Contenido +18

Este sitio incluye novelas y relatos con escenas explícitas para adultos. En ocasiones también pueden aparecer imágenes artísticas de carácter sugerente.

Al continuar, confirmas que tienes 18 años o más y que este tipo de contenido es adecuado para ti.

Anysia’s Eden_portada nueva
0%
vampiros, urbana, oscura, gore, erótica, romance, LGBT

En la sofocante y corrupta Angel City, donde la contaminación tiñe el cielo de rojo sangre y la desesperación acecha en cada esquina, Laurel lucha por sobrevivir. Tras la repentina muerte de sus padres y el abandono de su hermano, se ve obligada a trabajar en un antro de mala muerte bajo las órdenes de un jefe abusivo y despiadado.

Laurel, una joven cuya vida privilegiada se desmoronó de la noche a la mañana, se enfrenta a la humillación, la soledad y la precariedad. Desesperada por encontrar una oportunidad, se aferra a la esperanza de un futuro mejor, pero la realidad la golpea con fuerza, recordándole que, en esta ciudad, los débiles son presas fáciles.

Slide

Accede a todo el contenido.

No disponible aún.

«La estruendosa sirena de varios coches patrulla me apartan de mi angustia. Los vehículos policiales vuelan por la avenida a la velocidad de la luz, cortando la circulación del tráfico nocturno con su estampida, y se detienen frente a una callejuela de la acera de enfrente. Para mi sorpresa, un montón de personas se aglomera junto a la cinta policial que delimita el perímetro intransitable. A medida que más patrullas, ambulancias y furgonetas con las iniciales del departamento forense llegan al sitio, los agentes de la ley se ocupan de mantener el orden. Sea lo que sea que haya pasado, es de gran interés para las cadenas informativas, ya que varios reporteros documentan el suceso.

—¡Qué horror! ¿Lo has oído bien? ¡Los han dejado con la garganta al aire!»

Capítulos

Las llamas de los fogones arden como el fuego del mismísimo núcleo del infierno. El vapor que despiden las ollas y las sartenes que están al rojo vivo se funde con el humo que escapa del horno e intoxica mis vías respiratorias. Ello, unido a la efervescente freidora que arroja ardientes gotas de aceite como ráfagas de disparos, convierten la cocina de este antro de mala muerte en un volcán en plena erupción.

No solo la explosiva temperatura que contiene esta incineradora disfrazada de cocina me asfixia y me deshidrata a golpe de sudoraciones, sino también el estrés de cocinar bajo presión. Si hay un animal al que envidio, ese es el pulpo, pues dos brazos no me bastan para controlar los filetes que tengo en las sartenes, las verduras que hiervo en la olla, las pizzas que tuesto en el horno, servir el arroz frito, escurrir las patatas fritas de la freidora, trocear tomates y más patatas que están sin pelar, sacar la sopa recalentada del microondas y… seguro que olvido otras diez cosas, como el puto lavavajillas que no para de sonar.

Eso es lo que pasa cuando le vendes tu alma al diablo y aceptas el primer trabajo que encuentras para sobrevivir por cuatro miserables euros bajo el yugo de un jefe imbécil y explotador. Cada madrugada vuelvo a casa reventada, resacosa como si hubiera salido de fiesta, lujo que ya no recuerdo ni lo que es, y asqueada por la peste a comida que llevo incrustada en mis prendas, mi piel y mis cabellos. Mientras me ducho para arrancarme el grasiento olor del cuerpo, me percato de que no soy capaz de disfrutar del agradable sonido del agua precipitándose sobre mí. Por desgracia, el ruido de la campana extractora, del aceite chispeante, de los vapores, de las alarmas de los equipos de cocina, del ajetreo del comedor, de mil cosas más y, especialmente, de los chillidos del cerdo de mi jefe sigue estremeciendo mis tímpanos como un molesto pitido. Solo cuando pego la cabeza en la almohada hallo la paz.

Sin embargo, el estrés que afronto a diario no es suficiente para apartar a mis padres de mis pensamientos. Aunque ya han pasado unos meses desde que los perdí en un accidente de coche, el dolor sigue presente como si la maldita vida me los hubiera arrebatado ayer. Todo era más fácil con ellos a mi lado, demasiado fácil, tanto que no supe apreciar lo afortunada que era. Creía que mis adorables padres cuidarían de mí por siempre, que no tendría que preocuparme por nada más que pensar en el próximo club en el que emborracharme y en quién tirarme para pasar la noche. Por eso, abandoné los estudios y me gradué como vaga. En aquel tiempo, el pelo se me caía cuando mis amantes tiraban de él mientras follábamos. Ahora se me cae a montones por el puñetero estrés.

La muerte de mis padres me obligó a crecer deprisa. La comodidad desapareció de la noche a la mañana cuando los abogados llamaron a la puerta portando bajo el brazo una carpeta negra, una carpeta repleta de horrores llamados “números rojos”. No me concedieron ni una semana de luto en paz, saldar las deudas pendientes exigía ser una prioridad. Insensibles de mierda, no tuvieron piedad con una niña presa del duelo. Confiaba en que mi hermano mayor me ayudaría a entender lo que pasaba, y lo hizo, pero no como yo esperaba.

Mi querido hermano Evan regresó para ayudarme con el funeral de nuestros padres y me explicó que la deuda que ellos tenían era tan grande que nuestra herencia serviría para tapar ese enorme agujero financiero. Por tanto, ambos nos quedaríamos en la calle con poco más de dos mil euros para seguir con nuestras vidas. Le rogué a Evan que me llevara con él, pero el muy cabrón me abandonó alegando que no podía hacerse cargo de mí porque no tenía una vida estable. Al menos, fue considerado y me cedió su parte del dinero para facilitarme el inicio de mi nueva vida de mierda. Total, hace años que el mundo en sí se fue a la mierda por culpa de la polución, así que qué podía esperar.

Como un barco a la deriva, se me ocurrió mudarme a una gran ciudad para tener mayores oportunidades laborales. ¡Qué ilusa! El puñado de euros se esfumó con tan solo el depósito del alquiler de un apartamento compartido, apartamento que, siendo una pocilga barata que me podía permitir en un barrio de dudosa seguridad, me seguía pareciendo caro. De hecho, a veces no cubro los gastos con la miseria que gano, sobre todo, cuando la factura de la luz sube por abusar del aire acondicionado o la calefacción en las respectivas estaciones de verano e invierno.

Pero ese no fue el único golpe que recibí. El peor fue el de la humillación y el menosprecio por parte de personas que habría considerado respetables. Tal vez apunté alto al presentarme a ofertas de trabajo de administración, jefa de departamento de ventas, gerente de hotel y hasta a aspirante a modelo, pero eso no le daba derecho a nadie a reírse de mi currículum en blanco en mi cara. “La buena para nada”, “la doña nadie”, justo como me restriega mi jefe Johnny. Por supuesto, no me mordí la lengua y escupí la rabia que llevaba por dentro, lo que derivó en que el personal de seguridad me acompañara a la salida en más de una ocasión.

A pesar del desahogo momentáneo, la frustración me carcomía por dentro después de que la sangre se me enfriara. ¿De qué me servía plantarles cara a quienes me pisoteaban si luego me sentía como una inútil, una fea y repudiada mocosa que no valía más que una rata de alcantarilla? La soledad y Teresa, mi compañera de piso, fueron las únicas testigos de mis recurrentes sollozos nocturnos. La desesperación y el miedo a quedarme sin un techo ni comida que llevarme a la boca me abrazaron con tal fuerza y tal frialdad que estuve a punto de prostituirme para sobrevivir. De no ser por mi amiga Teresa, la única persona que se preocupa por mí, ahora estaría abriendo las piernas en un club para adultos en lugar de estar ejerciendo de pulpo cocinero. Habría perdido lo que me resta de dignidad.

—¡¿Cómo sirves esta basura así?! —El repentino bramido del gigantón panzudo que tengo por jefe me estremece—. Los huevos están pasados y la hamburguesa está cruda por dentro. ¡Dos platos más devueltos! —Platos que tira sobre la encimera metálica con rabia—. ¡Eres una puta inútil que ni unos huevos rotos sabe cocinar! Me estás costando dinero, así que te voy a bajar el sueldo si no te pones las pilas. ¡¿Entendiste?!

—No hace falta que me grites, aún no me he quedado sorda por culpa de tus putos chillidos de cerdo —replico con violencia, ardiente como el aceite de la freidora—. ¡¿Qué coño quieres que haga?! Estoy sola y no tengo superpoderes, ¿sabes?

—¿De qué vas, chiquilla? A mí no me hables así, ¡soy tu puto jefe! —La enorme y enfurecida masa de cebo me acorrala contra los fuegos. Sus grotescos labios escupen goterones de saliva como un aspersor cada vez que brama—. Eres una buena para nada, ¡una cucaracha vale más que tú! Así que cierra la puta boca y ponte a trabajar, que para eso te pago. ¡Y procura sacar todo bien!

—Te dije que no soy cocinera. Se suponía que mi puesto era el de pinche de cocina, no el de chef. ¡No puedo hacer magia, faltan manos aquí! Lo mínimo que podrías hacer es ayudarme, pero no, te la pasas de trago en trago con tus colegas del barrio y luego no tienes ni para pagarme —le recrimino sin pelos en la lengua.

—Chiquilla insolente, ¡no me toques los huevos! —El rechoncho Johnny, cuyos ojos reflejan el brillo del fuego como si fuera el diablo que rige sobre este infierno, me intimida al apuntarme con el dedo. ¿Debería tomarme en serio las habladurías sobre que perteneció a una pandilla criminal? Esos tatuajes de presidiario que le decoran hasta el cuello deben ser su carta de presentación en su mundo de delincuencia—. Este es mi negocio y hago lo que me salga de los cojones. Agradece que te haya dado un trabajo porque ni para fregar platos sirves.

—Claro que sí, trabajo en una cocina de mierda que ni cumple con la normativa para tener una licencia y bajo las órdenes de un puto cerdo desconsiderado y explotador. ¡Qué bendición! —Estoy temblando y no sé si es de miedo o de coraje—. Ahora entiendo por qué Marta cayó en depresión y renunció a su puesto de chef. ¡Eres un animal!

—¡¿Pero quién coño te has creído que eres, Laurel?! —Las venas se le hinchan hasta la frente. Ojalá sufriera un infarto ahora mismo este cerdo maltratador—. ¡Me tienes hasta los cojones, chiquilla! ¿Sabes qué? ¡Largo! ¡Largo de aquí! —Esa bestia me agarra ferozmente por el brazo y tira de mí.

—¡Ay! ¡Me haces daño! ¿Qué haces? ¡¿Te has vuelto loco?!

—No quiero inútiles bocazas en mi restaurante. —El puto orco me exprime el brazo como si pretendiera romperme el hueso—. Esto le queda grande a una chiquilla vaga y protestona como tú. —Sin pensárselo, me arranca el delantal y el gorro de un tirón—. No puedes ni con cinco putas comandas, no aportas nada. Solo me hundes el negocio.

—¿Y crees que un gordo comodón como tú podrá solo con esto? ¡Y suéltame, joder! —le exijo, pero el cabrón me arrastra como a una marioneta hacia el exterior de la cocina.

—Te falta calle, chiquilla. Aún no has entendido que eres una buena para nada, que las inútiles como tú son reemplazables, y en esta ciudad abunda la mano de obra buena y barata. —Johnny me humilla de camino a la salida del restaurante, avergonzándome frente a los clientes que observan la escena con perplejidad—. Tranquilos, no pasa nada. Solo estoy sacando a esta cucaracha que se me coló en la cocina.

—¡Eres un hijo de puta! ¡Suéltame, coño! —Por mucho que forcejeo, no logro liberarme de sus dedos opresores. A fin de cuentas, parezco un suricato junto a un elefante—. Esto es denunciable. ¡No comáis su comida! Ese cerdo no ha limpiado la cocina en su puta vida, ¡todo está asqueroso!

—No le hagáis caso a esta pequeña zorra incompetente que no es capaz de hacer su trabajo bien. ¡Maldita alimaña traicionera! —Johnny abre la puerta del restaurante y me lanza bruscamente hacia afuera como si se deshiciera de una bolsa de basura en plena noche, por lo que caigo al suelo y me retuerzo de dolor al golpearme en la rodilla. Para colmo, quedo expuesta ridículamente ante la mirada juzgona de los transeúntes que pasan por mi lado y me esquivan como si estuvieran evitando pisar un vómito. Soy insignificante ante los demás—. ¡Largo! ¡Largo de mi restaurante y no vuelvas más por aquí! Tienes veinte, seguro que te va mejor trabajando en las calles. Ahí solo tienes que abrir la boca y las piernas y chillar, eso sí se te da bien.

—¡Eres un cabrón de mierda! —Las manos y la ropa se me han humedecido porque la acera está mojada. Nunca tengo suficiente—. Pues págame lo que me debes, puto tacaño.

—¿Que te pague? ¡Ja! No me hagas reír. Desaparece, que ni de alfombra para limpiarse los zapatos sirves.

—¡¿Qué?! ¡Una mierda! —Aunque aún me duele la rodilla, me incorporo de un brinco ante semejante injusticia—. Págame o te denunciaré, ¡cabrón explotador!

—¿Me vas a denunciar tú a mí? —La sonrisa diabólica de esa bola de grasa me acojona, especialmente cuando continúa susurrándome con un tono siniestro—: ¿Quieres que mis colegas te hagan una visita?

Johnny no tiene que entrar en detalles para que mi intelecto imagine las atrocidades que esos degenerados podrían hacerle a una chica indefensa como yo. ¡Qué impotencia!

—¡Ojalá te pudras, cerdo! —gruño, eufórica e impotente, pero no tengo otra opción que digerir la última humillación de Johnny al cerrar la puerta del restaurante en mis narices.

Este mundo está podrido, corrupto y es una puta mierda. No me extraña que la polución lo esté devorando desde antes de mi nacimiento. Vivimos bajo una extensa nube de contaminación que rara vez nos regala un rayo de sol. Este es el castigo que nos merecemos por nuestra falta de humanidad. Vine a Angel City en busca de una oportunidad, en busca de ese rayo de sol que me diera un atisbo de esperanza para marcar un rumbo en mi vida, pero, al igual que esa nube tóxica, la gente como Johnny me recuerda que los humanos somos un cáncer.

Hoy el cielo está rojo, rojo como un océano de sangre flotando en la oscuridad de la noche. Los grandes charcos de agua acumulados en las calles y en las aceras, así como la humedad que se respira en cada estructura mojada que me cruzo a mi paso, indican que ha llovido en abundancia. Si tan solo fuera agua bendita para purificar el mal que se ha apoderado de este mundo, pero no es más que el fruto de nuestro veneno regresando a nosotros.

Como un alma perdida, deambulo entre la gente que va y viene por la avenida principal. Me planteo llamar a un taxi para que me acerque a casa y terminar de descargar mi frustración allí, pero solo cuento con diez euros en la cuenta y cinco en la cartera. Si quiero comer, tendré que caminar, así que rezo para que no vuelva a llover porque ya tengo suficiente con medio pantalón mojado y la camiseta parcialmente sucia.

No obstante, ese es el menor de mis problemas ahora mismo. ¡Solo me quedan quince euros para sobrevivir! ¿Cómo voy a pagar el alquiler y las facturas del mes que viene? ¡¿De dónde voy a sacar dinero para comer?!

El pánico se apodera de mí, me oprime el pecho hasta el punto de cortarme la respiración y empañarme la vista. Las gotas de sudor me chorrean por la sien, la espalda y las axilas, fluyen mucho más que las que me drenaba el calor de la cocina. Tanto deseé que Johnny sufriera un infarto y la que está al borde de sufrir uno soy yo, pues el corazón me late a mil revoluciones por segundo. ¡Estoy desesperada y no sé qué hacer!

¡Qué vida tan patética y tan triste, joder! Los únicos dos contactos cercanos que tengo en mi teléfono son mi hermano, a quien no veo desde el entierro de nuestros padres, y Teresa. No tengo a nadie más a quien recurrir, así que marco el número de Evan con la esperanza de que esta sea una de esas contadas veces en las que contesta mis llamadas.

Como de costumbre, el teléfono da timbre, pero Evan no responde y termina saltando el buzón de voz.

—Evan, ¡joder! ¿Cuándo te acordarás de que tienes una hermana? ¿Por qué no me contestas nunca? He hecho todo lo posible para sobrevivir por mi cuenta y jamás te he llamado para molestarte. Solo quería saber de ti y contarte cómo me iban las cosas, eso hace la familia, pero pasas de mí como de la mierda… —El tono me flaquea a la vez que se me acumulan las lágrimas en los ojos mientras ando por la avenida—. Para una vez que te necesito de verdad, no estás. Evan, estoy muy mal. Acaban de echarme del trabajo y no sé qué va a ser de mí porque ese cabrón de Johnny no me quiere pagar lo que me debe, me ha amenazado para que no lo denuncie y no tengo nada de dinero para afrontar las facturas que se me acumulan. Por favor, hermano, te necesito. Sé que no es justo que te suplique porque mientras tú estudiabas y luchabas por tu futuro, yo holgazaneaba y vivía la vida, pero te juro que estoy aprendiendo de mis errores. Quiero avanzar, quiero ser mejor persona, pero no tengo suerte y nadie me da una oportunidad para destacar. Nada me sale como quiero por más que me esfuerce y ya no sé qué hacer… Me siento perdida… —sollozo—. Evan… No quiero dinero ni cobijo… Solo quiero… sentir el ca…

—Saldo insuficiente —comunica la voz artificial y la llamada se cuelga.

—…el cariño de mi hermano al menos una vez… —Me escurro las lágrimas e intento contener el llanto—. Soy una puta desgraciada… —Y tan desgraciada, ni siquiera el saldo me alcanzó para una llamada.

NI-NO, NI-NO.

La estruendosa sirena de varios coches patrulla me apartan de mi angustia. Los vehículos policiales vuelan por la avenida a la velocidad de la luz, cortando la circulación del tráfico nocturno con su estampida, y se detienen frente a una callejuela de la acera de enfrente. Para mi sorpresa, un montón de personas se aglomera junto a la cinta policial que delimita el perímetro intransitable. A medida que más patrullas, ambulancias y furgonetas con las iniciales del departamento forense llegan al sitio, los agentes de la ley se ocupan de mantener el orden. Sea lo que sea que haya pasado, es de gran interés para las cadenas informativas, ya que varios reporteros documentan el suceso.

—¡Qué horror! ¿Lo has oído bien? ¡Los han dejado con la garganta al aire! —comenta una señora que pasa por mi lado junto a quien supongo que es su esposo por la forma en que tienen los brazos enlazados.

—¿Cómo se puede tener la sangre tan fría para desgarrarles el cuello a unas personas de esa manera? —agrega el hombre con el mismo tono de espanto.

—Es un crimen atroz. Lo peor es que no es el primero. Cariño, deberíamos plantearnos seriamente el mudarnos de aquí…

La charla de la pareja se disipa mientras se aleja de mí. Entonces, una misteriosa silueta se dibuja en un extremo del tumulto, una silueta masculina que resalta por su gabardina oscura. No sé por qué, pero un escalofrío recorre mi cuerpo cuando ese sujeto voltea la cara y sus ojos resplandecen, transmitiéndome la sensación de que su mirada me ha marcado como objetivo. Aunque no logro distinguir los rasgos de su rostro debido a la distancia, puedo afirmar que sus labios exhiben una sonrisa de aura perversa. La sangre se me hiela al sentirme como una presa ante su depredador.

¡¿Y si es el asesino?! Está claro que un asesino anda suelto, algo he oído en el restaurante sobre algún que otro crimen reciente. ¡Joder! Tengo que andar sola hasta mi casa en plena noche…

¡RUUUM!

—¡Dios! —chillo, sobresaltada, cuando un autobús circula por delante de mí a tal velocidad que me sacude con las ondas que provoca—. Me cago en… —Perpleja, me percato de que el extraño sujeto ha desaparecido.

¿Habrá sido fruto de mi imaginación? Con la vida tan miserable que tengo y el día de mierda que llevo más los detalles aterradores que esa pareja divulgó, no me sorprende que el miedo me haya calado hasta los huesos. Será mejor que me aparte de esta atmósfera sombría para que mi paranoia no vaya a más.

Retomo los pasos por la acera de la avenida principal de esta ciudad que nunca duerme, dejando atrás el espantoso bullicio como si fuera una metáfora de que estoy superando mis problemas y saliendo adelante. Tristemente, no es la realidad. Aun así, soy consciente de que ese suceso imprevisto me ha ayudado a desconectar y calmarme un poco respecto a mi desdicha. Si lo pienso fríamente, hay destinos peores que el mío, y una muerte atroz como la que describieron esas personas es algo que no me gustaría vivir jamás. Debe ser una pesadilla sufrir semejante agonía durante los últimos segundos de vida. De todas formas, sobrevivir no es vivir, y a veces me planteo si de verdad merece la pena despertar cada día para respirar pura agonía…

¡SPLASH!

Una masa de agua proveniente de la calle baña la mitad de mi cuerpo en un abrir y cerrar de ojos. El culpable: un coche negro de alta gama que viola los límites de velocidad urbanos y que, carente de empatía, ha pasado por encima de un charco de agua gigantesco sin importarle quién caminaba por la acera, aunque la única perjudicada he sido yo.

—¡¿Qué coño?! ¡Hijo de puta! ¿Te crees mejor que los demás por llevar un coche de lujo? ¡Estoy harta! ¡Me tenéis hasta el coño! —Mi inestabilidad emocional deriva en que explote como una perra rabiosa, reacción que asusta a las personas que hay a mi alrededor—. ¡¿Qué coño miráis?! Solo falta que os pongáis a defender a ese hijo de puta. Venga, tirad, que esto no es un circo y yo no soy una puta payasa para daros el espectáculo gratis.

Desde luego, he alcanzado mi límite y necesito desahogarme. Mientras inútilmente me limpio con un pañuelo empapado, observo que el coche de lujo aparca unos metros más adelante. Un corpulento hombre trajeado baja del asiento del copiloto, pero este no es más que el títere de la persona a la que se dispone a abrirle la puerta en la parte de atrás. Esa es la verdadera criatura responsable de la ducha cochina que no pedí. ¡Quiero verle la cara a ese hijo de puta!

Después de que el gorila abre la puerta, una pierna blanquecina se asoma. Una pierna femenina que luce un zapato de tacón y que, aunque no contemplo los detalles, deduzco que se trata de un calzado ostentoso que vale más que mi salario de un mes. Por un instante, me petrifico al observar que quien se baja del coche es una chica joven de cabellos oscuros y claros, cuyo vestido negro de alta costura realza su atractiva figura. Bajo la luz de la entrada del establecimiento, su piel resplandece como si fuera un puto diamante pulcro, pulido e incalculablemente valioso.

¡Maldita niña ricachona! Trago saliva como una miserable deslumbrada por el estatus y la belleza de esa zorrita, pero ni el perro fiel que la protege evitará que la ponga en su sitio. Por ello, apresuro mis zancadas para alcanzarla antes de que la pierda de vista. Lamentablemente, el conductor huye con el coche, ese sí se libra del escándalo que le iba a montar para humillarlo en público, pero no importa, pues mi verdadero objetivo es la pija, que ha entrado en el establecimiento.

A escasos metros de lo que parece ser un club por su intensa luminosidad, otro coche de lujo rojizo aparca frente al sitio, en un aparcamiento destinado a los clientes vips, y un señor de edad avanzada sale del auto. Como era de suponer, el viejo también presume de etiqueta y es recibido en la entrada como un rey. De hecho, gracias a que el portero lo saluda con un entusiasmo desmesurado, oigo que lo llama “señor Robert” y decido ralentizar mi marcha hasta que el portero se queda a solas.

—Hola —saludo al fortachón y barbudo afroamericano que custodia las puertas tras fijarme detenidamente en el cartel de neón de la entrada. “Anysia’s Eden”, un casino por delante del cual habré pasado incontables veces y nunca había reparado en su existencia.

—No tan deprisa, encanto. —El portero me bloquea el paso cuando intento entrar y me juzga con la mirada—. Esas pintas… Nunca te he visto por aquí y no tienes cara de ser mayor de edad. —¿Que no tengo cara de ser mayor de edad? ¿Y la pija sí? Protestaría, pero eso no me ayudará a superar esta barrera—. Este lugar no es para ti, será mejor que pases de largo.

—Vale, creo que hay una confusión. Suele pasarme cuando voy a la disco, nadie cree que tengo veinte. Mira, puedes comprobarlo… —Busco mi documento de identidad y se lo muestro.

—Laurel… —lee el portero al inspeccionar el documento—. Podría ser falso. En cualquier caso, este no es un lugar para ti. Venga, márchate. —Este tipo está poniendo a prueba mi paciencia.

—A ver, no me gusta andar contándole mi vida a la gente porque a nadie le importa, pero no me dejas otra alternativa que rogarte. —Las clases de interpretación que tomé cuando era niña deberían servirme para algo—. Ya sé que mis pintas no son las mejores del mundo, pero he tenido mala suerte. Una imbécil me ha salpicado con el agua de la calle y me he retrasado. No estoy aquí por gusto, ¿sabes? Soy la zorra que le han enviado al señor Robert esta noche para que le haga compañía. —Mi mentira despierta una expresión incrédula en el portero—. Solicitó una chica joven que pareciera natural. Cada quién tiene sus fetiches. Porfa, no me hagas más difícil mi trabajo. Toma, un anticipo. —Adiós al billete de cinco euros que me quedaba. El cabrón mira el dinero con asco, pero lo acepta—. Ahora mismo estoy seca, pero cuando mi cliente me pague, me acordaré de ti. ¿Me dejas pasar, porfa?

—Esta limosna solo complace a los vagabundos. —El portero tuerce los labios—. Estaré esperando un gesto más generoso de tu parte. Conozco bien al señor Robert y sé qué tan bien se porta con quienes le lamen los zapatos, así que sé amable con él y te recompensará ampliamente —enfatiza con un tono lascivo y repugnante—. Luego, acuérdate de mí.

—Por supuesto. Gracias por el aviso. Supongo que quienes le lamemos algo más que las botas nos llevamos un pellizco más grande. —Mis propias palabras me asquean, pero me veo obligada a fingir mi sonrisa de fulana.

—Bienvenida al Anysia’s Eden. —El portero, mostrando sus dientes perlados, me cede el paso.

Es la primera vez que piso el interior de un casino. Este, en particular, me roba el aliento por su elegancia y su inmensidad. Las múltiples máquinas tragaperras, perfectamente ubicadas en serie, son las primeras que inundan mis sentidos con sus variados e intensos colores y sonidos típicos de los juegos para llamar la atención de sus víctimas. Después de sobrevivir a esa deslumbrante invasión de estímulos, la vista se me pierde entre las mesas de apuesta, las ruletas, las partidas de póker, las mesas de billar y hasta la zona del bar. El ruido de las monedas suena como música para mis oídos en este paraíso que huele a riqueza y poder. Si bien mi razón inicial para colarme en este sitio fue darle una lección de moral a esa zorrita ricachona, ahora contemplo la posibilidad de solucionar mis problemas financieros aquí, y pienso recurrir a los métodos que sean necesarios para ello.

Dado que no dispongo de fondos para apostar y tentar a la suerte, me valdré de otras habilidades para hacerme con un botín. Aquí hay muchas billeteras y billetes andantes que decoran sus pieles con prendas de calidad superior como si les valieran lo mismo que un rollo de papel higiénico para mí, por lo que no creo que echen en falta unas minucias que a una infeliz como yo podrían cambiarle la vida. Sí, voy a cometer un delito de hurto y no me pesará en la conciencia. Estoy decidida.

Si algo me ha enseñado la miseria es que no soporto ser una miserable porque otra gente se está aprovechando de mí, y este lugar es un océano plagado de esas ballenas que engordan y engordan sus bolsillos a costa de explotar a personas vulnerables y desgraciadas como yo. Lo que voy a hacer ni siquiera debe ser considerado un delito, sino más bien un acto de desesperación y justicia. Por mis ovarios, hoy regresaré a la casa siendo rica y no una pobre llorona que está a punto de quedarse sin techo ni comida.

Deambulando entre las filas de tragaperras, analizo a las personas que están absorbidas por las pantallas pulsando los botones como robots automatizados en busca de una presa fácil. Algún bolso descuidado, algún bolsillo ancho, alguna joya fácil de quitar, alguna moneda perdida, ¡algo! En especial, deseo con todas mis fuerzas encontrar a la pijita hija de sus muertos para desvalijarla de los pies a la cabeza, pero parece que la tierra se ha tragado a esa maldita junto a su dóberman.

Al cambiar de rumbo para peinar otra zona, localizo al tal señor Robert, que se dirige a una de las máquinas. Seguro que es un viejo verde que de verdad paga por los servicios de las jovencitas necesitadas y explotadas. ¡Puto cabrón! Si pudiera hacerme con su cartera… ¡Un momento! El llavero de lo que deben ser las llaves de su coche cuelga del bolsillo de su americana. ¡Ja! Esta es mi oportunidad.

Apresuro la marcha como una leona que acecha a su presa y, en el momento indicado, me precipito sobre ese viejo asqueroso y dramatizo un tropezón. Veloz, me aferro a su americana como punto de apoyo para no caerme.

—¡Ay, lo siento! Disculpe, soy una torpe.

—Tranquila, no pasa nada. ¿Estás bien? —¡Qué asco! Su sonrisa empalagosa no se compara al hecho de que me sobe el brazo y la cintura para ayudarme. Hace tiempo que no tengo relaciones íntimas y me apetece, pero el tacto de este pervertido asesina cualquier deseo lujurioso que albergue en mi interior.

—Sí, sí. De verdad, le pido disculpas. Creo que el chupito que me tomé hace un momento me ha empezado a subir, ¡je, je! —Quita tus sucias manos de mi cuerpo, pulpo asqueroso.

—Me recuerdas a mi nieta, parecéis de la misma edad. —¡Por Dios! ¿Se puede ser tan enfermo y retorcido? Me compadezco de su nieta—. Espero que no tomes el mismo camino de ella, debes cuidarte y no abusar de la bebida. —Capaz que la nieta se haya enterado de los fetiches enfermizos de su abuelo y se haya vuelto alcohólica.

—No se preocupe, siempre tengo cuidado, solo hoy se me ha ido un poco de las manos. Gracias y que tenga una buena noche. Y, una vez más, perdón.

—¡Bah! —El viejo, aún sosteniendo su desagradable sonrisa, niega con la cabeza y se despide—: Buenas noches, jovencita.

¡Sí! Aún no me creo que haya sido tan fácil. ¡Mi primer botín! ¡Qué satisfacción tan grande siento al saborear las llaves de ese viejo pervertido entre mis manos! Tengo que celebrar este éxito y, siendo sincera, necesito un trago para calmar los temblores que se han apoderado de mí y hacer que sea más sencillo dar el siguiente golpe.

La barra brilla ante mis ojos como un oasis en medio de este desierto de oro. Risueña, me acomodo en un taburete solitario y espero a que el apuesto barman me atienda.

—Buenas noches, preciosa. ¿Qué deseas?

Poseo tal fortuna bajo mi puño ahora mismo que la adrenalina me incita a responderle que deseo cabalgarlo dentro del cochazo que tengo aparcado afuera, en la zona vip. Así se debe sentir la libertad financiera de los millonarios. La única preocupación consiste en disfrutar de los placeres de la vida. Por el valor de ese coche podría pasar meses sin trabajar para explotadores. ¡Ay, qué dicha!

—¿Qué tal, guapetón? Quiero una copa del licor más delicioso y dulce que tengas. Si me lo sirves con cariño, le aportarás más valor. —Le guiño un ojo.

—Vas con todo, ¿eh? Me encantan las chicas que saben lo que quieren. Marchando.

El barman no tarda en servirme un vaso que a duras penas llega a tres dedos de licor, y ni hablar si restara los dos cubos de hielo que engañan a la vista. No importa, me conformo con el trato agradable del chico y con el tacto frío de la llave que acaricio en las sombras.

—Serán quince euros —me dice el apuesto joven de barba perfilada, cuya imagen se distorsiona y me recuerda a los recaudadores de deudas en pleno saqueo de mis bienes.

—¿Quince? —¡Menudo robo! Esta copa no vale ni cinco euros. Aún no la he tocado, podría devolvérsela, pero rompería la imagen que quiero transmitir y levantaría sospechas.

—Sí. ¿Tarjeta o efectivo?

—Pues… —Mi cartera ruge de hambre después de sobornar al portero. No me lo puedo creer, ¡me quedaré sin nada! Esos quince euros son lo único con lo que cuento en el banco—. Tarjeta…

El barman extiende el datáfono para drenarme la vitalidad. En contra de mi voluntad, aproximo la tarjeta al dispositivo muy despacio. Aunque fuerce la sonrisa, sufro como si me fueran a cortar la mano por ladrona. ¡Ay, qué dolor! El cobro me acaba de convertir en una persona oficialmente pobre… Lo más triste es que soy una estúpida. ¿Cómo se supone que voy a sacarle provecho al coche de lujo que está aparcado al pie del casino, a la vista de todo el maldito mundo?

—¡Gracias! Disfruta de la copa, preciosa. —Claro que la voy a disfrutar. Vamos, voy a chupar los trozos de hielo como si fueran perlas—. ¿Deseas algo más? —Solo falta que me pida propina descaradamente. Después de este cubo de agua fría, ni un polvo me apetece echarle.

—No, gracias. Eso es todo. Tengo que mantenerme alerta para no despilfarrar mi fortuna en las apuestas, ¡je, je! —No hay nada como engañarse a uno mismo.

Cato el licor que debe estar elaborado con partículas de oro en base a su precio. Definitivamente, esto es una estafa. No se diferencia en nada de otros licores que he probado cuando me lo podía permitir. Sabría mejor mezclar leche, miel y alcohol que esta cosa que voy a orinar dentro de diez minutos por el mágico precio de quince putos euros que me costaron sudor y lágrimas.

Mientras suspiro con desaliento entre sorbo y sorbo, observo al barman, que atiende a más clientes a la par que su compañera. ¡Qué envidia! Hasta el personal que sirve las copas luce un uniforme de trabajo de mejor calidad que mi ropa de salir. Solo por sonreír y complacer las peticiones de la gente deben ganar un salario de escándalo y un sobresueldo suculento gracias a las jugosas propinas que reciben constantemente. ¿Por qué yo no pude encontrar un trabajo como este?

—¿Mucho trabajo? —le pregunto al barman cuando aprovecha el tiempo muerto para secar unos vasos cerca de mi zona.

—Sí, aquí hay movida todas las noches del año. El casino solo cierra por las mañanas. Las tardes son tranquilas, pero la cosa cambia cuando se acerca el anochecer. El turno de noche es el más intenso.

—Pero tienes días libres, ¿no? —Su cara de felicidad es lo opuesto a la mía, así que no creo que lo exploten como a mí.

—Sí, sí, claro. Tengo mis dos días libres y mis vacaciones como en cualquier trabajo. Además, la jefa vela por nuestra calidad de vida. A veces nos premia con escapadas de fin de semana o un viaje con todos los gastos pagados. También nos incluye en el contrato un bono que cubre revisiones médicas periódicas, gimnasio y dieta balanceada. ¡Aquí se está de puta madre! —expone el barman con un entusiasmo desmesurado—. Ni mi madre se preocupó tanto por mí. Esto no lo encuentras en todas partes. Vamos, como para no cumplirle a la jefa en el trabajo.

—Joder… —El siguiente trago me sabe amargo por la envidia que le tengo a este tipo—. Sí, eso no lo ves en todas partes. ¿Qué hay que hacer para trabajar aquí? —No descarto que la jefa sea una vieja que se beneficia al personal que le apetece y gente como este chico haría lo que fuera para contentarla.

—La verdad, habría que reunir ciertos requisitos. —Aunque al barman le gusta el parloteo, no vaguea ni un segundo. Me impresiona la agilidad que destilan sus manos al frotar las copas con el trapo—. Te tiene que gustar trabajar de cara al público y debes tener don de gente, pues tu misión aquí es hacer que la gente se sienta a gusto. La rapidez del servicio y el conocimiento sobre las bebidas son indispensables. Por supuesto, tienes que estar dispuesta a llevar un estilo de vida diferente, ya que no todo el mundo se adapta al trabajo nocturno porque es agotador. De todas formas, aunque cuentes con todos estos requisitos, para trabajar en un sitio como este necesitas una carta de presentación, y no me refiero a la chorrada que enseñan en los cursillos de recursos humanos, sino a los contactos, a alguien que te recomiende. Si no fuera porque mi padre es primo de uno de los chóferes de la jefa, yo no estaría aquí. Mi currículum, con toda mi experiencia en bares y mi formación en hostelería y coctelería, y mi labia no habrían valido para nada más que alimentar la papelera.

—Ya… —Como siempre, el puto enchufe.

—No estarás pensando en cambiar de profesión, ¿no? —La sonrisa del barman se ensancha—. Los clientes de este casino pertenecen a las altas esferas, dudo que quieran renunciar a su grandeza por un puesto como el mío. Hay excepciones, no todos están al mismo nivel y, aunque aparentemente tú no parezcas uno de ellos, si estás aquí es porque debes dedicarte a algo que te genera unos beneficios sustanciosos.

—Así es. No soy un pez gordo y tampoco presumo como una soberbia de mis riquezas porque soy de origen humilde, pero sí que he sabido ganarme el pan. Soy desarrolladora de aplicaciones, trabajo por mi cuenta. Me ha ido muy bien vendiendo programas que les facilitan la gestión de los negocios a otros. No me puedo quejar. —Y tan ancha celebro mi mentira con otro trago. Si en el fondo tengo potencial para ser una estrella como actriz. Si hubiera estudiado, a lo mejor sí me habría podido convertir en una desarrolladora de aplicaciones o algo por el estilo, pero a estas alturas no puedo ni pagarme los estudios.

—¡Vaya! Programadora. Eso dice mucho de ti, eres una mujer inteligente. Las mujeres inteligentes siempre me han parecido sexis. —¡Qué pillo! Ya vuelve a coquetear conmigo—. Eres joven, guapa, simpática, inteligente y has creado tu propio imperio. Lo tienes todo.

—¡Ja, ja! Gracias. —Joder, qué bien sienta sentirse especial por un momento, incluso aunque sea a costa de una mentira—. Si supieras… Una vez me presenté a un casting de modelos y me dijeron que una planta silvestre ofrecía más belleza a la cámara que yo. No fue la única comparación que hicieron, claro está. Se las ingeniaron de mil maneras para llamarme fea del montón, así que dudo que sea guapa como dices, pero gracias por el halago.

—Menudos inconscientes. Tienen el sentido de la belleza donde no les da el sol. —El chico me hace reír con su comentario—. Ellos se han perdido una belleza exótica como tú. He visto a mucha gente pasar por aquí, pero a ninguna con unos ojos verdes cristalinos como los tuyos. También tienes un color de pelo especial. Es como un castaño claro que parece rubio en algunas zonas. Tampoco soy un experto sobre los cánones de belleza, pero reconozco a una mujer hermosa al natural en cuanto la veo. Y eso que no estás maquillada ni tan arreglada como las que merodean por aquí.

Creo que me he ruborizado porque me arde la cara y sonrío como una ingenua. Hacía tiempo que no me valoraban ni me coqueteaban de esta manera.

—¡Cristian, querido! —Una cincuentona estilizada interrumpe nuestra conversación. La señora, cuya figura desproporcionadamente esbelta y de espalda arqueada insinúa que la han empalado por detrás, acomoda su bolso de marca en el taburete que hay a mi lado y se sienta en el siguiente—. ¿Me echabas de menos? —Su voz aguda y dramática me resulta vomitiva. Lo mismo puedo decir de sus exagerados gestos delicados al apoyar los brazos y el teléfono sobre la barra. Con absoluto descaro, empina su artificial busto del tamaño de dos sandías para atraer la mirada del chico. Me temo que ese escote y ese vestido dorado ceñido al cuerpo y abierto por un lado no hace más que potenciar su imagen plástica.

—Siempre, lady Aurora. —Cristian, el barman, la trata con la misma gentileza que a mí, así que lo poco especial que he llegado a sentirme se ha ido por el desagüe—. ¿Qué tal van las apuestas?

—Lo he apostado todo por el ocho. Ese semental corre como ninguno. Esa fuerza. Esos músculos… Imagínate cabalgar una bestia como esa y azotarla para que embista con más ímpetu. —¡Qué asco! El tonito lascivo de la ricachona y su forma de devorar a Cristian con la mirada me hacen dudar sobre el verdadero significado de sus palabras—. Míralo correr. —Aurora apunta con la mirada a la gigantesca pantalla que proyecta una carrera de caballos en la mesa de apuestas que hay varios metros a nuestra izquierda. En ese instante, mis ojos se desvían hacia el bolso abierto de la señora y percibo su llamativa cartera.

—Sí, el ocho se ve prometedor. Tienes buen ojo con los caballos, seguro que ganas como de costumbre. ¿Te sirvo una copa para celebrar la inminente victoria? —Cristian es un as en su trabajo, y yo he de serlo como ladrona amateur.

—Sí, ponme lo de siempre —asiente Aurora—. Lo cierto es que esta vez no tengo todas las de ganar. Hay un par de rivales que han estado rindiendo a la par del ocho. Podría perder, pero eso le da más emoción a la apuesta. —Se nota que le sobra el dinero—. Si pierdo, me desahogaré contigo toda la noche. Si gano, te invitaré a un lugar muy especial. —Víbora aprovechada.

—Me encantaría, pero no puedo faltar a mi trabajo —contesta Cristian, que prepara un cóctel para lady Asaltacunas.

—Por favor, eso no es problema. Si hablo con Anysia, seguro que llegamos a un acuerdo para que te conceda unas vacaciones extras. —Anysia… Ese nombre es el del casino, debe tratarse de la dueña también.

El alcohol empieza a recorrer mi sangre, lo sé porque me siento más desinhibida y capaz de todo, y porque el resplandor de las luces me deslumbra más de lo normal. Tengo que volver a la realidad, no entré a este casino para ligar, sino para cambiar mi situación financiera. Aunque no pueda explotar el valor del cochazo ahora mismo, puedo conquistar un nuevo botín, y ese botín reside en el interior del bolso de esta señora ricachona a la que le sobra la pasta como para fantasear con caballos. Necesito efectivo para poder jugar y apostar.

Aurora y Cristian continúan con su plática insinuante y fetichista al tiempo que yo chupo el último hielo para no desperdiciar ni un céntimo de lo que me costó la bebida. La señora paga con su teléfono, por lo que tardaría en echar de menos su cartera. Mis neuronas, tan relajadas como alborotadas, realizan su sinapsis. Tengo un plan.

—¡¿Perdió el ocho?! —articulo con emoción y lamento, logrando que Aurora y Cristian desvíen la mirada hacia la gran pantalla el tiempo suficiente como para que yo pesque la cartera de la mujer y la esconda bajo mi pantalón y mi camiseta—. ¡Uf, qué susto! Vi mal. Creo que voy un poco pedo ya —comento tras confirmar que la carrera ni siquiera había acabado—. Es que yo también aposté por el ocho —alego ante la mirada confusa de ambos, especialmente la de esa rubia que me infravalora con su expresión facial—. En fin, voy a divertirme. Chao, Cristian. Fue un placer.

Huyo de la escena del crimen a toda prisa, dejando a Cristian con la despedida en la boca. La adrenalina vuelve a acelerarme las pulsaciones como un recordatorio de que estoy cometiendo un delito, pero no me arrepiento de robarle a esa vieja aprovechada. Mi cuerpo y mi mente tendrán que aprender a adaptarse a esto, aunque esta debería ser la única vez que lo haga porque después de esta noche no necesitaré volver a trabajar ni robar en mi puñetera vida.



Deja una respuesta

error: ¡¡Contenido protegido!!
Scroll al inicio