale.

—Zurda —contempla—. Los zurdos hacéis que parezca más difícil. ¿Una lesión reciente? —Se ha fijado en mi muñequera.

—No. Ya está. —Le devuelvo ambas cosas.

—Pero te dedicas a algún deporte, ¿no? ¿Tenis o pádel? ¿Tal vez voleibol? —supone mientras rasga el comprobante de entrega.

—No.

—Habría jurado que sí, estás en forma. —Había tardado en decir que le gusta mi cuerpo con otras palabras—. En fin, aquí tienes tu copia. ¿Te ayudo a entrar las maletas? —¿Y animarte a pedirme mi número y que me sigas incordiando?

—No, gracias. —No soy el ligue que estás buscando.

—Vale. Pues nada, que tengas una buena tarde. Hasta luego.

—Igualmente. Adiós. —Ojalá pudiera borrar mi dirección de tu cabeza con un conjuro como Obliviate, solo por si acaso.

Entro las maletas y cierro. Me aseguro de que todas conservan los candados en perfectas condiciones. Hay demasiados pervertidos sueltos como para correr el riesgo de que me roben alguna braga, por eso tomé medidas preventivas. Si yo cometí un desliz con la prenda de mi cuñada, ¿qué puedo esperar del resto del mundo?

Corro a mi habitación repleta de entusiasmo. Por fin podré decorar mi pequeño rincón acogedor. Me habría encantado que estuvieras aquí, mi Ai. ¡Cuántas veces planificamos mudarnos y embellecer nuestro nido de amor con todas nuestras colecciones favoritas! Pero lo mejor sería que viviríamos solas y en paz, juntas para siempre haciendo lo que quisiéramos. Me hiere que todo se congelara en un sueño efímero que solo podré reproducir en mi imaginación como una película en bucle. Aiko, aunque ya no pueda tocarte, siempre te sentiré dentro de mí…

Sumergida en una mezcla de sentimientos nostálgicos y alegres, comienzo a desempaquetar las maletas y a ocupar los tristes y desolados espacios vacíos de mi cuarto, tan vacíos como mi corazón desde que perdí a Aiko. No había caído hasta ahora en lo bien que me representaba esta habitación.

Primero me ocupo de la parte más aburrida, que es llenar los cajones y el armario de ropa, y para hacerlo más ameno pongo mi repertorio musical de Blackpink. Puede que no tan aburrida, pues el último cajón guardará uno de mis secretos más íntimos. Mi colección de juguetes… eróticos, ¡qué recuerdos! ¿Te acuerdas de todas las fantasías que hicimos realidad, Aiko? Tú me mostraste el camino del placer y yo lo seguí tan gustosa que me volví adicta a tus juegos. Empezaste siendo una gran maestra para terminar complaciéndome como una esclava. Despertaste en mí el apetito insaciable de querer amarte todos los días con el mismo fervor de nuestra primera vez. Me duele saber que nuestros cuerpos no volverán a fundirse con pasión y que tus caricias solo serán un recuerdo grabado en mi piel, pero siempre serás la única para mí y mis reliquias harán que me sienta más cerca de ti.

Mis padres consintieron que Aiko y yo hiciéramos algo más que dormir juntas en una misma habitación siendo tan jóvenes, tal vez porque no había riesgo de embarazo o porque preferían ignorar lo obvio, pero, desde luego, nunca supieron que yo había sustituido las muñecas por otro entretenimiento desde que Aiko se mudó con nosotros. Durante la etapa que ellos aceptaban a mi Ai, las escasas charlas de educación sexual que recibía de su parte, en especial de mi madre, se enfocaban en que nunca cediera a hacer algo que no deseaba y que cuidara mi higiene y mi salud. Si ellos hubieran entendido que Aiko siempre me trató como a una princesa, que nunca me forzó a nada y que hasta era más cuidadosa que yo, habrían apoyado nuestra relación más adelante.

¿Qué opinaría miss Sexóloga con licencia para morder sobre esto? Por dentro sentiría una gran envidia porque la friki ha disfrutado más del amor que ella, y lo exteriorizaría convirtiéndome en el objeto de burlas delante de todos. No dudarías en ridiculizarme y contar mi secreto íntimo, ¿eh, Claudia? ¿Dirías algo como que abriría mi propio canal de tutoriales en las redes sociales sobre cómo pelar plátanos de silicona para frikis? Lo gracioso es que tú querrías ocupar mi lugar.

¿Y qué hay de ti, Ana? ¿Qué pensarías si descubrieras lo que tu cuñada oculta en el último cajón? ¿Te escandalizarías? Puede que no abrieras la boca porque a lo mejor guardas tu propio desahogo para compensar la desatención de mi hermano. Las propias prendas que compras por Internet describen muy bien tu fogosidad hormonal.

Es el turno de la maleta más pesada pero entretenida. Las estanterías cobran vida y color cuando coloco los primeros tomos de mis colecciones de mangas favoritos. Desde que tengo memoria, soy adicta a los dibujos japoneses. Mi género predilecto es el yuri, el romance entre chicas, pero he consumido material de todo tipo, incluyendo animes, o sea, sus adaptaciones en animación.

Gracias a Aiko me deleité con verdaderas joyas de su cultura. Precisamente entre ellas se encuentra Death Note, un thriller psicológico, sobrenatural y de misterio donde un estudiante estrella se hace con un cuaderno de muerte en el que morirá la persona cuyo nombre quede apuntado en él. La historia me atrapó por el constante juego del gato y el ratón entre él y su archienemigo, así como su sentido de la justicia.

Según mi Ai, ese manga era un buen manual de aprendizaje para mejorar nuestras venganzas sin dejar rastros. “Todos cometemos errores, sobre todo por el plano emocional, pero podemos minimizarlos”, decía. Entre el merchandising que acomodo sostengo mi propio Death Note y lo hojeo. Páginas y páginas repletas de nombres de personas que me hicieron daño en el pasado y que recibieron su merecido. Marta Alonso encabeza la lista, fue la primera que apunté cuando compré el cuaderno. Luego, plasmé el plan que ejecuté en su día contra ella hasta el más mínimo detalle, aunque a veces pienso que no fue suficiente venganza comparado con lo que me hizo. La lista es tan larga… Jack, Simone, Emmanuel, Penélope, Rose, Cintia, Edward, Johana, Steven, Loren… Pero nunca le deseé la muerte literalmente a ninguno. Solo quería que recibieran el castigo apropiado.

Aiko me animó a apuntar todo en el Death Note porque afirmaba que el primer paso para materializar un deseo era escribirlo en un papel. Eso me permitiría sacarlo de mi cabeza y concebirlo en el mundo. Ella siempre fue más mística que yo, pero todo lo que profetizaba se cumplía. Bueno, casi todo. Yo siempre defendí que lo principal era tener una mente analítica como la de los protagonistas del manga, pero reconozco que exteriorizar mi rencor en este cuaderno me ha brindado satisfacción.

Restan unas pocas páginas disponibles. No pensé que fuera a darle uso tan pronto. Los próximos nombres que escribiré serán los de Claudia y Mario. Ana, te has librado por poco, y espero que el último nombre que complete este cuaderno no sea el tuyo.

Completo mi decoración pegando algunos pósteres de mis idols en la pared, colocando algunas figuras de personajes como la linda Hatsune Miku y conectando mi lamparita de noche. Prendo un incienso relajante para mantener las buenas energías dentro de estas paredes, igual que me enseñó Aiko. Ya puedo afirmar que este cuarto me representa, que contiene mi esencia. ¿Querrás visitar la morada de tu cuñada friki, Ana? Ahora somos amigas…

Riiin, riiin.

Me apresuro para atender el telefonillo del portero automático. ¿Mi cuñada habrá olvidado las llaves? ¿O será el transportista con otro intento fallido de seducción?

—¿Sí?

—Hola —saluda una mujer—. Traigo un paquete para Ana Álvarez. —Un paquete… ¡La lencería!

—Sí, es aquí. Ella no está, pero yo lo puedo recoger, soy su cuñada. —¡Bien! Podré conocerte mejor, Ana.

—Perfecto. ¿Puedes bajar, por favor, y abrirme la puerta para ir entregando el correo de tus vecinos?

—¡Claro!

Soy presa de una emoción dominante, embriagadora, incluso seductora. La sonrisa que se apodera de mis labios representa una mezcla de perversidad y euforia. La única vez que presioné el botón de un ascensor repetida y aceleradamente para que las puertas no se abrieran fue cuando Aiko se arrodilló delante de mí y me hizo mirar al cielo en un suspiro. Esta vez pretendo lo contrario, que el ascensor se desplome hasta la planta baja lo antes posible.

En cuanto la cabina se estabiliza, salgo disparada como una niña ilusionada con su nuevo regalo. Localizo a mi objetivo, que mete sobres en los buzones del vestíbulo del edificio con escaso entusiasmo, y me le acerco. La señora de la empresa de correos me entrega el paquete a cambio de mi número de identidad y mi firma, una prueba en mi contra si quisiera volatilizar el contenido para fastidiar a Ana, pero el riesgo merece la pena porque me siento poderosa con el paquete en mis manos.

Tras regresar al apartamento, me encierro en mi cuarto y me acomodo en la cama con unas tijeras. Dudo si romper el envoltorio o no.

Estoy segura de que mirar lo que no debo disgustará a Ana, pero… ¿Por qué desaprovechar la oportunidad de descubrirte más a fondo? ¿Por qué no palpar con mis propios ojos tus secretos y gustos más íntimos? Entre la diversidad de lencería existente, ¿qué has podido escoger para seducir a mi hermano? Aiko me lo decía, «Solo conocerás a alguien de verdad mirando en su intimidad. La fachada que todos muestran es solo una máscara de la falsa imagen que quieren dar». ¿Qué ocultas tú, Ana? ¿Guardas secretos como el que habita en mi cajón o en mi Death Note?

Como sé que no me lo contarías porque no soy Claudia, forzaré el contexto. Dijiste que somos amigas, ¿no? ¿Perdonarás a tu amiga o me demostrarás que me manipulaste para tener la conciencia tranquila? Esto también será una prueba.

Sosteniendo mi sonrisa traviesa, perforo el paquete con las tijeras. Parece un milagro que no se hubiera quemado a causa de la intensa mirada que he mantenido sobre él.

Rasgo y rasgo hasta que en pocos segundos accedo a las prendas. Lo primero que noto mediante el tacto es la suavidad del tejido, lo apetecible que se vuelve tenerlo entre los dedos. Mmm, tentadora seda, la favorita de Aiko y mía… Buena elección, Ana. Para esto sí aplicas tu intelecto, cuidas los detalles.

Extiendo el conjunto ligero para apreciarlo en su totalidad. Se compone de dos piezas negras: una bata traslúcida de tirantes que se abre a lo largo del abdomen y unas bragas de encaje con las curvas ideales para resaltar los encantos femeninos de Ana. Reconozco que tienes buen gusto. El negro es un color tan acertado como el rojo. La bata realzará tus pechos, con el punto justo de insinuación, e irá descubriendo tu moldeado torso como una guía hacia tu femenina tentación. Lo único que echo en falta es una cinta para atarte con lazos.

Me tumbo por completo en la cama y continúo catando la lencería con mis manos. Puedo imaginar lo sexi que se verá Ana con ella. De hecho, hasta envuelta en una toalla y gritando como una fiera transmite un encanto irresistible. Si yo fuera mi hermano y Ana se me presentara con este conjunto en la noche, la ataría en la cama para complacerla con el amor que clama. Mi lengua conquistaría su vientre y mis manos, sus voluptuosos pechos. Cuando se retorciera gustosa, no podría impedirme que descendiera hasta su…

¡PAM!

El ruido de la puerta principal de la casa me despierta de mi ensimismamiento. Mientras el calor se extendía por mi cuerpo, yo restregaba la lencería sobre mí. ¡Sal de mi cabeza, Ana!

Las pruebas reposan sobre mi cama, pero no dispongo de tiempo para desaparecerlas. Ana podría comprobar en su teléfono que el paquete ha sido entregado, así que debo adelantarme e interceptarla, ya que dudo que sea mi hermano quien ha entrado porque él trabaja hasta tarde.

Ocultando las prendas detrás de mí, salgo al encuentro con mi cuñada en el salón. Le dedico una sonrisa placentera como toda una buena amiga sorprendida por descubrir sus gustos en la intimidad.

—¿Qué? ¿Han llegado tus cosas? —intuye, mostrando una cara más animada que la que tenía cuando se marchó.

—Sí, así es. He estado organizando mi cuarto. También ha llegado otro paquete que creía que era mío. Lo abrí sin mirar porque, como he dicho, creía que era mío. —Espero que no me huela la mentira—. Me he encontrado con esto. —Exhibo sus prendas con una descarada insinuación—. Está claro que es tuyo. ¿Es lo que usas para seducir a mi hermano? —Centro la atención en lo que me gustaría que habláramos como las supuestas amigas que somos. ¿Tendrás tus reservas conmigo, Ana, e ignorarás lo evidente?

—Yo… —¿Es vergüenza lo que expresa tu rostro sonrojado y asustado, Ana? Confiesa—. ¡Joder, Laura! ¡Dame eso! —El estallido colérico de Ana al arrancarme la ropa de las manos me petrifica—. ¡Eso es privado! ¡¿Por qué tenías que abrir el paquete?! ¿Estás tan ciega que no viste mi nombre? ¡Eres un puto fastidio!

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2 comentarios en “La novia de mi hermano 1”

  1. Luisito una pregunta, he estado muy desactualizada con algunas cosas y quería saber o bueno tenía la curiosidad de que si habra segunda parte de la novia de mi hermano o ya ahí queda ?

    1. ¡Hola! Sí, sí habrá, faltan muchas travesuras de Laura por contar, pero será la última que escriba. Ahora tengo la musa conectada con las partes de «La hermana de mi exnovio» y prefiero aprovechar que tengo las ideas frescas para avanzar.

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