romance, drama, LGBT, erótica, psicológica
He engañado a mi novio con su hermana. He traicionado a la persona que más he admirado y amado. Todos mis sueños con Eric se han derrumbado como un castillo de naipes. Mis sentimientos por Laura han quebrado mi vida idealizada y ahora me encuentro en una encrucijada que no sé cómo afrontaré.
«—Preparé merienda para las dos… —comento mientras guardamos nuestro material escolar y me gano su mirada, pero no la más dulce.
—¿Cuándo me dejarás en paz? ¿Te pedí que me prepararas la merienda? —Laurita no necesita alzar la voz para que me resulte hostil.
—No, pero pensé que…
—¿Pensaste? —me interrumpe—. ¿Dispones de esa capacidad? Aprende a darle mejor uso. Esta será la última vez que te diga que no me molestes.»
Capítulos
Laurita me ha hecho experimentar el mayor placer de mi vida. El acto ha sido magnífico, pero el verdadero sabor lo ha aportado el amor. Sí, ella y yo hemos hecho el amor. Me he entregado a ella por completo. Si lo pienso, es increíble que las dos únicas personas a las que les he abierto mi corazón sean hermanos. Pero Laurita me atrae mucho más y eso me gusta tanto como me aterra porque no sé qué pasará. Al menos, ahora me siento cómoda con ella para mostrarle mi alma.
Retozamos en la cama. Restregamos nuestros cuerpos y nuestros rostros en medio de besos perdidos. Estamos tan calientes y sudorosas. Finalmente, permanecemos abrazadas cara a cara.
—¿Me he ganado el título de directora de orquesta? —bromea Laurita.
—¡Ja, ja! Hacemos un buen dúo musical, ¿no?
—Divas. Podemos ser “A y L” por nuestras iniciales. Tú eres el Ángel y yo soy Lucifer —dice risueña.
—¿Qué vas a ser tú Lucifer? Eso me pega más a mí, aunque me tienes sorprendida, pervertidilla —comento con humor.
—Sí, claro. Habló la que me atacó en el pasillo. ¿Tenías una fantasía conmigo? —Me encanta su carita traviesa.
—Parece que la misma que tú conmigo, pero ya no tienes que mirar ese vídeo —enfatizo y froto su intimidad.
—¡Ja, ja! ¡Ani! ¡Pervertida! —exclama temblorosa.
—Laurita… —Necesito ser honesta para sentirme plenamente satisfecha—. Laurita, me gustas mucho. Estoy… —Mi primera declaración de amor real. Es difícil incluso en esta situación tan ventajosa—. Pensarás lo peor de mí, pero te lo tengo que decir. Estoy enamorada de ti… —confieso con cierto temor, como si depositara la llave de mi corazón en sus manos.
—Ani. —Ella sostiene una mirada intensa—. Ani, ¿lo dices de verdad? —cuestiona con inocencia.
—Sí, de verdad… —La beso fugaz, pero tiernamente. ¿Será suficiente para que sepa lo que siento por ella?
—Ani, ¡deseaba tanto que me lo dijeras! —Laurita me baña en besos amorosos. Me hace sentir tan bien—. Ahora puedo decirlo sin miedo. Yo estoy enamorada de ti desde hace tiempo.
Sus ojos brillan e imagino que los míos también porque ansiaba ser correspondida. Esa confesión suya con esa voz tan dulce me enamora más de lo que estoy. Como recompensa, la apretujo y acaricio su boca con la mía.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Lo intenté, pero no tuve valor. Te lo dije de muchas otras formas, pero tú eres boba, no captabas nada. Ani, eres boba y pervertida, mala combinación —responde burlesca.
—Todos esos detalles tuyos… ¿Cómo me lo iba a imaginar si eres mi cuñada y siempre excusabas todo? —Le hago cosquillas tocándola ahí. Ahora está sensible y se estremece, eso me gusta.
—¡Ja, ja! ¡Para, Ani! ¿Ves?, eres una pervertida —expresa mientras se contrae.
—Bueno, ahora tengo derechos —subrayo gustosa.
—Siempre los tuviste, pero eres tan boba que no supiste aprovecharlos —señala y me abruma—. Quiero saber desde cuándo sientes algo por mí.
—Pues… El día de la fiesta en casa de Estefanía lo cambió todo. Me besaste en el portal del edificio y me gustó. Tú, borrachina, no te acordaste, pero fue un beso muy romántico para mí. Tenías un exquisito sabor a vómito —le cuento con gracia.
—¡Qué vergüenza, Ani! —Su cara ruborizada dice lo mismo—. Yo quería que fuera especial, pero bebí demasiado. ¿Por qué no me lo contaste?
—Especial fue —remarco sonriente—. No te lo dije porque no quería que te sintieras mal y yo me lo tomé de otra forma. ¿Quieres saber otra cosa?
—¿Pasó algo más? —pregunta con inquietud. Adoro su carita tan alegre, la cual pellizco con suavidad.
—Sí, tuve un sueño húmedo contigo esa misma noche —confieso y reímos.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ani, eres tan pervertida! —En esta ocasión, ella me frota en mi zona erógena y consigue que me retuerza.
—¡Ja, ja! ¡Quieta! —Agarro su mano antes de que me encienda otra vez—. Eso fue involuntario. Pensé en contártelo solo para ver tu cara de niña inocente sonrojada. ¿Qué habrías hecho si te lo hubiera contado? ¿Habrías ido a la bañera, pervertida?
—¡Ja, ja! Puede… —Amo esta confianza que florece entre nosotras.
—Laurita, dime la verdad, ¿he sido tu primera vez? —pregunto con insinuación y hasta me excita imaginar que la respuesta sea afirmativa. Sin embargo, su alegre expresión disminuye considerablemente.
—Lo siento, Ani. Hubo una chica antes que tú… —Su desánimo me huele a tragedia. ¿Seguirá enamorada de ese antiguo amor? ¿Laurita habrá sufrido?
—Oh… ¿Qué pasó? Me gustaría saberlo —indago con interés mientras jugueteo con su pelo.
—Ani, te lo contaré, pero preferiría que fuera en otro momento. Es triste y no quiero estropear la felicidad de nuestra primera vez. Por favor… —me pide y la beso para que recupere su entusiasmo.
Esa chica ha dejado un agujero enorme en el corazón de mi Laurita, lo presiento y tengo la sensación de que está asociado con su muñequera. Haré que la olvide.
—Cuando te sientas preparada. Ahora estamos más juntas que nunca… —Pronunciar esas palabras en medio de este tono gris me recuerda la otra realidad que nos apedrea. El engaño a Eric, eso no tiene perdón. La culpa me carcome—. Laurita, hay otra cosa que tenemos que hablar.
—Lo que quieras, Ani. —Compartimos un beso.
—Yo quiero a Eric, nunca lo habría engañado con otra persona, te lo juro. Pero lo que me pasa contigo es tan intenso que no he podido remediarlo. Estás en tu derecho de reprocharme lo que sea porque yo he sido la mala, la que ha iniciado esto. No quiero que tengas problemas con tu hermano por mi culpa. ¿Tú confías en mí después de lo que acabo de hacer? —confieso mis inquietudes, mis remordimientos.
—Ani, yo te quiero y no permitiré que cargues sola con la culpa. Yo soy lo peor, no he respetado el amor de mi hermano y no me arrepiento porque he notado que somos felices juntas. No me malinterpretes, no quiero que mi hermano sufra por ningún motivo, pero me veo incapaz de renunciar a ti, Ani. Haré lo que me pidas con la condición de que no me rompas el corazón. Si no quieres continuar conmigo porque decides seguir con mi hermano, dímelo ahora y yo lo aceptaré. Si es lo contrario, deberíamos hablar con él. Y, si lo que deseas es tenernos a los dos, creo que lo aceptaría por ti. Decide y yo te apoyaré. —Los sentimientos de Laurita hacia mí son realmente profundos. Yo ni siquiera me había planteado mantener una relación con ambos, me resulta raro, y Laurita está dispuesta a ello por mí.
¡No sé qué hacer! La quiero, pero Eric es importante para mí, no podría dejarlo de la noche a la mañana. Eso me pesa más que lo que puedan decirme por estar con una chica.
—Laurita, me gustas de verdad. Yo no me había sentido con una chica como me siento contigo, incluso mi relación con tu hermano se queda pequeña. Pero esto no es fácil. Yo… quiero probar contigo —expreso mientras la acaricio—. Solo te pido tiempo para hablar con tu hermano. De hecho, deberíamos esperar a que termine el curso. Lo mejor que podemos hacer por Eric es dejar que se gradúe en paz y que supere las pruebas de ingreso a la universidad. —Es la única alternativa que se me ocurre. Quizás así, a lo largo de los meses, surja una distancia entre ambos y sea más sencillo romper.
Me sorprendo a mí misma planteándome separarme de él después de todo lo que hemos vivido. Yo siempre lo apreciaré porque ha aportado luz a mi vida, hasta creo que el destino nos juntó para que conociera a su hermana.
—Ani, me hace feliz que quieras estar conmigo. —Laurita me derrocha su ternura con un beso—. No quiero que te sientas mal, eres muy buena por tener en consideración el bienestar de mi hermano. Esperaremos para hablar con él, pero… ¿qué significará? ¿No podremos expresar nuestro amor hasta ese día tan lejano? Yo no podré aguantar sin acariciarte, sin tocarte, sin acosarte a besos —expone la muy traviesa y no se aleja de mis deseos.
—Yo tampoco podré resistirme. ¿Podremos vivir con la cabeza tranquila siendo amantes en las sombras? —Sucumbo a mis anhelos. La culpa me castiga, sí, pero no quiero seguir privándome de Laurita.
—No, pero no pienso desperdiciar el tiempo que tengo contigo. ¿Y si el mundo se acabara mañana? Lamentaría morirme sin haber aprovechado los momentos de los que disponía para estar con la persona de la que estoy enamorada. Correré cualquier riesgo por ti, Ani, incluso que nos vea la profesora Bernarda otra vez —bromea en plena dulzura y solo se me ocurre besuquearla entre caricias juguetonas—. ¡Ja, ja, ja! ¡Ani, me haces cosquillas!
—¿Y? Eso es lo que pretendo. Ahora puedo tocarte donde sea y eres más sensible en ciertas zonas —digo como toda una pervertida, esta vez es cierto.
—¡Ja, ja! Se te olvidó que yo a ti también y sé dónde sacar tus mejores agudos —destaca la muy pícara y asalta mi intimidad.
—¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Quieta, Laurita! —Ella me llena de vida. Ella tiene esa chispa que siempre me ha faltado con Eric y ahora me doy cuenta. Ella y yo somos muy diferentes, pero tenemos la misma forma de disfrutar del amor.
Retozamos como niñas hasta que recuperamos la calma entre besos apasionados que se tornan tiernos.
—Me pasaría el día entero contigo en la cama. Me gusta tanto tu olor. —Olfateo su cuello a mi voluntad y ella ríe. Ese es otro pensamiento que puedo sacar de mi mente y compartir con ella. La sensación de que me libero cuanto más confieso es tan impresionante que me parece estar en la cima de una montaña gritando el nombre de Laurita. Mi corazón late inquieto por ella—. Pero tenemos que parar. No podemos quedar mal con las chicas del voleibol y bastante tarde se ha hecho.
—Vale. Me consuela que esta noche mi cama sabrá y olerá a ti —me susurra y lame mi oreja antes de levantarse muy risueña.
Laurita es mi locura.
***
Flor y parte del equipo nos habían estado enviando mensajes para saber dónde estábamos y si acudiríamos a la playa o no. Nos refugiamos en mentiras piadosas como que nos quedamos dormidas y que salimos a comprar cuatro cosas de comer para la casa. Ellas me inspiran confianza como para haberles contado la verdad, pero es pronto para pregonar mi relación con Laurita sin haber zanjado el tema de Eric.
Nuestro retraso se prolongó un poco más debido a los indecentes tocamientos que perduraron mientras nos poníamos los bikinis. No queríamos desaprovechar ni un segundo de privacidad mientras estuviéramos en la casa. Un último beso en la puerta principal y salimos. Mentira, en el ascensor continuamos con la travesura.
Recién hemos aterrizado en la playa y nos saludamos con el grupo, que ha colonizado varios metros cuadrados de arena con sus toallas y bolsos. Flor es la primera en abrazarme y darme dos besos. Por suerte, la pareja Dayana y Nerea llega tarde como nosotras. Esas dos me causan envidia porque andan cogidas de la mano como si nada. Yo también quiero pasear con Laurita tomándola de la mano, pero sería exponernos demasiado y hacer saltar las alarmas.
—¡Uy! ¡Aquí huele a sexo! —enfatiza Mary, la rizos delgaducha del equipo y otra de las chicas lesbianas. Las risas se desatan enseguida tras su comentario.
Laurita y yo intercambiamos una mirada con disimulo. Ella se sonroja y yo trago saliva. ¡Qué vergüenza! Debimos asearnos mejor.
—¡Esas son Nerea y Dayana, que acaban de llegar! ¡Cochinas! ¡Lavaos! —añade Juana, la pareja de Mary.
¡Qué alivio! Empezaba a sudar.
—¿Qué pasa? Un mañanero alegra el día —dice Dayana con plena naturalidad. Por lo visto, ellas también lo han hecho. Son muy abiertas.
—No todas saben lo que es eso —interviene Flor.
—¡Ay! Perdón, Florecita, se me olvidó que no te han desflorado —comenta Dayana con humor.
Habría dado por sentado que Flor no era virgen. Está bien esculpida y es muy simpática, es del tipo que siempre tiene pareja.
—Cierra la boca, Dayana. Me vas a avergonzar delante de Ana y Laura. —Flor le lanza arena con el pie.
—¿Y qué más da, Flor? No estás sola, yo tampoco sé lo que es un mañanero ni nada por el estilo —añade Carla, una de las rubias del grupo.
—Vírgenes envidiosas. Vayan al agua y hagan cositas —bromea Dayana.
—No, gracias. Flor es guapa, pero ya sabes que mi tema es otro —aclara Carla.
—Pasa un día con Nerea y conmigo para que sepas lo que es. No hables de un tema que no conoces en profundidad. —Esta Dayana me recuerda un poco a Claudia, hasta guardan cierto parecido físico, aunque Dayana luce más atlética y sus cabellos son más cortos y lisos.
—Oye, a mí no me lo has consultado —resalta Nerea, una de las más bajas y de graciosos rasgos de gnomo, y pellizca a su pareja.
—Os veo casi todos los días en el vestuario, no me vengas con que es un tema que no conozco en profundidad. La imaginación sobra con vosotras —argumenta Carla.
Estas chicas son mucho más sueltas fuera del entrenamiento.
—Chicas, que no dejáis de escandalizar a Ana y Laura ni en un día de playa. Poned el huevo de una vez. Vosotras, venid, tenéis sitio a mi lado. —Flor nos frota la espalda a Laurita y a mí—. ¡Qué graciosa es tu gorra, Ana! Por lo que tiene escrito, te la debió regalar Laura, ¿no?
—Sí, yo se la regalé —responde Laurita en mi lugar.
—Está muy original. Personalizada. Me gusta —expresa Flor.
—Sí, Laura es una gran detallista. —Me gano su dulce sonrisa.
Saco de la mochila la toalla grande que trajimos para ambas. Compartir toalla fue la estrategia que se nos ocurrió para estar juntas sin que resultara sospechoso. La extendemos próxima a la de la capitana del equipo y nos quedamos en bikini como todas.
Laurita me unta crema de protección solar mientras charlamos con las chicas. Pienso en su masaje, en lo estupendo que sería que me diera uno hasta jugar como hicimos esta mañana. Esa vivencia ocupa toda mi mente. Tengo miedo de hablar y que se me escape un gemido con el nombre de ella, así de grave es el asunto. Sus manos acariciando mi espalda, esas manos que no hace tanto me enloquecieron.
Intercambiamos posición, actuamos con normalidad. Ahora soy yo la que quisiera tocar más allá de estos hombros. ¡Deseo torturador!
Unos pocos minutos más tarde, todas acordamos comer. Caigo en que estuve tan distraída con Laurita que olvidé preparar unos bocadillos para nosotras.
—Iremos a comprar algo. Salimos con tanta prisa que se nos pasó coger comida —les aviso.
—No, tranquilas. Traje bocadillos para vosotras, los especiales de mi abuela, así que está bien que hayáis venido con las manos vacías —señala Flor y los busca en su mochila. ¡Qué generosa!
—Vaya, Flor, muchas gracias. No tenías que molestarte —digo.
—Florecita nos cuida. ¿Por qué te crees que es la capitana del equipo? Nos suele traer comida de su abuela. Os gustarán los bocadillos, ya veréis —comenta Dayana.
—Hay dos de jamón y queso con tomate, lechuga y pepino, y uno de atún. Ese es mi favorito, aparte de que no me gusta el pepino. Si no os importa, me quedaré con el de atún —dice Flor y nos acerca los bocadillos envueltos en papel de aluminio.
—¡Suena rico! Gracias, Flor —agradezco y cojo uno.
—Me había hecho ilusión el de atún, pero bueno, si es tu favorito… —expresa Laurita con una extraña desgana.
—¿Sí? No pasa nada, te lo doy y me como el otro. —Flor es muy amable.
—Gracias… —Laurita recibe el de atún.
—De nada. Alguna de las que comen pepino se comerá las rodajas por mí —asegura Flor y varias ríen.
Los bocadillos de la abuela de Flor son muy sabrosos, parece que compra verdura fresca. Permito que Laurita pruebe el mío, que su boca deje un rastro en el pan para besarla indirectamente. Ella lo sabe, por eso me mira y sonríe mientras muerde gustosa. Lo mismo sucede cuando devoro un trozo del suyo, solo que ella es más lista. Aprovecha para tocarme los labios con un dedo, incluso cuela la punta por un extremo de mi boca. Culmina chupándoselo con discreción.
***
Tomamos el sol y charlamos un buen rato mientras comíamos. Después decidimos jugar a voleibol, aunque sin red. Los minutos volaron entre risas. Los revolcones por la arena y el sudor nos arrastraron a zambullirnos en el mar. Ahí continuamos divirtiéndonos con la pelota y nadando hasta que varias, agotadas, prefirieron tumbarse un rato en la orilla y en las toallas. Flor, Dayana, Carla, Mary, Laurita y yo fuimos las únicas que permanecimos en el agua. Formamos un círculo inestable por el oleaje.
—¿Seguimos jugando? —propone Mary, que sujeta el balón.
—Hablemos un poco. ¿Qué tal si…? —sugiere Dayana.
—¡Ah! —Me sobresalto a causa de un pellizco inesperado en mi nalga—. Me ha mordido un pez —improviso ante las miradas, incluyendo la descarada mirada de Laurita. ¡Cómo me tienta! Se aprovecha de la turbidez y de que estamos sumergidas hasta el cuello.
—Sí, hay peces aquí —comenta Flor.
—Pero parece que a ella la mordió un tiburón —bromea Dayana—. Bueno, lo que decía, ¿qué tal si jugamos a “piedra, papel o tijera” y las que pierdan besan a las otras?
—¡Ja, ja, ja! ¡Desvergonzada! —exclama Flor.
—Tú no pierdes la oportunidad —remarca Carla.
—Se lo diré a Nerea —la amenaza Mary.
—¿Tu novia no se pone celosa? —pregunto y disimulo mi exaltación, pues la mano de Laurita comete travesuras. Se pasea por mis nalgas, se cuela bajo mi bikini…
—Para nada. Ella se ha besado con otras aquí. Por ejemplo, Mary, que no sé para qué habla, ya que ella se ha besado conmigo también —cuenta Dayana y cedo ante el asombro, pero más porque Laurita me toquetea el trasero hasta rozar mi intimidad. ¡Es tan atrevida!
—No os asustéis, ellas son así —nos advierte Flor.
—Así de zorronas —añade Carla.
—¡Je! —No puedo ni articular palabra. A pesar de estar metida en el mar, Laurita me hace sudar. Tiene un dedo merodeando en las puertas de mi debilidad. Debería pararla por la vergüenza que me provoca, pero me gusta su descaro. De momento, me muerdo los labios.
—Un beso, solo quiero ver un beso. Carla, ¿Mary o yo? —propone Dayana.
—Olvídate de mí —responde Carla.
—¡Qué aburrida! ¿Qué decís vosotras? Un piquito con Flor. ¿Ana? Será insignificante, un roce de nada. —¿Qué pretenderá esta Dayana? Diría que está muy mal de la cabeza, pero mi Laurita y yo estamos haciendo historia hoy.
—No, Laura y yo no participamos en ese juego —contesto en nombre de ambas y ese dedo perverso me abre en un movimiento circular—. ¡Uf! ¡Hace un calor! —No sé por cuánto tiempo podré disimular mis espasmos involuntarios.
—Laura está muy callada. A lo mejor a ella le apetece, pero le da vergüenza —señala Dayana con insinuación. Espero que no se le ocurra besarla.
—No me apetece —responde Laurita. Es increíble cómo luce tan tranquila a sabiendas de lo que hace a escondidas.
—Dayana, no las agobies más. Ve a calmar esas hormonas con tu querida Nerea —le indica Flor.
—Pues sí. Necesito un poco de acción. Voy para fuera, chicas —se despide Dayana.
En el instante en el que me va a pasar por el lado, el dedo me invade a la velocidad de un rayo y toda la mano desaparece. Brinco de tal manera que asusto a Dayana.
—¡Dios! Los peces están muy agresivos —expreso bajo tensión.
Todas se carcajean, pero la risa malvada de Laurita no tiene comparación.
***
Las que permanecimos en el agua acordamos salir tras hablar sobre Bernarda y lo buena profesora que es. De camino a la orilla, salto encima de Laurita.
—¡Tsunami! —exclamo tontamente.
Mi objetivo es ralentizarla, cosa que consigo, y que las demás lo vean como un gesto amistoso. Lo que ellas no saben es que, mientras la abrazo por detrás, mis manos ocultas por el mar manosean a Laurita.
—¿Te gusta prenderme y dejarme así? Estás buscando que te haga cosas —le susurro y poso una mano entre sus piernas. Palpo su inocencia dibujada en el bikini.
—Tú no haces nada —me reta con su sonrisita pícara.
—¿No? ¿Segura? —Empleo mi brazo alrededor de su torso para impedir que avance con rapidez. Froto suavemente esa delicia femenina suya.
—Ani, no. Se van a dar cuenta —murmura Laurita, luchando contra el sometimiento.
—Te gusta encender, pero no te gusta que te dejen encendida —musito sin perder de vista a las chicas mientras salen del agua.
—¡Ja, ja! No te lo pondré fácil —asegura y me salpica la cara. La muy lista aprovecha mi ceguera para escabullirse y huye a toda prisa.
Estas cosas no me sucedían con Eric y compruebo que son esenciales para mí porque me generan una sonrisa pura, una sonrisa de felicidad nacida del corazón.
***
Nos acomodamos sobre las toallas. Laurita y yo nos lanzamos alegres miradas de complicidad. Me la comería como si fuera un helado de fresa ahora mismo. Luce tan seductora mojada…
—Laura, ¿nos echas una mano? Vamos a por unos helados —le pide Dayana. ¡Qué casualidad! Le diría que solo necesito el barquillo, ya que cuento con la parte deliciosa.
—Vale. —Laurita se une al fragmento del grupo que se dispone a ir.
—Ahora venimos con helados para todas —dice Nerea y ponen rumbo al chiringuito.
—Nosotras daremos un paseo por la playa —interviene Mary al poco tiempo y se aleja con otras.
—Y nosotras nadaremos hasta que traigan los helados —añade Carla y se marcha con las restantes.
—Supongo que tú y yo cuidaremos las cosas —comenta Flor. En cuestión de segundos, me he quedado a solas con ella.
—Sí, eso parece. —Estiro mis piernas junto a las de Flor. Sentadas una al lado de la otra, contemplamos el mar y disfrutamos de la brisa fresca.
—¿Te lo estás pasando bien con nosotras? —me pregunta.
—Sí, muy bien. Lo último que esperaba con el castigo de Bernarda era que hiciera amistad con el equipo de voleibol.
—Lo mismo podríamos decir. Tendrás que perdonar a Dayana, es la más revoltosa de nosotras, pero es buena chica también. Ya te lo dije, todas somos como una familia.
—Ella es una santa frente a los pesados que he conocido. Créeme, auténticos pesados y pesadas. —Aura y Víctor, esos no tienen rivales—. Todas me caéis muy bien. Tú más, claro —resalto sonriente.
—Tú a mí también. —Flor me devuelve la misma simpatía—. Ana, espero no ser muy atrevida, pero ¿a ti te atraen las chicas de alguna manera? Ya sé que tienes novio, tu cuñada nos lo dejó claro desde el primer día, pero me gustaría saber lo que piensas en realidad. Quedará entre nosotras, te lo prometo. —¡Qué curiosa es Flor! ¡Y qué interesante enterarme de que Laurita les habló sobre mi relación con Eric antes de que lo hiciera yo! ¿Por qué lo haría?
—No, está bien que me preguntes. Bueno, yo… —Me apetece decirle la verdad, pero no debo, aunque podría empezar a aceptar mi realidad—. Tengo novio, pero no quita que me fije en las chicas, sin ningún interés, claro.
—¿Eso significa que podrían atraerte? —cuestiona denotando gran interés.
—Sí, podría pasar… —¡Lo he reconocido! No me lo creo. Sienta bien, muy bien. No me extraña que Roberto saltara de alegría cuando salió del armario.
—Es bueno saberlo. —Flor me da un par de palmadas en la pierna y se rasca la cabeza mientras nos miramos sonrientes—. Por cierto, yo te di un diez en esas votaciones del otro día.
—¡Vaya, Flor! No soy para tanto, pero gracias. Tú sí estás de diez —la halago también. Es una chica guapa que agrada más a la vista con el pasar de los días por su simpatía y amabilidad.
—¿Sí? —La sonrisa se le ensancha y se estira su coleta—. Que tú me digas eso… Joder, Ana, esto se me da fatal. Soy torpe ligando, me pongo muy nerviosa, así que seré directa… Me gustas. Eres muy agradable y con carácter —se me declara. ¡Nunca me lo hubiera imaginado!
—Flor… —pronuncio pasmada, no sé ni qué decir. Creía que hablábamos como amigas.
—Es que se me da tan mal. Sé que me dirás que tienes novio, pero, si te apetece salir con una chica alguna vez, me gustaría ser tu candidata. Solo he tenido un par de novias y ninguna ha sido algo serio. Contigo sería diferente. —Flor está realmente nerviosa, no para de restregar los pies en la arena. Me resulta hasta linda que tenga este lado frágil bajo esa capa de seguridad de capitana del equipo. Espero no herirla.
—Ay, Flor. —Le froto una pierna para que se calme—. No quiero darte falsas esperanzas. Eres una chica fantástica, pero ahora mismo tengo a mi novio y no me veo en otras historias. —Más bien tengo a mi Laurita y dudo que alguien me llene como ella.
—Dichosos los ojos que te ven, Ana. —Una voz familiar capta mi atención a la vez que una silueta se dibuja a mi lado.
No me lo puedo creer, ¡es la idiota de Angie!
La aprovechada de Angie me hace sombra. En bikini, se luce con su postura relajada y su sonrisa permanente. Si se le ocurre soltar una palabra sobre lo que pasó en el club delante de Flor, me moriré de la vergüenza. Tengo que hacer que desaparezca.
—¿Qué haces aquí? —cuestiono carente de simpatía.
—La playa es un espacio comunitario, o eso tenía entendido. Tema aparte, tenemos una conversación pendiente. —Angie me quiere dejar en evidencia delante de Flor. Por suerte, Laurita está lejos y no presenciará esto.
—No hay nada de lo que hablar. Creía haber sido clara —remarco con dureza.
—¿Por qué eres tan infantil? —¡Maldita Angie! Va de madura y es una embaucadora.
—No le hables así a Ana. —Flor da la cara por mí. Ella sí es una amiga.
—Perdón, chica, pero no seas entrometida. Ella y yo nos entendemos. ¿Quieres que lo hablemos aquí, Ana? No tengo nada que ocultar. —Angie es cada vez más fastidiosa. Finge ser agradable con su tono amistoso, pero es evidente que me chantajea con esas palabras.
—No pasa nada, Flor. Ahora vengo. —Me levanto y me alejo con Angie hacia la playa.
—¿Y esa? ¿Tu nueva novia? ¿No has podido dejar de ligar con chicas desde aquella noche? —Angie me estrangula con sus cuestiones.
—A ti no te importa. Ella es una amiga de verdad, una que sabe respetar —le reprocho y una ola baña mis pies como si quisiera serenar mi temperamento. Hago caso a la caricia del agua, me limito a hablar—. ¿Qué haces aquí y qué quieres?
—Lo mismo que tú, vine a disfrutar de la playa con una amiga —responde a la vez que señala a una chica rubia sentada en la distancia— y te he visto.
—Ya veo, otra víctima de tu “amistad”. No tienes ni vergüenza. Sales con ella y te atreves a venir a hablar conmigo. —Se lo restriego bien, como si cogiera un puñado de arena húmeda y se lo estampara en la cara.
—Estás equivocada. Es una amiga igual que tú. —Seguro que ya se ha acostado con esa—. Ana, supéralo. Metí la pata, ¿vale? Es eso lo que quieres escuchar, ¿no?
—En verdad, no quiero ni escucharte, pero no dejaré que estropees mi paseo con tu insistencia. Di lo que tengas que decir y desaparece. —Me mantengo firme.
—Puedes estar tranquila, no voy por ahí traicionando la intimidad de mis amigas. —¿Debería fiarme? Es tan engatusadora—. Siento mucho que tuvieras esa experiencia conmigo. Seguramente era tu primera vez con una chica y fui muy brusca. Estaba muy bebida y me dejé llevar. No te imaginas cuánto me pones, Ana.
—Sí, claro. Eso les dices a todas tus conquistas de una noche. ¿Cuántas veces se lo has dicho a esa que anda contigo? Te habrías aprovechado de mí y luego qué. En serio, Angie, eres despreciable. —No la trago.
—Que no, ¡joder! Ana, te comportas como una niña, pero me he quedado enganchada contigo. Discúlpame. —Angie me acaricia la cara.
—¡¿Qué coño haces?! —Le aparto la mano de un manotazo. ¿No se da cuenta de que estamos en público? Espero que Laurita no la viera—. ¿Estás loca o qué?
—Perdón, ha sido un impulso. Es que me jode que estés enfadada conmigo. Te estoy diciendo la verdad. Te he llamado cientos de veces, te he enviado mil mensajes, y todo es porque me he enganchado contigo. Nadie me había rechazado y me importaba bien poco que lo hicieran, igual que desaparecer de la cama de una extraña al amanecer, en eso tienes razón, pero contigo me está pasando algo. Hasta mi tío me lo ha dicho —confiesa Angie y me sorprende. Por una parte, hace que me sienta especial, pero, por otra, dudo de su sinceridad.
—Bueno, eso a mí no me importa. ¿Has terminado? —Ya no sonríe tanto como al principio, de hecho, ha dejado de hacerlo.
—No seas tan dura. No me creo que no te gustara lo que pasó en el club. Estuviste muy suelta conmigo y tengo experiencia como para saber que estabas excitada. ¿Dónde está el problema? ¿Es que prefieres a las de tu edad como esa con la que tonteabas? —Angie, la experta. ¿Qué sabrá ella de mi forma de excitarme?
—Tú alucinas. —Angie agarra un mechón de mi pelo y le asesto otro manotazo—. ¡Que no me toques más! ¿Ves que no respetas? No quiero continuar con esta conversación.
—Espera, Ana, espera. Dame una oportunidad. Seamos amigas desde cero. Me conformo con eso, contigo disfruto hablando de cualquier tema —ruega Angie. Luce desesperada por la rapidez e insistencia con la que habla—. Sé que tú también estabas cómoda conmigo. Retomemos eso. Pasará solo lo que quieras que pase. Yo te doy mi… —En ese instante, una bola de arena impacta en su cara y la silencia.
La risa me nace como una fuente inagotable de carcajadas. Alguien me leyó el pensamiento.
—¡Lo siento! ¡Perdón! —Laurita aparece a toda prisa mientras Angie escupe arena—. Tengo mala puntería. Quería darle a mi cuñada.
—Tú… —Angie tose y se limpia el rostro—. ¡Joder!
—De verdad que lo siento. Supongo que la arena no sabe tan dulce como un helado —bromea Laurita a mi vera y potencia mi risa.
—Eres un poco cabrona, ¿no? —Angie ha tragado bastante arena, todavía tose.
—Te veo muy amargada para trabajar en una heladería. Te dije que lo siento, fue sin querer. Mira el lado positivo, si algún día te quedas sin trabajo en la heladería, sabrás que se te da bien hacer de payasa. —Laurita está siendo toda una diablilla.
—¡Ja, ja! Ya sabes, Angie, alegra esa cara. Adiós —concluyo.
—Pero dame una respuesta. ¿Retomamos el contacto? —insiste Angie.
—“Retomamos el contacto”. ¿Tú y esta, Bruma? —No puede ser verdad. Debo estar en una pesadilla. ¿Me habré dormido después de hacer el amor con mi Laurita? Laurita, pellízcame.
En efecto, es Sandra y está a nuestras espaldas. Hacía tiempo que no veía su piel pálida en bikini. El maquillaje negro no le falta ni para venir a la playa. Se aprecian todos sus tatuajes, incluyendo el que pone “Bruma” con letras distorsionadas a modo de niebla en su vientre bajo. Debería habérselo quitado. Espero que nadie lo asocie porque sí, se lo hizo por mí en aquellas fechas en las que éramos amigas íntimas. Me decía que quería sentir mi boca ahí, que esa zona me pertenecía, pero yo no estaba preparada para complacerla.
—¿A quién llamas “esta” de forma tan despectiva? —Angie arruga las cejas y eleva el tono.
—A ti, zorra. ¿Quién no sabe que eres la zorra del barrio? Por tu culpa he tenido que aguantar los lloriqueos de mi estúpida hermana mayor. Me ha hablado hasta del lunar que tienes en el coño —responde Sandra sin pelos en la lengua, como siempre. ¡Qué pequeño es el mundo y de lo que una se entera!
—¡Puf! ¡Crías! ¿Y quién se supone que es tu hermana? —cuestiona Angie con indiferencia.
—Cristina, una de las tantas a las que les has abierto las piernas. —La hermana de Sandra es lo opuesto a ella, son el día y la noche. Está claro que Angie jugó con ella y le rompió el corazón, lo mismo que pretendía conmigo.
—Me imagino quién es. No es mi culpa que no sea lo suficientemente madura para asumir que nada es eterno. —Angie, la insensible.
—Vaya, vaya —murmuro.
—Has caído muy bajo, Bruma, al juntarte con esta —me critica Sandra.
Miro a Laurita con la esperanza de que no malinterprete los hechos.
—Tú y Cristina sois idénticas, metéis mierda porque no aceptáis las cosas. ¿Por qué no sigues tu camino, niñata? —Angie está jugando con fuego, no conoce a Sandra. Me empieza a preocupar que esto termine mal, muy mal.
—Sandra, por favor, estamos todas de paseo por la playa. No hace falta pelearse. Que cada una vuelva por donde mismo vino. —Espero que me escuche.
—Chicas, ¿va todo bien? —Flor también se suma a la inquietante reunión. Lo que me faltaba. ¡Esto sí que es angustioso! Quiero despertar ya. No concibo verme rodeada de chicas que tienen pretensiones conmigo. ¡Qué vergonzoso! Si alguna abre la boca más de la cuenta, ¡moriré! Sudo y no es por el calor y, tristemente, tampoco por excitación.
—¡Sí, sí, Flor! Son unas conocidas —justifico con voz nerviosa.
—La otra entrometida. No se puede mantener una conversación tranquila aquí con una amiga —subraya Angie.
—Te estás pasando. No te he insultado y van dos veces que me dices entrometida. —Flor se ha disgustado, es la primera vez que la veo tan seria.
—Sorprendente. Mi Bruma quiere despegar por todo lo alto. ¿Tú no eres del equipo lésbico de voleibol? Creo haberte visto en varios partidos, no me los suelo perder. —Sandra persiste avivando el fuego.
—Cierra la boca de una vez, Sandra —digo con imposición.
—A vosotras no os han enseñado lo que es el respeto. No te metas con mi equipo —replica Flor. ¡Qué pena me da con ella! No se merece estar involucrada en esto.
—¿Me estás amenazando? Ni tú ni todo tu equipo me intimidáis —la desafía Sandra.
—¡Cuántas niñatas juntas yendo de chulitas! —añade Angie burlona.
¡No sé qué hacer! ¡Esto se descontrola y mi taquicardia aumenta!
—¡Qué bien que estoy vacunada contra la rabia! —exclama Laurita repentinamente—. Vamos, Ani, antes de que se derritan los helados. —Toma mi mano, tira de mí y me rescata de la embarazosa situación, incluso me ha llamado “Ani” delante de ellas. Laurita, mi salvadora, mi ángel de la guarda. ¡Qué gusto sentir el calor de su piel! Ha quedado claro que le pertenezco solo a ella.
***
La intervención de Laurita tuvo un efecto atómico. La contienda se sofocó y el grupo se desintegró. Flor fue la primera en parar y en venir detrás de nosotras. Angie regresó con su supuesta amiga, con la que seguro consuma algo más que una amistad. Sandra continuó su paseo por la playa hasta desaparecer en la lejanía. El caprichoso destino me sometió a una dura prueba, pero me demostró una vez más que mi Laurita es única.
—Laura, nos dejaste tiradas en medio del pedido, así que no te quejes de que los helados se están derritiendo. Coge, traemos tu cambio también —comunica Dayana mientras arriba con las manos cargadas de conos de helado. Por lo visto, tuvo que volver a por los restantes.
Las demás nos acomodamos en las toallas.
—Lo siento, me aburría esperar, pero os dejé el dinero para que lo gastarais todo. Ana y yo os invitamos por ser tan amables —dice Laurita con su encanto y se acerca a Dayana para coger nuestras delicias.
—¡Qué mona es esta chica! Nerea y yo te invitaríamos a un trío como agradecimiento —bromea Dayana.
—Lo apruebo —añade Nerea y reímos.
Todas nos agradecen el detalle, aunque la gentil idea fue de Laurita. Ella regresa hacia mí con nuestros helados en las manos y se detiene repentinamente entre Flor y yo.
—Chicas, creo que os llaman del chiringuito. ¿Habéis olvidado algo? —Todas miramos con atención al par de empleados que señala Laurita. Uno de ellos vocifera y gesticula, pero diría que es a su compañero.
—¡Uh! —exclama Flor con repugnancia.
—¡Ay, no! ¡Discúlpame, Flor! —se lamenta Laurita.
Un barquillo sostenido por mi cuñada está vacío. La bola rosada se funde en la cabeza de la capitana del equipo, le chorrea hasta por la frente. Ella sujeta su cono y se limpia con la otra mano como toda una chica pulcra. Más de medio equipo se carcajea.
—¡Qué pena, Flor! ¡Lo siento! Me he despistado con el camarero y el helado estaba tan derretido que se me ha resbalado. Deja que te ayude —expresa Laurita avergonzada y me entrega nuestros helados; bueno, el que ha sobrevivido.
—¡Vaya, Florecita! ¡Ni el helado se te resiste! —bromea Dayana.
—No pasa nada, Laura. Me daré una zambullida y listo. Ahora regreso. —Flor no muestra ni una pizca de disgusto, al contrario, sonríe.
—Pero se te va a derretir tu helado —indica Laurita.
—Puedes comer de él si quieres. Me daré prisa. Coge. —Flor se lo entrega.
—Te lo guardamos, pero apúrate. Compartiré el mío con Laura —digo y saboreo la delicia para evitar que gotee.
Flor corre al agua. Pobrecita, no alcanzará ni media bola si tarda demasiado.
—No nos llamaban a nosotras, era al otro chico —confirma Carla y las chicas siguen bromeando sobre Flor en un sentido erótico.
Yo aprovecho que Laurita se ha sentado conmigo para acercarle nuestro helado. Ella lame la bola mientras me mira con deseo. Es tan atrevida que me roza un dedo con la punta de la lengua. Respondo dándole un empujoncito al barquillo. Enseguida río al contemplar su nariz y parte de su boca manchadas de helado de chocolate, además de deleitarme con su inocente expresión en pleno pestañeo. La limpiaría a besos.
—Vosotras os divertís en vuestro mundo —comenta Dayana.
—¡Ja, ja! Sí, bueno, me gusta joder a mi cuñada —excuso, incapaz de controlar la risa nerviosa.
—Ya. Joder… —pronuncia Dayana y reconozco la picardía en su sonrisa. Espero que no esté sospechando algo.
***
El día en la playa con las chicas del voleibol estuvo genial. Jugamos, nadamos, charlamos y, en definitiva, nos divertimos hasta la puesta de sol. Sin duda, Laurita y yo hemos encontrado un buen círculo de amigas en ellas. Nos tomamos varias fotos en colectivo para recordar nuestra primera salida juntas. Insistieron en que nos uniéramos al equipo, pero nos negamos porque no entra en nuestros planes realizar una carrera deportiva. En cambio, les prometimos asistir a los partidos a los que nos inviten. Eso alegró mucho a Flor especialmente. Ella, en privado, me suplicó que no cambiara nuestra amistad por culpa de su confesión y le di mi palabra. Flor es como su nombre y sin espinas, me inspira confianza, cosa que no podría afirmar con Angie, a quien seguiré ignorando.
Laurita y yo entramos en el ascensor de nuestro edificio. En cuanto las puertas se cierran, la acorralo en una esquina.
—Ani, ¿qué haces? ¿No has tenido suficiente con lo de esta mañana? —cuestiona Laurita y agacha la cabeza, aunque sigue mi boca con la vista. Parece que huye, pero actúa con inocencia para que asalte sus labios. No se queja cuando la beso y acaricio su torso.
—Creo que nunca tendré suficiente de ti. No te haces una idea de con quién te has juntado —expreso con insinuación.
—¡Ja, ja! No, eres tú la que no tiene ni idea. Sé muy bien que eres intensa, pasional, amorosa. Estás llena de cualidades irresistibles —enfatiza Laurita mientras besuqueo su cuello y saboreo el mar en su piel—. Eres el ingrediente ideal para mis juegos.
—¿Sí? ¿Solo soy eso, un ingrediente? —Amago un beso que no llego a liberar. Tanteamos nuestras bocas mientras restregamos nuestros cuerpos.
—Claro que no, boba. Eres todo. —Laurita me agarra por la cintura y me presiona contra la pared del ascensor. Se han invertido los papeles.
—Me gusta que sepas manejarme —confieso y nos entregamos a una tanda de caricias apasionadas.
Ella apretuja mis pechos y yo, sus nalgas en medio del huracán de besos húmedos. Este ascensor guarda recuerdos como el sofá. Aquí se dormía después de nuestros primeros besos. Tarareaba nuestra canción, incluso me parece estar escuchándola ahora: One last time… ¿Cuántas veces pudimos haber hecho esto si hubiéramos sido sinceras desde el principio?, aunque yo me habría comportado como toda una estúpida y la habría rechazado por inseguridad y miedo. Las cosas han sucedido en el momento propicio.
El ascensor se detiene en nuestra planta, pero ella no me suelta.
—¡Laurita! ¡Laurita! ¡Que ya estamos! —Lucho para quitármela de encima antes de que se abran las puertas.
—¿No decías que no tenías suficiente? —resalta con esa expresión picarona.
—¡Laurita! —El corazón me va a estallar.
Las puertas se abren y ella roza mi intimidad con un dedo antes de apartarse. Provoca que me estremezca.
—¿Qué te pasa, Ani? ¿Tienes claustrofobia? —se burla y sale del ascensor como toda una niña traviesa.
Me tiemblan las piernas. Alguien nos podía haber descubierto y tan solo es nuestro primer día de amor declarado.
***
Desde que entramos en la casa, un apetitoso olor a carne nos hechiza, nos arrastra directo a la cocina. Encontramos a Eric con el delantal puesto horneando un enorme trozo de carne con patatas y preparando una salsa. Sonríe plácidamente, más cuando nos ve. Se abalanza sobre nosotras con cariño.
—¡Mis amores! Hermanita. —La abraza y la besa—. Mi amor. —Me azota el trasero en pleno abrazo a la vez que asalta mi boca. Me gusta, pero me siento extraña. Hace un minuto gozaba con la lengua de Laurita, no es justo para Eric. Por otro lado, ella está aquí mirándonos. ¿Se sentirá cómoda con esta situación? Las circunstancias han sido así desde el principio, con la diferencia de que ahora sabemos que nos amamos y que estamos juntas en secreto. No quiero que sufra.
—Hoy te estás luciendo, hermano —destaca Laurita. No parece herida y se adhiere a Eric de tal forma que me desplaza.
—Sí, sí, se está esmerando. Me ha despertado el apetito —añado.
—Tendremos cena de alta cocina —asegura Eric entusiasmado—. Me apetecía preparar una buena cena para mis princesas. Normalmente me mimáis vosotras porque paso el día en el trabajo, así que os merecéis algo grande. ¿Qué tal por la playa con las chicas? ¿Os habéis divertido?
Eric remueve la salsa mientras mantiene el brazo por encima de Laurita y ella lo abraza. Es una imagen enternecedora. Ojalá que mis sentimientos no destruyan su relación de hermanos.
—Muchísimo. Ellas son una comedia. Tienen unas ocurrencias que te harían llorar de la risa. Son una especie de Claudia, te podrás imaginar. Nos querían reclutar en su equipo —le cuento.
Hay tantas mentiras acumuladas. Me viene a la mente la historia que le contamos a Eric. Para él, conocimos a las chicas debido a que la profesora Bernarda nos pidió de favor y a cambio de nota que la ayudáramos en los entrenamientos por ser alumnas aventajadas. Si él supiera que todo fue por un castigo a raíz de un jugueteo indebido entre su hermana y yo en el vestuario…
—No es mala idea. Yo estaría en primera fila animándoos durante los partidos. Me veo gritando entre mis amigos “¡Esa es mi novia! ¡Y esa es mi hermana! ¡Son las mejores!” —exclama con elocuencia.
—Hasta que te tumbara con un balonazo —comenta Laurita y ríe—. Tengo mala reputación como jugadora. Apunto al este y envío la pelota al oeste. Pero otras cosas se me dan bien, pregúntale a Ana, que la he hecho gritar de la emoción. —¡¿Eso ha sido una descarada insinuación delante de su hermano?! ¡Qué cabroncita! ¡Me deja con la soga al cuello!
—¿De qué habla, mi amor? —indaga Eric.
—Bueno… Laurita es buena patinando. ¡Je! Seguro que se refiere a eso. No se me olvidará que me lanzó cuesta abajo y se me puso el corazón en la boca. Pero que no te mienta, es buena jugando a voleibol, aprendió de mí —improviso.
—Lo sabía. Por cierto, deberíais ir a la ducha porque a esto no le falta mucho —sugiere Eric y pienso en cómo sería meterme bajo el torrencial tibio con Laurita. Lástima que quedará en una fantasía por ahora.
***
Eric realmente se lució con su cena para carnívoros como nosotros. Sigue siendo ese chico atento del que me enamoré. Me cuida, cuida a su hermana, se interesa por nuestras vidas, y nosotras…, nosotras se lo pagamos traicionándolo. El amor es tan cruel como maravilloso. Yo nunca me imaginé que me enamoraría de la hermana de mi novio. Tampoco que reconocería mi gusto por las chicas. Laurita ha cambiado mi mundo y lo ha hecho para bien, me ha ayudado a descubrir otra parte de mí. Pero temo que el precio de esta liberación sea demasiado alto.
Apago la lamparita de noche para dormir y dejar de martirizarme. En cuanto se hace la oscuridad, la mano de Eric se desliza por mi torso hasta apoderarse de mi pecho y su boca me produce un cosquilleo al atacar mi cuello. Eric me estruja los cabellos.
—Eric… —murmuro.
Somos novios y me sigue gustando, por eso me entrego. Permito que me manosee a su voluntad. Le cedo mis labios para corresponder sus besos. Eric es voraz, soy cada vez más consciente de esa clara diferencia entre Laurita y él. Ella también es voraz, pero sus gestos están embadurnados de dulzura, me transmiten su inocencia, su delicadeza y su forma armoniosa de desear. Ella cincela una obra de arte cuando me ama y él devora un trozo de carne jugoso. Ella aporta y él consume. Eso es lo que siento.
Eric posee mi intimidad y retengo su mano. Es estimulante, sin embargo, no puedo, me hallo rara.
—Lo siento, Eric. Estoy cansada para hacerlo. —Sueno como él, a diferencia de que yo miento. Estoy agotada, es cierto, pero repetiría con Laurita.
—Perdona, mi amor. Debí suponerlo después de que pasaras todo el día en la playa. Al menos, tenía que intentarlo —expresa sonriente y me abraza tras besarme. Siempre tan comprensivo y con buen humor. Me duele.
—Lo siento… —Aunque él no lo sepa, me disculpo por engañarlo.
Me acurruco entre sus brazos para que sienta el cariño que le sigo teniendo.
***
Son las tantas de la madrugada. Me levanté para ir al baño. Sabía que beber demasiada agua para bajar la salsa de la cena tendría consecuencias. No me gusta despertar en medio de la noche y menos en mitad de un sueño tan plácido. De seguro tengo cara de topo, esa de la que Eric se suele reír.
Salgo del baño y me detengo en el pasillo como una sonámbula. Reflexiono adormecida mientras contemplo las dos puertas delante de mí. ¿Debería aprovechar esta oportunidad? ¿Debería equivocarme de puerta intencionalmente? Una me invita a entrar y la otra me señala a su vecina. Si ellas están de acuerdo, ¿no debería seguir su recomendación? Ellas me entienden, saben que solo quiero jugar un poco con la persona que me gusta antes de dormir.
¡El dulce manantial me espera!
La puerta a mi izquierda, esa es la ganadora. Me cuelo en la habitación con sigilo. Si lo pude hacer estando borracha, ¿por qué debería ser más torpe estando lúcida? Quizás no tan lúcida porque la camiseta se me ha enganchado en la manija. ¡Ah! ¡Qué estorbo!
Una vez dentro, la luz rojiza y tenue de la lamparita baña mis pupilas. Tengo el corazón a mil revoluciones por segundo. Mi Laurita duerme enredada entre las sábanas y Eric hace lo mismo al otro lado de esta pared. No debería suceder nada si reina el silencio. Por eso gateo con cuidado sobre esta cama que nos conoce íntimamente.
Laurita no me percibe. Su sueño es tan profundo que no reacciona a mis caricias en sus cabellos y su cara. ¡Qué bonita es! Me resulta graciosa con su boca entreabierta. La besaría, pero tengo una idea mejor en mente.
Recorro sus pechos con sutileza. Mi dedo se convierte en un pincel que graba sus armoniosas curvas. Tan suave. Tan seductora. Rozo su pezón y le despierto un ligero gemido acompañado de una sacudida de su cuerpo. Su respiración aumenta notablemente. ¿La muy pervertidilla se estará excitando en sueños? Debo darme prisa, no sea que abra los ojos antes de lo previsto.
Bajo por su vientre. Su pijama no será un obstáculo para mí, aunque se le podía haber ocurrido dormir desnuda. Separo sus piernas con extremada delicadeza y coloco mi cabeza entre ellas. Detrás de ese pantalón corto y de esas bragas se oculta el manantial. Aparto la tela fastidiosa muy despacio. Ahí está su maravilla. ¡Qué apetitosa!
Lamo con suavidad sobre la seductora línea. Laurita gime de forma casi silente y sacude su cuerpo. Una pierna embiste mi cabeza. Intenta voltearse, pero se lo impido. La mantengo abierta como una flor. Ella no sabe que esto acaba de empezar.
Mi lengua es mi arma. Presiono húmedamente sobre esa delicia de tal manera que separo sus labios, pero no penetro. Así jugó ella conmigo y me gustó. Por la forma en que gimotea y se estremece, diría que también la excita aunque esté dormida.
Besarla ahí me produce placer, un placer que se potencia con el control que ejerzo sobre sus piernas inquietas. Laurita se moja. Mi saliva se mezcla con sus fluidos y revisten mi boca. Bebo de su manantial. Mi deseo se cumple y, a cambio, espero estar generándole un plácido sueño. ¿Estaré ahora en lo profundo de su imaginación?
—¡Ah! ¡Ay! ¡Ay, no! —gime con más claridad, pero no debería entonarse demasiado o despertará a Eric. Me enciende cuando niega lo que quiere—. ¿Ani? —Creo que ahora sí ha resucitado. Enreda sus dedos en mis cabellos y me presiona sobre su inocencia. Emplea sus pies para acariciar mi cuerpo. Yo sabía que le gustaba—. Ani, eres mala —musita adormecida.
No le respondo, mi lengua está felizmente ocupada con una de las zonas más sabrosas de ella. Me comunico a través de profundos lametazos. El punto final lo pongo en su clítoris. Ella se tensa y estira las sábanas.
—Ani, no. Para —murmura excitada. ¡Qué tentadora!—. De verdad, Ani. Ahora no. —Huye. Me priva de su dulzura.
La persigo ansiosa, pero Laurita me derriba y aprisiona mis muñecas.
—Déjame terminar —exijo manteniendo el tono controlado.
Ella lame mi boca y los alrededores hasta que me besa.
—Ya, Ani. No es momento para cantar, mi hermano nos puede oír.
—Muerde una almohada o algo. Venga, solo un poco más —le ruego.
—¡Ja, ja! Estás tan desesperadita que me cuesta resistirme —dice e intercambiamos otro beso.
—Pues no te resistas. Solo tienes que quedarte tumbada. Yo me ocupo de lo demás. —Forcejeo, pero no me suelta. Aunque no lo parezca, tiene fuerza.
—De eso nada, pervertida. Confórmate con que me robaste el sueño. Vuelve a la cama con mi hermano. —Esta es la cama en la que me gustaría conciliar el sueño.
—¿Hay algo que pueda hacer o decir para convencerte? —Un último intento.
—No. Te lo prohíbo. Vete o no volveremos a jugar. Elige.
—¡Qué radical! Pero un beso de buenas noches sí, ¿no? —No me marcharé con las manos vacías.
—Un beso y ya. Pórtate bien —expresa sonriente y me regala sus labios. Mi mente se relaja con el tacto de su lengua. ¿No podríamos hacer esto hasta dormirnos igual que aquel día?—. Suficiente. Ve a dormir. —Me echa de su cama a empujones.
—Vale, ya me voy. —Cuesta desprenderse de estas sábanas, de su olor, de ella. Me levanto en contra de mi voluntad.
—Descansa, Ani, y suéñame —concluye y se acuesta mostrándome su sonrisa traviesa.
—Te sueño desde hace mucho. —Le lanzo un beso. Es tan payasa que se lleva las manos al corazón y se voltea como si hubiera muerto.
Abandono este envidiable cuarto conteniendo la risa.
No sé si consiga pegar ojo otra vez, pero, desde luego, iré a la cama con su sabor en mi boca.
***
Eric recoge su cartera para marcharse al trabajo. Laurita y yo hemos desayunado con él. Por lo visto, ninguna dormimos demasiado como acostumbramos a hacer los fines de semana. ¿Habrá estado pensando en nuestro tonteo después de que salí de su habitación? Aspiro a descubrirlo enseguida.
Despedimos a Eric y, tras cerrar la puerta, abrazo a mi tentación.
—¡Qué ganas tenía de sentir tu calor! —le susurro al oído.
—Me gusta que te tomes al pie de la letra lo de no perder el tiempo, pero asumes riesgos cuando no debes hacerlo —me riñe.
—¿Te molestó que fuera a tu cuarto en la noche? —Quizás me estoy excediendo. Ella me ilusiona tanto que actúo a voluntad de mis impulsos.
—Claro que no. Alimentas mi enamoramiento y soy débil ante eso. Pero ten más cuidado.
—¡Mira quién habló! —Le pellizco los mofletes y ella ríe—. La que me hizo sudar en el ascensor y la que luego me dejó en bragas delante de Eric.
—Porque me encanta tu cara cuando estás tensa sexualmente. La diferencia es que yo sé cuándo parar.
—¿Sí? ¿Crees que no puedo controlarme? Vale, hoy no te tocaré ni un pelo. Seremos las cuñadas de siempre.
—¡Ja, ja! ¿Las de siempre que siempre juguetean o con distancia? —expresa burlona.
—Sabes a lo que me refiero, diablilla. Me pido un beso. —Se lo robo—. Y ya. Con esto tengo para todo el día.
Le doy la espalda. Soy dura como un pilar de cemento. Tal vez no tanto, pero haré que me ruegue antes de permitirle que me toque.
Apenas camino medio metro y recibo un empujón tan fuerte que caigo en el sofá chillando. Laurita se abalanza sobre mí, me impide reincorporarme.
—¿Qué haces? —cuestiono indefensa, sometida por ella, aunque no está en mis planes oponer demasiada resistencia.
—Ser las cuñadas de siempre. ¿Vas a negarme que quieres esto? —habla con sensualidad, la misma que emplea para inclinarse sobre mí—. ¿Vas a mentirme diciendo que no deseas terminar lo que empezaste anoche? —Me seduce su forma de curvarse para presionar sus pechos con los míos. La manera en que empina su trasero… Toda ella—. ¿Vas a reprimir tus ganas de hacerme tuya? —Frota su mejilla con la mía. Sus palabras penetran en mis oídos como melódicos susurros. Su fragancia me endulza. Forcejeo sin sentido, salvo buscar el roce entre nosotras—. ¿Vas a rechazarme? —Lame mi oreja y me estremezco por el cosquilleo—. ¿Vas a renunciar a mí? Responde, Ani. —Me chupa el cuello.
—¡Ah! —Mi gemido escapa sin mi autorización. Me delata.
—¿Qué significa eso? Ya no entiendo el lenguaje musical. Tal vez debo parar… —Besa mis labios y se sienta sobre mí apoyando sus manos sobre mis pechos.
—Eres terrible, Laurita. —Ha prendido la llama. Tan dura que he pretendido ser y me ha derrumbado a cachos. Su voz, sus palabras y sus gestos anulan mi juicio.
—¡Qué lástima! Creía que te seducía. Entonces me voy… —dice con su sonrisita chantajista y poso mis manos en sus muslos.
—No vas a ninguna parte. Terminemos lo que empezamos —exijo ansiosa.
—Veo lo mucho que podías controlarte —se burla—. Por eso te recompensaré, porque me gusta que me desees. —Laurita se despoja de su camiseta y se desabrocha el sostén mirándome con inocencia. Esos pechos tan lindos quedan revelados—. Ani, soy para ti.
—Otra que no puede controlarse, pero también reconozco que me fascinas. Mi Laurita, eres encantadora.
Tomo impulso para incorporarme. Ella permanece sentada sobre mí, lo cual es ideal porque sus senos quedan a la altura de mi boca. Ayer no fui muy amable con ellos, así que hoy toca compensarlo.
—Ani, hazme lo que quieras —expresa de forma tentadora y sumerge sus manos en mis cabellos.
Golpeo un pezón con la punta de mi lengua. Repito la acción con el otro. Quiero endurecérselos antes de ir un paso más lejos. Quiero disfrutar de cada gesto placentero con ella.
Continúo con lametazos superficiales. Choques arriba y abajo a gran velocidad. Ese fragmento de piel prominente se empina, se vuelve más apetecible. Me lanzo a uno de ellos y lo saboreo como si chupara una fresa embadurnada de nata.
—¡Ah! —gime Laurita y me masajea la cabeza con más ímpetu.
Su candente caricia me estimula, me conduce a apoderarme de sus nalgas y a calentar con la mano el seno que no humedezco. Un pezón recibe mis mordidas con mis labios. Dentro de mi boca, lo saboreo con mi lengua. ¡Qué rico es sacudirlo de un lado a otro y hundirlo en el pecho! El otro sucumbe a mis caprichosos pellizcos. Laurita se estremece cuando le aprieto uno y le chupo el privilegiado a la vez.
—¡Ani, me estás volviendo loca! —murmura temblorosa.
Saber que la enloquezco como hace ella conmigo me prende. Quiero sonsacarle más confesiones como esa mediante el placer.
Abandono sus irresistibles nalgas para iniciar una conquista entre sus piernas. Que esté sentada y abierta encima de mí me facilita el acceso. En cuanto la palpo a través de la ropa, se contrae de forma excitante y más se abraza a mi cabeza.
La froto superficialmente hasta que aumenta su gimoteo. Es entonces cuando decido colarme bajo sus bragas. ¡Qué delicia! Está tan mojada. Cálida. Suave. No podría tener mi mano en mejor sitio. Deslizo mis dedos entre sus labios y me aseguro de presionar su clítoris durante el gentil movimiento.
—¡Sí, Ani! ¡Me gusta lo que estás haciendo! —Me satisface ser la que debilita esa dulce voz.
El corazón de Laurita bombea con fuerza. Su pecho late agitado. Sí, yo soy la causante de su excitación. Quiero que goce, así que derrocho mi pasión en mis cálidas y húmedas caricias sobre sus senos y su inocencia.
Ella empieza a menear sus caderas en sentido opuesto al ritmo de mi mano. Es como si lo hiciera sin percatarse de ello.
—Ani, usa los dedos —me pide y yo la penetro encantada—. ¡Ah! ¡Sí, Ani!
Sus fluidos empapan mi mano. Toda ella se doblega. Está entregada al placer. Me apretuja contra su pecho y acelera su movimiento pélvico. Es puro fuego por dentro y me gusta quemarme con su suavidad. Ayer no sabía muy bien cómo complacerla, pero hoy me siento más preparada. Hoy me deleito mejor rozando su blanda cavidad, aunque ella misma se beneficia a su gusto de la danza de mis dedos en su interior.
—¡Ani, no pares! ¡No! —No necesita pedírmelo, no pienso detenerme.
Hacerle el amor de esta manera no entraba en mis planes, pero la noto muy emocionada como para interrumpir su goce. Ella ocupa una posición de la que me he valido muchas veces con Eric, yo encima y él debajo, ambos sentados. Aunque me choca un poco este intercambio de papeles, no puedo negar que me fascina. Laurita tiene el control de sus movimientos y yo tengo la libertad de poseerla.
Las contracciones involuntarias de Laurita aumentan junto a la frecuencia de sus gemidos. ¿Por qué todos sus gestos son estímulos que detonan mi placer? Cuanto más me muestra su sensualidad, más me apetece excitarla. Está en su límite, lo presiento. Reconozco la delicadeza de su gimoteo, la suavidad de su firme agarre y la intensidad de su meneo con mis dedos dentro de ella.
—¡Ani! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ani! ¡Me gusta mucho! ¡Ah! ¡Bésame! ¡Bésame!
Su inocente petición me cautiva. Libero su pezón para complacerla. Ella me toma por las mejillas y une sus labios con los míos. En pleno beso, se estremece de forma impresionante. Su gemido se ahoga en mi boca, me transmite toda la placentera sensación que ha experimentado. Sus movimientos pélvicos cesan, pero su cuerpo sigue irradiando calor. ¡Qué gusto sentir mis dedos sumergidos en su manantial!
—¡Ani, nunca había cedido tanto! —exclama entre temblores y retira mi mano sonriente. Está tan enrojecida—. Me hace cosquillas.
—Me gusta sentirte por dentro. Déjame seguir un poco más. —Intento reconquistar su inocencia, pero me lo impide.
—No. —Me besa pasionalmente—. Me toca hacerte cantar.
Laurita me quita la camiseta. Guía mis manos a sus nalgas mientras nuestras lenguas se encuentran. La apretujo, la abro, y ella desabrocha mi sostén. Mi torso queda desnudo entre caricias.
—Me gusta hacer el amor contigo —declaro al acariciar su rostro.
—Ani, deja de enamorarme más de lo que estoy. —Sella mis labios con los suyos y se pone de pie.
No desaprovecho la ocasión. Me inclino hacia ella, me la acerco agarrándola por el trasero y beso su vientre. Enseguida arrastro su ropa hacia abajo.
—Ani, te dije que es mi turno —reitera con la mano sobre mi cabeza.
—Ya, pero quiero que estés desnuda para lo que sea que piensas hacerme —digo y le sonrío con insinuación.
—¡Qué pervertida eres!
Su pantalón y sus bragas caen por su propio peso. Mientras más la contemplo, más linda me parece.
—Compláceme un momento —le pido y ella se deja guiar.
Alzo su pierna para que la apoye sobre el sofá a la vez que me acomodo para satisfacer mi deseo. Gustosa, saboreo su húmeda inocencia.
—¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Ani, no! —Se doblega ante el tacto de mi lengua—. ¡Ani! ¡Estoy sensible! ¡Ja, ja! —Me aparta.
—Es que no sabes lo rica que eres.
—Porque me importa lo rica que eres tú. —Me ataca con una avalancha de tiernos besos.
Su saliva se une a sus fluidos sobre mis labios. Nada la priva en la intimidad. No es pudorosa y no deja de demostrármelo. Eso me encanta.
—Ani, date la vuelta y ponte de rodillas —me susurra de forma sugerente.
—¿Qué quieres hacerme, pervertidilla? —Su orden me inquieta.
—Es obvio. Cantar —responde mostrando su traviesa expresión.
Obedezco. Apoyo las rodillas en el cojín y las manos en el respaldo del sofá. Sonrío nerviosamente.
¡ZAS!
Un azote en una nalga me toma por sorpresa.
—¡Laurita! —exclamo tan asombrada como encantada.
Ella se me arrima hasta encajar mi cuerpo en el suyo. Se apodera de mis pechos y me eriza con su aliento en mi oreja.
—Te haré cosas muy placenteras, Ani. ¿Te gusta que te posea? —musita con sensualidad a la vez que estimula mis pezones. Por si no era suficiente, lame todo mi oído.
—Sí que me gusta, sí —respondo en pleno cosquilleo lujurioso que nace en mi cuello y que se extiende hasta mi punto más sensible.
—Relájate, Ani —continúa con susurros y desliza mis cabellos a un lado—. Disfruta. —Me acoge en un cálido abrazo por detrás mientras chupa suavemente mi hombro—. Eres exquisita. —Muerde mi cuello para culminar succionándolo con delicadeza.
—¡Ah! Laurita… —Me arrastra a la perdición, ni siquiera me preocupa que siembre una marca en mi piel.
Aprieto el cojín del respaldo del sofá.
—Ani, eres deliciosa. —Su voz se torna más erótica en cada frase o soy yo cediendo a su encanto de sirena.
Una mano se adueña de mis pechos y la otra se arrastra por mi abdomen. Cuanto más desciende a ritmo lento, más me desespera. Penetra bajo mi pantalón, bajo mis bragas. Se acerca. Acecha. Tocará mi clítoris… ¡No! Los dedos se abren por los lados, lo rodean.
—¿Quieres que te toque ahí? ¿Quieres sentirme? —Laurita juega conmigo.
—Claro. Es para ti —indico con voz temblorosa.
Sus dedos se extienden y se apoderan de mi intimidad muy despacio. El del medio es el que más me presiona y lo hace sobre mis puntos más sensibles. ¡Qué sensación tan agradable me produce tener su mano en mí!
—Estás mojada. Estás caliente. Toda tú estás caliente, lo siento hasta en mis pechos pegados en tu espalda. Me gusta que estés así conmigo. Quiero que te mojes más. —Laurita no deja de sorprenderme.
Comienza el verdadero jugueteo. Ese dedo suyo obra sobre mis labios inferiores a ritmos lentos y acelerados. Se desvía a intervalos para golpetear mi clítoris con tenues roces. Cuando el estremecimiento me supera y el gimoteo se me descontrola, ella fricciona toda mi vulva y esparce cariñosamente mis fluidos. Me tortura abriendo mis puertas y quedándose en la entrada.
—Ahora sí estás bien mojada, Ani. Estás ideal para besarte con mi boca. ¿Quieres eso? ¿Quieres mi boca ahí, pero sin profundizar? ¿O prefieres mis dedos profundizando? —¡Laurita es tan traviesa! Sus susurradoras palabras van acompañadas de un pellizco en un pezón y una insignificante penetración, pero suficiente para hacerme vibrar y desear más.
—¡Hazlo, Laurita! —expreso excitada.
—¿El qué? —Me muerde la oreja.
—¡Méteme los dedos! ¡Hazlo ya! —imploro.
—Vale… —Su tono es tan dulce como malicioso.
En cuestión de un segundo, me baja el pantalón junto con las bragas. Antes de que pueda asimilarlo, ella se agacha detrás de mí, agarra mis nalgas y me introduce su lengua.
—¡Ah! ¡Dios! ¡Dios! —Apretujo el cojín y le clavo los dientes. Mi cuerpo se tensa. Las intenciones de Laurita son impredecibles, pero me enloquecen.
—Levanta un poco más el pompis para comerte mejor —me ordena y obedezco como siempre. Me empino y permanezco curvada sobre el respaldo del bendito sofá. Eric nunca me había hecho algo semejante.
Laurita me explora con su lengua. Por fin la siento bien adentro. Está en todas partes. Me recorre con sus penetrantes movimientos. Lame mi interior.
—¡Joder, Laurita! ¡Dios! ¡Ah! —Fruto del placer, mi tanda de gemidos se entona al compás de mis sudoraciones. Me aferro al cojín con todas mis fuerzas. No puedo pensar en algo más allá de su seductora lengua humedeciéndome.
Ella me devora como si degustara una jugosa fruta. Imagino mis fluidos escurriéndose por su boca como si fueran el dulce néctar extraído de mí. ¡Qué excitante! En ocasiones, asoma su lengua para mojar mi clítoris. Además, juega con mis nalgas, las separa para volverme más vulnerable. Me siento expuesta en esta postura, pero amo que me posea.
—Ani, vas a cantar como nunca. Me suplicarás que pare. —Su cálido aliento sobre mi zona erógena me intranquiliza tanto como sus palabras.
—¡No pares! ¡Por favor! —ruego.
Laurita me chupa los labios y retoma el jugueteo con la lengua. Esta vez lo hace con más vigor. Me conduce al límite. Provoca que me empine en extremo y que me encoja por el irresistible placer. Cuando me alejo, me azota una nalga para recordarme que mantenga mi postura. Ella no se imagina que me está torturando de gusto.
—¡Ah! ¡Dios! ¡Ah! —Extiendo un brazo hacia atrás y apretujo sus cabellos por unos instantes, pero la debilidad me regresa a exprimir el cojín y agachar la cabeza—. ¡Dios mío, Laurita! ¡Joder! ¡Ah! ¡No aguanto más! —Me contraigo de tal manera que la respiración se me corta. Incluso los dedos de los pies se me estremecen. Noto mis aceleradas pulsaciones subiendo por mi cuello. Siento a Laurita dentro de mí. Sus labios en mí. Su lengua en mí. Sus manos en mí. ¡Me lleva a la locura!—. ¡Aaah! —Libero todo el aire contenido en un potente gemido y lo acompañan otros más débiles que representan el temblor de mi cuerpo. ¡Qué éxtasis! La vida se me escapa entre las piernas.
—¡Qué delicia, Ani! —exclama Laurita y, tras doblegarme con un lametazo, vuelve a abrazarme por detrás—. Falta un poco más.
—¿Qué? —cuestiono en medio del sofoco.
Laurita, la muy juguetona, tira con suavidad de mis cabellos, me chupa el cuello y desciende su mano por mi vientre. No me da tiempo a reaccionar. Sus dedos conquistan mi humedecida intimidad. Mis pelos se ponen de punta. Me retuerzo debajo de ella.
—¡Ah! ¡Laurita! ¡No! ¡Para, Laurita! ¡Ah! ¡No puedo! ¡Ah! —Estoy tan sensible que el intenso placer roza la tortura.
—Me encanta verte en el límite, Ani. Eres preciosa —me susurra la pervertidilla.
Estoy bajo su dominio. No me bastan las fuerzas para retirar su mano. Tampoco quiero apartarla. El cosquilleo es desquiciante. ¡Me estoy volviendo loca!
—¡Laurita! ¡Ah! ¡Para, pervertida! ¡Ah! ¡Dios! ¡No puedo soportarlo! ¡Para! ¡Aah! —Cuanto más gimo, más danza con sus dedos en mi interior. Un espasmódico temblor se apodera de mí. Si antes se me había cortado la respiración por unos pausados segundos, ahora la asfixia se prolonga como si fuera a morir. Las pocas fuerzas que me restan se me agotan exprimiendo el cojín.
—Ani, te quiero… —Ese susurro y un cálido beso en mi cuello son los últimos detonantes.
—¡Aaah! —Mi gemido más íntimo y femenino sale a la luz. Quedo rendida. Las piernas apenas me responden. Tomo grandes bocanadas de aire.
—¡Te quiero mucho, Ani! —Laurita me ayuda a acostarme en el sofá entre caricias y besos cariñosos. Ella se tumba conmigo. El sudor de ambas se sigue mezclando. Su mano empapada se entretiene rozando mi vientre.
—Dios, Laurita… —Me cuesta recobrar el aliento. Estoy exhausta—. ¡Te voy a matar cuando me recupere! —la amenazo con humor. Ella ríe pícaramente—. Pero… ¿sabes una cosa?
—¿Qué, Ani? —me pregunta con su dulce carita.
—Yo también te quiero —confieso y me gano su alegre sonrisa.
***
Laurita y yo permanecemos un buen rato acomodadas en el sofá, donde parece que ha caído un torrencial. Nos reponemos abrazadas, en silencio y con ligeros mimos.
Ella me ha enseñado mis verdaderos límites. El final ha sido demasiado intenso, pero me ha gustado. Sin embargo, me intriga su amplia experiencia en el placer sexual. ¿Cómo sabe causar tanto goce? ¿Tan buena era en la cama esa chica con la que estuvo? Yo, que me creía más experta que ella, y tengo la impresión de que no sé casi nada. Solo espero que se sienta complacida conmigo y que no eche en falta a su exnovia. Bueno, me ha dicho que me quiere, supongo que es un gran paso. Eso me hace pensar en que yo no se lo he dicho a Eric muy a menudo…
—Ani, ¿lista para otra ronda? —pregunta y me devuelve a la realidad.
—¡¿Qué?! —exclamo y se echa a reír.
—¡Qué triste! Ya se te fueron las ganas de mí —bromea poniendo una carita tristona.
—¡Ja, ja! Boba. Me podías haber matado de placer. —Toco su nariz.
—Te estaba afinando. Estás lista para presentarte a un casting musical —comenta con humor.
—O para entrar en un hospital por paro cardíaco —contradigo y reímos—. Sabes que me la pienso desquitar, ¿verdad?
—Cuento con ello, soy tu chica… —Mi chica… Lo ha dicho con tanta naturalidad. Es mi chica. Me encanta como suena eso.
—Sí, eres mi chica y yo, la tuya. —Nos sonreímos y nos besamos con amor.
—Ani… —Laurita acaricia mi silueta con un dedo. Compartimos una romántica mirada. ¿Y si quiere pedirme formalmente que seamos novias aunque no podamos hacerlo público?—. ¿Hubo otra chica antes que yo?
¡No! Esa pregunta no. ¿Cómo contarle la verdad sobre Sandra? No puedo…
La pregunta de Laurita me pone en una situación delicada. Contarle la verdad implicaría reavivar viejos recuerdos que escondo bajo llave. Además, es muy probable que la decepcione cuando sepa quién fue mi primer amor. Debería mentir… No se lo diré. Ella no leyó esa información en mi diario…
—Laurita… —Estoy a punto de alimentar el engaño, pero me detengo en su inocente carita. La acaricio. Me pierdo en sus ojos saltones… No puedo hacerlo. No puedo infligirle daño ocultándole esta verdad. Ella se entrega cada vez más a mí y debo agradecérselo respondiendo con sinceridad a sus preguntas. Si quiero que ella se abra conmigo, yo debo hacerlo con ella—. Sí hubo alguien hace mucho tiempo, antes de estar con Eric…
Estoy nerviosa. Mi pecho se agita. Ojalá y no esté cometiendo un error al confesarlo.
—Cuéntamelo, por favor —me pide y sigue rozándome con su dedo.
—Espero no decepcionarte. Tuve una relación extraña con… con Sandra… No fue nada… —Me quito un gran peso de encima con esfuerzo, aunque me asusta la pasividad de Laurita.
—No me decepcionas, pero me gustaría que me contaras todos los detalles. Ella te llama Bruma por alguna razón y vi su tatuaje. Si no quieres, lo aceptaré igualmente. Tú me has respetado y no me has presionado ni una sola vez para hablarte sobre mi pasado. —Laurita es muy observadora y comprensiva. Ya le he confesado la parte más difícil, así que el resto será más sencillo, aunque me incomoda recordar esa historia.
—Vale, te contaré todo. —Desvío mi mirada hacia el techo para revivir esa página marchita de mi vida y porque no puedo contemplar a Laurita mientras hablo sobre esto—. Sandra y yo nos conocimos a inicios del primer año de secundaria. La muy cabrona quiso molestarme, pero le planté cara. Después de tirarnos de los pelos, nos hicimos amigas.
»Lo que no consiguió peleándose conmigo, lo consiguió con su posesiva amistad. Me arrastró a su mundo tóxico. Peleas, rebeldía, porros, ya te podrás imaginar. Nosotras contra el mundo, eso nos unió demasiado. Siempre andábamos juntas y nos expresábamos el cariño a base de golpes y abrazos, entre otras locuras suyas. —Como quemarme con el cigarrillo, la muy desgraciada—».
»Una tarde de invierno en la que holgazaneábamos en nuestro puesto de vigilancia habitual de la playa, Sandra y yo nos abrazamos como de costumbre y para entrar en calor, pero ella fue un paso más allá y me besó. Ese fue mi primer beso. —¡Qué lamentable!—. Me sentí extraña, aunque no me disgustó. A partir de entonces, los besos ocultos formaron parte de nuestra amistad. De hecho, tuve muchos rollos amorosos con muchos idiotas y seguí besándome con ella en secreto. —Tal vez debí callarme esa parte, solo muestra lo infiel que he sido—».
»Y… Bueno, luego vino lo de Bruma. Ella sabía que me apasiona el mar y quería ponerme un apodo relacionado con él, pero con un aire siniestro acorde a nosotras. Si hasta me teñí el pelo de este color por sugerencia suya. Soy castaña en realidad —rememoro con entusiasmo. Creo que fue de lo poco positivo que hubo entre Sandra y yo—. Se le ocurrió Bruma por la niebla que se forma en el mar. Yo la apodé Rosa Negra. —De ahí surgió su primer tatuaje dedicado a mí en la parte baja de su espalda y la idea inicial del mío en mi vientre—».
»Como supondrás, se tatuó Bruma por mí… Pero eso trajo problemas. Ella quiso que fuéramos más íntimas y yo no estaba preparada para sobrepasar los besos y algún que otro tocamiento. —Además, Sandra era muy bruta y dominante—. Tuvimos fuertes discusiones por eso. Yo era una niña confusa, no estaba segura de lo que hacía. Mientras nos distanciábamos, conocí a Eric y todo cambió. Fin de la historia».
¡Qué liberación! Nunca le había contado esto a alguien. Era un secreto entre Sandra, mi diario y yo. Por fin lo he dejado volar y me brota una alegre sonrisa. He sacado un pajarito de una jaula.
Sin embargo, cuando regreso la mirada a Laurita, la encuentro con lágrimas en los ojos.
—¡No, Laurita! ¿Por qué lloras? —Se las seco y la beso. Seguro que metí la pata compartiendo tantos detalles—. Eso es el pasado. Tú eres la primera chica que quiero de verdad. Contigo no tengo dudas, ya no. Sandra no tiene significado para mí. Créeme, por favor. ¿Qué te hiere?
—No es eso, Ani. Es… la emoción. Yo soy así. Me hace feliz que confíes en mí. Lloro de felicidad. —Me muestra su tierna sonrisa.
—Eres tan irresistible. —Caliento sus labios con los míos—. Tenía miedo de que la verdad te hiciera dudar sobre mí. Mi historial no es el más sano que exista.
—Ani, tú eres un ángel para mí… —Pestañea profundamente y le brotan más lágrimas. No entiendo qué le sucede, pero la abrazo para que sienta mi amor.
—Laurita, estoy contigo. Nos tenemos la una a la otra. —Algo la lastima, pero se lo calla y lo expresa con su llanto. Aunque aún no pueda mostrarme su alma, yo estaré a su lado el tiempo necesario hasta que lo haga.
***
Calmo a Laurita con un baño de caricias. Peino sus lacios cabellos con mis dedos. Mi mano es el pañuelo que seca sus lágrimas. Mis besos siembran amor en su piel. Ella se restriega en mí hasta que por fin me devuelve la mirada.
—Lo siento, Ani. He estropeado el momento con mi llorera.
—No es verdad. Me gusta que expreses tus sentimientos a tu manera. ¿Te apetece contarme algo? Lo que sea, como la primera vez que te tocaste, pervertida —bromeo y consigo que ría.
—¿Está bien si solo hablamos de ti hoy? —me consulta con inocencia y yo asiento con la cabeza—. Vale, responde, ¿nunca te has dado placer?
—¡Ja, ja, ja! No, no soy pervertida como tú.
—Por eso eres tan inocente. Ahora prefieres que te lo haga yo, ¿eh, pervertida? —Reímos. ¡Qué pícara es!
—Tú lo haces muy bien, no lo voy a negar.
—Gracias —pronuncia exhibiendo una divertida expresión de orgullo—. Ani, hay una cosa que me intriga desde hace tiempo. Es una historia abrumadora que me produce pesadillas. Mira, se me ponen los pelos de punta con solo pensarlo —dice con tal misterio que me inquieta también. ¿Qué podrá ser? ¿Quizás lo del poeta? Espero que no—. ¿Cómo es esa historia de tu obsesión con una profesora?
—¡Ja, ja! Me estabas asustando. —Nunca me hubiera imaginado que sería eso—. Así que te acuerdas de lo que te contaron mis padres. Pues era una maestra que tuve en primaria. Me parecía una princesa de Disney. Joven, elegante, amable. Conseguía que me mantuviera atenta en sus clases. Yo siempre quería sus abrazos y besos de despedida. Le entregaba mi cuaderno para que me lo firmara. A veces le dejaba notas de halagos en su mesa o entre sus cosas. Fue duro cuando pidió la baja por maternidad. Me emperré. No quería ni ir a la escuela —cuento con elocuencia.
—¡Ja, ja! ¡Qué linda! Ani, estabas enamorada de tu profesora —asegura Laurita y trastoca mis pensamientos.
—¡Qué va! Era admiración.
—Creo que las chicas también te atraen desde hace tiempo, pero no te dabas cuenta de eso. Esa profesora fue tu primera revelación.
—Bueno, me parecía muy bonita. Puede que tengas razón, puede que no. Lo que sé es que me he descubierto contigo y que eres la chica que quiero —afirmo y me echo sobre ella para comérmela a besos.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ani! ¡Me haces cosquillas! —Amo que se sacuda entre mis brazos.
***
Comienza una nueva semana de clases. Después del fin de semana tan intenso que he tenido, regreso al instituto repleta de energía, como si fuera una persona renovada, casi como Roberto. Camino abrazada a Eric, mientras que mi mano libre se roza intencionadamente con la de Laurita. Esos dedos que se buscan en cada vaivén, que se tocan, que anhelan engancharse, pero no deben. Miradas de sonrisas traviesas revelan nuestra oculta complicidad.
Entramos en el instituto con más simpatía que nunca. Todos me parecen amistosos, incluida gente con la que no he tratado en mi vida. Esto me suena a sintomatología de enamoramiento.
Laurita y yo optamos por seguir hasta nuestra aula, así que nos despedimos de Eric. Atravesando el pasillo, Daniela se cruza en nuestro camino. Hoy la veo con otros ojos.
—¿Qué pasa, Daniela? ¿Todo bien? —No dejo de pensar que esa morena es una zorrona, pero me ha nacido saludarla.
—¿Tengo que llamar a Eric para que te ponga el bozal? —Daniela me guarda rencor.
—No te hagas la ofendidita, solo te he saludado. —Sus comentarios no me afectan en lo absoluto. ¡Hoy vengo dopada!
—¡Qué falsa eres! En tu puta vida me has saludado de buena fe. No te pienses que puedes venir a restregarme en la cara que no he conseguido algo con tu novio cuando te dé la gana. Me lo voy a camelar y vas a llorar cuando lo veas conmigo. ¡Qué ganas tengo de que llegue ese día! —dice muy convencida, su sonrisa lo confirma.
—Daniela, haz lo que quieras. Si tú crees que lo puedes conseguir, adelante. Espero que tus papis te paguen un seguro dental porque te vas a estampar contra un muro, pero, oye, yo te animo a que emplees todas tus armas con Eric. —Daniela sería la última chica que desearía para él, pero mi mente empieza a agarrarse a cualquier clavo ardiendo por tal de que todos terminemos bien.
—¡Qué chistosa se ha vuelto la perra celosa! —exclama Daniela con sarcasmo. Esta chica está muy amargada—. Pues yo espero que los tuyos tengan buenos ahorros para pagarte el manicomio porque ahí irás a parar cuando te enteres de que follo con tu novio. Adiós, Ana. Vete a la mierda. —Me da la espalda.
—No olvides pasarme la dirección de tu casa para ir —le respondo como despedida.
Me siento muy tranquila. ¿Quién diría que hace unas semanas habría sido capaz de arrastrar a Daniela por sus insultos?
—¡Qué mala eres, Ani! —Laurita ríe junto conmigo y continuamos.
Somos las primeras en arribar a nuestra clase. Le cedo el paso, pero todo es una trampa. En cuanto penetra entre esas cuatro paredes, la abordo por detrás.
—¡Ah! —chilla ante mi sorpresivo pellizco en una nalga. Sonriente, besuqueo su mejilla—. ¡Ani, para!
—Eso te lo has buscado por no darme un beso de buenos días —le reprocho y la suelto.
—Sí, claro, ¿y lo de la cocina que fue? —recuerda mientras seguimos hacia nuestra mesa.
—Un piquito de pajaritos. Eso no se vale. Yo quiero un picotazo de avispa, que lo sienta para todo el día —digo con gracia y ella se carcajea.
—No sabes lo que has hecho ni lo que has dicho. Te haré cantar delante de todos —me amenaza con su típica inocencia que la vuelve poco creíble, aunque puedo esperar cualquier cosa de su parte.
—¿Oliste algún porro por el camino? Me parece que estás alucinando. ¿Cuál es tu plan, pervertidilla? ¿Piensas tumbarme en una mesa y hacerme “cosas”? —Adoro nuestra compenetración.
—Puede. Ya veremos. —Esa sonrisa malvada…
***
La hora de Matemáticas me supo a segundos con las explicaciones de Laurita. Tras la presentación del nuevo tema por parte de la profesora, ella me concedió mi clase particular para practicar con los ejercicios. Comprendí el procedimiento a la primera, pero actué como una lerda para que siguiera cautivándome con su encanto.
Esa paciencia para enseñar. Esa voz agradable. Esa boquita irresistible. Al final, se dio cuenta de que yo prestaba más atención a sus labios que a lo que escribía en su cuaderno. Supongo que también me delató mi constante forma de asentir con la cabeza cuando se puso a hablar de animales de granja y yo sin enterarme. “Entonces cogemos seis huevos de gallina, los juntamos con otros cinco de pato y sumamos otros ocho de gallina. ¿Qué hay más, huevos de gallina o huevos?”, planteó y yo respondí que lechuzas. Por lo menos la hice reír antes de que me pinchara con el bolígrafo.
En la clase de Lengua estamos más tranquilas. La profesora indica a algunos compañeros que lean varios poemas del libro Rimas de Bécquer en voz alta para luego analizarlos. Esto relaja, es muy melódico y bonito. Me recuerda al pesado de Víctor y sus puñeteras cartas. Tengo que reconocer que es halagador ser la fuente de inspiración de alguien. Si él se convierte en un escritor famoso algún día, hablará de mí. ¡Qué vergüenza! Suficiente tengo con que ya lo pregone sin miramientos. El muy chantajista no conseguirá lo que pretende de mí, pero esconde una información que me interesa. Dudo que la persona que le paga me arrebate a mi Laurita y, por esa parte, me da igual su identidad, pero deseo descubrirla por el hecho de querer jugar con los sentimientos de mi chica…
La mano de Laurita se posa en mi muslo. ¡Qué calidez! Intercambiamos una mirada alegre y acaricio su complaciente extremidad. Lo bueno de estar sentada en el final de la fila es que no se ve lo que ocurre debajo de la mesa, por eso asumo el riesgo.
—Ana, lee el siguiente —ordena la profesora. Patricia odia a esta mujer después de todo lo que sucedió con Mario. Y yo que pensaba que la maestra me tenía en su punto de mira desde el inicio del curso.
—Sí… —Volteo la página del libro para actualizarme—. ¡Oh, ven; ven tú! —leo y varios se ríen.
—Ana, ¿estabas atenta? —cuestiona la profesora. Me gustaría responderle que estaba atenta hasta que Laurita puso su mano sobre mí, pero permanezco callada—. Es el siguiente.
—Lo siento, es que son tan bonitos que me pierden —alego en mi defensa—. Rima doce. Porque son, niña, tus ojos verdes como el mar, te quejas —entono con voz firme, pero pausada, eso le gusta a la profesora y no quiero que me haga repetir la lectura. Además, al hablar de ojos verdes pienso en Laurita. Ella, tan traviesa, desliza sutilmente su mano hacia el interior de mi pierna—. Verdes los tienen las náyades, verdes los tuvo Minerva y verdes son las pupilas de las hurís del profeta.
Los atrevidos dedos de Laurita penetran bajo mi falda en un leve roce. Me estoy poniendo nerviosa.
—El verde es gala y ornato… —continúo y prolongo una pausa al sentir el tacto de su meñique sobre mis bragas— del bosque en la primavera; entre sus siete… ¡colores! —chillo fuera de lugar a causa de esa mano invasora que desciende a la fuerza entre mis piernas. Por mucho que presiono mis muslos para frenarla, no lo consigo. Trago e intento disimular mi agitación, aunque mi inevitable sudoración podría delatarme. Un goterón cae por mi espalda.
—Ana, ahí no hay ninguna exclamación. Céntrate, por favor —señala la profesora.
—Perdón… Entre sus siete colores… brillante el Iris lo os-ostenta… —El dorso de su mano descarada me frota sobre mis bragas. La presión que ejerzo sobre ella es insuficiente. Libero mi tensión apretando el libro que sostengo—. Las esmeraldas… son verdes, v-verde… verde el color… —¡Me estoy humedeciendo! ¡Dios, qué vergüenza! Restriego mis muslos como una niña desesperada por ir al baño, pero es culpa del placer inoportuno que me obliga a brincar en esta silla—. ¡Verde el color del que espera…!
—Por favor, Ana. Ni lento ni rápido. Es un poema, no pierdas la delicadeza. Lo hacías bien al principio. Venga, sigue —indica la profesora. ¡Si ella supiera que una lujuriosa tortura me tiene sometida!
—Y las ondas del Océano… —continúo estremecida. Retengo el aire como si estuviera siendo estrangulada. Eso hace esa mano al presionar mi clítoris, ¡me asfixia en público!— y-y… ¡y el laurel de los poetas! —Laurita se las arregla para tocarme gustosa o yo he terminado cediendo, no lo sé, pero frota mi debilidad a la vez que penetra ligeramente y yo empapo las bragas—. ¡Ah! —Se me escapa un gemido que disimulo al saltar de la silla con el libro en las manos. Todos me contemplan perplejos y yo, agitada y bañada en sudor, continúo enérgica—. ¡Es tu mejilla temprana rosa de escarcha cubierta, en que el carmín de los pétalos se ve al través de las perlas!
—Vale, Ana, ya está bien. No sé si te ha dado por hacer la gracia como una cría de primer año o si te lo has tomado a pecho, pero basta —me interrumpe la profesora.
—Lo siento, es que me emociona muchísimo. Esto es tan lindo —me justifico.
—Espero que lo demuestres en las notas. Que siga otro. A ver, Carlos, tú —ordena la profesora.
Me acomodo en la silla muerta de la vergüenza. Laurita no se libra de mi mirada avasalladora. La muy maldita ríe con disimulo.
—Te dije que te haría cantar delante de todos —me murmura la diablilla.
He hecho el ridículo por su culpa, pero ha sido una experiencia memorable. Nada la asusta. Tan juguetona. No me imagino a Eric en una situación como esta.
Oculto mi sonrisa socarrona.
***
—¡Qué cabroncita eres! Estás pidiendo a gritos que te marque —le dije a Laurita durante el cambio de clase y huyó riendo como toda una picarona para que no la alcanzara.
Durante la hora de Química intercambiamos afectuosas caricias bajo discreción, bajo esa bendita mesa que también cumplió su papel respaldando al amor. He de admitir que temblé en más de una ocasión cuando las yemas de sus dedos plegaron parte de mi falda. De haber repetido su travesura, me habría dado un infarto.
El timbre del recreo suena y nos disponemos a salir del aula. Lo primero que hago en cuanto tengo la oportunidad es pellizcar ese precioso trasero suyo. Ella se sobresalta y se voltea.
—Ani… —murmura con sencillez, pero dice mucho más. El impulso que frena, la mirada que entrega, los labios entreabiertos. Laurita reprime un beso.
—Vamos, lenta. —Pongo mis manos sobre sus hombros y la impulso.
Nos encontramos con Claudia en el patio. Al poco tiempo, Eric hace escala en nosotras para saludar y para plasmar su huella de cariño en su hermana y en mí. No tarda en continuar con un compañero suyo rumbo al otro lado de la cancha. Observo a Daniela rondarlo a medio camino como una gata en celo. Su contoneo se multiplica por diez. Es una chica despampanante, pero no es el tipo que le gusta a Eric. Que se esfuerce, yo ya no tengo motivos para alterarme por ella.
Mientras le contamos a Claudia nuestro paseo con las chicas del voleibol, ya que por su parte la rutina es sinónimo de novedad, me fijo en Sandra y sus perros. La fiera le arrebata descaradamente un zumo a un crío para bebérselo. El sabueso se ocupa de gruñir para aterrar al chico. ¡Menuda banda de malnacidos! Me veo reflejada y siento rabia por haber sido tan despreciable como ellos.
Sandra se apoya en la pared de la cancha cubierta con sus matones, no muy lejos de donde estoy. Nuestras miradas se cruzan. Soy incapaz de descifrar si esos ojos me atraviesan con deseo, con ira o con una mezcla de ambas cosas mientras chupa la pajita.
—¡El vómito del año! —anuncia Claudia y regreso la atención a mi grupo.
—Claudia, mira, ¿ves esto? —Aura, quien acaba de llegar, le muestra la palma de la mano. Tiene una cara sonriente dibujada en ella—. Háblale a la mano.
Aplaudo sin causar mucho escándalo.
—Bravo, Aura. Premio a la estupidez del siglo —digo con burla. Realmente me hizo gracia y me habría carcajeado de haber sido obra de Laurita, pero no soporto a la kawaii.
—Siempre es lo mismo con vosotras. Me siento como el hueso que lanzan a dos perras hambrientas para que se rifen el trozo de carne restante. Estoy en desventaja. —Aura quiere prender la cerilla entre bidones de gasolina.
—Cuida esa boca, Aura. Llámanos “perras” otra vez y esa mano tuya te la tatuaré en la cara —la amenazo sonriente.
—Vino muy inspirada. ¿Qué te pasa, Aura? ¿Comiste pescado el fin de semana y por eso vienes renovada? —comenta Claudia burlesca y Laurita y yo nos miramos discretamente.
—Vosotras os podéis reír de mí e intimidarme, pero yo no puedo defenderme. Sois vomitivas. El mundo es un lugar mejor gracias a vosotras, en serio. —Aura en su sentido sarcástico—. Menos mal que quedan chicas tan kawaiis como Lau. ¡Lau, hola! —La envuelve en esos tentáculos babosos que tiene como brazos. La contamina con esos besos taladradores a modo de pájaro carpintero. ¡Qué asco me da! Y Laurita no mueve ni un dedo, se deja tomar de esa manera sin rechistar. Sonríe como una boba. ¡Es tan ingenua!
—¿Por qué eres tan plasta? Déjala respirar. —No me gusta que toque a mi chica de esa manera.
—¡Ni que estuvieras celosa! —Aura le planta otro beso en la mejilla mientras me observa. ¡Qué impotencia! Aprieto los dientes y me trago la lengua, no tengo otra alternativa.
—Aura, ya, por favor. Hace calor. —¡Por fin reaccionas, Laurita!
—Vale, perdona, Lau. Te echaba de menos —dice Aura exagerando su expresión de pena. La ha liberado de su opresión, aunque sigue invadiendo su espacio personal.
—A ver si te das cuenta de una vez que eres asfixiante. Estar contigo es como estar encerrada en una habitación llena de dióxido de carbono —la ataca Claudia y la apoyo con mi risa.
—Para ti no sería un problema. Eres una planta, puedes respirarme —replica Aura.
—¿Qué me estás queriendo decir con eso? ¿Me estás diciendo que soy como un mueble estático? —Claudia se ha ofendido. Normal, Aura la ha despersonalizado.
—No te enojes. Al menos las plantas tienen hojas y se mueven con el viento —se burla Aura.
—No le hagas caso, Claudia. Hablar con ella es como hablar con su mano. Seguro que su mano piensa más que ella —defiendo a mi amiga y ambas reímos.
—Y más que vosotras también —añade Aura y la conversación muere.
Guardamos un minuto de silencio en honor a nosotras mismas. Apaciguamos nuestra rabieta.
—Me reservaba el notición para el final del recreo, aunque no contaba con esta… Aura. —Claudia rompe el hielo—. El jueves es noche de ¡Halloween! —pronuncia emocionada—. Habrá fiesta de disfraces en casa de Estefanía. Iremos, ¿verdad? —propone con entusiasmo.
—Pues… —Pienso al respecto. La última visita a casa de Estefanía tuvo su parte buena, aunque también mala. Laurita emborrachada y peleada con mi amiga, el vídeo, el jodido Adrián, la propia Estefanía. Pero ese día germinó nuestra semilla de amor.
—No hay muchas más opciones y sería muy aburrido quedarse en casa —añade Claudia.
—¡Sí! ¡Quiero ir! —exclama Laurita con ilusión—. Hace tiempo que no voy a una fiesta de disfraces.
—Iremos —afirmo de inmediato. Está claro que eso la hará feliz, así que la complaceré.
—¡Qué kawaii! Podré sacar uno de mis disfraces de cosplayer —expresa Aura en pleno brinco.
—¿Y a ti quién te invitó a venir con nosotras? —Buen ataque de Claudia.
—Me autoinvito —alega Aura y nos muestra el gesto de la paz—. En serio, chicas, no seáis así. Dejadme ir con vosotras —ruega.
Mi respuesta es clara. Mi silencio habla.
—Es una fiesta sin invitación, puedes ir si te da la gana. —Me sorprende que Claudia ceda—. La única condición es que vayas disfrazada, aunque eso no supone un problema para ti porque ya lo estás. —Su burla no podía faltar.
En ese instante, un objeto impacta en la cabeza de Aura derramando líquido, rebota y le pega a mi Laurita en la cara.
—¡Ah! —se queja Aura.
—¡Ay! —Laurita también se queja por el daño.
Es un envase de zumo lo que choca en el suelo después de salpicarnos. Furiosa, lo recojo. Alguien va a lamentar haber tocado a mi chica.
—¡¿Quién coño fue?! —vocifero.
Mi pregunta fue innecesaria. En este instituto, pocos se atreverían a molestarme o a agredir a alguien cercano a mí de forma tan descarada. Además, esta cajita de zumo habla por sí sola, casi que oigo el susurro delator con la voz del chico al que le fue arrebatada.
—Me confundí de cubo de basura, aunque he hecho un dos en uno. —Era obvio que se trataba de Sandra, la única con agallas para reconocerlo, típico de ella cuando se quiere hacer notar. Declara su culpabilidad sonriendo con burla.
Sandra no sabe lo que ha hecho.
—¡¿De qué vas, de hija de puta como siempre?! —Me abalanzo hacia ella.
—Ani, no lo hagas —me pide Laurita.
—Déjalo, Ana —me aconseja Claudia.
—No pasa nada, Ana —añade la cobarde de Aura.
—Pues sí, voy de hija de puta y de las peores. ¿Te gustó mi lanzamiento? —Sandra me desafía con su malicia.
Le arrojo el envase desde corta distancia. Ella se cubre la cara con los brazos, aunque acierto en su abdomen. Supongo que el daño es insignificante, pero le he devuelto el golpe.
—¡Eso por hija de puta! —le grito.
Me convierto en el centro del universo. Los alumnos se empiezan a aglomerar en torno a nosotras. Los pitufos que solo han oído hablar de mí sabrán hoy quién soy yo.
—No os metáis. —Sandra tira de la correa de sus rabiosos sabuesos—. ¡A mí no me dejas mal delante de esta gentuza!
—¡¿Y qué vas a hacer, cobarde de mierda?! —Le echo leña al fuego y la llamarada me explota en la cara.
Sandra se dispara hacia mí y me empuja con violencia. El corazón se me acelera de inmediato.
—¡Lárgate, niña! ¡Tú no tienes ovarios para meterte conmigo! —Error de la envalentonada abusadora.
¡ZAS!
Le volteo la cara con una bofetada. Tenía ganas de hacerlo, hasta me siento complacida bajo mi capa de histeria. Sandra está equivocada si piensa que le temo y lamentará haber lanzado ese zumo.
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea de gatas! —entonan a nuestro alrededor. El ruedo se estrecha. Somos el espectáculo de un coliseo con un público de críos exigentes.
—¡Esa boca te la callaré de una vez! —le chillo y ella se frota la mejilla. Espero que le esté ardiendo—. ¡Que no se te olvide quién soy!
Ignoro los ruegos de Laurita y Claudia a mis espaldas. Me conformo con que no interfieran directamente.
¡PAM!
Sandra me cruza la cara. ¡Qué estremecimiento!
—¡Eres una puta débil, Bruma!
—¡Aaah! —Entro en erupción. Cargo hacia ella hasta embestirla contra la pared—. ¡Estoy harta de ti! ¡Jódete, Sandra!
Mi mano derecha se ensaña con su cabeza. Siempre he sido más ágil y agresiva que ella cuando se trata de repartir golpes, parece que se le olvidó, pero le refrescaré la memoria.
—¡Ah! —se queja de la paliza—. ¡A mí nadie me jode!
Sandra se defiende empleando sus brazos como escudo. La muy rastrera me hace gritar al tirar de mis cabellos. Me devuelve las bofetadas en cuanto bajo la guardia.
—¡Dale duro! ¡Revuélcala! ¡Dale su merecido! —animan los espectadores. Supongo que la mayor parte desea ver a esta matona lamiendo el polvo.
—¡Te odio, Sandra! —Yo también me aferro a su melena con tal fuerza que le inclino la cabeza.
—¡Aah! ¡Puta! —El descuido de Sandra me beneficia. Le asesto un rodillazo y le tatúo mi mano en media cara. Al final, la amenaza que le hice a Aura la he cumplido en esta odiosa.
—¡La puta eres tú! —Los dedos se me enganchan en su blusa y le arranco un botón.
Estas solían ser nuestras peleas, la mayoría sin sentido. Hoy es diferente. Hoy quiero dejar claro que haré lo que sea necesario por mi Laurita.
Sandra, en medio de la golpiza que le propicio, se apodera de la mano con la que tiro de sus cabellos. Se me escabulle y la muy zorra me muerde en el antebrazo.
—¡Ay! —chillo de dolor y ella se aferra al cuello de mi blusa. Un tirón y un par de botones vuelan.
Cuanto más la golpeo, más duro me muerde la maldita. No me queda otra que recurrir a sus métodos tan bajos. Aprisiono su brazo y lo ataco con mis dientes. No me contengo, se los clavo hasta saborear su sangre.
—¡Aaah! ¡Hija de puta! —Ahora soy yo quien la hace gritar.
Estoy tan enfurecida que me veo capaz de arrancarle un trozo. ¡La detesto! Y lo que más odio es recordar nuestro pasado. Pelearnos de esta manera era su forma de excitarse. Le gustaba que nos sometiéramos mutuamente para culminar en besuqueos salvajes y toqueteos. ¡Cabrona!
Unos brazos rodean mi cuerpo, luchan para apartarme de ella.
—¡Quietas! ¡Parad! —ordenan varias voces.
—¡Suéltame! ¡No he terminado con esta zorra! —Consigo patearla por el abdomen cuando nos separan.
—¡Te voy a reventar, Bruma! —Sandra también es sujetada por un par de profesores. Parece una gallina desplumada. Esa cara pálida se la he dejado bien enrojecida como un hierro ardiente, incluso sangra en un labio. Yo me siento en las mismas condiciones.
—¡Vete a la puta mierda, Sandra! ¡Que no se te olvide que soy Ana Álvarez! —Otros dos profesores me arrastran. Opongo tal resistencia que les cuesta retenerme.
—¡Ana! ¡Cálmate! ¡Tú no eres así! —Eric se interpone en mi campo visual. Intenta sedarme.
—¡Que me soltéis! ¡Quiero poner a esa puta en su sitio! —Forcejeo.
—¡Ven si tienes ovarios! ¡Esto no ha terminado! —me reta Sandra. Distingo claramente esa voz de demonio entre los comentarios y las risas que se propagan por todas partes.
—¡Comportaos, chicas! ¿Sois crías o qué? —dice uno de los profesores.
—Ani… —Esa es la única voz ante la cual siento vergüenza. Su rostro angustiado provoca que me trague mi furia. Dejo de resistirme.
—Ya está. Todos saben cómo es Sandra. Ignórala si quieres hacerle daño —me aconseja Eric mientras me frota el hombro.
—Esa hija de puta se lo buscó. Pero vale, soltadme de una vez, no haré nada —exijo y me otorgan un voto de confianza.
El viento se lleva el berrinche de Sandra, no le presto atención, aunque mi cuerpo sigue tembloroso y feroz como un volcán.
—No juegues a su juego —me advierte Laurita y toma mi mano. Ella me serena. Ella es la calma que quiero sentir—. Vamos al baño para que te laves.
—De eso nada. Ambas van de cabeza a la dirección —indica un profesor y quiebra mi ilusión de entregarme a los brazos de mi chica.
—¡Iros a la mierda, putos chismosos! —Espanto a los pitufos para desahogar mi enfado. Si alguno no sabía quién era Ana Álvarez, ahora les ha quedado claro. Soy la única que tiene lo que hay que tener para enfrentarse a la chica más peligrosa del instituto. Se lo pensarán dos veces antes de irritar a mi Laurita.
***
Sandra y yo permanecemos castigadas en un banco frente al despacho de la directora. Esperamos nuestra reprimenda sentadas una al lado de la otra mientras transcurre el tiempo de clase. Todo está tan desértico que nuestra respiración se asemeja al silbido de una ventisca.
Cruzada de brazos y sacudiendo las piernas, resoplo y penetro el suelo con la mirada.
—Echaba de menos tus mordidas —comenta Sandra sonriente y la contemplo secándose mi sangrienta huella con un pañuelo.
—Cállate, anda, cállate —le respondo malhumorada.
—La del labio en el tejado fue más excitante, pero hoy has hecho que moje mis bragas otra vez. Te follaría aquí mismo. —¡Es tan cochina!
—Eres lo más repugnante que conozco. Cierra la boca, no quiero escucharte —reitero.
—¿Te acuerdas de la última vez que te mordí? ¡Qué caliente fue! Quería un cacho de tu muslo. Eso fue lo más cerca que estuve de tu coño con mi boca.
—Un lamentable recuerdo que no existe para mí. De hecho, lo había olvidado. —La muy zorra me hizo daño, eso sí que lo recuerdo.
—¿A quién quieres engañar? Estamos solas aquí, no te hace falta mentir. Ese día eras toda una fiera. Lo estabas disfrutando hasta que sacaste tu lloriqueo de niña pija. Haciéndote la santurrona. —Ella y su visión distorsionada de la realidad.
—Mi lloriqueo de niña pija no. Eres una puta salvaje. Me quisiste meter los dedos a la fuerza. Estás loca, siempre has estado loca. Menos mal que me alejé de ti a tiempo. —Me habría echado a perder mi primera vez si no la hubiera parado.
—Para abrirle las piernas al puto Eric —recalca con pleno desprecio.
—Pues sí, mira, y fue con amor. Se las abrí encantada. —¿Qué se ha creído?
—¡Qué zorra eres! ¿Y lo nuestro no era amor? ¿Qué coño significaban todos esos besos y el tiempo que pasábamos juntas? —Le fastidia no haber sido la primera en todo.
—Nada. Éramos unas crías con una amistad confusa y bien tóxica por tu parte. Boba fui por permitírtelo y por aguantarte tanto tiempo. —Una bofetada más para esa cara enrojecida.
—Eres una falsa de mierda. ¿Qué cojones me estás contando? Tú también venías a mí para besarme. ¿Eso se te olvidó? —Por desgracia, no se me ha olvidado.
—Lo dicho, estaba confusa. —Mejor sigo manteniendo la calma y no me enervo como ella.
—¡Una mierda confusa! Bien que te gustaba. Vas de inocentona por la vida, pero te conozco. Mira, he provocado todo esto para quedarme un rato a solas contigo, aunque me ha hecho feliz despertar a mi Bruma. —Debí olerme que se trataba de sus jodidas manipulaciones.
—¡Tú no has despertado un carajo! Yo soy así y pelearé por defender a los que me importan. Me parece penoso que hayas sido tan idiota para llegar a esto, a estar en este puto banco soportándote. Tanta chulería y mírate, ¿no tenías ovarios para hablarme de frente?
—Si eres una cobarde que siempre huye, eso no habría funcionado. Aparte de que eres tremenda hipócrita. Sigues negando lo nuestro y resulta que te tiras al mayor putón del barrio. Eres más zorra que ella, fíjate, porque engañas a Eric, aunque eso no me sorprende, ya eras un zorrón cuando estabas conmigo y te ibas con todos esos comemierdas.
—¿De qué estás hablando? —¡Me irrita que me clasifique de esa manera!
—No te hagas la santurrona. Hablo de esa puta de Angie. Cualquiera sabe que mujer que anda con ella, mujer que le come el coño. Has caído bajísimo. Conmigo no quisiste, pero con esa sí. —Habla sin tener ni idea. Ella es como Angie, le jode no haber obtenido lo que quiso de mí.
—Deja de montarte películas. Aparte, no es de tu incumbencia lo que haga con mi vida ni con quiénes me relacione. —No le debo explicaciones.
—Sí lo es porque eres mi Bruma. Seré una hija de puta y todo lo que quieras, pero este coño lo reservo solo para ti. —Presiona sobre su falda. Sandra, tan “sutil”.
—Pues se te va a caducar esperando porque eso no pasará. —Es hasta chistosa. No me puedo creer que se esté guardando por mí.
—Te haces la dura, pero sé que estoy en tu cabeza. Aunque lo niegues, hemos sido el primer amor de cada una. ¿Qué coño tiene esa Angie que no te pueda dar yo? Me he callado lo nuestro como una perra por ti. Eres mi Bruma, joder. —Sandra acaricia mi pierna.
—¡Quita! —Lanzo su mano fuera de mí—. No soy nada tuyo y nunca lo seré. Piensa lo que quieras respecto a Angie, yo tengo mi mente tranquila. Lo único bueno que has hecho por mí es mantener esa boca cerrada y espero que te siga quedando algo de bondad en ese corazón podrido que tienes para que siga siendo así y para que me dejes en paz.
—Sigue soñando igual que me haces soñar con clavarte mis dientes como hoy.
—¡Qué irritante eres! —refunfuño y Sandra continúa mortificándome con sus intentos de acariciarme—. Que pares, ¡coño!
—Párame tú, ¿o ya se te olvidó que te encantaba dominarme para besarme? —¡Qué desgraciada! Sonríe insinuante, disfruta con esto.
—Te voy a partir la cara de verdad —la amenazo con plena seriedad—. Deja de vivir en el pasado.
—No tengo que vivir en el pasado para que me gustes —confiesa claramente. Está obsesionada conmigo.
—Pasa página, Sandra…
En ese instante, la puerta de un despacho se abre. Es ese malnacido, el profesor Ricardo. Se detiene junto a nosotras exhibiendo su detestable sonrisa. Nos viola con la mirada, sobre todo a mí. Mi blusa arrugada y estropeada por culpa de Sandra revela parte de mi sostén, así que me la cierro con la mano.
—¡Menudo dúo! ¿A qué jugabais vosotras? ¿Os van las peleas en el barro y embadurnaros de aceite? —comenta Ricardo gesticulando como todo un depravado—. Ganaríais dinero con eso, pero pelearos aquí es de inmadurez absoluta, aunque no me sorprende que seáis vosotras las que estáis sentadas en ese banco. Reflexionad. Por cierto, Ana, recuerda que tenemos el tema del examen pendiente. —Despide pura maldad. ¡Me asquea su presencia!—. Chao, guerreras amazónicas. Nos vemos en clase.
Ojalá que nunca regresara.
***
—¿Cuánto duró vuestra tregua? ¿Unos dos años? —pregunta la directora retóricamente en la entrada a su despacho—. Vergüenza me da veros en ese estado. Pasad.
La señora McCarthy nos suelta el sermón habitual. Yo soy su mayor decepción porque, a diferencia de Sandra, mi conducta había mejorado desde que no andamos juntas y he recaído en la violencia acumulando dos peleas en lo que llevamos de curso. Mi vida se ha revolucionado en apenas dos meses. Me ha caído todo de golpe, pero estoy compensada en el amor.
—Sandra, ¿cuándo dejarás atrás ese comportamiento de rufiana? Hemos hablado muchas veces sobre esto. Sé que puedes dar más de ti. ¿Quieres que charlemos con calma sobre tus problemas después de las clases? —Ese “problemas” se refiere a la situación familiar de Sandra. Su padre está en la cárcel por robo con agresión. Su madre siempre ha preferido a su hermana Cristina, sin olvidar su debilidad por el alcohol. Para colmo, tuvo un padrastro maltratador que terminó en prisión gracias a ella. La verdad es que no ha tenido una vida muy fácil, pero disfruta siendo una cabrona.
—No tengo nada de lo que hablar —contesta Sandra de brazos cruzados y con postura chulesca en la silla.
—Bueno, tú sabes que aquí me tienes para hacerlo cuando lo necesites. No obstante, no te quedarás sin castigo. Todo empezó porque le tiraste un zumo a Ana. Vamos a reforzar tu sentido de la limpieza y el cuidado del entorno. A partir de hoy ayudarás a todos los grupos a recoger la basura durante los recreos hasta que me demuestres un cambio en tu conducta. No tendrás tiempo para aburrirte. ¿Entendido? —Bien hecho, directora.
Río por dentro. Sandra no podrá molestar, será una perra con correa.
—¿Y si me niego? —La chica desafiante.
—Esa actitud no te ayudará. Te he dado muchas oportunidades para que sigas en mi instituto, pero tengo mis límites. A este paso terminarás en la calle, sin apoyo económico, sin trabajo y en una situación de vulnerabilidad social que aumentará el riesgo de que delincas y empeores tu situación. Sigo pensando que puedes ser mejor. Tú eliges. —Tantos dolores de cabeza que le hemos causado a la directora y conserva algo de esperanza. El día que le prendí fuego a un cubo de basura por lanzar un cigarrillo encendido creí que me mataría. No me expulsó definitivamente de milagro, aunque mis padres le rogaron para que me diera una oportunidad. Recuerdo mis temblores por sus chillidos al nivel de un megáfono. Después me dio esa charla de que podía ser mejor.
—Vale… —Eso es, Sandra, el rabo entre las piernas. Me gustaría restregárselo en la cara.
—Sabia decisión. Puedes regresar a tu aula —señala la directora.
Sandra me dedica una mirada penetrante y una sonrisa maliciosa antes de marcharse. Nada bueno puede pensar esa cabeza.
—En cuanto a ti, Ana, confío en que esto haya sido otro hecho aislado. Sandra necesita una buena amiga, no una enemiga o una persona que refuerce su agresividad. Tú ya la conoces, no cedas a sus provocaciones. ¿Podrás mantener la paz durante los años que te quedan de Preparatoria? —expone la señora McCarthy.
—Sí, me controlaré mejor. —Siempre que Sandra no le haga daño a mi Laurita.
Me pongo de pie para irme.
—¿A dónde vas? No he terminado.
—Oh… —No me libro y tengo ganas de ver a mi chica.
Regreso mi trasero a la silla.
—Para ti también hay un castigo. —No debería ser peor que lo de Sandra, ya que ella empezó la pelea—. Carmen, tu profesora de Lengua, vino a verme después de tu clase. Me contó que te vio muy entusiasmada con la lectura y se le ocurrió una idea para reforzar tu nota. Esto iba a ser una proposición voluntaria, pero ahora es obligatoria. —Interesante. A lo mejor me asigna un libro extra para leer y analizar—. Participarás en la obra de teatro del instituto.
—¿Cómo dice? —cuestiono, perpleja.
—A ti te conviene un castigo académico para que te sigas esforzando. Ayudarás a preparar la obra y recitarás algo o interpretarás un personaje si se te antoja o si el reparto lo requiere. Según Carmen, entonas muy bien. —La directora sonríe.
¿Esto es en serio? No me apetece.
—¿Qué significa eso? ¿Ya no podré ir a Taller de revista para ir a Teatro? —No me muestro muy satisfecha con ese castigo.
—Tu horario no cambiará. Ayudarás por las tardes —aclara la directora.
—¿Por las tardes? Eso me quitará tiempo de estudio y de deberes. —Y tiempo con mi Laurita—. ¿No hay otra cosa que pueda hacer?
—No. Ya está decidido. No te llevará más de una o dos tardes a la semana, no perjudicará tus estudios y aprenderás a asumir más responsabilidades, entre otras cosas. Piensa en tu nota, esto te beneficiará. —¡Maldita Carmen! ¿No se le podía ocurrir otra idea? Es su venganza por mi irrespetuosa lectura. ¡En lo que me has metido, Laurita!
—Bueno… —Debo mirar el lado positivo. Esta es mi alternativa para compensar lo de Filosofía. Si la directora ve que me esfuerzo, me ayudará cuando solicite el aprobado que Ricardo me ha negado injustamente—. Lo haré.
—Esa es la actitud. —La señora McCarthy muestra los dientes muy contenta—. Bien, ayudarás al alumno encargado de escribir la obra. Ve a verlo en cuanto puedas para que os pongáis de acuerdo. Él te guiará en todo. Se llama Víctor Damián González, es un estudiante de primero B de Preparatoria.
“Víctor Damián González. Víctor Damián González…”, se repite en mi cabeza como un disco rayado. Tengo un nudo en la garganta. De todos los alumnos que hay en este instituto y tenía que ser él, ¡él!, el puñetero poeta.
—Víctor… —murmuro con apatía. Cambiaría mi castigo por el de Sandra. ¡El mío es peor! Vaya mierda…
***
Regreso a mi aula reflexionando sobre la evolución del día. Mi dopaje de amor ha derivado en tragedia. Tan simpática que había arribado por la mañana y me he peleado físicamente con Sandra, cosa que no sucedía desde hacía años. La muy carnívora no pudo privarse de morderme. Contemplo esa marca que me durará días.
Por otra parte, me cuesta creer que tenga que cooperar con el pesado de Víctor. ¿Cómo aguantaré a ese muchacho tanto tiempo? Aunque, si lo pienso bien, quizás sea una buena oportunidad para averiguar quién contrató sus servicios de poeta. Le diré que asuma este infortunio como una cita prolongada. Si tanto le gusto, cederá y me contará lo que ansío saber.
Entro en mitad de una clase. Mi discreta interrupción no es tal cosa. Todos me observan en silencio mientras me dirijo a mi puesto. Roberto y Patricia me sonríen ligeramente. ¡Qué vergüenza! Hoy soy el chiste de primero A de Preparatoria. Estropajo de camisa, mordida tatuada, pelos de loca y cara de tomate, esa es la definición actual de Ana Álvarez.
Me apresuro hasta mi silla y la clase continúa.
Laurita me mira. Noto la preocupación en sus ojos, pero hay tanto silencio que no nos hablamos para evitar otro castigo. Una caricia bajo la mesa basta para comunicar nuestro alivio. Anhelaba sentir el tacto de su piel.
El resto de la lección pasa en un segundo plano para mí. He concentrado mi atención en los roces con Laurita. Tocar su mano. Juguetear con nuestros dedos. Deslizar los míos por su muslo. Si quedaba algún rastro de furia en mi interior, se desvaneció por completo.
Suena el timbre del siguiente recreo. Patricia y Roberto me visitan con rapidez para mostrar su interés por mi estado y se marchan. Es entonces cuando aprovecho para hablar con mi chica mientras recogemos nuestro material de estudio.
—Siento que presenciaras el espectáculo, Laurita. Tenía que bajarle los humos a Sandra. No permitiré que te haga daño.
—Eres mi heroína, Ani. Valor no te falta, pero quisiera que me escucharas. No me gusta que te pelees y que te dejes provocar. —Laurita me retoca los cabellos—. Sandra consiguió lo que quería. Me molesta que caigas en su juego.
—¿Te has enfadado conmigo? —Eso es lo que me da a entender, o quizás la he decepcionado.
—No. —Me acaricia la mejilla de forma sugerente. Menos mal que los pocos compañeros que quedan en el aula no están mirando—. Tú te controlarías mejor de no ser por ella. Me jode que te haga daño y que consiga manipularte. No lo soporto. Espero que no vuelva a tocarte…
—No creo que se atreva después de la pelea de hoy. Si lo hiciera, te juro que me contendré todo lo que pueda para no ceder a su provocación. —Ella no quiere que sea violenta y menos por culpa de otra persona. Me esforzaré para que esto no se repita, pero no puedo garantizar que no responda si alguien ataca mi punto débil.
—Sé que puedes controlarte —asegura y nos ponemos de pie para salir al patio. Somos las últimas dentro de clase—. ¿Qué te dijo la directora?
—Me regañó, obviamente, y me castigó —respondo mientras andamos hacia la puerta.
—¡Ay, pobrecita! —Frota mi mejilla—. Pero si tú no empezaste la pelea.
—El escarmiento que no falte. ¿Sabes lo gracioso del castigo? Tu jueguecito en clase de Lengua ha influido en él —digo con humor y ella ríe pícaramente—. La profe le sugirió a la directora que yo participe en la obra de teatro del instituto porque “entono muy bien”. Ese es mi castigo.
—¡Ja, ja, ja! Te he afinado muy bien. El trabajo empieza a dar sus frutos —expresa la traviesa entre risas.
—Sí, bobita, pero perderé tardes por ir a ayudar con la obra, tardes en las que podrías estar afinándome —subrayo con insinuación y ella para de reír.
Justo antes de que salga, Laurita cierra la puerta del aula delante de mí y me empotra en ella. Enseguida se me echa encima con sensualidad.
—¡¿Qué haces, diablilla?! —pregunto con suma inquietud.
Laurita abre la parte sin botones de mi blusa. Presiona sus manos sobre mis pechos y restriega su pierna entre las mías. Su mirada se torna seductora igual que el beso que insinúa. Yo la tomo de la cintura por puro instinto.
—Mi pobre Ani. Tengo mucho por lo que compensarte —susurra con tono lascivo.
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