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Ýdram 1
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épica, oscura, aventura, acción, gore, erótica, romance

Veintisiete Hojas Marchitas fueron los elegidos por el destino. De aquellos portadores de la marca depende el futuro de toda Ýdram. Pero la marca no es suficiente…

Antes de conocer los misterios de Ýdram, antes de enfrentarse al terrible y doloroso futuro que les depara el destino, incluso antes de caer en los juegos de los Dioses y enfrentarse al poder de una temida deidad, deberán aprender a convivir con sus diferencias y estar dispuestos a morir para alcanzar las armas divinas, las únicas capaces de derrotar a los Dioses.

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Edición antigua.

«―Te equivocas ―intervino Nehén repentinamente, borrando la sonrisa del vampiro y extendiendo la suya―. ¿Te crees superior por tener ventaja y poder extraordinario? Te puedes quedar con toda esa mierda. Hay cosas que no tienes y que nunca tendrás. Juegas con la muerte, pero no serías capaz de afrontarla cuando te llegue. ¿Ves esta flecha y este dolor que tengo? Seguro que tú no conocerías su significado. Eso es señal de estar vivo, eso es lo que a algunos nos da fuerzas para no rendirnos. ¿Crees que acabarás conmigo con un simple rasguño como este? Tan antiguo que eres y aún te queda mucho por aprender, imbécil. Observa cómo el dolor es limitado mientras me saco la flecha con mis propias manos. Y si te crees tan poderoso, atácame de nuevo.»

Capítulos

El fantástico mundo de Ýdram. La tierra más cautivadora para los placeres y el poderío de sus Dioses. Un mundo lleno de leyendas, historias, culturas, razas, magia y aventuras fascinantes que escapan al conocimiento de meros seres con un corto pasaje por la existencia. Adentrarse en sus entrañas implica desafiar los confines de la imaginación misma.

La más antigua de las leyendas cuenta que la vida surgió con el nacimiento de la soberana de la Creación. Esta poderosa diosa concebida por el vientre del Gran Sol se convirtió en la Madre de todas las deidades, de los mortales, de los elementos y de la materia. Para honrar a su creadora, sus descendientes nombraron al mundo terrenal Ýdram, el equivalente a Madre en su lengua ancestral divina.

Ese pasaje es común en todas las culturas y razas desde milenios atrás, transmitido por los ancestros, hasta el momento en que transcurre esta historia, el año 1570 p. A. (post-Apocalíptico), “Año de las Cruzadas de la Oscuridad”…

—Hermanas y hermanos, hacía mucho tiempo que no se derramaba sangre divina sobre esta arena —proclamaba Luznael, el Dios de la Luz, con un tono arrollador—. Hoy, todos nos hemos congregado en El Gran Salón de los Supremos para presenciar un duelo que marcará nuestra historia para siempre. Por primera vez, nuestras diferencias han desgarrado la paz entre dos de los cuatro pilares fundamentales de nuestra jerarquía.

Las firmes palabras de Luznael nutrieron la creciente expectación de los dioses y sus respectivos sirvientes semidioses. Los seres divinos, cuya vestimenta variaba desde reveladores quitones hasta robustas armaduras fundidas con sus cuerpos y cuyo aspecto predominante era el humanoide con rasgos distintivos de lo que representaban, como poseer piel escamosa, protuberancias cristalinas, extremidades ferales, ojos brillantes o cabellos de fluidos, contemplaban la arena desde la cávea de El Gran Salón de los Supremos. Ese lugar, esculpido con la forma de un coliseo, flotaba en el espacio en una dimensión reservada para las reuniones de los dioses.

—Diérmol ha acusado a Reinjak de traición por quebrantar las normas divinas al intervenir en el mundo terrenal para salvar a los mortales de la destrucción. Reinjak, por su parte, ha admitido su transgresión y ha acusado a Diérmol de ser el responsable del apocalipsis que atentó contra el legado de Madre, acusación que muchos respaldamos por la sospechosa influencia de Diérmol sobre el despliegue militar de su raza mortal. En cierto modo, Reinjak representa la voz de la mayoría de nosotros, pero no por ello impediremos que se celebre un duelo justo por la verdad como dictan nuestras normas. Oznihal y yo, como miembros de los cuatro pilares fundamentales, seremos los testigos de este duelo a muerte. Que comience el combate… —Luznael ocupó su sitio junto a una de sus semidiosas en la cávea.

Dos siluetas emblemáticas dieron un paso adelante desde los extremos opuestos de la arena. Dos siluetas que con su mera apariencia denotaban sus diferencias y rivalizaban entre sí como el día y la noche, como el fuego y el agua, como la luz y la oscuridad, como la vida y la muerte. Una irradiaba un aura de vivos e incandescentes tonos naranjas que sembraban el valor, la fuerza y la vitalidad más puras que pudieran existir a su alrededor. La otra, en cambio, emana un aura oscura, tan oscura como la de un abismo sin fin capaz de engullir todo rastro de vida hasta sumirlo en la desesperación y la perdición de la vasta nada. Reinjak, el Dios de la Vida, y Diérmol, el Dios de la Oscuridad, se desafiaron con sus coléricas miradas.

—Diérmol es una deshonra. No esperaba menos de un ser tan repulsivo como él.

—¡Vamos, Reinjak! Eres el más poderoso de todos nosotros, lo derrotarás en un chasquido de dedos.

—¡Diérmol debe pagar por sus crímenes!

Los dioses reivindicaron su postura en el conflicto y su apoyo a Reinjak, pero los abucheos no intimidaron a Diérmol. Al contrario, alimentaron su furia, por lo que fue el primero en empuñar su gran espada divina Sombra y apuntar a su rival como si deseara desintegrarlo en el acto.

—¡Reinjak! —bramó Diérmol, enfurecido. Una sustancia oscura y corrosiva brotaba de la enorme y afilada hoja de su arma, simbolizando la rabia que salivaba su dueño. Diérmol, un ser de facciones horripilantes, generaba rechazo no solo por sus proporciones estilizadas, sus aberrantes dedos puntiagudos y la piel negra que revelaba su larga túnica desmangada de tonalidades sombrías y patrones curvilíneos, sino también por carecer de nariz, de orejas y de ojos en sus cuencas—. Tú eres la deshonra. ¡Quebrantaste las normas que velan por el legado de Madre!

—¡Sí, lo hice! —afirmó Reinjak con una convicción abrumadora—. Y lo volvería a hacer por tal de proteger precisamente el legado de Madre. Tú, monstruo, ¡casi matas a todos los mortales! —Los cuatro tentáculos de la empuñadura de Eternidad, la descomunal espada divina de gradientes naranjas de Reinjak, se agitaron con la misma exacerbación que destilaba su portador. El Dios de la Vida lucía un aspecto más humano, noble y atractivo realzado por su larga melena negra, su piel canela clara, una marca con forma de ramas decorándole medio rostro y una esbelta figura protegida por una armadura ligera de tonos naranjas, pero no por ello imponía menos que su contrincante.

—Miserable. Escudarte tras tu misericordia por esas criaturas sin valor no te exime de respetar nuestras normas. Aunque fueras el favorito de Madre, no estás por encima de ninguno de nosotros ni posees el derecho a mancillar su memoria. Yo seré tu juez y tu verdugo. ¡Muere!

Diérmol alzó su espada por encima de su cabeza y cargó contra su objetivo ferozmente, dejando tras de sí una estela sombría. A duras penas, Reinjak antepuso a Eternidad para repeler el violento ataque que ningún simple mortal habría resistido. El descomunal impacto de las gruesas hojas desató una poderosa onda expansiva que devoró toda la arena, provocando una ventisca chispeante capaz de nublar la vista de los espectadores.

Cuando la polvorienta onda se disipó, las figuras de Diérmol y Reinjak, que mostraban los dientes como fieras rabiosas mientras presionaban sus armas la una contra la otra, quedaron expuestas ante todos. Las salpicaduras de la sustancia corrosiva de la espada Sombra consumían la piel divina de los brazos de Reinjak, aunque no rivalizaban con el gran poder sanador del Dios de la Vida, que regeneraba su tejido casi al instante. A su vez, los tentáculos de Eternidad castigaban la gelatinosa piel oscura de Diérmol como despiadados tentáculos.

Pero… ¿qué había ocurrido realmente para que dos de los cuatro dioses que regían sobre el resto ansiaran arrebatarse la vida entre sí?

Todo se remonta al mítico pasado, a los tiempos en los que la gran diosa Ýdram hizo florecer la vida a partir de la creación divina con el fin de construir un mundo lleno de gracia y armonía, un mundo que posteriormente llevaría su nombre y en el que ella viviría como una habitante más para sentir el verdadero significado del amor, la alegría, la felicidad y todas las emociones dulces y embriagadoras que su condición de diosa le impedían experimentar en su vacío y solitario reino divino.

Durante largos y olvidados milenios, Ýdram contempló el florecimiento de sus frutos con regocijo hasta que consideró oportuno engendrar a otros seres a partir de su esencia divina y dotarlos de características especiales —lo que quizás fuera su único error— para que esas nuevas generaciones de dioses velaran por su mundo y sus habitantes mortales. Después de asignarles una tarea a cada uno de sus descendientes, Ýdram recurrió a su poder una última vez para otorgarles la dicha de la resurrección a los dioses y para asegurar que, si alguna vez la injusticia se alzaba sobre la paz, el destino se encargaría de restaurar el equilibrio. Entonces, llegó el día en que Ýdram sacrificó su inmortalidad divina y desapareció para entregar su vida como mortal a la más magnífica de sus creaciones. Así fue creciendo la tierra conocida como Ýdram, a merced de otros Dioses…

Para la decepción de la difunta Madre, no todas las deidades posteriores a ella desarrollaron el mismo afecto y apego por el mundo mortal. El mero hecho de que decidieran cobijarse en un espacio dimensional alejado del espacio terrenal para dominar, controlar y “jugar” con los habitantes de Ýdram desde sus respectivos reinos describía perfectamente el sentido de superioridad que remarcaban sobre los seres considerados inferiores. Aun así, algunos de ellos, como Reinjak, solo pretendían proteger el legado de Madre de las influencias directas de sus iguales.

Sin embargo, ni siquiera él escapó de la tentación de manipular a las criaturas a su antojo para crear colonias que se convirtieran en sus seguidores, aunque sin alcanzar los extremos de quienes promovían los conflictos entre sus fieles mortales con el fin de que los más fuertes gobernaran Ýdram. Los dioses eran conscientes de que su poder aumentaba con la proliferación de las razas que los adoraban y, ante una creciente ambición, eso se traducía en que el dios más adorado se convertiría en el Dios Absoluto, un dios que poseería un poder equivalente al de Madre.

A pesar de la evidente ambición que carcomía a muchos, los dioses no podían controlar el destino a su completa voluntad y tampoco podían intervenir en los asuntos terrenales de forma directa, pues así lo establecían sus propias normas para evitar que la ambición nublara su juicio hasta el punto de desatar el caos. Si de verdad deseaban intervenir, debían abandonar la inmortalidad mediante un sacrificio y reencarnar en Ýdram como mortal, carentes de poder supremo. Evidentemente, ninguno se atrevió a cometer semejante locura.

Por desgracia, las normas no eran suficientes para someter la ambición de los dioses, que se las arreglaban con artimañas para descender al mundo terrenal y manipular a sus razas con engaños y regalos divinos. Sus despreciables actos desencadenaron una época de cruentas guerras entre los mortales conocida como La Gran Guerra en Ýdram. La atrocidad vivida en aquellos tiempos oscuros, donde héroes y villanos dejaron su huella en la historia, derivó en que algunas razas se extinguieran y su paso por la existencia fuera erradicado por completo. Otras se vieron forzadas a emigrar para sobrevivir a la vez que las triunfadoras colonizaban sus territorios y se expandían como una plaga. Pero las secuelas de las guerras habían sido tan profundas y desoladoras que las razas supervivientes optaron por firmar una tregua para centrarse en la reconstrucción de sus hogares. Al costo de incontables vidas, habían comprendido que era más importante preservar la naturaleza que les brindaba paz.

Algunos dioses no toleraron el comportamiento engreído y desafiante de los mortales y, dado que las normas divinas les impedían castigarlos con sus propios puños, las ansias de poder brotaron por sus bocas en un repentino y eufórico episodio delirante fruto de la ambición. El deseo de convertirse en el amo supremo los empujó a retarse a duelo en El Gran Salón de los Supremos, un hecho insólito que sorprendió a quienes conservaban la cordura, pues los dioses nunca habían alzado sus armas contra ellos mismos.

Si bien los duelos fueron considerados como una idea descabellada, sirvieron para confirmar varias incógnitas que los dioses solo sabían a nivel teórico por el conocimiento heredado de Madre. Por una parte, los duelos demostraron que un combate entre dioses podía prolongarse en el tiempo, volviéndose casi eterno en igualdad de condiciones, pues todos poseían habilidades únicas diseñadas para la lucha.

Por otra, donde sí hubo vencedor y vencido, los dioses fueron testigos de que el poder de los ganadores crecía notablemente, mientras que la esencia divina de los derrotados se desvanecía en forma de partículas hasta extinguirse junto con su reino dimensional y sus semidioses creados, además de que sus armas divinas también desaparecían, dejando entrever que todos los fragmentos de su esencia convergerían de nuevo en algún momento de la línea del tiempo para reencarnar como un ser mortal. Los dioses sospechaban que aquel destino tejido por la todopoderosa Ýdram existía para que los caídos encontraran una manera de recuperar la divinidad que habían perdido, pero nunca tuvieron constancia de ello y, al no poder confirmar la reencarnación ni la identidad de ninguno de los dioses caídos, abandonaron la alocada idea de los duelos durante un tiempo…

Fue entonces cuando, sumidos en una inquietante era de calma, el fuego se reavivó entre los dioses. El cielo de los mortales había amanecido portando una aterradora oscuridad. No eran nubes lo que privaba a los seres terrenales de la cálida luz de los dos soles ni del armonioso tono celeste que los cubría como una acogedora manta, sino una lluvia de rocas gigantescas que auguraban una inminente destrucción masiva. Tampoco eran criaturas fantásticas lo que se alzaba en el horizonte marino como montañas capaces de hacerle sombra a un continente entero, sino olas salvajes y voraces que amenazaban con engullir toda la tierra a su paso. Por si no era suficiente, la mismísima tierra tembló como si temblara y se agrietara de miedo para que los mortales no pudieran escapar de su fatídico destino.

El infierno se desató en Ýdram, un infierno que sería recordado como el Apocalipsis por el caos que sembró en el mundo terrenal y por las innumerables vidas que le arrebató al legado de Madre. Solo un dios, solo Reinjak, desafío las normas divinas y descendió al reino de los mortales para salvarlos de la destrucción absoluta. Como si encarnara el espíritu de su creadora, el Dios de la Vida desató su poder para proteger a los indefensos, para sanar a los heridos, para reducir las despiadadas rocas a polvo, para sofocar la agitación desmesurada de los océanos y para serenar la tempestad de la tierra. Gracias a él, Ýdram sobrevivió a la pesadilla.

Pero el daño ya estaba hecho. Los mortales que verían un nuevo amanecer no recuperarían a los seres queridos que habían perdido durante el Apocalipsis y tardarían años en reconstruir sus hogares y recobrar su esplendor. Los lamentos de los seres terrenales atormentaron a los dioses más nobles, especialmente a Reinjak, y la necesidad de encontrar al culpable de aquella desgracia ganaba intensidad día tras día. Al bajar la guardia, al descuidar el legado de Madre, no se percataron de que al menos uno de ellos había empleado su poder para provocar aquel genocidio. Las pruebas sobraban para deducir que un fenómeno como el Apocalipsis no había ocurrido por causas naturales.

Las sospechas y las acusaciones señalaban a Diérmol, el Dios de la Oscuridad, pues había agilizado el fortalecimiento de su raza mortal durante los años posteriores al suceso para formar un temible ejército. Sus tropas ya marchaban hacia los límites de la frontera de su tenebroso continente Óbsinest con un objetivo claro: Iniciar una invasión sin precedentes y apoderarse de todo cuanto pudieran. Las víctimas de esas criaturas hijas de la Oscuridad conocerían las entrañas de las tinieblas, donde sus almas solo hallarían una agonía que no desaparecería jamás.

Diérmol no admitió ni negó las acusaciones infundadas por las habladurías, pero sí manifestó su postura respecto a los acontecimientos del Apocalipsis. Si sus iguales no estaban dispuestos a respetar las normas divinas y el legado de Madre, él movería cielo y tierra para convertirse en el Dios Absoluto y regir sobre los demás. Por ello, su raza mortal conquistaría toda Ýdram y él, personalmente, se encargaría de castigar al dios que se había atrevido a ultrajar las normas divinas con su descenso al mundo terrenal. Y ese dios era Reinjak…

—¡Te decapitaré y te convertiré en un ejemplo para los demás! —Diérmol blandió su espada con suma destreza, logrando desviar el contraataque de su adversario en un giro completo que culminó en una firme estocada con la empuñadura sobre el abdomen de Reinjak.

—¡Ah! —se quejó el Dios de la Vida al retroceder varios pasos por el brusco impacto, pero enseguida arremetió contra su oponente—. Un enemigo de la vida como tú… ¡no merece vivir! ¡Aah!

En pleno grito colérico, Reinjak se valió del impulso de su carrera para saltar por los aires y empuñar su espada con ambas manos por encima de su cabeza. Diérmol creyó saborear una oportunidad para desintegrarlo con un disparo de Sombra, así que le apuntó con la hoja del arma y liberó una enorme esfera oscura en busca de su presa. La masa sombría trazó una estela negra a gran velocidad hacia lo alto, constituyendo un proyectil ineludible. ¿Sería el fin de Reinjak?

Un fuego oscuro y viscoso engulló al Dios de la Vida por un pausado segundo, segundo en el que varios espectadores suspiraron y sostuvieron una expresión atónita. Cuando la masa corrosiva comenzó a deformarse por la inercia y la mágica explosión como una bola gelatinosa al estamparse contra un obstáculo sólido, una llama anaranjada agrietó sus blandas paredes y el valeroso grito de Reinjak resonó otra vez.

—¡Aaah!

La espada Eternidad rajó el tejido sombrío con un corte vertical y despidió un rayo devastador de tono naranja en busca de Diérmol. Todos contemplaron a Reinjak emergiendo de las entrañas de aquella sustancia que era repelida por el aura luminosa del dios. Por mucho que se adhiriera a su piel y la quemara, las heridas de Reinjak sanaban casi al instante mientras descendía desde lo alto con su feroz ataque.

El Dios de la Oscuridad, exhibiendo una molesta mueca de asombro en su rostro inhumano, se desplazó a un lado antes de que el rayo impactara en su ubicación y agujereara la arena, aunque no se libró de un rasguño en un costado de sus atuendos. Sin tiempo para respirar, invocó un hoyo negro junto a él para desaparecer en el preciso instante en que Reinjak caía como un incandescente meteorito sobre su cabeza. La estruendosa colisión estremeció todo el Gran Salón de los Supremos, pero a nadie le preocupaban los estragos del combate porque ese sitio había sido forjado con magia divina para que se regenerara en un santiamén.

Mientras la polvareda se disipaba y Reinjak se incorporaba empinando su espada, el espacio se rasgó a sus espaldas y Diérmol surgió de un portal oscuro. Los espectadores fueron testigos del ataque sorpresa y rastrero del Dios de la Oscuridad, que realizó un descomunal tajo hacia adelante. La hoja de Sombra dibujó un arco negro en el aire como si cortara el espacio en su trayecto y lo hiciera sangrar un líquido negro de su carne transparente.

No obstante, su ruin movimiento no fue lo suficientemente rápido, pues los reflejos de Reinjak respondieron a la perturbación del viento. El Dios de la Vida se volteó al tiempo que anteponía su arma para defenderse. Tras desviar el mandoble enemigo, contraatacó con maestría y volvió a chocar con la hoja adversaria. Los tentáculos de Eternidad aprisionaron a Sombra para que Reinjak le asestara un puñetazo en el mentón a Diérmol. El violento golpe derribó al Dios de la Oscuridad y, antes de que tocara el suelo, una inesperada patada en el torso lo hizo rodar descontroladamente hasta que el firme muro del límite de la arena lo detuvo.

—Aah… —Todos escucharon el monstruoso lamento de Diérmol, cuyo cuerpo había agrietado la pared al estamparse contra ella—. Desgraciado…

Los dioses dieron por hecho que la balanza de la victoria se había inclinado hacia Reinjak, sobre todo, cuando vieron que cargó hacia su rival como una bestia embravecida dispuesta a acabar con su enemigo. Sin embargo, estaban equivocados.

Diérmol, envuelto en su aura oscura, volvió a levantarse como si el daño recibido hubiera sido insignificante y recibió la empuñadura de Sombra, que volaba en busca de la mano de su amo, justo a tiempo para repeler la letal embestida de Reinjak. Lo presenciado hasta el momento no había sido más que un preámbulo del largo duelo entre dos de los cuatro dioses más poderosos de Ýdram. Una incesante secuencia de fieros y fugaces ataques ejecutados con la destreza propia de un dios de semejante calibre proseguiría tras aquel primer encontronazo.

Los testigos, por su parte, contemplaban la apasionante escena con gran expectación. De hecho, estaban tan sumidos en el combate que ninguno percibió la alteración del espacio. Un desgarrador evento estaba a punto de ocurrir. Un evento que perjudicaba concretamente a Reinjak, pues suponía una flecha envenenada disparada a su punto débil.

Ante la mirada atónita de los presentes, un inesperado portal mágico se abrió en un extremo de la arena. Dos esbirros, dos semidioses de identidad desconocida, irrumpieron en El Gran Salón de los Supremos y desviaron la atención del duelo con su presencia, un atrevimiento que ni los propios dioses se hubieran atribuido. Pero lo que realmente despertó un suspiro colectivo de escándalo y asombro fue que traían una prisionera consigo, y no era una prisionera cualquiera.

Natasha, la Diosa del Amor y la Dulzura, cayó sobre sus rodillas, sometida por sus captores. La diosa más hermosa de todas, creada por la mismísima Ýdram prácticamente a su imagen y semejanza para que sus hijos la recordaran siempre, parecía un inocente y endeble pajarito maltratado y enjaulado bajo el yugo de los grilletes que la aprisionaban.

Nadie habría concebido que unos meros semidioses que lucían como entes de una tribu salvaje terrenal pudieran doblegar a una diosa, en especial porque los dioses solo podían morir y sufrir daño a manos de armas divinas o de su propio sacrificio intencionado. Sin embargo, aquellos seres amenazaban el cuello de Natasha con relucientes espadas divinas y los grilletes que la retenían también emitían un brillo dorado propio de la divinidad, siendo esta la única forma de anular el poder de los dioses y de sus armas. Las pruebas hablaban por sí solas: Natasha había sido engañada y alguien les había conferido a aquellos esbirros el poder divino necesario para capturarla. Pero… ¿por qué a ella?

—¿Qué es esto? —murmuró Diérmol, extrañado, al voltear la cabeza y percibir semejante escena.

—¡¿Cómo?! —No obstante, nadie lucía tan desconcertado, espantado y colérico como Reinjak al clavar los ojos en la prisionera, pues Natasha era su hermana, su punto débil. Ambos habían sido creados por Ýdram a partir del mismo fragmento de esencia de divina, lo que hacía que el vínculo emocional entre ellos fuera muy fuerte—. ¡¿Cómo osáis someter a mi hermana?! —bramó con dureza al apuntarles con Eternidad—. ¡Lo pagaréis con vuestras vidas!

El rostro de Reinjak irradió una profunda ira al apretar la empuñadura de su espada. Incluso los dioses afines a él y a Natasha permanecían boquiabiertos ante aquel suceso que transcurría a cámara lenta y rápida a la vez bajo sus miradas. Ni siquiera Diérmol era capaz de reaccionar. Pero, justo cuando el Dios de la Vida se disponía a blandir su arma y arremeter contra los semidioses, una misteriosa hoja retorcida y afilada que segregaba un veneno letal apareció detrás de él y lo atravesó por la espalda sin piedad para luego convertirse en polvo y desaparecer sin dejar rastro.

Reinjak, el gran Dios de la Vida, cayó sobre sus rodillas. La blanquecida sangre divina que brotaba de su herida mortal no tardó en bañar su armadura y la arena inmediata.

—Her… mana… T-traición… —Las últimas palabras de Reinjak se desvanecieron en el aire al ritmo que lo hacían su cuerpo y su espada mientras se desplomaban sobre el suelo.

—N-no… —sollozó la perpleja Natasha con voz temblorosa y la cara empapada de lágrimas blanquecinas ante la muerte de su hermano—. No, no. ¡No! ¡Reinjak! ¡Hermano! ¡Aah! —En pleno grito desquiciado, la diosa agarró la espada de uno de los esbirros por el afilado metal y, realizando un veloz tirón, se perforó el pecho, acabando así con su vida. Su hermosa figura se redujo a un montón de partículas que desaparecieron en el aire, quedando en su lugar únicamente los grilletes vacíos.

—Na-Natasha… —pronunció Roxanne, la Diosa del Agua, con flaqueza, denotando su aflicción por la trágica pérdida. Ella, al igual que la mayoría de los dioses, no podía digerir lo que había acabado de ocurrir, y eso se apreciaba en la expresión de pasmada que se había apoderado de su tierno rostro y que mantenía su cuerpo petrificado como una fría e inerte estatua.

—Miserables. No tenéis… ¡honor! —chilló Diérmol, manteniendo su espada en alto.

Mientras la exaltación de los dioses comenzaba a manifestarse en contra del Dios de la Oscuridad y de los esbirros, la semidiosa que acompañaba a Luznael fue poseída por un estado de trance repentino que heló su cuerpo y sumió sus ojos en una espesura blanca.

—¡Señor! —articuló la pálida semidiosa con tal emoción que el Dios de la Luz ignoró al desafiante Diérmol y a los misteriosos intrusos para atenderla. Tenía sus razones, pues aquella súbdita había nacido con el don de la clarividencia y no podía pasar por alto lo que sus ojos ciegos estuvieran observando en ese instante.

—¿Qué estás viendo?

—¡Lo veo! ¡Una profecía! —comunicaba la semidiosa con brío y exaltación—. ¡Una maldición para castigar a los dioses por su transgresión! Una melancólica lluvia de hojas marchitas que caen despacio para instaurar un nuevo equilibrio tras su paso. ¡Lo veo! El destino ha empezado a tejer el futuro y a forjar a sus elegidos con sangre divina y sangre mortal. Se avecina la era de los Hojas Marchitas. La era de los seres que portarán el don de empuñar armas divinas y matar dioses. Una marca de nacimiento con forma de hoja marchita arderá en sus pieles como si el destino la hubiera grabado a fuego en sus carnes. ¡Veintisiete!

Al expresar la última palabra, la semidiosa abandonó el estado de trance y se desmayó en los brazos de su creador, quien regresó la vista a la arena a la vez que meditaba sobre la inesperada revelación.

—¡Apresadlos y detened a Diérmol! —ordenó Damario, el Dios del Fuego, con firmeza.

—¡Eres un desgraciado, Diérmol! —La Diosa del Agua saltó a la arena en su forma líquida, mostrando su disposición para entrar en combate—. Lo que has hecho no tiene perdón. ¡Yo misma acabaré contigo!

—Acusadme de lo que queráis si eso os hace sentir mejor; después de todo, siempre me habéis tratado como un apestado, pero todos vosotros sois una deshonra para Madre. —Diérmol, señalando a los dioses con su espada, realizó un barrido por la cávea—. No sois rivales para mí. Ahora estoy completamente convencido de que debo convertirme en el Dios Absoluto para enseñaros cuál es vuestro lugar, ¡escoria!

—¡Aah! —Los brazos de Roxanne se extendieron como dos enormes tentáculos de agua que pretendían derribar a los semidioses. Probablemente los hubiera derrotado con un simple ataque, pero, para su sorpresa y la de todos, las propias armas que empuñaban los esbirros se voltearon hacia ellos como si alguien más las controlara y, veloces, los decapitaron de un tajo. Acto seguido, ambas espadas y los cadáveres de los semidioses se desmoronaron hasta convertirse en nada—. ¿Qué…?

—Ahí lo tenéis… —Diérmol rasgó el espacio inmediato y se adentró en el portal oscuro—. Mi raza conquistará toda Ýdram y yo regiré sobre vosotros. Si creéis que tenéis el valor suficiente para detenerme, os esperaré en mi reino.

—¡No huyas, cobarde! —Damario se precipitó sobre él como una enorme bola de fuego al tiempo que Roxanne dirigía sus tentáculos como látigos hacia la ubicación del Dios de la Oscuridad. Desafortunadamente, Diérmol escapó a través del portal mágico antes de que lo alcanzaran.

—¡No! ¡Debemos invadir su reino! ¡Vamos! —los incitó la encolerizada Roxanne, pero Oznihal, el Dios de la Muerte, la interrumpió al pisar la arena.

—Eso sería un suicidio —aseguró Oznihal, un dios que protegía su esbelta figura humanoide con una armadura forjada de huesos. Su aspecto no resultaba menos repulsivo que el de Diérmol, pues parte de su rostro poseía facciones humanas, mientras que el resto estaba compuesto por una forma cadavérica y endemoniada. Tanto sus cabellos cortos como sus ojos destilaban una oscuridad tan infinita como la del propio Dios de la Oscuridad—. Sabes perfectamente que somos vulnerables en reinos dimensionales que no nos pertenecen.

—¡¿Y pretendes que nos quedemos de brazos cruzados después de que ese monstruo jugara sucio y asesinara a Reinjak a traición?! ¡Era tu amigo! ¡¿Acaso tampoco te importa que su maldad nos arrebatara a Natasha también?! —cuestionaba Roxanne a golpe de gritos.

—Oznihal tiene razón —corroboró Damario, resaltando cuánto le dolía admitir la realidad al apretar los puños—. Seríamos una presa fácil en sus dominios, nos sacrificaríamos en vano.

El panorama tan desalentador que se dibujaba frente a ellos alimentó el debate y los murmullos de los seres divinos, por lo que Luznael también descendió a la arena para calmar a sus iguales con un discurso inspirador, aunque omitió la información relevante sobre la profecía:

—Hermanas y hermanos, no todo está perdido. No nos rendiremos ante Diérmol, pero tampoco le serviremos nuestras cabezas en bandeja. Diérmol es un traidor y un cobarde que ha optado por esconderse en su reino para escapar de la justicia. Puede que ahora sea intocable y que nuestras normas no le afecten en sus dominios, pero os prometo que encontraré la manera de llevar la justicia hasta las puertas de su reino. Cuando llegue el momento oportuno, yo mismo acabaré con ese vergonzoso error que Madre no debió crear nunca. Os lo prometo. Hoy no se derramará más sangre divina. Hoy honraremos a nuestros hermanos caídos, a nuestros queridos Reinjak y Natasha. Gracias a la misericordia de nuestra Madre, debemos confiar en que ellos reencarnarán en el mundo terrenal y vivirán una vida digna entre los mortales.

—A veces me pregunto qué sentido tiene la Muerte cuando eres inmortal, irónico viniendo de mí —comentó Oznihal repentinamente y esbozó una débil sonrisa sarcástica—. Puede que, después de la Muerte, se halle el verdadero sentido de la Vida. En fin, si me disculpáis, me retiro para lamentar esta pérdida a mi manera.

Oznihal fue el primero en abandonar El Gran Salón de los Supremos y quien más desconcertaría a los dioses cuando, unos días después, él y su reino desaparecieran de la existencia. ¿Qué le había sucedido?

Oznihal, encerrado en sus dominios y rodeado por sus horrendos semidioses, que se arrastraban como criaturas sumisas a sus pies, había invocado a su arma Fin, una espada compuesta por huesos y cuyo pomo de la empuñadura tenía la forma de un cráneo endemoniado con dos cuernos, y se la había clavado en el pecho, cegando así su vida y condenando a sus súbditos a la extinción. ¿Qué secreto ocultaba el Dios de la Muerte como para renunciar a su inmortalidad?

Pero la respuesta a esa interrogante vagaría durante años por la infinita línea del tiempo. Los entresijos del destino habían anunciado un acontecimiento que cambiaría la historia de Ýdram en los años venideros. La era de los seres portadores del don de empuñar armas divinas y matar dioses, la era de los Hojas Marchitas, estaba por llegar…

—¡Derribad ese portón de una maldita vez! —ordenaba un regordete imperial a un puñado de soldados imperiales, que conformaba su guardia personal, y a una pequeña banda de mercenarios, mestizos en su mayoría, desde el pico de una loma.

El hombre de alta cuna, cuya piel pálida característica de la raza humana a la que pertenecía se había enrojecido a causa de la histeria, bramaba y escupía saliva como una bestia rabiosa y desesperada. Su improvisado puesto de avanzada le permitía observar, con ojos depredadores, la pequeña fortaleza que pretendía conquistar por la fuerza, una villa que, para lo insignificante que era, se le resistía como si fuera una ciudad.

—Señor Borges, si hubiera contratado los servicios de un mago… —le recriminaba su anciano consejero sutilmente bajo la sombra de la carpa.

—¡No puedo permitirme el lujo de contratar un mago! —replicó el noble con hostilidad—. ¿Has olvidado lo que cuesta contratar los servicios de un mago imperial en Anadeus? Y no me vengas con que tenía la opción de contratar a un principiante porque esos magos de pacotilla no valen para nada. Pero, desde luego, un mago veterano habría valido más que esta banda de inútiles que solo me causan pérdidas. ¡Se suponía que debería haber tomado la villa de ese degenerado de Vérnic para la comida y mira la hora que es! ¡La tarde se nos ha echado encima! —Borges aporreó la mesita destinada a la estrategia con el puño, provocando que el mapa de la villa, las fichas tácticas y el cuenco de uvas brincaran por los aires.

—Tiene razón, señor. Tampoco habría valido de mucho privarse de los servicios de los soldados y los mercenarios a cambio de un mago —reflexionaba el consejero—. Hace falta destreza en el campo de batalla y un mago no posee esa virtud, más bien es un blanco fácil, un objetivo vulnerable que no podría esquivar una flecha. Pero debe calmarse por su salud, señor. Recuerde que no debe excitarse en exceso. La villa de Vérnic caerá para el ocaso, es cuestión de tiempo.

—¡Eso dijiste esta mañana, embustero! —lo reprendió Borges, salpicándolo con sus goterones de saliva al apuntarle con el dedo índice—. ¡¿Cómo no me voy a alterar?! Estas tierras me pertenecen por ley, ¡es mi derecho! Ese degenerado de Vérnic es un usurpador que se ha apropiado de lo que me corresponde por herencia. ¡Quiero ahogarlo con mis propias manos en las letrinas!

—¡Mi señor! —Un joven plenelo de cortos cabellos violetas se presentó en el campamento e hincó la rodilla ante su amo. El muchacho lucía fatigado y, a pesar de estar protegido por una ligera armadura imperial en la que destacaban el reluciente estandarte del sol imperial y el escudo de la casa Borges, su cuerpo estaba magullado como fruto del furor de la batalla.

—¡Más te vale portar buenas noticias contigo, pequeña rata! —Borges empuñó su fusta como advertencia.

—Lo siento, señor. —El plenelo agachó la cabeza y tomó una gran bocanada de aire—. Las fuerzas y la moral de los hombres se han debilitado. No son suficientes para derribar el portón con el ariete. Hemos perdido muchos soldados en el asedio y ni siquiera hemos podido escalar el muro. La defensa del enemigo es sólida. Si seguimos así, es posible que las tropas de Vérnic apostadas en el interior de la villa carguen hacia el exterior y nos avasallen. Deberíamos retirarnos con los jinetes, aún estamos a tiempo de… ¡Ah!

Un repentino y fiero fustazo en el rostro del sirviente le desgarró la piel y derramó su sangre sobre la tierra.

—¡¿Cómo te atreves a insinuar una rendición?! ¡¿Me tomas por cobarde?! ¡Escoria plenela! —Borges desató su ira y su impotencia sobre su súbdito a golpe de fusta. Los quejidos y las súplicas del joven estaban a la altura del ruido proveniente del campo de batalla—. ¡Debería alimentar a los cerdos con tu carne por tu ofensa!

—Señor… Mi señor… —intervino el consejero al percibir que la exaltación del noble empeoraba su rojez y afectaba su respiración—. No desperdicie su fuerza con un esclavo. Ese idiota no sabe lo que dice. Mándelo de vuelta al combate y cálmese.

—Sí, eso es… Ya has oído, maldita rata. —Borges, con la respiración entrecortada, arrojó al muchacho al suelo de una torpe patada que, irónicamente, lo desestabilizó. De no ser por el apoyo del consejero, él también habría lamido el polvo—. ¡Largo de aquí! ¡No vuelvas si no es muerto o con buenas noticias!

—S-sí, se-señor… —asintió el plenelo, temblando y soportando el dolor de los azotes que le escocían en la cara, y corrió de vuelta al campo de batalla.

—Ese esclavo solo vino a importunar. —El consejero ayudó a Borges a tomar asiento para que reposara—. Descanse, señor. Es cuestión de tiempo que el portón caiga y que tomemos la villa de Vérnic, la villa que le corresponde por derecho. Los plenelos son burros, no tienen ni idea sobre el combate, solo sirven como carne de cañón.

Mientras Borges recobraba el aliento sentado junto a la caótica mesita, analizó el estado del asedio. Su sirviente no mentía, las condiciones del campo de batalla no lo favorecían a esas alturas. Unos escasos hombres persistían en intentar romper el portón con el ariete, pero sus fuerzas no bastaban para conseguirlo. Aquellos que lograban enganchar las escaleras al muro terminaban cayendo desde lo alto o muertos a manos de los arqueros y los soldados que los recibían con sus espadas en la parte superior. Tarde o temprano, Vérnic contaría con la ventaja necesaria para contraatacar y vencer a su debilitado rival.

—Lo que me revuelve el estómago… —decía Borges, saboreando la derrota. Un silbido escapaba por su boca como signo de su dificultad para respirar cada vez que articulaba una frase— es que esa rata tiene razón. No hay que ser un estratega experto para darse cuenta de que mis hombres flaquean y de que el asedio es un absoluto fracaso. ¡Qué injusto! —El noble, impotente, apretó el puño—. Ese malnacido de Vérnic se saldrá con la suya, después de todo. ¡Ah! Pagaría media fortuna por un mago ahora mismo. Necesito un milagro de Ýdram para ganar… —suspiró, desalentado.

—¡Señor! ¡Señor! —Uno de los guardias que velaban la carpa, agitado, irrumpió en esta.

—¿Qué? —replicó Borges con aspereza.

—¡Ha aparecido un mercenario dispuesto a prestar sus servicios en el asedio! —informó el guardia imperial.

—¿Otro inútil? Si no se ha percatado de que esto es una causa perdida, es un idiota —comentó Borges, empleando un tono burlesco y despreciativo.

—Me temo que se equivoca, señor. No es un mercenario cualquiera. Es uno del que hemos oído hablar. El vagabundo no-humano. Un díznar como la Comandante del Imperio… —aclaraba el guardia hasta que la propia presencia del mercenario lo interrumpió y encandiló la mirada de Borges.

—¿Es aquí donde debo alistarme? —preguntó el joven e imponente mercenario, cuya firme voz potenciaba su aura de fortaleza.

Borges sintió que los dioses lo habían bendecido, pues no podía concebir que tuviera frente a él a un ser legendario del mundillo de los mercenarios. No era de extrañar que se quedara atónito ante aquel hombre, que pertenecía a una raza exótica y misteriosa cuyo propósito en la vida parecía el de haber nacido para la batalla por su fuerza sobrehumana y su excelente condición física.

Los díznars, a pesar de poseer una apariencia humana, se diferenciaban de las razas humanas por sus resplandecientes iris coloridos y sus capacidades infinitamente superiores, que favorecían su destreza en el combate. Además, corrían rumores de que poseían poderes sobrenaturales que rara vez revelaban en público. Debido a estas diferencias y a que sus orígenes eran desconocidos, los llamaban vulgarmente como no-humanos, y las razas civilizadas de Ýdram que tenían constancia de su existencia agradecían que los díznars fueran una minoría porque, de lo contrario, podrían suponer una inquietante amenaza.

De hecho, en todo el continente Anadeus solo cuatro díznars constaban en los registros oficiales y en los cotilleos mundanos. Hasta cierto punto, cruzarse con un ser tan especial parecía obra de un milagro y de la buena fortuna para los meros ciudadanos.

El mercenario que acababa de invadir la tienda de campaña era uno de esos cuatro díznars que protagonizaban las letras de los bardos en las tabernas. Borges comprobó que las canciones del populacho describían con precisión al guerrero vagabundo en cuanto contempló aquel cuerpo musculoso que parecía forjado por los dioses. El tono moreno de su piel gozaba de una exquisitez que superaba la de la tez de los plenelos y los ohrneggas, las dos razas humanas con las que compartía más rasgos. Incluso su larga melena negra recogida parcialmente en una cola levantada dotaba de belleza a aquel rostro joven pero formidable de mandíbula marcada.

La fama de vagabundo del mercenario se debía a que era un guerrero errante que únicamente vestía con unos maltratados pantalones de piel y a que vivía apartado de la civilización. Los versos aseguraban que aquel hombre no-humano visitaba los caminos y las ciudades con el fin de saciar sus delirios de blandir su espada. Precisamente el enorme espadón que portaba consigo representaba otro detalle por el que lo conocían. Aquella arma descomunal era casi tan ancha como su espalda y casi tan alta como él, y solía cargarla sobre su hombro cuando no la enganchaba a los salientes magnéticos de la parte trasera de los dos cinturones que tenía cruzados en su tronco.

Había algo más que lo identificaba, algo que las habladurías destacaban al narrar sus hazañas: Una marca con forma de hoja marchita en su hombro izquierdo.

—¡Oye! ¡Ten modales! No te acerques… —lo reprendía el guardia por su atrevimiento, pero la arrolladora mirada de aquellos ojos coloridos le aflojó las piernas— al señor…

—E-eres… —tartamudeaba Borges, boquiabierto ante aquella majestuosa figura y aquel torso desnudo que acumulaba varias cicatrices de guerra.

—Soy Rákem —respondió el mercenario con sequedad y fue directo al grano—. ¿Cuánto pagas?

—Pues… —Borges intercambió una mirada con su consejero, que estaba tan perplejo como él—. E-esto… ¿Qué tal si llegamos a un acuerdo? Trabaja para mí y no te faltará de nada. Te nombraré regente de esta villa cuando la conquistemos. Te asignaré una guardia personal. Tendrás todas las zorras plenelas, bárbaras e incluso imperiales que quieras. ¡¿Qué me dices?! —La ambición del noble afloró por sus ojos al visualizarse con una fuerza de combate tan potente bajo su mando.

—No me interesa. ¿Cuánto cobras? —El rechazo de Rákem reavivó la expresión rabiosa de Borges y despertó muecas de desconcierto en los presentes.

—Pero qué idiota… —murmuró el guardia por lo bajo.

—Rákem, creo que deberías reconsiderar la oferta de mi señor —intervino el consejero con diplomacia—. Te garantizo que mi señor es muy generoso con sus hombres leales. Ayúdale a recuperar esta tierra que le pertenece y tendrás una vida envidiable.

—He dicho que no me interesa. —La testarudez del guerrero volvió a herir el orgullo de Borges—. Cincuenta monedas imperiales me bastan por facilitarte la toma de la villa.

—¿Pero qué…? —gruñó el guardia, asombrado por la cifra tan ridícula que solicitaba el mercenario.

El consejero torció los labios y encogió los hombros al mirar a su amo, dando por sentado que no habría forma de convencer al guerrero de que trabajara para él.

—¿Solo cincuenta? ¡Podrías tener una fortuna! ¿Qué deseas? Dímelo y lo haré realidad —insistía Borges con desesperación—. ¿Propiedades? ¿Un título nobiliario? ¿Mujeres? ¿Hombres? ¿Batallas? Tengo muchos territorios que recuperar aún, si eso es lo que te motiva.

—Cincuenta monedas imperiales, nada más —remarcó Rákem de forma tajante, enervando a Borges—. Tus hombres no aguantarán mucho más.

—¡Maldita sea! No entiendo cómo puedes rechazar una oferta tan suculenta. ¡Bah! No importa. Tendré que conformarme con recuperar lo que el degenerado de Vérnic me debe. ¡Dadle las jodidas cincuenta monedas! —ordenó Borges, claramente frustrado por no conseguir lo que quería.

—Las cobraré cuando termine. —Rákem les dio la espalda y partió hacia la fortaleza.

—¿Os lo podéis creer? —Borges dio un manotazo a ambos reposabrazos de la silla y se puso de pie—. Me ha rechazado, a mí, al gran Borges.

—Señor, tengo entendido que no es la primera vez que tientan al no-humano con semejante oferta en vano —expuso el guardia—. Creía que eran chismorreos, pero veo que estaban en lo cierto. Menudo imbécil.

—Idiota o no, la victoria está garantizada para la casa Borges —enfatizó el consejero al acompañar a su amo al borde de la loma—. Eso es lo que importa.

—Tienes razón. Veamos qué es capaz de hacer ese loco. Traed mi caballo, quiero estar en primera fila cuando las defensas de Vérnic caigan. —Borges sostuvo una sonrisa triunfante.

***

Una lluvia de flechas se precipitaba sobre el ariete desde lo alto del muro. Varios soldados, perforados por las flechas, yacían muertos en las inmediaciones del portón y otros, heridos, se arrastraban por el suelo y rogaban por sus vidas. Aunque las tropas de Borges sucumbían, sus arqueros abatían a los rivales que los sometían desde lo alto del muro, incluso sus mejores espadachines lograban subir por las escaleras y llevarse por delante a algún enemigo antes de que los atravesaran con una lanza y los arrojaran al vacío.

—Esto es una mierda, ¡ese Borges nos engañó! —protestó una mercenaria mestiza, fruto de la mezcla de la sangre imperial y la sangre plenela, que ayudaba a empujar el ariete.

—¡Menudo bastardo! Se suponía que el asedio sería fácil y rápido —añadió otro mercenario mestizo que empujaba el ariete, un hombre corpulento debido a que sangre bárbara corría por sus venas—. La miseria que nos prometió no compensa sacrificar nuestras vidas aquí.

—Deberíamos largarnos antes de que sea demasiado tarde. No creo que nos dé caza, no saldrá de esta… —proponía la mercenaria cuando, de pronto, un valeroso grito estremeció el campo de batalla y le erizó la piel—. No puede ser…

Rákem, bramando como un desquiciado, se había ganado la atención de los enemigos y los aliados temporales mientras cargaba hacia la villa empuñando el gigantesco espadón. Siguiendo las órdenes del líder de la fortaleza, los arqueros desviaron los arcos y apuntaron a la inminente amenaza para detenerla antes de que fuera demasiado tarde. Las flechas descendían como ráfagas de viento en busca del guerrero, pero este era tan veloz que dejaba a la mayoría atrás. Aun así, alguna que otra lo rozó, infligiéndole leves cortes que parecían sanar al instante. Sin embargo, lo que realmente desmoralizó a los arqueros fue contemplar cómo aquel díznar cazaba al vuelo una flecha que se dirigía a su cabeza y la arrojaba al suelo con desdén tras partirla apretando el puño.

—¡Apartaos! —alertó Rákem a los soldados que custodiaban el ariete.

Cuando los súbditos de Borges se hicieron a un lado forzosamente, la arremetida del guerrero culminó en una violenta embestida contra el ariete anteponiendo la gruesa hoja de su espada. La cabeza de hierro con forma de oveja golpeó el portón salvajemente, como si un centenar de hombres la hubiera empujado, y reventó la espesa madera. No obstante, la estructura del portón soportó el impacto y no se abrió por completo, pero ya estaba sentenciada. Sin tiempo para procesar la hazaña del guerrero, este trepó por encima del ariete y aprovechó la altura para impulsarse y saltar.

Atónitos, los testigos observaron a Rákem liberar otro grito de guerra a la vez que alzaba la espada por encima de su cabeza con ambas manos. El díznar descendió como un devastador tornado, blandió el espadón con maestría y castigó los restos del portón con severidad. La madera estalló en pedazos y los trozos cayeron al suelo, rodeando al imponente ser que se incorporaba entre la nube de polvo que se había levantado.

—Por los Dioses… Ýdram, protégenos —imploró un anciano imperial en el patio de la villa.

—¡Es nuestra oportunidad! —voceó un soldado de las tropas de Borges al percibir que el portón había sido destruido y alentó a los suyos para invadir la villa.

—¡Rápido! ¡Proteged la entrada! —dictó el hombre al mando de la defensa de la pequeña fortaleza.

Los guardias de Vérnic que habían salido despedidos a causa del ataque de Rákem volvieron a ponerse de pie para reforzar la línea defensiva que cercaba al temerario guerrero. Por desgracia para ellos, no verían otro amanecer después de enfrentarse al díznar. Una cosa eran las historias y las canciones de los bardos glorificando a aquella bestia de combate, pero otra era la auténtica realidad, la crudeza de exponerse al azote de aquel demonio de la guerra.

Con un feroz barrido horizontal realizado con la espada, Rákem atravesó armaduras, prendas, carne y huesos como si fueran mantequilla ablandada por el calor del sol. Varios soldados vieron cómo sus extremidades caían en sentido opuesto a sus cuerpos en el más piadoso de los casos. Aquellos que corrieron con peor suerte abrazaron la muerte de forma espantosa al sufrir unos cortes atroces en sus torsos, cortes que incluso partieron por la mitad a más de uno. El baño de sangre que se creaba a los pies del díznar no había hecho más que comenzar.

La primera línea de defensa sucumbió en un pestañeo. Para los meros humanos, resultaba inconcebible que alguien blandiera una espada tan tosca y pesada mucho más rápido de lo que un ágil elfo de El Bosque pudiera disparar una flecha. ¿Qué opciones quedaban para ellos, que no contaban con ningún don en especial?

Los hombres de Borges apoyaron la retaguardia de Rákem, aunque guardando las distancias, ya que el guerrero sacudía su arma de un lado a otro como un torbellino dispuesto a arrasar con todo lo que estuviera a su paso. Si bien repelían los ataques del enemigo, parecía que, en realidad, les bloqueaban la salida para que no huyeran de la furia del díznar. La villa se había convertido en la prisión de sus propios habitantes.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Ya tenemos a esos bastardos! —celebraba Borges, montado en su caballo blanco, desde el exterior de la fortaleza justo cuando Rákem le abría el cráneo al líder de la defensa con el peso de su espada—. ¿Dónde está Vérnic? ¡Quiero a ese degenerado con vida! ¡Y a sus hijas! ¡Matad al resto!

—Por favor… —El viejo y barbudo Vérnic, con el rostro devorado por la desesperanza, se arrodilló delante de Rákem. Su túnica estaba manchada por la sangre de sus súbditos—. A los niños no. A mis hijas no. Te lo suplico…

Aquellas palabras serenaron el furor del guerrero y una inquietante calma se izó en el patio de la villa, donde los cadáveres se amontonaban sobre un mar de sangre. Los escasos hombres de Vérnic se replegaron cerca de él, en las inmediaciones del acceso al pequeño castillo, mientras que los esbirros de Borges se desplegaron en el interior del muro y le cedieron el paso a su señor.

—Así que ahí estás, maldita rata. —Borges esbozó una sonrisa victoriosa que se tornó perversa—. Los Dioses me han favorecido. Por fin conquistaré lo que me pertenece, pero eso es lo de menos. Voy a disfrutar convirtiendo lo que te queda de vida en un infierno.

—Eres un monstruo, Borges. Sabes que adquirí estas tierras justamente, pero recuperarlas es solo una excusa que te has inventado para ganarte el favor de otros con tus mentiras y manipulaciones. —Vérnic agarró la punta de la espada de Rákem con la intención de amenazar su cuello, pero no pudo moverla.

—¡Qué ridículo! No eres más que un viejo patán —se mofó Borges.

—Esto me recuerda lo insignificante que soy. —Vérnic miró a Rákem directamente a los ojos—. Pero más vulnerables son los inocentes que se refugian en mi hogar. ¿Así me castigan los Dioses por haber dado cobijo a unos niños ohrneggas y plenelos indefensos que ese cerdo pretendía esclavizar? Si ese será mi destino, te ruego que acabes conmigo como hiciste con mis hombres. Prefiero dejar de existir antes que ser testigo de la atrocidad que ese hombre cometerá.

—Cállate, cobarde. —Borges recorría el patio montado en su caballo como si estuviera marcando su nuevo territorio—. Resérvate los lamentos para el destino que tengo preparado para ti. Ahora yo soy tu dios. Voy a disfrutar viendo tu cara cuando tome a tus hijas delante de ti. Las convertiré en las rameras de mis hombres después de deshonrarlas. —La frialdad con que Borges se expresaba comenzaba a tensar los músculos de Rákem otra vez—. Y a esos malditos niños los azotaré y los marcaré aquí mismo. Esta noche no podrás dormir por culpa de sus gritos.

—¡Maldito monstruo! —sollozó Vérnic con rabia y dolor.

—¡Vamos! ¡Acabad con los que quedan y capturad a los niños y sus hijas! —mandó Borges, empuñando la fusta como reflejo de su empoderamiento.

Cuando los soldados del noble se disponían a atacar, Rákem extendió su espada y les bloqueó el paso.

—No —articuló el guerrero con imposición.

Una expresión de asombro se propagó entre los presentes.

—¿Qué estás diciendo? ¿Qué haces? ¡Vamos! ¡Os di una orden! —instó Borges, pero nadie se atrevió a moverse ante el desconcierto que sembraba el díznar.

—He dicho que no. —Rákem encaró a Borges—. No me importan las disputas territoriales que existan entre vosotros, pero no seré partícipe del abuso que planeas cometer.

—¡Pues lárgate! Ya no te necesito. Dadle cien monedas y dejad que se marche.

—La comunicación no es mi punto fuerte. No me has entendido. —Rákem se echó la espada al hombro—. No permitiré que abuses de los niños.

—¿Y qué se supone que vas a hacer? ¡Soy un reputado noble del Imperio del Sol, maldito perro! —Borges, cegado por el reciente sabor del poder, se atrevió a fustigar el rostro de Rákem desde el caballo. Para el legendario guerrero, el daño no había sido mayor que el de la caricia de una pluma, ni siquiera le había desplazado la cabeza del sitio. Además, el leve arañazo que la fusta había grabado en su pómulo sanó al instante.

Los mercenarios y los soldados de ambos bandos intercambiaron una mirada inquietante. Todos intuían que el gesto de Borges había cambiado la dirección en la que soplaba el viento.

—Un título nobiliario no significa nada para mí. En el campo de batalla, solo veo cadáveres andantes. ¡Aah! —En pleno grito vigoroso, Rákem realizó un diestro tajo en busca de Borges.

—¡Ah! ¡Aah! —Los alaridos de Borges inundaron el patio cuando el brazo con el que sujetaba la fusta y la cabeza del caballo volaron por los aires junto a un chorro de sangre. El cuerpo del noble quedó atrapado debajo del corcel decapitado, a merced del guerrero, pero este no pretendía matarlo.

En cambio, el díznar redirigió su espada hacia los sirvientes de Borges.

—¡Justicia! —El joven plenelo que servía a Borges aprovechó el giro de los acontecimientos para asesinar al consejero por la espalda con su daga—. ¡Basta de abusos!

—¡A por ellos! —Los escasos hombres de Vérnic recuperaron su espíritu y se abalanzaron sobre las tropas de Borges.

Rákem, por su parte, desató su carnicería una vez más, pero, en esta ocasión, apoyando al bando que él mismo había debilitado. Gracias a él, las fuerzas de ambas partes no tardaron en igualarse, especialmente porque los mercenarios y algunos soldados de Borges huyeron ante la inevitable derrota que les auguraba el díznar.

—Debería apresarte y entregarte para que pagues por tus crímenes. —El abatido Vérnic, con las esperanzas revitalizadas, había recogido la espada de un muerto y se había acercado a Borges, que agonizaba bajo el peso muerto del caballo y vislumbraba la muerte por asfixia o desangramiento—. Pero estoy seguro de que te librarías de tu castigo por tus influencias. Tampoco creo que sobrevivas a esto. El fin de tus días y de tus abusos ha llegado, Borges. Todos te recordarán como el fracasado que murió durante un asedio ridículo, me aseguraré de manchar tu reputación. No soy un dios, pero hoy seré tu verdugo.

—Hijo de… —Borges no pudo concluir su insulto, pues Vérnic penetró su boca con la espada y se aseguró de propiciarle un final lento y doloroso, un final que se diluyó en las gárgaras de sangre en las que Borges se ahogó.

***

Aquella misma noche, el guerrero se apartó de la civilización y se entregó al abrigo de la solitaria luna en las entrañas de un bosque próximo al territorio de los elfos de El Bosque. Después de asearse en un río y limpiar su espada, se recostó en el tronco de un árbol para mirar las estrellas y devorar la manzana que había aceptado como recompensa por salvar a los niños y las hijas de Vérnic en la villa.

Lo que muchos habrían catalogado como un día descabellado, había sido un día promedio para él. Su vida se reducía a deambular como un cuerpo sin alma por las tierras del continente suroccidental Anadeus hasta que el olor de un campo de batalla despertaba una llama en su interior. Entonces, ofrecía sus servicios al primer bando que se cruzara en su camino a cambio de unas monedas o comida. Nunca aceptaba nada más, pues la verdadera recompensa para él residía en poder blandir su espada y desahogar aquella inexplicable ira que contenía en su interior. Esa ira era lo único que lo hacía sentir vivo en su mundo solitario y vacío.

A pesar de que apenas manifestaba emociones y de que no parecía empatizar con las personas, mucho menos con sus víctimas, poseía su propio sentido de la justicia. De no haber sido por la mención de los niños y las hijas de Vérnic, el destino de aquella villa habría sido horrible. En cualquiera de los casos, el guerrero había cumplido con los rumores que afirmaban que él era capaz de cambiar el rumbo de cualquier batalla.

Pero esa noche era distinta para Rákem. La paz y el silencio que solían acompañarlo, sobre todo cuando su mirada se perdía entre las estrellas, se volvían perturbadores. En cierto modo, echaba de menos algo que no tenía: Recuerdos. Un ser carente de recuerdos de la infancia como él era un recipiente vacío, un alma destinada a hallar tormento hasta en sus momentos de calma.

¿Esa vida de ira y soledad era lo que el destino había elegido para él?

En el fondo, Rákem anhelaba sentir, y ese anhelo estaba a punto de materializarse, pero no esa noche. Esa noche, como todas, se quedó dormido mientras contemplaba las estrellas y se sumió en un sueño profundo. El mismo sueño solía dibujarle a una chica de cabellos blanquecinos bendecida con una belleza divina. La joven, de rostro anónimo, le sonreía y lo invitaba a seguirla, pero la magia se torcía cuando él se petrificaba y ella comenzaba a sufrir por causas desconocidas. La impotencia doblegaba a Rákem al ser consciente de que no podía salvar a la chica, quien lloraba y suplicaba para que él la ayudara. El sueño, convertido en pesadilla, concluía con la muerte de ella y el lamento del guerrero.

El desborde emocional que Rákem experimentaba en el sueño se desvaneció lentamente cuando abrió los ojos. Ya había amanecido y él aún reposaba apoyado en el tronco del árbol con su espada a su lado. Sin embargo, había algo diferente en aquella mañana y en la casi palpable oscuridad que el guerrero había vislumbrado en el sueño. Por alguna razón, su pecho seguía agitado, como si percibiera una amenaza inminente, así que rodeó la empuñadura de su espada con los dedos y la apretó con firmeza.

Un rayo luminoso quebró el cielo y descendió con una rapidez prácticamente imperceptible. Antes de que Rákem pudiera reaccionar, el rayo de luz blanquecina cubrió todo su cuerpo y lo hizo desaparecer sin dejar rastro.

Pronto, el guerrero se vio atrapado en una espiral dimensional que lo arrastraba hacia un abismo infinito. Su silueta se distorsionaba al igual que su espada, llegando a sentir que sus huesos se rompían y que su piel se tensaba hasta sobrepasar los límites de la lógica. Sus alaridos, fruto de la paranoia mental, no emitían ningún sonido en aquel lugar gobernado por el silencio. En cambio, las náuseas provocadas por la percepción alterada de que se ascendía durante el descenso y viceversa, además de la sensación de asfixia por la falta de aire y las vueltas descontroladas a una velocidad antinatural, eran reales.

Cuando Rákem creyó distinguir otros cuerpos deformados navegando por aquella espiral que parecía conducirlo hacia las mismísimas estrellas, su consciencia, abatida, se desvaneció.

***

El guerrero comenzó a recobrar el sentido despacio. Si de por sí carecía de recuerdos, la sensación de aturdimiento en la que se encontraba empeoraba su estado de desorientación. Una intensa luz blanquecina, ajena a la luz solar, encandiló su vista en cuanto separó los párpados.

—Ah… —gruñó Rákem levemente y asumió que había perdido la noción del tiempo por completo.

Cuando se iba a plantear si había ingerido algún alimento alucinógeno por error como para haber despertado de una extraña pesadilla, una voz amistosa le reveló que no estaba solo.

—Por fin despiertas. Tranquilo, pronto volverás a ser tú mismo —le aseguró la voz del misterioso hombre.

—¿Dónde… estoy…? —preguntó Rákem, que luchaba contra el aturdimiento, y se frotó los ojos para aclarar su vista.

—Lo descubrirás por ti mismo. A ver si tú tienes alguna idea de dónde demonios estamos.

Las palabras de aquel hombre nutrieron la intriga del guerrero, incitándolo a forzar su organismo para incorporarse. Entonces, cuando sus ojos se adaptaron a la luz, enfocaron el rostro del hombre que lo acompañaba. Para su sorpresa, se trataba de otro díznar de expresión confiada y carismática.

—Bienvenido a lo desconocido. —Guiándolo con la mirada, el díznar lo invitó a observar el entorno.

Rákem, pasmado, descubrió que estaba encerrado en una gigantesca jaula de barrotes luminosos. Esta flotaba sobre la nada, como si estuviera suspendida en el cielo a la altura de las nubes. Además, había un tercer díznar enjaulado con ellos y aquella era solo una de las jaulas que componían una larga fila, y todas contenían a más seres de otras razas.

—Imposible… —murmuró el incrédulo Rákem.

El guerrero empuñó su imponente espada y se acercó al borde de la jaula. Los enormes barrotes de luz guardaban una amplia distancia entre sí, la suficiente como para que cualquier ser pasara entre ellos. La situación desconcertaba a Rákem y lo sumía en un conflicto interno, pues su mente estaba programada para avanzar y no rendirse jamás, pero allí no tenía a dónde ir.

—Ni lo intentes —le advirtió el díznar carismático, a quien Rákem examinó de un vistazo. A diferencia de él, aquel camarada lucía como un guerrero más civilizado por su vestimenta de cuero y tela ceñida a su esculpida constitución. No solo portaba una espada en buenas condiciones, sino también dos dagas cruzadas en su espalda y algún que otro cuchillo envainado en su cinturón y en su tobillo. Sus cabellos cortos y su barba perfilada de tono marrón oscuro enmarcaban su atractivo rostro de ojos coloridos propios de su raza. Un detalle que Rákem no pasó por alto entre las cintas de cuero que protegían los antebrazos de su igual fue la marca con forma de hoja marchita que se dibujaba en la piel de uno de ellos, una marca similar a la de su hombro—. Los barrotes son infranqueables y una fuerza imperceptible impide cruzar su frontera. Además, el único sitio al que se podría llegar es aquel puente y no parece que lleve a ninguna parte.

Rákem observó una vez más la desalentadora espesura blanquecina semejante a una extraña niebla que yacía como un mar abismal bajo las jaulas. El falso cielo celeste de las inmediaciones reflejaba la intensa luz blanca y pura, lo opuesto al vacío que se tornaba oscuro y tenebroso en lo que parecía ser la infinitud del universo. Ajeno a las jaulas, un puente dorado flotaba en el aire frente a ellas, rodeado de la densa niebla, pero a una distancia considerable. Aun así, Rákem se cuestionaba si podría llegar a él de alguna manera.

—¿Qué maldición es esta? —protestó el tercer díznar, que revolvía su ya alborotado cabello castaño y rizado—. Yo debería estar follando y celebrando mi última victoria antes de ir a por la siguiente, ¡no encerrado en una pesadilla como un perdedor! Decidme que esto es una pesadilla, joder, porque no tiene ningún sentido.

El guerrero guardó silencio, pero analizó al otro miembro de su raza como había hecho con el anterior. Este también vestía con unas elegantes prendas de cuero y tela que resaltaban su figura de bello titán, especialmente su chaleco descubierto, que revelaba sus definidos brazos y torso. Lo más llamativo eran sus armas, unas peculiares hojas afiladas como garras que estaban adheridas a los brazales de sus antebrazos y que, aparentemente, se activaban con un mecanismo.

La voz protestona de aquel díznar estimuló su oído, volviéndolo consciente de que no era la única que hacía eco en la inmensidad de la nada. Los seres de otras razas también manifestaban su descontento, su incertidumbre, su miedo e incluso sus rivalidades en sus respectivas jaulas.

—Escoria sin honor —espetó un humano de armadura ligera y rojiza, ojos rasgados y trenza larga en la jaula que encabezaba la fila desde su izquierda. Acto seguido, escupió a los pies del ser al que se había dirigido con desprecio, aparentemente un humano que meditaba arrodillado y destacaba por sus holgados ropajes negros, su máscara plateada y una trenza mucho más larga—. ¡Eh! ¡Amigo centauro! ¿Sabes qué ocurre? Te lo ruego, ayúdame a salir de aquí. ¡Necesito regresar con mis hombres! ¡Mi pueblo está siendo atacado por los obsyrs! —le suplicó a la criatura que ocupaba la segunda jaula, próxima a la de los díznars.

—Lo siento, amigo. Estoy tan confuso como tú… —le contestó el centauro con pesar.

—¿Qué clase de magia negra es esta, hermano? ¿Crees que ha sido obra de los imperiales? —le consultaba un ohrnegga, un musculoso bárbaro moreno de cuatro rastas como cabello encerrado en la cuarta jaula, a otro bárbaro más corpulento y rudo, cuyo descomunal martillo de guerra captó el interés de Rákem como guerrero, pues ni siquiera otros hombres formidables como aquel habían sido rival para él en el campo de batalla.

—Justo ahí tenemos una porción de estiércol imperial —respondió el fornido ohrnegga de voz grave, señalando al humano de piel pálida y reluciente armadura de placas blanquecina y dorada que había dentro de la quinta jaula—. Rompámosle algunos huesos para que hable.

—¿Cómo osáis insultarme, alimaña de Anadeus? —replicó el caballero imperial, apretando un puño—. No sois más que una banda de sucios animales incivilizados como estos plenelos de rebaño —continuó, refiriéndose a los dos jóvenes plebeyos de cabellos violetas y aspecto endeble que estaban en la sexta jaula.

—El único animal eres tú, igual que todos los imperiales. ¡Opresores! ¡Tiranos! ¡Abajo el Imperio del Sol! —bramó la envalentonada plenela, alimentando la furia del caballero.

Detrás de los plenelos, en la séptima jaula, Rákem percibió la silueta de dos criaturas de características acuáticas y horripilantes que permanecían pacíficas, salvo por su inquietante forma de relamerse. Jamás había visto unos seres como aquellos.

—¡La luz! ¡Ah! ¡Vamos a morir! —se quejaban otros dos seres de apariencia noble desde un par de jaulas más allá de la de las extrañas criaturas marinas. Chillando con desesperación, cubrían sus rostros con sus manos como si así se protegieran de la cegadora luz que supuestamente los dañaba.

—¡Eres tú, chupasangre! —gruñó el hombre de aspecto salvaje que ocupaba la jaula previa, la octava—. ¡Pagarás por tus crímenes!

—¡Perro! —lo insultó la noble de aura rojiza, que parecía mostrarle los colmillos con rabia—. ¡Te decapitaré!

El caos, la confusión y la distancia impidieron que Rákem diferenciara el resto de siluetas e insultos provenientes de las jaulas restantes, aunque vislumbró algunos tonos vivos y verdosos, además del colosal cuerpo de una criatura de las tierras del continente Anadeus.

—Tengo la impresión de que estamos viviendo La Gran Guerra a pequeña escala —bromeó el díznar carismático a modo de burla por el comportamiento primitivo e irracional de los seres de las otras razas—. Supongo que las circunstancias han mellado su estabilidad emocional.

—¿Y a ti te parece normal esto? —intervino el díznar de cabello rizado, que, inquieto como los demás prisioneros, recorría la jaula de un lado a otro—. ¡Estamos atrapados en la nada! Ni siquiera sé si tomarme esto como real. Debo estar hechizado o dormido. ¡Quiero volver a la normalidad!

—Entiendo tu frustración, pero precisamente porque nos enfrentamos a algo desconocido debemos mantener la calma. Mira cuánta disparidad hay a nuestro alrededor. No creo que estemos aquí por casualidad. Tengo la impresión de que nos enfrentamos a fuerzas nunca antes vistas. Debe haber algo en común entre nosotros, por alguna razón nos han encerrado en estas jaulas separados por razas. ¿No opinas lo mismo? —le preguntó el díznar carismático a Rákem, buscando su apoyo.

—Solo sé que no me sentaré a esperar. Aunque destroce mi espada contra esos barrotes y me deje la piel en el intento, saldré de aquí como sea —respondió el guerrero con una aplastante convicción, a pesar de que su testarudo plan no implicaba garantía alguna.

Al tiempo que unas botas femeninas se abrían paso por la espesura blanquecina del extremo lejano del puente, un ente compuesto de luz pura surgió de la nada. A una velocidad casi imperceptible para aquellos seres terrenales que malgastaban su saliva en reproches, insultos y riñas raciales como si se arrojaran dagas punzantes, el ente voló alrededor de las jaulas como un fugaz cometa que dejaba tras de sí una estela ovalada y luminosa. Su cegador destello y sus ondas desestabilizadoras enmudecieron a las criaturas, que se quedaron atónitas cuando el ente se detuvo delante del puente y adoptó la figura de un inmenso rostro masculino de facciones apenas distinguibles.

—¡Basta! —rugió el ente con su atronadora voz divina.

Una ola de suspiros y expresiones de asombro sacudió las jaulas. Aquel deslumbrante ser humedeció los ojos de los más sensibles a la luz, no solo por su intensidad, sino también por el significado de su existencia. Los murmullos de algunos mortales confirmaban lo que todos intuían: Estaban ante la presencia de un Dios.

—Míseros seres terrenales, solo demostráis inferioridad con vuestros actos primitivos. No sois más que trozos de carne con ciertas capacidades sin tener ni idea de la supremacía que os rige. Sin embargo, hay algo que me resulta familiar entre vosotros… —El poderoso dios creyó olfatear el débil rastro de una esencia distinta a la mortal—. Pero eso es irrelevante ahora… Yo soy una de las entidades más solemnes que tenéis el privilegio de conocer en vuestras insignificantes vidas. Yo soy quien os brinda la Luz. ¡Soy Luznael, el Dios de la Luz!

La gran revelación acentuó el asombro de los seres terrenales. Los afines a la Luz, como el caballero imperial, y los que la temían, como las criaturas colmilludas, permanecieron estupefactos por igual, con la diferencia de que unos expresaban su devoción con sus gestos inconscientes y otros, su miedo. A pesar de que los mortales creían en sus respectivos dioses, no habían tenido el placer de recibir su bendición personalmente, por lo que Luznael, al revelarles su identidad, confirmaba las creencias populares y abría la puerta a una infinitud de interrogantes. Aun así, ninguno de ellos se atrevió a interrumpir su discurso, en especial porque estaban encandilados por el aura de la divinidad.

—Seguramente sois unos ilusos como todos los mortales, que fantasean con que sus dioses oigan sus plegarias y cumplan sus deseos. No os he convocado ante mi presencia a vosotros, los marcados por el destino, para premiaros con una vida de paz, amor y lujos. Estáis aquí para satisfacer los caprichos del destino, algo que ni siquiera un dios como yo puede controlar.

Luznael se percató del desconcierto que se apoderó de los rostros de los mortales. Dedujo que ninguno de ellos sabía lo que implicaba la marca de nacimiento con forma de hoja marchita que poseían en sus cuerpos.

—No tenéis ni idea de a qué me refiero, ¿verdad? Consideraos tan afortunados como malditos por portar esa marca con forma de hoja marchita en vuestras frágiles carnes —enfatizó Luznael, provocando que algunos mortales observaran sus respectivas marcas y que otros se las tocaran con asombro. Por fin hallaban las primeras respuestas a sus inquietudes, pues ya sabían qué tenían en común—. Si elegidos habéis sido por el destino, será este quien decida el rumbo de vuestras vidas. ¿Ansiáis conocer su significado real? ¿Os preguntáis por qué un dios se ha tomado la molestia de reuniros?

A pesar de que Luznael guardó silencio por un breve instante para cederles la palabra, el embeleso mantuvo a los mortales enmudecidos, atrapados en sus propios pensamientos sobre el significado de aquella marca y lo que suponía para el futuro de sus vidas.

—El destino eligió a unos aspirantes a héroes muy sumisos —se mofó Luznael, empleando un sutil tono relajado—. Siempre se puede esperar algo mejor, pero, por fortuna o por desgracia, os ha tocado asumir la responsabilidad. De acuerdo, basta de tonterías, iré al grano, pues el tiempo apremia y supongo que no deseáis ver cómo la Oscuridad devora a los vuestros y reina sobre Ýdram. A ti mi voluntad, Madre.

El misterio y el mensaje de amenaza inminente que Luznael insinuaba captó la atención de los seres terrenales una vez más. Algo oscuro se gestaba y atentaba contra su mundo, algo que los involucraba debido a la marca que portaban en la piel. Ni siquiera Rákem, el guerrero que solo vivía para la batalla, se sintió ajeno al asunto.

—Los Dioses fuimos traicionados por el Dios de la Oscuridad, cuya ambición se ha incrementado durante años por su afán de convertirse en el Dios Absoluto. Para ejecutar su plan, pretende apoderarse de vuestra tierra con la expansión territorial de su raza mortal, y eso es precisamente lo que ha empezado a hacer en Kalaria, continente al que dos de vosotros pertenecéis —explicaba Luznael cuando dirigió su rostro a la jaula que contenía al hombre enmascarado y al que portaba la armadura rojiza con el estandarte de un dragón—. Si yo no hubiera intervenido a tiempo, probablemente ese par habría muerto, y quizás no habrían sido los únicos. Vuestras imprudencias no tienen límites.

En esta ocasión, Luznael miró la jaula de una pareja de enanos, enfocándose especialmente en el varón pelirrojo, aunque ni el propio enano sabía a qué se refería.

—Vuestra llegada me fue revelada por una de mis servidoras videntes hace unos años atrás, cuando el Dios de la Oscuridad traicionó nuestras normas y nuestros principios. Durante todo este tiempo, he observado toda Ýdram en busca de los elegidos por el destino, de vosotros. No ha sido una tarea fácil, pero al fin he podido encontraros y reuniros a todos. Vosotros sois la esperanza terrenal destinada a vencer a Diérmol, amo y señor de la Oscuridad.

La impactante revelación de Luznael, que comenzaba a unir las piezas del puzle, despertó un sinfín de suspiros y murmullos de asombro entre los mortales. Entonces, uno de ellos se atrevió a pronunciarse, en cierto modo, en nombre de todos.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué nosotros? ¿Los problemas de los Dioses no deberíais solucionarlos los propios Dioses? —cuestionó el díznar de semblante carismático que acompañaba a Rákem.

—Interesante. Empezáis a asumir vuestro rol hasta el punto de que uno de vosotros ha ignorado mi superioridad y me ha dirigido la palabra como si fuera un mero mortal. —La observación de Luznael mezclaba ironía y riña a la vez.

—Mis disculpas. —El díznar mostró sus respetos con una ligera reverencia—. No debo ser el único abrumado por todo lo que acontece. Todo esto parece una ilusión, un sueño no deseado. Tampoco debo ser el único que busca claridad entre tanta confusión. Hasta hace poco, los Dioses solo existíais en nuestra imaginación.

—Disculpas aceptadas, mortal —respondió Luznael, resaltando la inferioridad de los seres terrenales con su tono degradante—. No estáis en la posición de exigirme explicaciones, pero aclararé vuestras dudas, seré la luz que ilumine vuestro camino porque, a fin de cuentas, Diérmol es un problema tanto para los mortales como para los Dioses. No solo he esperado el momento oportuno para reuniros, sino que no os había localizado a todos aún, como a esos acuáticos de las profundidades marinas.

Luznael señaló la jaula que albergaba a las dos criaturas humanoides de cuerpos escamosos con aletas, una raza que de por sí el resto de mortales creía extinta.

—Los elegidos habéis surgido al azar, es obra del destino, nadie habría podido predecirlo —continuó explicando Luznael—. No busquéis una razón para los caprichos del destino, pues solo él sabe por qué os ha elegido. Como os he dicho, y como si fuera obra del propio destino, os localicé a todos justo cuando Diérmol inició su avanzada en Kalaria, como si fuera una señal del destino de que ha llegado la hora de intervenir para detener al Dios de la Oscuridad. Los Dioses tenemos nuestras propias leyes, leyes que escapan a vuestro entendimiento, pero debéis tener claro que nuestros problemas repercuten en vuestro mundo y, debido a esas leyes que nos impiden interferir en Ýdram, vosotros contáis con el libre albedrío para luchar por vuestro hogar. Por si no he sido lo suficientemente claro, el destino de toda Ýdram, incluido el de los Dioses, reside en vuestras manos.

—¿Y pretendéis que un puñado de mortales nos enfrentemos a un Dios para salvar nuestro mundo? Sin ofender, algunos ni siquiera parecen diestros en el combate. ¿Vuestra vidente vislumbró algún milagro para nuestra salvación?, porque yo, que conozco muy bien el furor del campo de batalla, os aseguro que la derrota será inevitable. Tan solo hay que ver lo fácil que ha sido para un Dios como tú capturarnos en nuestro mundo. Ni siquiera podemos escapar de estas jaulas. —El desafiante díznar golpeó a todos con una dosis de realidad.

—Mortal insolente —replicó Luznael con dureza—. Vosotros sois el milagro. La gracia radica en vuestra marca. Esa marca con forma de hoja marchita que tenéis grabada en vuestra piel significa que gozáis del don de empuñar armas divinas, armas forjadas por los Dioses, las únicas capaces de vencer a Diérmol. Antes de enfrentaros a él, debéis viajar por Ýdram en busca de tantas armas divinas como podáis. Vuestro mundo es una tumba donde reposan muchas armas divinas, aunque su ubicación es todo un misterio. Encontrarlas dependerá de vosotros.

—¿Eso significa que tendremos que actuar por nuestra cuenta? ¿Los Dioses no nos favorecerán ni siquiera en la búsqueda? —cuestionaba el díznar, carente de miedo ante las consecuencias de su impertinencia—. He participado en batallas ridículas comparadas con el peso de esta… misión suicida… mucho más organizadas estratégicamente. Si queremos soñar con una victoria, un poco de ayuda divina sería alentador.

—Espero que valgas más que tu lengua afilada, mortal. —Luznael gruñó en forma de un destello luminoso—. Seré franco con vosotros. El hecho de que todos poseáis la marca no significa que encontraréis armas para todos ni que todos sobreviviréis. Tarde o temprano, cada uno jugaréis un papel decisivo como el de morir. —La crudeza del dios estremeció a los más susceptibles—. De hecho, seguramente mi intervención ha alterado los entresijos del destino, pero era algo que debía hacer para garantizar un contraataque a tiempo. De no ser por mí, probablemente algunos habríais muerto… o habríais sobrevivido a lo que parecía una muerte inevitable para jugar un papel más importante en el futuro. Sin ir muy lejos, existía la probabilidad de que ese mortal enmascarado —decía Luznael, señalando al kalariano de ropajes negros como ejemplo— hubiera sobrevivido a la masacre del ejército de Diérmol para luego ser uno de los que encontraran un arma divina y vengara a sus hermanos caídos. Ahora que he cambiado el rumbo natural de los acontecimientos, existe la probabilidad de que ese mortal muera antes de lo previsto.

—Pues… —intervino el otro díznar, que tragó saliva al ver cómo Luznael lo arrollaba con su divina mirada—. Perdón, no quiero ser un aguafiestas, pero preferiría seguir con el curso natural de los acontecimientos como bien ha dicho, su Excelencia. Quisiera retomar mi vida normal y, si llega el momento en el que el destino me llame para tomar las armas, entonces responderé.

—Tu aliento mortal apesta a cobardía, y me repugna —espetó Luznael, enfatizando su ira—. Ahora yo formo parte de vuestro destino y me aseguraré de que no escapéis de él. Si alguno decide abandonar su responsabilidad sin afrontar su destino, que sepa que personalmente le arrebataré la vida antes de que los horrendos hijos de la Oscuridad conquisten Ýdram y expandan su reinado de terror. ¿He sido claro?

—Eh… Sí, su Excelencia… —refunfuñó el díznar de cabellos rizados y agachó la mirada.

—Debéis entender que no necesitáis un ejército para derrotar a Diérmol —subrayó Luznael con el fin de aclarar el objetivo de la misión que les encomendaba—. Vuestra tarea consiste en pasar desapercibidos mientras reunís las armas divinas que podáis para sorprenderlo en su nido con la guardia baja. Imaginad que sois una banda de asesinos con una misión secreta. ¿Creéis que tendríais éxito si pregonáis a los cuatro vientos que planeáis asesinar a Diérmol? Por eso no recibiréis ayuda divina ni nada que pueda alertar al Dios de la Oscuridad sobre vuestro cometido. Además, no acudáis a terceros, ya que quienes no juegan un papel en esta historia morirán en un suspiro, y dudo que queráis cargar con esos sacrificios en vuestra conciencia.

—Aun así, todo esto no deja de ser repentino para nosotros. Seremos como un barco a la deriva, sin un rumbo definido —contempló el díznar carismático, el único ser que persistía en desafiar a Luznael con sus razonamientos—. No creo que ninguno sepamos dónde buscar armas divinas ni mucho menos cómo llegar a la morada de un Dios. Si nuestras vidas van a estar en juego y son tan valiosas para el destino, al menos podríamos contar con algún tipo de guía para que el sacrificio valga la pena.

—Me agotas la paciencia, mortal. Incluso un barco a la deriva encuentra un rumbo con un soplo de viento. Ese soplo de viento nacerá de las decisiones que tomaréis frente a las situaciones que afrontaréis. —Las palabras de Luznael sumieron a varios en la reflexión—. Habría sido más fácil dejar que el destino siguiera su curso natural para que las propias circunstancias os reunieran y os trazaran un objetivo claro, pero, para ese entonces, no habríais sido unos asesinos con la ventaja de evitar una catástrofe, sino los supervivientes de una tragedia con sed de venganza y justicia para salvar los restos de Ýdram. Los héroes no se forjan en campos de batalla con estrategias predefinidas que garantizan la victoria, sino con experiencias excepcionales que se graban a fuego, sangre y lágrimas en sus corazones. Será vuestro libre albedrío para superar esta prueba del destino lo que os forjará como auténticos matadioses, como los Hojas Marchitas.

Las alentadoras palabras de Luznael erizaron la piel de varios mortales y fortalecieron el espíritu de lucha de los más apasionados de las armas. Si el destino los iba a conducir hacia el mismo objetivo de una manera u otra, ya no había nada más que cuestionar.

—Solo os advertiré que no confiéis en nadie ajeno a la misión. Ni se os ocurra revelar vuestra encomienda por el bien de todos. Además, debéis tener cuidado con algunos líderes de vuestro mundo, pues ocultan grandes secretos que podrían perjudicar vuestro avance. ¿Queréis un consejo? —Luznael recorrió todas las jaulas con una mirada juzgadora—. Aprended a trabajar en equipo, a aprovechar el potencial de cada uno, a renunciar a esos comportamientos típicos de animales primitivos, y a ser uno solo.

Los distintos seres, en especial aquellos que se pedían la cabeza en bandeja, se observaron con recelo.

—Creedme, os enfrentaréis a verdaderos retos inimaginables, crueldades, violencia, incluso la muerte, pero eso os volverá más fuertes. Recordad mis palabras y seguid vuestro instinto. No tengo más que decir. El destino de toda Ýdram y sus Dioses está en vuestras manos. No me defraudéis…

—¡¿Padre?! —articuló una tierna voz femenina con exaltación.

—Oh, mi pequeña… —expresó Luznael en un suspiro—. A veces olvido que tú también…

Cuando Luznael desplazó su enorme masa luminosa a un lado, reveló la figura de su apreciada hija. Ella era la presencia que hasta entonces había pasado desapercibida encima del puente flotante. De aspecto joven como la mayoría de los mortales enjaulados, su expresión tierna y sus rasgos divinos la dotaban de una belleza extraordinaria. Poseía una piel tan pálida que reflejaba la luz de su padre como si la emitiera ella misma. Su cabello dorado le caía como una cascada voluminosa en forma de rizos por encima de los hombros. Sus ojos, blanquecinos y luminosos, constituían la prueba más fehaciente de que era una descendiente del Dios de la Luz. Un vestido blanco, de escote generoso y decorado con lazos amarillos, cubría su cuerpo proporcionado. Unas botas a juego completaban el conjunto que resaltaba el aura divina de la joven.

—Tenéis mucha suerte. Mi hija Amandya, portadora de la Luz, posee la marca como vosotros —reveló Luznael con orgullo, sorprendiendo a los seres terrenales—. Amandya es una semidiosa aún, pero esta aventura supondrá un reto épico para ella. Si lo supera, probablemente trascienda y se convierta en una deidad. Mi hija goza de más poder que cualquiera de vosotros, aunque su dominio reside en la sanación, lo que la convierte en una aliada muy valiosa. Sobra decir que la tratéis con respeto… Adelante, hija, ha llegado el momento de que el destino siga su curso. Esperaré tu regreso convertida en una auténtica Diosa.

—No te defraudaré, padre —aseguró la portadora de la Luz a modo de despedida.

—Veintisiete Hojas Marchitas exigió el destino y aquí estáis, listos para afrontarlo. Os deseo buena suerte —concluyó Luznael con carisma.

Amandya se adentró en la espesura blanquecina con pasos firmes, dejando a los mortales boquiabiertos por su elegante manera de caminar por el aire. Poco después, la superficie de luz de las jaulas se disipó, derivando en que Rákem y todos los seres terrenales se precipitaran al vacío. Como ellos, la semidiosa también cayó en el abismo que poco a poco se tornaba en una espiral luminosa, la puerta a un viaje dimensional similar al que los había arrastrado hasta allí.

Cuando los elegidos por el destino desaparecieron junto a la espiral luminosa, otro súbdito de Luznael, un semidiós de cabello rubio, apareció en el puente.

—¿Está todo listo? —le consultó Luznael, empleando un tono serio.

—Sí, señor. Un centenar de togos han sido dispuestos —contestó el semidiós, sosteniendo media sonrisa.

—Perfecto. Veamos cómo los Hojas Marchitas afrontan el peligro. ¿Sobrevivirán todos a mi dimensión de entrenamiento antes de continuar con el duro viaje que les aguarda?



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