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En la sofocante y corrupta Angel City, donde la contaminación tiñe el cielo de rojo sangre y la desesperación acecha en cada esquina, Laurel lucha por sobrevivir. Tras la repentina muerte de sus padres y el abandono de su hermano, se ve obligada a trabajar en un antro de mala muerte bajo las órdenes de un jefe abusivo y despiadado.
Laurel, una joven cuya vida privilegiada se desmoronó de la noche a la mañana, se enfrenta a la humillación, la soledad y la precariedad. Desesperada por encontrar una oportunidad, se aferra a la esperanza de un futuro mejor, pero la realidad la golpea con fuerza, recordándole que, en esta ciudad, los débiles son presas fáciles.
«La estruendosa sirena de varios coches patrulla me apartan de mi angustia. Los vehículos policiales vuelan por la avenida como un rayo de luz, cortando la circulación del tráfico nocturno con su estampida, y se detienen frente a una callejuela de la acera de enfrente. Para mi sorpresa, un montón de personas se aglomera junto a la cinta policial que delimita el perímetro intransitable. A medida que más patrullas, ambulancias y furgonetas con las iniciales del departamento forense llegan al sitio, los agentes de la ley se ocupan de mantener el orden. Sea lo que sea que haya pasado, es de gran interés para las cadenas informativas porque varios reporteros documentan el suceso.
—¡Qué horror! ¿Lo has oído bien? ¡Los han dejado con la garganta al aire!»
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Las llamas de los fogones arden como el fuego del mismísimo núcleo del infierno. El vapor que despiden las ollas y las sartenes que están al rojo vivo se funde con el humo que escapa del horno e intoxica mis vías respiratorias. Ello, unido a la efervescente freidora que arroja ardientes gotas de aceite como ráfagas de disparos, convierte la cocina de este antro de mala muerte en un volcán en plena erupción.
No solo la explosiva temperatura que contiene esta incineradora disfrazada de cocina me asfixia y me deshidrata a golpe de sudoraciones, sino también el estrés de cocinar bajo presión. Si hay un animal al que envidio, ese es el pulpo. Dos brazos no me bastan para controlar los filetes que tengo en las sartenes, las verduras que hiervo en la olla ni las pizzas que tuesto en el horno. Tampoco para servir el arroz frito, escurrir las patatas fritas de la freidora, trocear tomates —y más patatas que están sin pelar—, sacar la sopa recalentada del microondas y… seguro que olvido otras diez cosas, como el puto lavavajillas que no para de sonar.
Eso es lo que pasa cuando le vendes tu alma al diablo y aceptas el primer trabajo que encuentras para sobrevivir por cuatro miserables euros bajo el yugo de un jefe imbécil y explotador. Cada madrugada vuelvo a casa reventada, resacosa como si hubiera salido de fiesta —lujo que ya no recuerdo ni lo que es—, y asqueada por la peste a comida que llevo incrustada en mis prendas, mi piel y mis cabellos. Mientras me ducho para arrancarme el grasiento olor del cuerpo, me percato de que no soy capaz de disfrutar del agradable sonido del agua precipitándose sobre mí. Por desgracia, el ruido de la campana extractora, del aceite chispeante, de los vapores, de las alarmas de los equipos de cocina, del ajetreo del comedor, de mil cosas más y, especialmente, de los chillidos del cerdo de mi jefe sigue estremeciendo mis tímpanos como un molesto pitido. Solo cuando pego la cabeza en la almohada hallo la paz.
Sin embargo, el estrés que afronto a diario no es suficiente para apartar a mis padres de mis pensamientos. Aunque ya han pasado unos meses desde que los perdí en un accidente de coche, el dolor sigue presente como si la maldita vida me los hubiera arrebatado ayer. Todo era más fácil con ellos a mi lado, demasiado fácil, tanto que no supe apreciar lo afortunada que era. Creía que mis adorables padres cuidarían de mí por siempre, que no tendría que preocuparme por nada más que pensar en el próximo club en el que emborracharme y en quién tirarme para pasar la noche. Por eso, abandoné los estudios y me gradué como vaga. En aquel tiempo, el pelo se me caía cuando mis amantes tiraban de él mientras follábamos. Ahora se me cae a montones por el puñetero estrés.
La muerte de mis padres me obligó a crecer deprisa. La comodidad desapareció de la noche a la mañana cuando los abogados llamaron a la puerta portando bajo el brazo una carpeta negra, una carpeta repleta de horrores llamados «números rojos». No me concedieron ni una semana de luto en paz; saldar las deudas pendientes exigía ser una prioridad. Insensibles de mierda… No tuvieron piedad con una niña presa del duelo. Confiaba en que mi hermano mayor me ayudaría a entender lo que pasaba, y lo hizo, pero no como yo esperaba.
Mi querido hermano Evan regresó para ayudarme con el funeral de nuestros padres y me explicó que la deuda que ellos tenían era tan grande que nuestra herencia serviría para tapar ese enorme agujero financiero. Por tanto, ambos nos quedaríamos en la calle con poco más de dos mil euros para seguir con nuestras vidas. Le rogué a Evan que me llevara con él, pero el muy cabrón me abandonó alegando que no podía hacerse cargo de mí porque no tenía una vida estable. Al menos, fue considerado y me cedió su parte del dinero para facilitarme el inicio de mi nueva vida de mierda. Total, hace años que el mundo en sí se fue a la mierda por culpa de la polución, así que qué podía esperar.
Como un barco a la deriva, se me ocurrió mudarme a una gran ciudad para tener mayores oportunidades laborales. ¡Qué ilusa! El puñado de euros se esfumó con tan solo el depósito del alquiler de un apartamento compartido —apartamento que, siendo una pocilga barata que me podía permitir en un barrio de dudosa seguridad, me seguía pareciendo caro—. De hecho, a veces no cubro los gastos con la miseria que gano, sobre todo, cuando la factura de la luz sube por abusar del aire acondicionado o la calefacción en las respectivas estaciones de verano e invierno.
Pero ese no fue el único golpe que recibí. El peor fue el de la humillación y el menosprecio por parte de personas que habría considerado respetables. Tal vez apunté alto al presentarme a ofertas de trabajo de administración, jefa de departamento de ventas, gerente de hotel e incluso aspirante a modelo; pero eso no le daba derecho a nadie a reírse de mi currículum en blanco en mi cara. «La buena para nada», «la doña nadie», justo como me restriega mi jefe Johnny. Por supuesto, no me mordí la lengua y escupí la rabia que llevaba por dentro, lo que derivó en que el personal de seguridad me acompañara a la salida en más de una ocasión.
A pesar del desahogo momentáneo, la frustración me carcomía por dentro después de que la sangre se me enfriara. ¿De qué me servía plantarles cara a quienes me pisoteaban si luego me sentía como una inútil, una fea y repudiada mocosa que no valía más que una rata de alcantarilla? La soledad y Teresa, mi compañera de piso, fueron las únicas testigos de mis recurrentes sollozos nocturnos. La desesperación y el miedo a quedarme sin un techo ni comida que llevarme a la boca me abrazaron con tal fuerza y frialdad que estuve a punto de prostituirme para sobrevivir. De no ser por mi amiga Teresa, la única persona que se preocupa por mí, ahora estaría abriendo las piernas en un club para adultos en lugar de ejercer de pulpo cocinero. Habría perdido lo que me resta de dignidad.
—¡¿Cómo sirves esta basura así?! —El repentino bramido del gigantón panzudo que tengo por jefe me estremece—. Los huevos están pasados y la hamburguesa está cruda por dentro. ¡Dos platos más devueltos! —Platos que tira sobre la encimera metálica con rabia—. ¡Eres una puta inútil que ni unos huevos rotos sabe cocinar! Me estás costando dinero, así que te voy a bajar el sueldo si no te pones las pilas. ¡¿Entendiste?!
—No hace falta que me grites, aún no me he quedado sorda por culpa de tus putos chillidos de cerdo —replico con violencia, ardiente como el aceite de la freidora—. ¡¿Qué coño quieres que haga?! Estoy sola y no tengo superpoderes, ¿sabes?
—¿De qué vas, chiquilla? A mí no me hables así, ¡soy tu puto jefe! —La enorme y enfurecida masa de cebo me acorrala contra los fuegos. Sus grotescos labios escupen goterones de saliva como un aspersor cada vez que brama—. Eres una buena para nada, ¡una cucaracha vale más que tú! Así que cierra la puta boca y ponte a trabajar, que para eso te pago. ¡Y procura sacar todo bien!
—Te dije que no soy cocinera. Se suponía que mi puesto era el de pinche de cocina, no el de chef. ¡No puedo hacer magia, faltan manos aquí! Lo mínimo que podrías hacer es ayudarme, pero no, te la pasas de trago en trago con tus colegas del barrio y luego no tienes ni para pagarme —le recrimino sin pelos en la lengua.
—Chiquilla insolente, ¡no me toques los huevos! —El rechoncho Johnny, cuyos ojos reflejan el brillo del fuego como si fuera el diablo que rige sobre este infierno, me intimida al apuntarme con el dedo. ¿Debería tomarme en serio las habladurías sobre que perteneció a una pandilla criminal? Esos tatuajes de presidiario que le decoran hasta el cuello deben ser su carta de presentación en su mundo de delincuencia—. Este es mi negocio y hago lo que me salga de los cojones. Agradece que te haya dado un trabajo porque ni para fregar platos sirves.
—Claro que sí, trabajo en una cocina de mierda que ni cumple con la normativa para tener una licencia y bajo las órdenes de un puto cerdo desconsiderado y explotador. ¡Qué bendición! —Estoy temblando y no sé si es de miedo o de coraje—. Ahora entiendo por qué Marta cayó en depresión y renunció a su puesto de chef. ¡Eres un animal!
—¡¿Pero quién coño te has creído que eres, Laurel?! —Las venas se le hinchan hasta la frente. Ojalá ese cerdo maltratador sufriera un infarto ahora mismo—. ¡Me tienes hasta los cojones, chiquilla! ¿Sabes qué? ¡Largo! ¡Largo de aquí! —Esa bestia me agarra ferozmente por el brazo y tira de mí.
—¡Ay! ¡Me haces daño! ¿Qué haces? ¡¿Te has vuelto loco?!
—No quiero inútiles bocazas en mi restaurante. —El puto orco me exprime el brazo como si pretendiera romperme el hueso—. Esto le queda grande a una chiquilla vaga y protestona como tú. —Sin pensárselo, me arranca el delantal y el gorro de un tirón—. No puedes ni con cinco putas comandas, no aportas nada. Solo me hundes el negocio.
—¿Y crees que un gordo comodón como tú podrá solo con esto? ¡Y suéltame, joder! —le exijo, pero el cabrón me arrastra como a una marioneta hacia el exterior de la cocina.
—Te falta calle, chiquilla. Aún no has entendido que eres una buena para nada, que las inútiles como tú son reemplazables, y en esta ciudad abunda la mano de obra buena y barata. —Johnny me humilla de camino a la salida del restaurante, avergonzándome frente a los clientes que observan la escena con perplejidad—. Tranquilos, no pasa nada. Solo estoy sacando a esta cucaracha que se me coló en la cocina.
—¡Eres un hijo de puta! ¡Suéltame, coño! —Por mucho que forcejeo, no logro liberarme de sus dedos opresores. A fin de cuentas, parezco un suricato junto a un elefante—. Esto es denunciable. ¡No comáis su comida! Ese cerdo no ha limpiado la cocina en su puta vida, ¡todo está asqueroso!
—No le hagáis caso a esta pequeña zorra incompetente que no es capaz de hacer su trabajo bien. ¡Maldita alimaña traicionera!
Johnny abre la puerta del restaurante y me lanza bruscamente hacia afuera como si se deshiciera de una bolsa de basura en plena noche, por lo que caigo al suelo y me retuerzo de dolor al golpearme en la rodilla. Para colmo, quedo expuesta ridículamente ante la mirada juzgona de los transeúntes que pasan por mi lado y me esquivan como si estuvieran evitando pisar un vómito. Soy insignificante ante los demás.
—¡Largo! ¡Largo de mi restaurante y no vuelvas más por aquí! Tienes veinte, seguro que te va mejor trabajando en las calles. Ahí solo tienes que abrir la boca y las piernas y chillar; eso sí se te da bien.
—¡Eres un cabrón de mierda! —Las manos y la ropa se me han humedecido porque la acera está mojada. Nunca tengo suficiente—. Pues págame lo que me debes, puto tacaño.
—¿Que te pague? ¡Ja! No me hagas reír. Desaparece, que ni de alfombra para limpiarse los zapatos sirves.
—¡¿Qué?! ¡Una mierda! —Aunque aún me duele la rodilla, me incorporo de un brinco ante semejante injusticia—. Págame o te denunciaré, ¡cabrón explotador!
—¿Me vas a denunciar tú a mí? —La sonrisa diabólica de esa bola de grasa me acojona, especialmente cuando continúa susurrándome con un tono siniestro—. ¿Quieres que mis colegas te hagan una visita?
Johnny no tiene que entrar en detalles para que mi intelecto imagine las atrocidades que esos degenerados podrían hacerle a una chica indefensa como yo. ¡Qué impotencia!
—¡Ojalá te pudras, cerdo! —gruño, eufórica e impotente, pero no tengo otra opción que digerir la última humillación de Johnny al cerrar la puerta del restaurante en mis narices.
Este mundo está podrido, corrupto y es una puta mierda. No me extraña que la polución lo esté devorando desde antes de mi nacimiento. Vivimos bajo una extensa nube de contaminación que rara vez nos regala un rayo de sol. Este es el castigo que nos merecemos por nuestra falta de humanidad. Vine a Angel City en busca de una oportunidad, en busca de ese rayo de sol que me diera un atisbo de esperanza para marcar un rumbo en mi vida, pero, al igual que esa nube tóxica, la gente como Johnny me recuerda que los humanos somos un cáncer.
Hoy el cielo está rojo; rojo como un océano de sangre flotando en la oscuridad de la noche. Los grandes charcos de agua acumulados en las calles y en las aceras, así como la humedad que se respira en cada estructura mojada que me cruzo a mi paso, indican que ha llovido en abundancia. Si tan solo fuera agua bendita para purificar el mal que se ha apoderado de este mundo, pero no es más que el fruto de nuestro veneno regresando a nosotros.
Como un alma perdida, deambulo entre la gente que va y viene por la avenida principal. Me planteo llamar a un taxi para que me acerque a casa y terminar de descargar mi frustración allí, pero solo cuento con quince euros en la cuenta y cinco en la cartera. Si quiero comer, tendré que caminar, así que rezo para que no vuelva a llover porque ya tengo suficiente con medio pantalón mojado y la camiseta parcialmente sucia.
No obstante, ese es el menor de mis problemas ahora mismo. ¡Solo me quedan veinte euros para sobrevivir! ¿Cómo voy a pagar el alquiler y las facturas del mes que viene? ¡¿De dónde voy a sacar dinero para comer?!
El pánico se apodera de mí, me oprime el pecho hasta el punto de cortarme la respiración y empañarme la vista. Las gotas de sudor me chorrean por la sien, la espalda y las axilas; fluyen mucho más que las que me drenaba el calor de la cocina. Tanto deseé que Johnny sufriera un infarto y la que está al borde de sufrir uno soy yo, pues el corazón me late a mil revoluciones por segundo. ¡Estoy desesperada y no sé qué hacer!
¡Qué vida tan patética y tan triste, joder! Los únicos dos contactos cercanos que tengo en mi teléfono son mi hermano, a quien no veo desde el entierro de nuestros padres, y Teresa. No tengo a nadie más a quien recurrir, así que marco el número de Evan con la esperanza de que esta sea una de esas contadas veces en las que contesta mis llamadas.
Como de costumbre, el teléfono da timbre, pero Evan no responde y termina saltando el buzón de voz.
—Evan, ¡joder! ¿Cuándo te acordarás de que tienes una hermana? ¿Por qué no me contestas nunca? He hecho todo lo posible para sobrevivir por mi cuenta y jamás te he llamado para molestarte. Solo quería saber de ti y contarte cómo me iban las cosas, eso hace la familia, pero pasas de mí como de la mierda… —El tono me flaquea a la vez que se me acumulan las lágrimas en los ojos mientras ando por la concurrida e iluminada avenida—. Para una vez que te necesito de verdad, no estás. Evan, estoy muy mal. Acaban de echarme del trabajo y no sé qué va a ser de mí porque ese cabrón de Johnny no me quiere pagar lo que me debe. Me ha amenazado para que no lo denuncie y no tengo nada de dinero para afrontar las facturas que se me acumulan. Por favor, hermano, te necesito. Sé que no es justo que te suplique porque mientras tú estudiabas y luchabas por tu futuro, yo holgazaneaba y vivía la vida, pero te juro que estoy aprendiendo de mis errores. Quiero avanzar, quiero ser mejor persona, pero no tengo suerte y nadie me da una oportunidad para destacar. Nada me sale como quiero por más que me esfuerzo y ya no sé qué hacer… Me siento perdida… —sollozo—. Evan… No quiero dinero ni cobijo… Solo quiero… sentir el ca…
—Saldo insuficiente —comunica la voz artificial y la llamada se cuelga.
—…el cariño de mi hermano al menos una vez… —Me escurro las lágrimas e intento contener el llanto—. Soy una puta desgraciada… —Y tan desgraciada; ni siquiera el saldo me alcanzó para una llamada.
NI-NO, NI-NO.
La estruendosa sirena de varios coches patrulla me aparta de mi angustia. Los vehículos policiales vuelan por la avenida como un rayo de luz, cortando la circulación del tráfico nocturno con su estampida, y se detienen frente a una callejuela de la acera de enfrente. Para mi sorpresa, un montón de personas se aglomera junto a la cinta policial que delimita el perímetro intransitable. A medida que más patrullas, ambulancias y furgonetas con las iniciales del departamento forense llegan al sitio, los agentes de la ley se ocupan de mantener el orden. Sea lo que sea que haya pasado, es de gran interés para las cadenas informativas porque varios reporteros documentan el suceso.
—¡Qué horror! ¿Lo has oído bien? ¡Los han dejado con la garganta al aire! —comenta una señora que pasa por mi lado junto a quien supongo que es su marido por la forma en que tienen los brazos enlazados.
—¿Cómo se puede tener la sangre tan fría para desgarrarles el cuello a unas personas de esa manera? —agrega el hombre con el mismo tono de espanto.
—Es un crimen atroz. Lo peor es que no es el primero. Cariño, deberíamos plantearnos seriamente el mudarnos de aquí…
La charla de la pareja se disipa mientras se aleja de mí. Entonces, una misteriosa silueta se dibuja en un extremo del tumulto, una silueta masculina que resalta por su gabardina oscura. No sé por qué, pero un escalofrío recorre mi cuerpo cuando ese sujeto voltea la cara y sus ojos resplandecen, transmitiéndome la sensación de que su mirada me ha marcado como objetivo. Aunque no logro distinguir los rasgos de su rostro debido a la distancia, puedo afirmar que sus labios exhiben una sonrisa de aura perversa. La sangre se me hiela al sentirme como una presa ante su depredador.
¡¿Y si es el asesino?! Está claro que un asesino anda suelto, algo he oído en el restaurante sobre algún que otro crimen reciente. ¡Joder! Tengo que andar sola hasta mi casa en plena noche…
¡RUUUM!
—¡Dios! —chillo, sobresaltada, cuando un autobús circula por delante de mí a tal velocidad que me sacude con las ondas que provoca—. Me cago en… —Perpleja, me percato de que el extraño sujeto ha desaparecido.

¿Habrá sido fruto de mi imaginación? Con la vida tan miserable que tengo y el día de mierda que llevo más los detalles aterradores que esa pareja divulgó, no me sorprende que el miedo me haya calado hasta los huesos. Será mejor que me aparte de esta atmósfera sombría para que mi paranoia no vaya a más.
Retomo los pasos por la acera de la avenida principal de esta ciudad que nunca duerme, dejando atrás el espantoso bullicio como si fuera una metáfora de que estoy superando mis problemas y saliendo adelante. Tristemente, no es la realidad. Aun así, soy consciente de que ese suceso imprevisto me ha ayudado a desconectar y calmarme un poco respecto a mi desdicha. Si lo pienso fríamente, hay destinos peores que el mío, y una muerte atroz como la que describieron esas personas es algo que no me gustaría vivir jamás. Debe ser una pesadilla sufrir semejante agonía durante los últimos segundos de vida. De todas formas, sobrevivir no es vivir, y a veces me planteo si de verdad merece la pena despertar cada día para respirar pura agonía…
¡SPLASH!
Una masa de agua proveniente de la calle baña la mitad de mi cuerpo en un abrir y cerrar de ojos. El culpable: un coche negro de alta gama que viola los límites de velocidad urbanos y que, carente de empatía, ha pasado por encima de un charco de agua gigantesco sin importarle quién caminaba por la acera, aunque la única perjudicada he sido yo.
—¡¿Qué coño?! ¡Hijo de puta! ¿Te crees mejor que los demás por llevar un coche de lujo? ¡Estoy harta! ¡Me tenéis hasta el coño! —Mi inestabilidad emocional deriva en que explote como una perra rabiosa, reacción que asusta a las personas que hay a mi alrededor—. ¡¿Qué coño miráis?! Solo falta que os pongáis a defender a ese hijo de puta. Venga, tirad, que esto no es un circo y yo no soy una puta payasa para daros el espectáculo gratis.
Desde luego, he alcanzado mi límite y necesito desahogarme. Mientras inútilmente me limpio con un pañuelo empapado, observo que el coche de lujo aparca unos metros más adelante. Un corpulento hombre trajeado baja del asiento del copiloto, pero este no es más que el títere de la persona a la que se dispone a abrirle la puerta en la parte de atrás. Esa es la verdadera criatura responsable de la ducha cochina que no pedí. ¡Quiero verle la cara a ese hijo de puta!
Después de que el gorila abre la puerta, una pierna pálida se asoma con elegancia. Esa pierna femenina luce un zapato de tacón que, incluso de lejos, salta a la vista que se trata de un calzado ostentoso cuyo precio supera mi salario de un mes. Por un instante, me petrifico al observar que quien se baja del coche es una chica joven de cabellos oscuros y mechas claras, favorecida por un vestido negro de alta costura que realza su atractiva figura. Bajo la luz de la entrada del establecimiento, su piel resplandece como si fuera un puto diamante pulcro, pulido e incalculablemente valioso.
¡Maldita niña ricachona! Trago saliva como una infeliz deslumbrada por el estatus y la belleza de esa zorrita, pero ni el perro fiel que la protege evitará que la ponga en su sitio. Por ello, apresuro mis zancadas para alcanzarla antes de que la pierda de vista. Lamentablemente, el conductor huye con el coche y se libra del escándalo que le iba a montar para humillarlo en público, pero no importa, pues mi verdadero objetivo es la pija, que ha entrado en el recinto.
A escasos metros de lo que parece ser un club resort por su descomunal tamaño y su intensa luminosidad, un coche deportivo escarlata aparca frente al sitio, en un aparcamiento destinado a los clientes vips, y un señor de edad avanzada sale del auto. Como era de suponer, el viejo también presume de etiqueta y es recibido en la entrada como un rey. De hecho, gracias a que el portero lo saluda con un entusiasmo desmesurado, oigo que lo llama «señor Robert» y decido ralentizar mi marcha hasta que el portero se queda a solas.
—Hola —saludo al fortachón de abundante cabello afro que custodia las puertas tras fijarme detenidamente en el inmenso cartel de luces de neón doradas y rojizas que hay en la entrada.
«Anysia’s Eden», un casino por delante del cual habré pasado incontables veces y nunca había reparado en su existencia.
—No tan deprisa, encanto. —El portero me bloquea el paso cuando intento entrar y me juzga con la mirada—. Esas pintas… Nunca te he visto por aquí y no tienes cara de ser mayor de edad. —¿Que no tengo cara de ser mayor de edad? ¿Y la pija sí? Protestaría, pero eso no me ayudará a superar esta barrera—. Este lugar no es para ti, será mejor que pases de largo.
—Vale, creo que hay una confusión. Suele pasarme cuando voy a la disco, nadie cree que tengo veinte. Mira, puedes comprobarlo…
Busco mi documento de identidad en la cartera que guardo en un bolsillo y se lo muestro.
—Laurel… —lee el portero al inspeccionar el documento—. Podría ser falso. En cualquier caso, este no es un lugar para ti. Venga, márchate.
Este tipo está poniendo a prueba mi paciencia.
—A ver, no me gusta contarle mi vida a la gente porque a nadie le importa, pero no me dejas otra alternativa que rogarte. —Las clases de interpretación que tomé cuando era niña deberían servirme para algo—. Ya sé que mis pintas no son las mejores del mundo, pero he tenido mala suerte. Una imbécil me ha salpicado con el agua de la calle y me he retrasado. No estoy aquí por gusto, ¿sabes? Soy la zorra que le han enviado al señor Robert esta noche para que le haga compañía. —Mi mentira despierta una expresión incrédula en el portero—. Solicitó una chica joven que pareciera natural. Cada quién tiene sus fetiches. Porfa, no me hagas más difícil mi trabajo. Toma, un anticipo. —Adiós al billete de cinco euros que me quedaba. El cabrón mira el dinero con asco, pero lo acepta—. Ahora mismo estoy seca de efectivo, pero cuando mi cliente me pague, me acordaré de ti. ¿Me dejas pasar, porfa?
—Esta limosna solo complace a los vagabundos. —El portero tuerce los labios—. Estaré esperando un gesto más generoso de tu parte. Conozco bien al señor Robert y sé qué tan bien se porta con quienes le lamen los zapatos, así que sé amable con él y te recompensará ampliamente —enfatiza con un tono lascivo y repugnante—. Luego, acuérdate de mí.
—Por supuesto. Gracias por el aviso. Supongo que quienes le lamemos algo más que las botas nos llevamos un pellizco más grande. —Mis propias palabras me asquean, pero me veo obligada a fingir mi sonrisa de fulana.
—Bienvenida al Anysia’s Eden. —El portero, mostrando sus dientes perlados, me cede el paso.

Es la primera vez que piso el interior de un casino. Este, en particular, me roba el aliento por su majestuosidad y su inmensidad, reforzada por su techo alto con voluminosos candelabros de cristal colgando de él. Las máquinas tragaperras, perfectamente ubicadas en serie, son las primeras que inundan mis sentidos con sus intensos colores y sonidos diseñados para seducir a sus víctimas. Después de sobrevivir a esa deslumbrante invasión de estímulos, mi vista enloquece con el jolgorio de las mesas de apuesta, las ruletas, las partidas de póker, las mesas de billar y la zona del bar; todo embellecido con un tono dorado y terciopelo rojo. El ruido de las monedas suena como una melódica música para mis oídos en este paraíso que huele a riqueza y poder. Si bien mi razón inicial para colarme en este sitio fue darle una lección de moral a esa zorrita ricachona, ahora contemplo la posibilidad de solucionar mis problemas financieros aquí; y pienso recurrir a los métodos que sean necesarios para ello.
Puesto que no dispongo de fondos para apostar y tentar a la suerte, me valdré de otras habilidades para hacerme con un botín. Aquí hay muchas billeteras y billetes andantes que decoran sus pieles con prendas de calidad superior como si les valieran lo mismo que un rollo de papel higiénico a mí, por lo que no creo que echen en falta unas minucias que a una infeliz como yo podrían cambiarle la vida. Sí, voy a cometer un delito de hurto y no me pesará en la conciencia. Estoy decidida.
Si algo me ha enseñado la miseria es que no soporto ser una miserable porque otra gente se está aprovechando de mí. Este lugar es un océano plagado de esas ballenas que engordan y engordan sus bolsillos a costa de explotar a personas vulnerables y desgraciadas como yo. Lo que voy a hacer ni siquiera debe ser considerado un delito, sino un acto de desesperación y justicia. Por mis ovarios, hoy regresaré a la casa siendo rica y no una pobre llorona que está a punto de quedarse sin techo ni comida.
Deambulando entre las filas de tragaperras en busca de una presa fácil, analizo a las personas que, absorbidas por las pantallas, pulsan los botones como robots automatizados. Algún bolso descuidado, algún bolsillo ancho, alguna joya fácil de quitar, alguna moneda perdida, ¡algo! En especial, deseo con todas mis fuerzas encontrar a la pijita hija de sus muertos para desvalijarla de los pies a la cabeza, pero parece que la tierra se ha tragado a esa maldita junto a su dóberman.
Al cambiar de rumbo para peinar otra zona, localizo al tal señor Robert, que se dirige a una de las máquinas. Seguro que es un viejo verde que de verdad paga por los servicios de las jovencitas necesitadas y explotadas. ¡Puto cabrón! Si pudiera hacerme con su cartera… ¡Un momento! El llavero de lo que deben ser las llaves de su coche cuelga del bolsillo de su americana. ¡Ja! Esta es mi oportunidad.
Apresuro la marcha como una leona que acecha a su presa. En el momento adecuado, dramatizo un tropezón y me precipito sobre ese viejo asqueroso. Veloz, me aferro a su americana como punto de apoyo para no caerme.
—¡Ay, lo siento! Disculpe, soy una torpe.
—Tranquila, no pasa nada. ¿Estás bien?
¡Qué asco! Su sonrisa empalagosa no se compara al hecho de que me sobe el brazo y la cintura para ayudarme. Hace tiempo que no tengo relaciones íntimas y me apetece, pero el tacto de este pervertido asesina cualquier deseo lujurioso que albergue en mi interior.
—Sí, sí. De verdad, le pido disculpas. Creo que el chupito que me tomé hace un rato me ha empezado a subir, ¡je, je! —Quita tus sucias manos de mi cuerpo, pulpo asqueroso.
—Me recuerdas a mi nieta, parecéis de la misma edad. —¡Por Dios! ¿Se puede ser tan enfermo y retorcido? Me compadezco de su nieta—. Espero que no tomes el mismo camino de ella; debes cuidarte y no abusar de la bebida. —Probablemente la nieta se enteró de los fetiches enfermizos de su abuelo y se volvió alcohólica.
—No se preocupe, siempre tengo cuidado. Hoy es la primera vez que se me ha ido un poco de las manos. Gracias, y tenga una buena noche. De nuevo, perdón.
—¡Bah! —El viejo, aún sosteniendo su desagradable sonrisa, niega con la cabeza y se despide—. Buenas noches, jovencita.
¡Sí! Aún no me creo que haya sido tan fácil. ¡Mi primer botín! ¡Qué satisfacción tan grande siento al saborear las llaves de ese viejo pervertido entre mis dedos! Tengo que celebrar este éxito y, siendo sincera, necesito un trago para calmar los temblores que se han apoderado de mí. Así será más sencillo dar el siguiente golpe.
La barra brilla ante mis ojos como un oasis en medio de este desierto de oro. Risueña, me acomodo en un taburete solitario y espero a que el apuesto barman me atienda.
—Buenas noches, preciosa. ¿Qué deseas?
Poseo tal fortuna bajo mi puño ahora mismo que la adrenalina me incita a responderle que deseo cabalgarlo dentro del cochazo que tengo aparcado afuera, en la zona vip. Así se debe sentir la libertad financiera de los millonarios. La única preocupación consiste en disfrutar de los placeres de la vida. Por el valor de ese coche podría pasar meses sin trabajar para explotadores. ¡Ay, qué dicha!
—¿Qué tal, guapetón? Quiero una copa del licor más delicioso y dulce que tengas. Si me lo sirves con cariño, le aportarás más valor. —Le guiño un ojo.
—Vas con todo, ¿eh? Me encantan las chicas que saben lo que quieren. Marchando.
El barman no tarda en servirme un vaso que a duras penas llega a tres dedos de licor; y ni hablar si restara los dos cubos de hielo que engañan a la vista. No importa, me conformo con el trato agradable del chico y con el tacto frío de la llave que acaricio en las sombras.
—Serán quince euros —me dice el apuesto joven de barba perfilada, cuya imagen se distorsiona y me recuerda a los recaudadores de deudas en pleno saqueo de mis bienes.
—¿Quince? —repito, perpleja.
¡Menudo robo! Esta copa no vale ni cinco euros. Aún no la he tocado, podría devolvérsela, pero rompería la imagen que quiero transmitir y levantaría sospechas.
—Sí. ¿Tarjeta o efectivo?
—Pues… —Mi cartera ruge de hambre después de sobornar al portero. No me lo puedo creer, ¡me quedaré sin nada! Esos quince euros son lo único con lo que cuento en el banco—. Tarjeta…
El barman extiende el datáfono para drenarme la vitalidad. En contra de mi voluntad, aproximo la tarjeta al dispositivo muy despacio. Aunque fuerce la sonrisa, sufro como si me fueran a cortar la mano por ladrona.
¡Ay, qué dolor! El cobro me acaba de convertir en una persona oficialmente pobre… Lo más triste es que soy una estúpida. ¿Cómo se supone que voy a sacarle provecho al coche de lujo que está aparcado al pie del casino, a la vista de todo el maldito mundo?
—¡Gracias! Disfruta de la copa, preciosa. —Claro que la voy a disfrutar. Vamos, voy a chupar los trozos de hielo como si fueran perlas—. ¿Deseas algo más? —Solo falta que me pida propina descaradamente. Después de este cubo de agua fría, ni un polvo me apetece echarle.
—No, gracias. Eso es todo. Tengo que mantenerme alerta para no despilfarrar mi fortuna en las apuestas, ¡je, je! —No hay nada como engañarse a uno mismo.
Cato el licor que debe estar elaborado con partículas de oro según su precio. Definitivamente, esto es una estafa. No se diferencia en nada de otros licores que he probado cuando me lo podía permitir. Sabría mejor mezclar leche, miel y alcohol que esta cosa que voy a orinar dentro de diez minutos por el mágico precio de quince putos euros que me costaron sudor y lágrimas.
Mientras suspiro con desaliento entre sorbo y sorbo, observo al barman, que atiende a más clientes a la par que su compañera. ¡Qué envidia! Hasta el personal que sirve las copas luce un uniforme laboral de mejor calidad que mi ropa de salir. Solo por sonreír y complacer las peticiones de la gente deben ganar un salario de escándalo y un sobresueldo suculento gracias a las jugosas propinas que reciben constantemente. ¿Por qué yo no pude encontrar un empleo como este?
—¿Mucho curro? —le pregunto al barman cuando aprovecha el tiempo muerto para secar unos vasos cerca de mi zona.
—Sí, aquí hay movida todas las noches del año. El casino solo cierra por las mañanas. Las tardes son tranquilas, pero la cosa cambia cuando se acerca el anochecer. El turno de noche es el más intenso.
—Pero tienes días libres, ¿no? —Su cara de felicidad es lo opuesto a la mía, así que no creo que lo exploten como a mí.
—Sí, sí, claro. Tengo mis dos días libres y mis vacaciones como en cualquier curro. Además, la jefa vela por nuestra calidad de vida. A veces nos premia con escapadas de fin de semana o un viaje con todos los gastos pagados. También nos incluye en el contrato un bono que cubre revisiones médicas periódicas, gimnasio y dieta balanceada. ¡Aquí se está de puta madre! —expone el barman con un entusiasmo desmesurado—. Ni mi madre se preocupó tanto por mí. Esto no lo encuentras en todas partes. Vamos, como para no cumplirle a la jefa en el trabajo.
—Joder… —El siguiente trago me sabe amargo por la envidia que le tengo a este tipo—. Sí, eso no lo ves en todas partes. ¿Qué hay que hacer para trabajar aquí?
No descarto que la jefa sea una vieja que se beneficia al personal que le apetece. Gente como este chico haría lo que fuera para contentarla.
—La verdad, hay que cumplir ciertos requisitos. —Aunque al barman le gusta el parloteo, no vaguea ni un segundo. Me impresiona la agilidad que destilan sus manos al frotar las copas con el trapo—. Te tiene que gustar trabajar de cara al público y debes tener don de gente, pues tu misión aquí es hacer que la gente se sienta a gusto. La rapidez del servicio y el conocimiento sobre las bebidas son indispensables. Por supuesto, tienes que estar dispuesta a llevar un estilo de vida diferente, ya que no todo el mundo se adapta al trabajo nocturno porque es agotador. De todas formas, aunque cuentes con todos estos requisitos, para trabajar en un sitio como este necesitas una carta de presentación; y no me refiero a la chorrada que enseñan en los cursillos de recursos humanos, sino a los contactos, a alguien que te recomiende. Si no fuera porque mi padre es primo de uno de los chóferes de la jefa, yo no estaría aquí. Mi currículum, con toda mi experiencia en bares y mi formación en hostelería y coctelería, y mi labia no habrían valido para nada más que alimentar la papelera.
—Ya… —Como siempre, el puto enchufe.
—No estarás pensando en cambiar de profesión, ¿no? —La sonrisa del barman se ensancha—. Los clientes de este casino pertenecen a las altas esferas, dudo que quieran renunciar a su grandeza por un puesto como el mío. Hay excepciones, no todos están al mismo nivel y, aunque aparentemente tú no parezcas uno de ellos, si estás aquí es porque debes dedicarte a algo que te genera unos beneficios sustanciosos.
—Así es. No soy un pez gordo y tampoco presumo como una soberbia de mis riquezas porque soy de origen humilde, pero sí que he sabido ganarme el pan. Soy desarrolladora de aplicaciones, trabajo por mi cuenta. Me ha ido muy bien vendiendo programas que les facilitan la gestión de los negocios a otros. No me puedo quejar. —Y tan ancha celebro mi mentira con otro trago.
En el fondo tengo potencial para ser una estrella como actriz. Si hubiera estudiado, a lo mejor sí me habría podido convertir en una desarrolladora de aplicaciones o algo por el estilo, pero a estas alturas no puedo ni pagarme los estudios.
—¡Vaya! Programadora. Eso dice mucho de ti, eres una mujer inteligente. Las mujeres inteligentes siempre me han parecido sexis. —¡Qué pillo! Ya vuelve a coquetear conmigo—. Eres joven, guapa, simpática, inteligente y has creado tu propio imperio. Lo tienes todo.
—¡Ja, ja! Gracias. —Joder, qué bien sienta sentirse especial por un momento, incluso aunque sea a costa de una mentira—. Si supieras… Una vez me presenté a un casting de modelos y me dijeron que una planta silvestre ofrecía más belleza a la cámara que yo. No fue la única comparación que hicieron, claro está. Se las ingeniaron de mil maneras para llamarme fea del montón, así que dudo que sea guapa como dices, pero gracias por el halago.
—Menudos inconscientes. Tienen el sentido de la belleza donde no les da el sol. —El chico me hace reír con su comentario—. Ellos se han perdido una belleza exótica como tú. He visto a mucha gente pasar por aquí, pero a ninguna con unos ojos verdes cristalinos como los tuyos. También tienes un color de pelo especial. Es como un castaño claro que parece rubio en algunas zonas. Tampoco soy un experto sobre los cánones de belleza, pero reconozco a una mujer hermosa al natural en cuanto la veo. Y eso que no estás maquillada ni tan arreglada como las que merodean por aquí.
Creo que me he ruborizado porque me arde la cara y sonrío como una ingenua. Hacía tiempo que no me valoraban ni me coqueteaban de esta manera.
—¡Cristian, querido! —Una cincuentona estilizada interrumpe nuestra conversación. La señora, cuya figura desproporcionadamente esbelta y de espalda arqueada insinúa que la han empalado por detrás, acomoda su bolso de marca en el taburete que hay a mi lado y se sienta en el siguiente—. ¿Me echabas de menos?
Su voz aguda y dramática me resulta vomitiva. Lo mismo puedo decir de sus exagerados gestos delicados al apoyar los brazos y el teléfono sobre la barra. Con absoluto descaro, empina su artificial busto del tamaño de dos sandías para atraer la mirada del chico. Me temo que ese escote y ese vestido dorado ceñido al cuerpo y abierto por un lado no hace más que potenciar su imagen plástica.
—Siempre, lady Aurora. —Cristian, el barman, la trata con la misma gentileza que a mí, así que lo poco especial que he llegado a sentirme se ha ido por el desagüe—. ¿Qué tal van las apuestas?
—Lo he apostado todo por el ocho. Ese semental corre como ninguno. Esa fuerza. Esos músculos… Imagina cabalgar una bestia como esa y azotarla para que embista con más ímpetu. —¡Qué asco! El tonito lascivo de la ricachona y su forma de devorar a Cristian con la mirada me hacen dudar sobre el verdadero significado de sus palabras—. Míralo correr. —Aurora apunta con la mirada a la gigantesca pantalla que proyecta una carrera de caballos en la mesa de apuestas que hay varios metros a nuestra izquierda.
En ese instante, mis ojos se desvían hacia el bolso abierto de la señora y percibo su llamativa cartera.
—Sí, el ocho se ve prometedor. Tienes buen ojo con los caballos, seguro que ganas como de costumbre. ¿Te sirvo una copa para celebrar la inminente victoria? —Cristian es un as en su trabajo, y yo he de serlo como ladrona amateur.
—Sí, ponme lo de siempre —asiente Aurora—. Lo cierto es que esta vez no tengo todas las de ganar. Hay un par de rivales que han estado rindiendo a la par del ocho. Podría perder, pero eso le da más emoción a la apuesta. —Se nota que le sobra el dinero—. Si pierdo, me desahogaré contigo toda la noche. Si gano, te invitaré a un lugar muy especial. —Víbora aprovechada.
—Me encantaría, pero no puedo faltar a mi trabajo —contesta Cristian, que prepara un cóctel para lady Asaltacunas.
—Por favor, eso no es problema. Si hablo con Anysia, seguro que llegamos a un acuerdo para que te conceda unas vacaciones extras.
Anysia… Ese es el nombre del casino, y parece que es el de la dueña también.
El alcohol empieza a recorrer mi sangre; lo sé porque me siento desinhibida y capaz de todo, y porque el resplandor de las luces me deslumbra más de lo normal. Tengo que volver a la realidad. No entré a este casino para ligar, sino para cambiar mi situación financiera. Aunque no pueda explotar el valor del cochazo ahora mismo, puedo conquistar un nuevo botín, y ese botín reside en el interior del bolso de esta señora ricachona a la que le sobra la pasta como para fantasear con caballos. Necesito efectivo para jugar y apostar.
Aurora y Cristian continúan con su plática insinuante y fetichista a la vez que chupo el último hielo para no desperdiciar ni un céntimo de lo que me costó la bebida. La señora paga con su teléfono, por lo que tardará en echar de menos su cartera. Mis neuronas, tan relajadas como alborotadas, realizan su sinapsis. Tengo un plan.
—¡¿Perdió el ocho?! —articulo con emoción y lamento, logrando que Aurora y Cristian desvíen la mirada hacia la gran pantalla el tiempo suficiente como para que pesque la cartera y la esconda en mi caja fuerte: bajo el elástico de mi pantalón cubierto por mi camiseta—. ¡Uf, qué susto! Vi mal. Creo que voy un poco pedo ya —comento tras confirmar que la carrera ni siquiera ha acabado—. Es que yo también aposté por el ocho —alego ante la mirada confusa de ambos, especialmente la de esa rubia que me infravalora con su mueca facial—. En fin, voy a divertirme. Chao, Cristian. Fue un placer.
Huyo de la escena del crimen a toda prisa, dejando a Cristian con la despedida en la boca. La adrenalina vuelve a acelerarme las pulsaciones como un recordatorio de que estoy cometiendo un delito, pero no me arrepiento de robarle a esa vieja degenerada. Mi cuerpo y mi mente tendrán que aprender a adaptarse a esto, aunque esta debería ser la única vez que lo haga porque, después de esta noche, no necesitaré trabajar ni robar en mi puñetera vida.

¡Cuántos billetes! ¡Nuevos, resplandecientes y coloridos! Parecen recién impresos.
Echando los quince euros peor invertidos de mi vida en una copa por el retrete del baño, saqueo la cartera de la señora pija con un desborde de adrenalina que estremece mis labios en una frenética sonrisa. Amaso una fortuna que no habría ganado ni en varios meses rompiéndome el lomo en el puto restaurante de ese cerdo de Johnny. ¡Cómo me encantaría abofetear a ese hijo de puta con el fajo que acaricio entre los dedos! ¿Y yo soy la buena para nada? ¡Ni él habría dado un golpe tan bueno como el mío en una noche! Olfateo los billetes para deleitarme con el aroma a riqueza que destilan y el futuro tan prometedor que me auguran.
Esto es lo más cercano que he tenido a un placentero orgasmo en mucho tiempo. Joder, creo que me voy a correr de gusto cuando estas semillas den sus frutos en las mesas de apuesta. No aguanto más. Estoy deseando salir de este casino convertida en millonaria, así que tiro la cartera vacía —limpia como si la acabaran de sacar de la fábrica— en el cubo de basura. Es un sacrificio menor que asumiré: esa cartera vale pasta, pero sería una carga y un riesgo que no me puedo permitir. El dinero, en cambio, no tiene nombre. Pertenece a quien lo lleve en el bolsillo y ahora está en el mío.
La noche del despilfarro ingenioso comienza para mí cuando regreso al inmenso océano del pecado. Esta vez, no me duele gastar veinte euros en un licor de calidad, uno de los más exquisitos de la carta, para pasearme por el casino como una reina. Esto es lo que se siente al ser rico. Poder, abundancia, libertad… Sonrío como otra vulgar ricachona que tiene el mundo a sus pies al exhibirme con la copa que me sube el ego por las nubes. ¡Qué coño! Mearé oro la próxima vez.
Por supuesto, evité a Cristian cuando compré la bebida por si su ama echaba en falta su cartera y me asociaban con su desaparición. No obstante, su charla con esa mujer me ha servido de inspiración para iniciar mi recorrido por la zona de las apuestas deportivas. Si una señora plástica y superficial, poseedora de un cerebro unineuronal, es capaz de enriquecerse en ese tipo de apuestas, yo, que vivo en el mundo terrenal y reconozco el potencial de algo enseguida, seré una diosa.
Frente a la gran pantalla, observo a los jinetes y sus sementales, que se preparan para la siguiente carrera. Esto está chupado. El número cuatro, ese ganará. Ese corcel negro parece un tanque, igual que su dueño. Por lógica, sus músculos están más fuertes que los de sus rivales, cuenta con un buen entrenamiento y debe volar como el viento. Si es que lo estoy viendo cruzar la meta incluso con ventaja de sobra. No lo pienso más, dejo caer un buen manojo de billetes en el mostrador. Un hombre me mira raro, como si se arrepintiera de haber apostado por el dos, y yo me limito a alzar mi costoso licor y empinar el morro con soberbia.
La carrera arranca con el estruendo de un disparo y la emoción se propaga por mis venas. ¡Qué fácil sería adaptarme a esta buena vida de lujos y apuestas todos los días! Si hasta siento que nací para esto; supera con creces la comodidad que me ofrecían mis padres. Pero el subidón decae cuando el maldito semental por el que aposté se queda atrás prácticamente al inicio de la competición. ¡¿Cómo es posible?!
—¡Vamos, cabrón! ¡Corre, corre! ¡¿Necesitas un cohete en el culo o qué?! —chillo, enfurecida, y aporreo el mostrador.
—¡Ja, ja! Había que ser muy iluso para apostar por ese perdedor que no ha rascado un premio nunca. Un puto caballo gordo como su jinete que lo mejor que podrían hacer por él, por no decir ambos, es sacrificarlo para ahorrarle la humillación —espeta el hombre, incordiándome con su tono burlón.
¡Menudo hijo de puta! El suyo va en segunda posición y tiene pinta de que adelantará al primero pronto.
—¡Que te jodan, mamonazo! —lo insulto y me largo de la zona de las apuestas deportivas porque ni un milagro evitará que el número cuatro termine en la última posición.
—¡Qué malas pulgas tiene la cría! —El hombre me ofende desde la distancia, pero lo ignoro, en contra de mi voluntad, porque debo pasar desapercibida.
La ruleta se convierte en mi próximo destino. Más bien en mi siguiente ruina. El botín se evapora como si fuera agua en el desierto sin producir ni un retoño. No doy ni una. Ni en la ruleta ni en todas las mesas con distintos juegos de apuestas que visito. ¡Soy una puta desgraciada con mala suerte! No, seguro que todo está manipulado para joderme.
Cuando el alcohol me da una tregua de lucidez, me hallo en una partida de póker donde me juego lo último que me queda contra un asiático que parece un puto adivino de las cartas. Me encantaría presumir de que él y yo hemos arruinado a los demás que ocupaban la mesa, pero sería engañarme a mí misma. Yo, por miedo a perder grandes cantidades después de la mala racha que llevo, fui pasando en las rondas. Él, en cambio, fue limpiando las torres de monedas de los contrincantes hasta dejarlos secos. Ahora, soy una lombriz a la vista de ese gallito que ansía despedazarme de un picotazo.
—¿Qué miras? No serás un maldito chino tramposo con unas lentillas de aumento que me ve las cartas a través del reflejo de mis retinas, ¿no? Porque eres chino, ¿verdad?
Aunque lo provoco, el muy cabrón no reacciona. Lleva toda la partida con la misma expresión en el rostro, con una sonrisita en los labios que parece una burla descarada hacia el resto de jugadores. Está claro, nos menosprecia con su aparente cara de bonachón.
El muy degenerado hace un all in porque le ha salido de los huevos rematarme de una vez. Me obliga a apostar los escasos billetes que me reservaba para recuperar todo lo perdido o a abandonar y quedarme sin prácticamente nada. Encima no puedo igualar su apuesta. Él espera que yo tire la toalla o saque más fondos de mi ficticia cuenta bancaria inagotable para seguir jugando y engordando su billetera.
—Eres un auténtico cabronazo, Ming, Chen, o como te llames. ¡Ja, ja! ¡Qué hijo de puta! Quieres joderme, ¿eh? —Golpeo la mesa con las cartas que tengo en la mano mientras medito qué haré, ya que estoy atrapada como un triste ratoncito en una ratonera.
Debí largarme del casino con lo que le había robado a esa señora. ¡Joder! ¡Coño!
—Por favor, juega. No tengo toda la noche. —El muy perro se ha atrevido a ladrar por fin, pero para incomodarme—. Eres una mala perdedora que me está costando dinero en tiempo. Acepta tu derrota y retírate con dignidad. —El colmo es que se exprese con amabilidad para hundirme más.
—Eres un imbécil, ¿no? ¿De qué vas? Oh, espera, espera. Ya lo pillo. —Riendo como una maníaca, empujo mi miseria hacia el centro de la mesa—. Vas de farol, cabrón. Llevas toda la puta partida marcándote faroles. Por eso apuestas fuerte siempre, para asustar a los demás. ¡Qué grandísimo hijo de puta! Te he calado pero bien, y ahora te voy a joder yo a ti. Tendrás que enseñar tus cartas. Te voy a quitar la sonrisita chulesca de la cara. Te vas a acordar de mí toda tu puta vida.
—¡Qué vulgar y qué poca clase! ¿Has terminado? Por si no te has dado cuenta, tu apuesta se queda corta. —¡Cómo me lo restriega!
—¿Y? ¿Me tomas por una vagabunda? Tienes cara de que te gustan los juguetes caros y vistosos. —Como si yo misma me extirpara el corazón a sangre fría, arrojo las llaves del cochazo sobre la mesa. Ahora sí que no me queda nada. Pero sé que ganaré y me iré de aquí nadando en la abundancia—. Esto hará la apuesta más interesante. Tengo una joyita aparcada afuera que iguala ampliamente las migajas que has juntado. ¿Lo tomas o lo dejas?
—Acabemos con esto de una vez.
—Así me gusta, con los huevos bien puestos, Ming. Aunque se te van a encoger pronto. ¡Ja, ja! —No sé si la gente que nos observa se ríe conmigo o de mí, pero me importa una mierda. Le llegó la hora al asiático.
Planto mi mano sobre la mesa, revelando un trío de ases.
—¡Chúpate esa! Dudo que tengas algo mejor porque esto es lo mejor que se podía conseguir con las cartas que hay en la mesa —alardeo, repleta de orgullo, al apuntarme mi triunfo definitivo.
—¿Eso crees? —La sonrisa de Ming se ensancha, despidiendo un aura de superioridad que atenta contra mi momento de felicidad—. Deberías buscar tratamiento para tu ingenuidad. Abre bien la boca porque te vas a comer un tren. Mira cómo caes… por la escalera. —Como todo un perverso, el puto Ming expone sus cartas con calma para grabar el trauma en lo más profundo de mi alma.
Una escalera… ¡Una puta escalera arruina mi sueño! Y yo, como una ilusa, igual que dijo Ming, caigo por ella cuando creía haber alcanzado la cima. La caída duele, me destroza los huesos al chocar bruscamente contra cada escalón. Después del último, solo queda un despojo de mí. Siempre seré una fracasada.
—¡Mirad qué cara ha puesto! ¡Ja, ja! —Ming me humilla sin piedad.
—¡Eres un puto tramposo! —gruño, como último recurso para desahogar mi frustración—. Es imposible que tuvieras tanta suerte siempre. ¡¿Dónde escondes las cartas, Ming?!
—Llora todo lo que quieras. Tu juguete y tu pasta son míos ahora, los he ganado justamente. Y que sepas que me llamo Makoto y soy una mujer japonesa.
¿Ese tipo con traje elegante es una mujer y se llama Makoto? No sé si me toma el pelo o si lo dice en serio, pero permanezco pasmada mientras contemplo cómo se apropia de lo que es mío… cómo me arrebata mis ilusiones…
—¡Ahí están! —vocea un hombre, captando todas las miradas con su agitación—. ¡Esas son las llaves de mi coche!
Lo que faltaba. Es ese viejo, Robert, y trae consigo a los chuchos del casino. Los sabuesos seguirán el rastro hasta mí, así que será mejor que desaparezca. Sin embargo, los efectos del alcohol han agudizado mi torpeza como para que vuelque mi copa de un manotazo y tropiece con la silla al levantarme.
—Uy… —murmuro e intento huir mientras Ming, Makoto o quien sea, debate sobre las llaves.
—Es ella. La hemos localizado. Que no escape —advierte un gorila, claramente refiriéndose a mí, sin causar demasiado alboroto, pero yo no lo paso por alto y apresuro las zancadas.
—¡Cogedla! —ruge otro y, en lo que dura un pestañeo, me estampo contra una columna. Solo que la columna es un hombretón de dos metros que me agarra por detrás del cuello y me doblega como si fuera un pollo.
—¡Ay, ay! ¡Me haces daño! ¡Que alguien me ayude! —lloriqueo, con la esperanza de que alguien mueva un dedo por mí, pero recuerdo que soy una mierdecilla insignificante para el mundo.
—¿Y tienes el descaro de hacerte la víctima, maldita ladrona? —El gigantón calvo me tuerce un brazo cuando forcejeo para tratar de liberarme de sus garras.
—¡Ay! ¡Por favor, no me hagas más daño! Lo siento, ¿vale? No hice nada; encontré esas llaves en el suelo. Suéltame, por favor. Tengo los bolsillos vacíos, no he robado nada. Ya me iba, puedo salir por mi propio pie.
—¡Ja, ja! Lo que hay que oír. Como si fuéramos gilipollas. Tú no te vas de aquí, sabandija.
—¡Te lo juro! Que una mujer me revise los bolsillos.
—Y encima con exigencias. ¿Qué hacemos con ella, Marc? —le consulta el grandullón a otra bestia que parece ser el líder de la manada por su barba de rey.
—¡Tengo derechos! No podéis retenerme en contra de mi voluntad. ¡No hice nada malo! —Esto huele a una puta mafia. ¡Estoy bien jodida!
—¿La has oído? Que tiene derechos, dice. ¡Ja, ja! —El alfa también se mofa de mí. Estoy perdida—. Claro, princesa. En las grabaciones no estabas robándoles a nuestros clientes. Estabas recaudando los impuestos reales, ¿verdad? Llevémosla con la jefa. A Anysia le encantará oír a este chiste andante y decidir su destino.
¿En serio? ¿Mi vida estará en manos de esa vieja pervertida?
—Que venga la policía. ¡Por favor, que alguien llame a la policía! ¡Me están secuestrando! ¡Están violando mis derechos! —grito mientras me arrastran por el casino como si fuera una criminal conducida por el corredor de la muerte.
Robert me observa con una mueca digna de un idiota. Cristian niega con la cabeza, resaltando su decepción. Aurora sonríe con malicia, poniendo de relieve que sabe que soy un inocente corderito de camino al matadero.
—Si aprecias tus dientes y quieres conservarlos en tu boca, cierra el pico —me intimida Marc y, sin dudarlo, me callo. El mero hecho de imaginar las infinitas y dolorosas maneras por las que podrían privarme de mis dientes basta para que tiemble de pavor. La garganta se me cierra como si ya me estuvieran estrangulando—. Bien, lo has entendido. No estás tan borracha y loca como parece.
Mis verdugos me frenan en seco frente a la puerta de lo que parece un despacho. Bajo el yugo del grandullón, contemplo cómo Marc se asoma en la puerta después de llamar. Por lo visto, hay más matones dentro, pero la voz que dirige el cotarro suena tan delicada como implacable. Seguro que es la de la señora que me sentenciará a muerte o a una vida miserable peor que la muerte.
—¿Me vais a matar? —le pregunto al tipo que me somete, prácticamente sollozando, y este me mira con seriedad—. Yo sé que sí. Si hasta me haréis un favor porque oficialmente soy una puta muerta de hambre. No tengo nada. Estoy arruinada. No valgo nada. Lo único que pido, aunque no esté en posición de hacerlo, es que lo hagáis rápido y que sea indoloro. Por favor, no me quitéis los órganos mientras me mantenéis con vida. ¡Por favor!
—¿Qué cojones? A mí no me cuentes tus historias. Cállate o empezaremos arrancándote la lengua —bufa el grandullón y me vuelve a girar hacia adelante.
Un sudor frío recorre todo mi cuerpo.
—Sí, señorita. Esa es la situación. —Escucho las últimas palabras de Marc, que claramente se dirige a su jefa. Es increíble que ese vejestorio obligue a sus empleados a tratarla como si fuera una señorita. Para poseer y dirigir un sitio como este hace falta experiencia, y eso equivale a años de antigüedad—. De acuerdo. Ahora la pasamos.
Con un gesto de Marc, mi captor me empuja hacia el interior de la sala de tortura donde esa señora momificada será mi jueza y dictará mi condena. Justo cuando cruzo la entrada, un intenso olor a perfume dulzón proveniente de la habitación invade mi nariz. Ni siquiera una perfumería huele como si tuviera un campo de cultivo de rosas dentro. ¿Acaso es una ironía por las flores que nunca tendré en la tumba en la que no me enterrarán porque mi cadáver desaparecerá?
La iluminación del despacho es discreta, y las paredes revestidas de un tono rojizo lo oscurecen mucho más, pero basta para ver las caras de otros dos ejecutores que custodian a la abeja reina. Reconozco a uno de ellos. Sin embargo, no llego a procesar toda la información porque Marc tira de mi cabello y me expone como si fuera una esclava en venta.
—Esta es la ladrona.
Entonces, mi mirada se conecta con la de la persona que jamás habría imaginado que encontraría aquí. ¡Es ella! ¡Es esa zorrita pija que me puso perdida! No puede ser. ¡No me lo puedo creer! ¿Mi destino está en sus manos? ¿Tan injusta es esta puñetera vida?
Como una muñeca de piel de porcelana, la niña privilegiada está sentada detrás de un escritorio alargado en una silla semejante a un trono medieval moderno. Ahora que la veo de cerca, me avergüenzo de sentirme impresionada por la belleza que irradia su rostro angelical. Esa melena negra que cae como una cascada sobre su hombro, combinada con mechas luminosas que la embellecen como finos rayos de luz lunar abriéndose paso entre la infinita oscuridad, la dota de un encanto femenino y sensual. Sus ojos, que parecen el universo profundo con el brillo de dos estrellas, me contemplan con intensidad.
—¿Señorita Anysia? —La intervención de Marc rompe nuestra extraña conexión.
El tiempo se había detenido para nosotras. Me pregunto qué pasaría por su mente mientras me observaba con su expresión de espanto infantil. Probablemente me subestimaba y esperaba una auténtica pordiosera inepta, no a una chica de su edad burlando su seguridad como una ladrona profesional, aunque el desenlace fuera un chiste.
—¿Quién le permitió entrar? ¿Quién está en la puerta hoy? —inquiere la abeja reina con un tono suave y respetuoso que lleva implícita una sutil reprimenda.
Me incomoda que no me quite los ojos de encima. Esa mirada dominante y posesiva vestida con una ligera aura melancólica me pone más nerviosa que la idea de lo que harán conmigo. Debe ser una niña reprimida y vacía por dentro. Un cubo de hielo carente de empatía humana. Ya que se saldrá con la suya, no me iré de este mundo sin dejar mi huella en su memoria. Esa copa de vino que reposa al lado del ordenador…
—DJ, señorita. ¿Lo llamo? —responde Marc, el mayor lamebotas de todos.
—No. Hablaré personalmente con él después…
—Ay… —la interrumpo con mi quejido—. Por favor, suéltame. Me haces daño.
—Marc, suéltala. No creo que sea tan estúpida como para intentar huir —le ordena la verdadera estúpida, aunque capto su advertencia.
Es evidente que no podré escapar de sus perros de caza.

—Claro. —Marc me suelta el cabello, me concede la libertad que necesitaba—. Pero no subestime la estupidez de esta… dama… ¡Ja, ja! —se burla de mí y sus subordinados le celebran la gracia.
¡Cabrones de mierda!
—Gracias por la… benevolencia… majestad. —Yo también me mofo, salvo que ninguna risa me acompaña—. ¿Te acuerdas de mí? —le digo a la «señorita», despertando una mueca de asombro en su rostro.
—Nosotras… —titubea la idiota— nos conocemos… —pregunta, aunque suena como una afirmación confusa.
—Sí, nos conocimos hace un buen rato. Bueno, yo debí ser invisible para ti, como la mierda de la calle que ignoras volteando la cabeza. —Tan rápido como un latigazo, cazo la copa y le estampo la bebida en la cara. La emperatriz, humillada y bautizada en vino ante sus súbditos, se petrifica en su trono—. ¡Me la debías, hija de puta!
—¡Maldita zorra! —El grandullón, en un destello, me embiste contra el escritorio: me tuerce un brazo y me aprisiona por la nuca, hundiéndome la mejilla contra la madera.
—¡¿Cómo te atreves a ofender a la señorita Anysia después de ser piadosa contigo?! —brama Marc, que tira de mis cabellos con violencia.
—¡Ja, ja! —A pesar del daño, río porque me he vengado y porque uno de los sirvientes le ofrece un pañuelo a la pijita para que se seque la cara—. ¿Piadosa esa? Esa es una hija de puta que se cree por encima de los demás. Disfruta tu corona de tinto, «señorita Anysia».
—¡Cállate antes de que te rompa la boca! —me amenaza Marc, escupiendo saliva con sus ladridos.
—Deja que hable. —La princesa se limpia las facciones con la finura propia de una ridícula como ella—. Que diga lo que tenga que decir.
—¡Eres una puta! —la insulto, no me contengo. Total, ya estoy sentenciada—. Puede que yo sea una miserable doña nadie a la que salpicaste con el agua sucia de la calle como si fuera basura, pero esta desgraciada te la devolvió. Podrás matarme y hacer lo que quieras conmigo, pero nunca olvidarás que te humillé delante de tus cachorros. ¡Que te jodan! ¡Vete a la mierda! ¡Pija mal follada! ¡Púdrete!
—Por favor, señorita Anysia, permítame poner a esta cucaracha en su sitio —le ruega Marc, que tensa mi cabello como si ansiara arrancármelo de raíz.
—¡Eso! ¡Suelta la correa de tu perrito faldero! Mira cómo ladra y mueve la colita. ¡Espero que tú y tu puta banda de degenerados os vayáis al infierno detrás de mí! ¡Cobardes! Sois escoria. Solo la escoria abusaría de una chica indefensa.
—¡Ja, ja! —La repentina risotada de esa arpía me silencia—. ¿Terminaste o seguirás llorando? —Con calma, lanza el pañuelo empapado al cubo de basura que debe haber debajo del escritorio.
—Te insultaría hasta que murieras, pero no vale la pena gastar más saliva en una idiota como tú a la que le faltan ovarios para ensuciarse las manos y resolver sus problemas por sí misma. Eres patética, «Anysia». —Pronuncio su nombre con burla.
—¿Cómo te llamas? —La reina de la corrupción se levanta de su trono, revelando que el vino le empapó el vestido.
—¿Qué? ¿Piensas ponerlo en mi lápida y llevarme flores también? Vale. Me llamo jó-de-te. ¿Qué te parece? —Mis últimos desvaríos la hacen reír, esto es el colmo—. Y mi apellido es «Que te den por el culo».
—Lo tendré en cuenta cuando envíe tus pedacitos en bolsas a tus familiares. —Anysia, intimidándome con la mirada, rodea el escritorio a paso lento.
—Lamento decepcionarte, pero no tengo familia. —Debo proteger a mi hermano. Aunque Evan pase de mí, no merece pagar por mis errores—. Deberías practicar el canibalismo y comerte un filete de mi carne. A ver si te atragantas y te mueres, ¡puta! ¡Vamos, acaba con esto de una maldita vez!
—¿Crees que esto es un juego? Mis hombres encontrarán a tus parientes. Pagarás el agravio con tu vida y tus parientes heredarán la deuda que has contraído en mi casino —sentencia Anysia con una naturalidad que resulta gélida y escalofriante.
—¿Estás sorda o qué coño te pasa? Te he dicho que no tengo a nadie. —Esa zorra me está acojonando. Mi hermano…
—Tus ojos mienten. Tu voz miente. Tu insistencia te traiciona… —Anysia se detiene a mi lado y, con un gesto, le indica al grandullón que me incorpore. El muy bruto mantiene mi brazo torcido y tira de mis cabellos para exhibirme como un plato de comida ante su dueña. Entonces, esa loca de belleza corrupta e intimidante se arrima a mí y olfatea mi cuello.
—¿Tienes complejo de perra? Sí, eres una perra en celo y todos estos chuchos están detrás de tu culo, ¿a que sí?
Su fragancia es tan intensa que penetra hasta mis pulmones. ¿Acaso se baña en perfume? Juraría que es el núcleo del tan agradable como empalagoso olor que inunda el despacho.
—Tus latidos te delatan —susurra Anysia en mi oído, con un tono tan siniestro como hechizante. Su aliento, fresco como un soplo de viento invernal, me eriza la piel. Sin duda alguna, su cercanía me pone tensa—. Y apestas a miedo, así que no finjas lo contrario. —Esa engreída, con su rostro a escasos centímetros del mío, vuelve a acosarme con su penetrante mirada.
—No tienes ni puta idea. ¿No has oído hablar del espacio personal? —Le escupiría a la cara, pero mi cuerpo no reacciona. No puedo parar de mirarla como una esclava sumisa.
—Creo que no eres consciente de tu posición. —Anysia me toma por la barbilla, provocando que me sobrecoja por su tacto frío, y gobierna mi cabeza a su antojo. Me han humillado muchas veces, pero nadie me había hecho sentir como una maldita muñeca de trapo en manos de su dueña como ella—. Ahora eres mía. Eres mi propiedad. Haré lo que quiera contigo. Para empezar, te castigaré como es debido…
—En tus putos sueños seré tu propiedad —rujo, colérica.
—En mi tierra, a los ladrones les cortaban la mano como castigo. Isaac, la mano sobre la mesa. Elías, dámelo. —Anysia mueve a sus peones.
Isaac, el grandullón, me empuja contra la mesa de nuevo. Con la ayuda de Marc, extiende mi mano sobre la madera y me inmoviliza. Sometida, observo que el tal Elías saca un cuchillo descomunal del interior de su chaqueta americana y se lo entrega a su ama. ¡Podría matar a un elefante con eso!
—¡Esperad, esperad! ¡Por favor, no… por favor! —ruego, temblando de pavor, mientras esa loca juega con el arma blanca en sus manos—. ¡Soltadme, por favor! Pagaré, ¡lo juro! Pagaré todo lo que debo. ¡Por favor, no me hagáis daño!
—Claro que lo vas a pagar. ¿Dedo a dedo o la mano completa para empezar? —¡Anysia es una puta sádica!
—Dedo a dedo por bocaza, señorita Anysia —opina Isaac con naturalidad, como si esta atrocidad fuera el pan de cada día para ellos.
—¡Por favor! ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! ¡Ayuda! —grito hasta estremecer mi garganta y lloro de miedo e impotencia.
—Deberías aprender a respetar los tímpanos ajenos. —Anysia, con calma, pasea la punta del cuchillo entre mis dedos y sonríe como una maníaca.
—¡Aah! ¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡Por favor, ayuda! ¡Ah! —Esos animales son tan fuertes que, por mucho que forcejeo, no puedo moverme.
—¿La amordazo, señorita Anysia? —propone Marc, como si la instrucción que deseara recibir fuera arrancarme la lengua de cuajo.
—No —dictamina esa pirada, risueña y con desdén—. Que grite todo lo que quiera. Total, las paredes están insonorizadas. Y esos gritos son una dulce melodía para mis oídos. ¿Estás lista para despedirte de tu mano? Espero que el corte sea limpio, pero no te prometo nada. Hace tiempo que Elías no afila su puñal.
—¡Hija de puta! ¡Psicópata de mierda! ¡Sois unos putos psicópatas! ¡Ayuda!
—¿Sabías que tu cerebro tardará en procesar que te falta una mano? A pesar de que la veas tendida sobre la mesa. A pesar de que agonices. Tu cerebro no lo asimilará. Increíble, ¿verdad?
—¡Puta loca! ¡Estás enferma! ¡Joder! ¡¿Por qué tuve que cruzarme con esta chalada?! ¡Puta vida de mierda! ¡Por favor… por favor, Anysia… no lo hagas! ¡Te lo suplico! —Creo que me orinaré encima. Apenas puedo respirar. Siento que el pecho me estalla. ¡Quiero morir! ¡Quiero morir!
—Robar en mi casino se paga con sangre. Debiste pensarlo mejor. Perderás la mano en tres… dos…
¡La desquiciada alza el cuchillo y me aterra con su malévola expresión!
—¡No, no, no! ¡Por favor! ¡Me llamo Laurel!
—¡Ya!
La hoja desciende como un rayo.
—¡Aah!
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