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Noches de terror
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monstruos, gore, virus, paranormal, trastornos

«Antología noches de terror» reúne nueve relatos espeluznantes con un elemento en particular: los sucesos más perturbadores ocurren de noche.

Un propietario acorralado en su tienda con una retorcida maniquí; una pareja víctima de la rabia de la mantis religiosa; un ludópata que se lo juega todo en una carta; una adolescente que se muere por intimar con su novio en el cuarto oscuro; un joven empresario ansiando su noche de caza; dos instaladores que prestan servicio a una anciana de inquietante tarareo; una diseñadora gráfica víctima del mobbing; una bella joven que se enfrenta a un paseo nocturno cargado de tensión; y un youtuber excursionista atrapado por el misterio de Yexalen. Nueve historias de terror paranormal, paranoico y monstruoso; todas con un mismo fin: robarte el sueño.

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«Grabo lo que seguramente sean mis últimos minutos de vida en la vasta oscuridad de esta cueva. Nunca encontraré la salida. Más bien, nunca me dejará salir de aquí. Espero que alguien encuentre mi cámara algún día para que se sepa la verdad sobre el horror que alberga este hueco en la Tierra…»

Relatos

Susan está a punto de enfrentarse a una noche oscura en la ciudad, a una noche inquietante, a una noche que pondrá a prueba su más puro instinto de supervivencia…

Son más de las 3:00 am. Un ático de la periferia de la ciudad deslumbra con su intensa iluminación como si fuera un faro y estremece los pilares del edificio con su estruendosa música discotequera. Un cumpleaños se celebra dentro de aquellas paredes, pero no un cumpleaños cualquiera, sino uno de esos a los que solo asisten invitados ostentosos y presumidos. Semejante escándalo a las tantas de la madrugada habría sido un motivo para que los vecinos protestaran y la policía les amargara el festejo a los alborotadores. Sin embargo, ninguna ley prohíbe que se realicen fiestas durante la madrugada del sábado, mientras que sí reina la ley de que quien vive en el ático tiene el poder.

A esas horas de la noche, la realidad es que la adrenalina de la celebración cursa su última fase. Apenas quedan empanadas y tarta en las bandejas, y las botellas de alcohol vacías podrían formar una pirámide al nivel de las egipcias. Los invitados se dividen entre los fulminados, que yacen por los rincones del apartamento y roncan como troles, los que devuelven hasta el entrante mientras sus amigos se carcajean y capturan fotos para las redes sociales, y los que aún coordinan sus cinco sentidos para bailar y charlar.

Susan es una de esas invitadas que conserva la lucidez a pesar de llevar unas copas encima. Baila con la vitalidad propia de sus treinta años, ondeando sus voluminosos cabellos castaños de un lado a otro. Su vestido rojo y sin tirantes, ceñido a su cuerpo, favorece sus insinuantes posturas y realza sus atractivas curvas. Brilla tanto como su colgante de gema roja, sus pendientes a juego con el collar, su reloj plateado y su anillo de rubí. Destaca más que la propia cumpleañera, que había optado por el esmeralda. Ambas bailan juntas, igual de alocadas. Se frotan y se tocan lasciva y descaradamente, incluso insinúan un beso. Los más escandalizados jurarían que son lesbianas, pero pocos se suman al cotilleo que tiene lugar en las sombras. La mayoría las anima a profundizar más en el jugueteo; en especial, los hombres que babean por contemplar a aquellas bellezas tan sensuales entregándose al placer carnal.

—¡Besaos! —las incitan varios de ellos.

Ellas se miran con complicidad, denotando que se entienden como único podrían hacer dos viejas amigas. Sin titubeos, complacen a los invitados, se besan con pasión. Enseguida afloran los asombros a la vez que unos escasos comentarios envidiosos se manifiestan por detrás del telón. Poco después, la canción concluye y el baile provocador también, por lo que Susan y la cumpleañera, que ríen pícaramente, regresan a la barra del salón en busca de otra copa que humedezca sus labios. Dos solterones, antiguos conocidos de ambas, las persiguen.

—¿Qué desean las bellas damas? —pregunta Gustavo, un latino que le encanta presumir de ser un experto en bebidas.

—Yo quiero un mojito —le pide Susan de inmediato.

—Y yo… un cóctel de mango que me borre el sabor del labial de Susan —añade Marta, la cumpleañera, y se carcajea junto a su amiga.

—Marchando, queridas —asiente Gustavo y comienza a obrar con las botellas.

—Yo sería incapaz de tomar algo que me quite el sabor de Susan de los labios —interviene Carlos, un desvergonzado con aires de galán—. Sois unas calenturientas. ¿No pensáis seguir con el espectáculo después de la pequeña demostración?

—Carlos, no seas grosero —gruñe Susan.

—Es que nos habéis dejado con ganas de más. ¿A que sí, Gustavo? —Carlos busca el respaldo de su compañero.

—Razón no le falta. Necesitaré una ducha fría para conciliar el sueño esta noche —bromea Gustavo, que sigue preparando las bebidas.

—¡Cómo sois! —exclama Marta, sosteniendo una sonrisa socarrona.

—Venga, decid la verdad. ¿Os habéis acostado alguna vez? —indaga el impertinente Carlos.

—¿Tú que crees? —articula Marta de forma sugerente.

—Te da morbo con solo imaginarlo, ¿eh? —agrega Susan, emulando el tono de su amiga.

—¿Morbo? Creo que el alcohol, la sangre y todo me está bajando al mismo sitio —indica Carlos, cuyo rostro refleja lujuria—. ¿Estáis abiertas a tríos? Estoy disponible. Cuéntalo como otro regalo de cumpleaños, Marta.

—¡Qué considerado! —exclama Marta con ironía—. Gracias, Carlos. En serio, aprecio mucho el detalle, pero no.

—¿Tan borrachas crees que estamos? —Susan alza las cejas como gesto de menosprecio—. Y, visto lo visto, nos sorprenderá el amanecer a la velocidad con que Gustavo sirve las copas.

—Despacito, bombón. Esto sabe mejor si se hace con arte, tú me entiendes —alega Gustavo y le guiña un ojo mientras mezcla las bebidas.

—¿Me he perdido algo? ¿Tú y Gustavo? —cuestiona Carlos, exaltado.

—No te pongas celoso, mi amor. Tengo para ti también —bromea Gustavo, que le lanza un beso para incordiarlo.

—Yo y nadie, Carlos. No confundamos las cosas —aclara Susan.

—A Susan solo le van las tallas grandes. —Marta presiona la lengua contra la mejilla para enfatizar su obscenidad.

—¡Marta! —protesta la risueña Susan—. Esta te la guardo.

—¡Oh, sube la temperatura! Corazón, tu cóctel. Disfrútalo. —Gustavo le ofrece la copa a Marta—. Entiéndelo, Susan, no te me pongas celosa tú también. La del cumpleaños primero.

—¡Ay, gracias! Está riquísimo —expresa Marta tras deleitarse.

—Nunca me pondría celosa de mi Marta. Es la mejor. —Susan la abraza con calidez.

—Ya vuelven a tocarse —destaca el ansioso Carlos—. De verdad, me encanta el amor que se tienen.

—Carlos, por favor. Estás muy necesitado, ¿no? ¿Hace tiempo que no mojas? —pregunta Susan con la intención de humillarlo.

—Sé de una que pasa de mis mensajes, que me da largas para ir a cenar, que no me coge el teléfono —expone Carlos, dejando en evidencia a Susan.

—Al igual es que no captas el mensaje. Pareces un acosador —dice Marta, subrayando la última palabra como si fuera una rotunda afirmación.

—¡Ay, eso duele! —comenta Gustavo mientras machaca la hierbabuena.

—O al igual se hace la dura más de la cuenta. ¿Algo que decir, Susan? Estás implicada. —Carlos la presiona con la mirada.

—Ah, que hablabas de mí —pronuncia Susan, exagerando su indiferencia.

—¡Oh, golpe bajo, man! —se burla Gustavo.

—Eso es lo que me pone de ella. Mira, hagamos una cosa. Pasa una noche conmigo. Solo una. Y después juzga. ¿Qué me dices? Te aseguro que no te arrepentirás. Tengo una lengua muy juguetona. —Carlos asoma su órgano, generando repulsión a su alrededor.

—¿Y luego me pagarás el loquero para superar el trauma? —Susan realiza una mueca de asco.

—¡Qué cerdo eres, Carlos! Así no conquistarás a Susan ni a ninguna —le advierte Marta.

—El mojito para el otro bombón. —Gustavo le guiña el ojo a Susan al servirle.

—Tú sí que eres un amor. Gracias —le agradece Susan.

—¡Dais asco! Venga, Marta, no te hagas la mojigata refinada. Las mujeres fingís que no os gustan las “groserías” y luego sois las primeras que habláis sobre ello —afirma Carlos como si fuera una verdad absoluta, pretendiendo desafiar a la cumpleañera.

—¿Qué? —expresa Marta con asombro—. No es cierto. Nosotras somos más… sutiles. Por ejemplo, yo miro a Susan, me humedezco los labios con la lengua y ella intuye lo que quiero. ¿No es así, Susan?

—Claro. Tú sí que me conoces bien, Martita. Muy íntimamente… —recalca la traviesa Susan, que bebe con brío tras chocar su copa con la de su amiga.

—Voy a tener que prepararme un cóctel para mí también —interviene Gustavo—. Eh, si queréis un masajito privado, que sepáis que va incluido con la copa.

—¿Lo veis? Sois unas morbosas. Yo apostaría a que vosotras os habéis acostado. Oye, Susan, solo una noche. Tú y yo solos. No pasará nada que tú no quieras. Me portaré como un caballero, te lo aseguro —insiste Carlos, logrando que Susan niegue con la cabeza y se empine la bebida.

—¡Por Dios, Carlos, déjala en paz! No eres su tipo —le restriega Marta con más seriedad.

—Ni un segundo, Carlos. Asúmelo, no pasará —reitera Susan.

—No sabes lo que te pierdes —presume Carlos—. Te arrepentirás algún día.

—Déjalo ya, Carlos. —Marta bosteza—. Mira, hasta me ha dado sueño. Al igual me tomé el cóctel demasiado rápido.

—No eres la única. No aguanto más tampoco. Creo que me iré —añade Susan, que saborea el fondo de su copa de un trago.

—¿Quieres quedarte? En mi cama siempre hay sitio para ti —le ofrece Marta, jugando con la imaginación de los chicos.

—En otra ocasión. Sabes que doy los masajes mejor que Gustavo —resalta la juguetona Susan, exponiendo la intimidad de su amiga—. Pero me iré a casa. No quiero dormir demasiado, tengo cosas que hacer mañana.

—¿Te acompaño a casa? —Carlos olfatea una oportunidad.

—No, Carlos, pero gracias. —Susan se termina su mojito y va a por su chaqueta negra y su bolso pequeño, que cuelgan en el perchero de pie que hay junto a la puerta principal.

—Pídete un taxi, ¿vale? —le aconseja Marta, que luce cada vez más somnolienta.

—No te preocupes por mí. No hagas ninguna tontería y vete a la cama. —Susan la abraza cuando esta se le acerca para despedirse—. Gustavo, cuídala y que ni se te ocurra aprovecharte de ella, ¡eh!

—Venga, Susan, me conoces. Yo me ocupo de todo —le asegura Gustavo.

—Oye, Susan, que te puedo llevar sin problemas —insiste Carlos de nuevo.

—Carlos, en serio, no hace falta —lo rechaza Susan, empleando un tono más gélido.

—Carlos, vete a ligar con otra. No la agobies más —lo riñe Marta.

—Buenas noches, chicos. Nos vemos. —Susan ondea la mano y sale de la casa.

—Cuídate, Susan. —Gustavo cierra la puerta.

—Oye, Gustavo, ¿me das uno de esos masajes para dormir? —le pide Marta, dibujando una sonrisa coqueta en sus labios.

—Por supuesto. Hay que complacer a la cumpleañera. —Gustavo se frota las manos.

—Te espero en mi habitación. Chao, Carlos. Buenas noches a todos. Estáis en vuestra casa. —Marta se despide de sus invitados y se retira a su cuarto.

—Eres un cabrón con suerte. ¿Cómo lo haces? —le pregunta el envidioso Carlos a su compañero.

—Sé un caballero de verdad, Carlos. No hay más que eso. Pero es verdad que Susan no es fácil. —Gustavo le da un par de palmadas en el hombro.

—Algún día la ablandaré, te lo aseguro. La tendré en mi cama como sea… —asegura Carlos, cuyos ojos destellan una convicción absoluta.

***

Susan, tras abandonar el edificio, se adentra en la sombría y desolada calle paralela a la avenida principal. Una ligera brisa fresca la recibe, obligándola a cruzar los brazos para abrigarse. El eco de la ruidosa música llega hasta la joven, que apenas diferencia el silbido del viento del molesto zumbido que tiene grabado en sus oídos.

La chica mira a ambos lados de la calle. No hay ningún taxi a la vista, mucho menos un alma ajena a la suya, aunque no entraba en sus planes solicitar uno, ya que prefiere caminar, despejar la mente, quemar el alcohol que recorre sus venas. Es consciente de que acumula algunos grados de más en su sangre por el leve atontamiento de sus sentidos, pero no ha abusado de la embriaguez. De haberlo hecho, habría pasado la noche con su amiga. Considera que está lo suficientemente sobria como para andar hasta su casa, sus firmes y coordinados pasos lo corroboran. Vive a unas pocas manzanas del ático de Marta, así que nada la privará de su tranquilo paseo. Su espíritu deportivo, que la ha ayudado a cultivar su envidiable físico, la anima a seguir adelante, por lo que Susan cruza la calle e inicia su camino de vuelta a su hogar, pero no se percata de que una sombra ajena a la suya la sigue.

La noche la acoge como una destellante estrella. Susan destaca como una perla entre la inmensidad de la oscuridad. Relajada, camina por la amplia acera que hay junto a los bloques de edificios. Cualquiera catalogaría el trayecto como vagar por un cementerio o estar perdido en un desierto en horas nocturnas. El barrio no es una zona de negocios abierta las veinticuatro horas, tampoco circulan vehículos y no deambula ni un alma ajena a la de la joven. Vivir en la periferia de la ciudad, un área considerada de descanso al caer la noche, es como vivir en una ciudad fantasma donde solo la brisa dota de vida a alguna bolsa de patatillas tirada en un rincón o a las hojas de los árboles que sacude con su fuerza invisible. Además, la iluminación se reduce al radio que cubren las farolas, que están ubicadas a unos diez metros entre sí. Salir del área iluminada equivale a entrar en la boca del lobo durante unos tensos segundos. Pero eso no perturba a Susan, que se desplaza sin percibir la sombra que avanza detrás de ella.

El silencio amenaza con volverse rotundo. El lejano rastro de la música se disipa hasta desaparecer de los oídos de Susan y cederle el terreno al persistente pitido que aún la acompaña. Entonces, el teléfono de ella vibra y suena de forma escandalosa, rivalizando con la sirena de un toque de queda en el abismo silencioso y provocando que Susan brinque y se petrifique del susto.

—¡Por Dios! ¿A quién se le ocurre llamarme a esta hora? —se queja Susan mientras bucea en su pequeño bolso y pesca su teléfono. Levanta la ceja cuando lee en la pantalla “Carlos el Pesado”—. ¡Uf! ¿Y este qué querrá ahora? —Desliza el dedo para contestar la llamada—. ¿Qué pasa, Carlos? ¿Algún problema con Marta?

—Primera vez en cien años que me contestas. ¿Marta? Nuestra amiguita está siendo masajeada por Gustavo, no creo que tenga ningún problema —le cuenta Carlos.

—Ya veo. Es su cumpleaños, que haga lo que quiera para disfrutarlo. ¿Qué quieres?

—Apuesto a que vas caminando sola por la calle.

—¡Qué listo! —exclama Susan sarcásticamente—. ¿Cómo lo has sabido? ¿Será porque siempre camino y paso de los taxis? ¿Pensabas hacerte el detallista diciendo que sabías que me gusta caminar?

—Venga, Susan, no seas tan dura conmigo. Eres una mujer extraordinaria, preciosa, graciosa. Me tienes loco desde hace mucho y lo sabes. Solo te pido una oportunidad. Deja que te invite a cenar. Te aseguro que será una velada inolvidable —le ruega Carlos, luciendo como un hombre desesperado.

—Carlos, eso no pasará y lo sabes. —Susan sonríe con cierta coquetería. Le agrada que alimenten su ego, incluso si lo hace alguien como Carlos.

—Vale, pero al menos deja que te alcance y te acompañe. Un rato de charla, tú y yo, nada más —insiste Carlos.

—Carlos, ya te lo dije…

—Venga, Susan. No seas aguafiestas. Te puedo recoger y acercar a casa.

—De eso nada, espabilado. He tenido suficiente fiesta por esta noche y quiero soledad. —El agobio comienza a incomodar a Susan, aunque no perturban sus calmados pasos.

—¿Y qué harás? Son las cuatro de la madrugada. ¿Prefieres andar bajo el sereno antes que una cálida compañía?

—Pues sí. Te recuerdo que vivo a unas pocas calles. Mira, Carlos, ya te llamaré. —Susan desvía la mirada a un lado.

—Espera, Susan. Di… —continúa Carlos, pero Susan le cuelga.

—Pesado —resopla la chica, saboreando un gran alivio al librarse del asfixiante Carlos.

Pero la acechante sombra sigue caminando por la misma acera varios metros atrás. Susan guarda su teléfono en el bolsito y, entonces, percibe que su taconeo no es el único que retumba en las inmediaciones.

Clac, clacToc, toc

¿Quién más podría seguir la misma ruta? ¿De dónde había salido y en qué momento?

Susan siente curiosidad, una inquietante curiosidad. Mira de soslayo hacia atrás, pero solo descubre una silueta anónima y sombría. No puede evitar que un escalofrío dispare su estado de alerta, acelere sus pulsaciones y tense sus músculos.

Aquellas calles eran seguras. Solitarias, pero seguras. ¿Por qué tendría que temer?

La joven, encogida de hombros, se protege con su chaqueta y se aferra a su bolso. Susan nota que la distancia entre ella y el acechador se acorta, siente que la sombra crece a sus espaldas y que está a punto de engullirla. Sus ojos se agrandan hasta resplandecer como dos lunas llenas. Le asustan las perturbadoras intenciones que pueda tener un vagabundo de la noche con una bella joven como ella, así que apresura las zancadas para alejarse de él.

¡Clac! ¡Clac! ¡Clac!

Se aleja, parece que lo consigue, pero pronto se percata de que no es más que un sueño efímero. El perseguidor aumenta el ritmo, incluso sobrepasa el de ella. El firme y tosco taconeo de él devora el suyo. Gana terreno. Susan, cuyo pecho se expande y se contrae con violencia, clava sus cuidadas uñas en el tirante de su bolso. La tensión le brota en forma de sudor por la frente y la espalda. Sus ojos, temerosos, escapan hacia atrás en busca de una imagen clara, pero le resulta imposible ponerle un rostro a aquella acechante sombra, quizás porque la propia paranoia le impide ver la realidad.

—Dios… —murmura Susan, con la respiración entrecortada.

¡Clac! ¡Clac! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Ambos aligeran sus pasos a tal punto que el suelo tiembla como si una apisonadora pasara por encima de él. El acosador está prácticamente encima de ella. La sombra se estira hasta sobrepasar la de Susan como si anunciara que está a punto de poseerla. ¿Quién es? ¿Por qué a ella? ¿Lugar y horas equivocados, todo se reduce a eso?

Susan, que está al borde de echar a correr, tuerce la mirada instintivamente hacia atrás y traga en seco al tener la sensación de que el aliento del acosador casi humedece su vulnerable cuello. Incapaz de soportar más la situación, y siendo presa de los nervios y el pavor, se voltea por completo junto a un callejón. Con los ojos como platos, entreabre la boca y llena sus pulmones de aire como si fuera a pedir ayuda a gritos. Ni siquiera se plantea si enfrentará al agresor o huirá, solo sigue lo que le dicta su instinto de supervivencia. Pretende exponer la amenaza bajo la luz de una farola por si acaso un testigo la socorre. Y así ocurre. La sombra la aborda al pie de la farola para terminar desviándose de su trayecto. Se trata de un hombre maduro de vestimenta elegante y andar apresurado. Él mismo parece huir de su propia sombra. La prisa lo empuja, probablemente llega tarde a un encuentro. Veloz, cruza la calle e ignora a Susan por completo.

—Ni un jodido taxi en este puto lado de la ciudad —refunfuña el hombre a los cuatro vientos y desaparece en la oscuridad.

—¡Uf! ¡Qué alivio! —suspira Susan, llevándose una mano al pecho y mirando hacia el cielo estrellado como si agradeciera a un ser divino que todo haya quedado en un susto.

Pero Susan desconoce que las amenazas persisten. Es aquel sitio en el que se ha detenido el que la expone a un nuevo peligro. Otra sombra la acecha desde la infinita oscuridad del callejón. Antes de que ella retome los pasos, incluso antes de que termine de saborear la paz, una mano con guante cubre su boca con brusquedad. Los redondeados ojos de Susan reflejan su exaltación y la agitación hostiga su pecho de nuevo. La tensión se dispara cuando una voz rota le susurra al oído, llegando a humedecer su delicada oreja con aquel aliento rancio.

—¡Sh! Quieta o te parto el pescuezo, zorra. —El agresor, que viste completamente de negro y se cubre la cabeza con un gorro, apesta a basura. Los puntiagudos pelos de su descuidada barba dañan la exquisita piel del rostro de la joven al rozarla.

Susan, paralizada, se ve a sí misma como una presa capturada y arrastrada hacia la oscuridad del callejón, hacia la madriguera del depredador. Creía que había tenido suficiente con el asfixiante Carlos y el inquietante perseguidor, pero esto es distinto. Ese hombre mugriento aparenta ser capaz de todo, de hacerle cualquier barbaridad que se manifieste en su mente perturbada.

—¡Ah! —se queja Susan al rebotar en la desgastada pared de ladrillos.

El agresor la empuja otra vez y la somete aprisionando su femenino cuello con la mano. Acto seguido, saca su navaja y acciona el botón de esta. La afilada hoja se despliega rápidamente frente a los ojos de Susan.

—Ni se te ocurra gritar, zorra.

El despiadado sujeto ajusta la navaja en el cuello de la temblorosa joven para intimidarla. Ella, inmóvil e indefensa, no opone resistencia. Le cuesta creer que su vida pueda terminar de forma horrible en un lugar tan miserable como aquel. Bella y radiante, muerta entre la basura de la ciudad a manos de una escoria. Y eso sin contar con que el desgraciado abuse de ella antes de dejarla con la garganta al aire.

—Una tontería y te rajo. No serías la primera que prueba a mi Rocío —la amenaza el agresor, refiriéndose a su navaja—. Pórtate bien y puede que hasta hagamos un trío esta noche, ¡je, je!

Los latidos del corazón de Susan aumentan hasta parecer que el pecho le va a estallar. No obstante, la chica permanece en silencio y se muestra sumisa ante el temible rufián. Este comienza a hurgar en su bolso. Mientras su mano trabaja, sus ojos escanean las curvas de Susan, incluso le aparta la chaqueta con la navaja para contemplar su generoso escote. El muy repulsivo se relame al dibujar la silueta de los atractivos pechos con la punta de la hoja.

—Me quedaré con todo —asegura el repugnante atracador.

Entonces, Susan suspira y pestañea pausadamente, simulando que se prepara para afrontar lo peor que le podría ocurrir. Sin embargo, su rostro adopta una imponente y fría expresión cuando abre los ojos. El miedo se desvanece y abandona sus facciones, por lo que el agresor, que denota desconcierto al mirarla, presiona la navaja hasta casi rasgar la frágil piel de la chica.

—No —articula Susan con dureza.

—¿Qué has dicho, zorra? ¿No me has entendido?

De pronto, el cuello de Susan se hincha anormalmente. Un bulto asciende por su interior, deformando su gaznate.

—Habéis agotado mi paciencia esta noche y no sois más que trozos de carne flácida. —La dulce voz de Susan se distorsiona hasta volverse monstruosa.

Un segundo después, la mandíbula de la chica se desencaja y su boca se abre más allá de las proporciones humanas. Sus dientes se multiplican a la vez que se tornan puntiagudos, y la masa amorfa que sube por su conducto digestivo se asoma en múltiples partes que se asemejan a dedos en constante agitación.

—¡¿Qué coño…?! —El rufián, espantado, no concluye la frase. El pulso le tiembla y su mirada se congela al ser presa del horror que lo devora hasta las entrañas.

La última imagen que se graba en la retina del atracador es la de los exacerbados y salivosos tentáculos que afloran por la horrenda boca de Susan antes de arrojarse sobre él y augurarle una muerte espantosa.

¡Joder! Me lo juego todo en esta carta. ¡Y queda el pez gordo!

Charlie es un manojo de nervios. Los goterones de sudor le chorrean por la frente, mientras que los de su espalda continúan empapando su camisa arrugada. Sus piernas, por otro lado, mojan el pantalón vaquero hasta conformar su silueta en la silla. Los calcetines bajo la piel de sus zapatos sucios le generan la sensación de tener los pies sumergidos en una palangana de agua. Incluso las cartas de póker se humedecen entre sus dedos. Todo él destila un incómodo hedor corporal. Su corazón, presa de violentos latidos, estremece su tórax y bombea sangre hacia su cerebro hasta rozar el estallido mental.

Dios… ¡Ayúdame!

La tensión aumenta mientras desliza la última carta de la partida. Sostiene un trío de cuatros, un ocho y un as de diamantes. Reza por una carta alta. Él, cuarentón europeo de aspecto demacrado, pronunciadas ojeras, barba descuidada de una semana y delgado como un alfiler, se enfrenta a un ricachón en la partida de póker más importante de su vida.

Dos oponentes trajeados, que ya han saboreado la derrota, niegan con la cabeza y maldicen a lados opuestos de la mesa para cuatro jugadores como sombras insignificantes ante los verdaderos reyes del póker. Charlie es uno de esos reyes. La mirada le tiembla al cruzarla con su verdadero rival, con Rick. Este da una calada a su habano y exhala el humo sobre Charlie, una simple cucaracha bajo la suela de su zapato. Rick luce sus ostentosos anillo y reloj mientras acomoda un revólver sobre la mesa. Es su forma de recordar quién manda por si su traje blanco de marca —tensado como si fuera a reventar por su sobrepeso— y su aspecto de mafioso —reforzado por su fino mostacho— no bastaban.

Los fajos de billetes de cien y quinientos euros se amontonan en el centro de la mesa junto al mazo de cartas. Toda una fortuna sobre una mesa de madera rescatada de un antro. Hasta los vasos con whisky se resisten a separarse de la pegajosa superficie. Una luz casi muerta baña el área de juego. Proviene del único foco que cuelga de un cable, pareciendo que este se desprenderá de un momento a otro. Toda la acción se desarrolla entre cuatro paredes que asfixian como la celda de una cárcel. Peor incluso. La pintura está deteriorada por la humedad que penetra hasta los huesos. Las grietas y los ladrillos descubiertos podrían datar la antigüedad de la habitación. Una mera puerta indica el acceso al lugar —o la salida de la prisión—. Otra puerta blindada reposa en el extremo opuesto bajo la protección de dos hombres que permanecen estáticos en las sombras.

Rick esboza una sonrisa perversa. El silencio se torna perturbador para un Charlie que ni se inmuta con el revoloteo persistente de una mosca. Tiene la carta en su mano. Es la carta que decidirá su destino. Pero ¿qué lo había conducido hasta aquella situación? ¿Cuál era su motivación?

¡Se lo debo a mi hija y a mi mujer!

Charlie no fue un don nadie toda su vida. Recuerda perfectamente aquel día de hacía cinco años en el que lo ascendieron a director de una sucursal de un reputado banco. Había alcanzado el sueño de su vida. Ropa elegante, complementos costosos, un amplio escritorio en una oficina privada, vistas a la ciudad. Un trono en el que sentarse y sentirse orgulloso cada día de trabajo. Un merecido premio por todo su esfuerzo.

Aunque pareciera que Charlie había ansiado ese puesto por una finalidad avara, en realidad, lo había hecho por su familia. Su mujer María y su pequeña Sara significaban todo para él. Había trabajado duro pensando en el bienestar de ellas, en ofrecerles todas las comodidades posibles. María, una mujer de apariencia y pensamientos modernos, siempre había apoyado y alentado a su marido a perseguir sus sueños.

Sara era una niña de apenas tres años cuando sus padres se mudaron a un ostentoso chalé a las afueras de la ciudad. La casa tenía un jardín con un patio de cincuenta metros cuadrados y piscina para que ella jugara, un garaje lo suficientemente grande para el coche familiar y el BMW del director, y dos plantas con más habitaciones de las que llegarían a pisar. Todo un lujo que conmovió a María y a Sara. Charlie recuerda el brillo en los ojos de su mujer mientras exclamaba «¡Charlie! No tengo palabras…» al mostrarle el nuevo hogar.

El éxito trajo sus frutos… Mi pequeña Sara y mi fiel María. Siempre he pensado en su bienestar.

Por encima de la riqueza material y de las comodidades había un eslabón más importante para Charlie. Era el tiempo del que disponía para compartir con su familia el que llenaba su corazón, el que le hacía sonreír todas las mañanas y cerrar los ojos armoniosamente al ir a la cama. Aquellas mañanas preparando el desayuno con su mujer para su hija, el olor a pan tostado, untar la mantequilla sin prisas, beber el café a sorbos mientras Sara mostraba sus dibujos con entusiasmo. Aquellas tardes ayudando a su pequeña con los deberes del colegio, los complicados problemas de matemáticas, para luego disfrutar de un paseo por la ciudad y una película infantil. Charlie recuerda la sonrisa enérgica de su hija mientras gritaba feliz a los cuatro vientos «¡Quiero subir a todo, papá!» durante la visita a un parque de diversiones.

Por fin tuve tiempo para mi familia y dinero para pasear y viajar con ellas… hasta aquel maldito día en Las Vegas…

Visitar otros países se había convertido en el pasatiempo favorito de la familia. Emblemáticas ciudades europeas como Londres y París, orientales como Tokio y Shanghái, e incluso cálidas como La Habana y Cancún. El último destino fijado había sido Las Vegas, la ciudad del pecado para unos o de las grandes oportunidades para otros. Charlie sintió una inquietante chispa en su interior cuando se plantó por primera vez delante de las máquinas tragaperras. Era como si una fuerza magnética le impidiera apartarse de ellas. El sonido de las monedas chocando unas con otras, la incertidumbre del azar tras presionar un simple botón, el éxtasis cuando coincidían los dibujos y la máquina vomitaba monedas como si fuera la lotería. Allí estaba él observando la gloria de otros.

Una mano extendió una moneda entre sus dedos. La paseó por delante de Charlie en compañía de las palabras «¿Dudando? ¡Te invito a la primera ronda! Las Vegas es el paraíso de la diversión, amigo. ¡Conquista la suerte y el azar!». Así había tenido lugar el inicio de su amistad con John, un hombre de fortuna, contemporáneo con él, de melena negra y porte de seductor.

Aquella moneda fue la puerta a mi perdición.

Charlie jugó la moneda, y ganó. Experimentar aquella sensación de triunfo inmediato no tenía punto de comparación, por lo que introdujo otra moneda en la ranura y, para su fortuna, volvió a ganar. La sensación se multiplicaba y John estaba ahí para celebrarlo con él, así que repitió la acción, retó al azar, y… perdió. Charlie sintió la desilusión del fracaso, pero ¿y si volvía a intentarlo y ganaba? Así comenzó un bucle sin fin. Charlie jugó monedas en las máquinas tragaperras, apostó en la ruleta, en partidas de póker, en competiciones. Nunca se había imaginado que aquello le resultaría tan divertido, tan desafiante, tanto que consideraba que volvía a vivir. Y John seguía a su lado celebrando las victorias que cada vez eran inferiores a las derrotas.

Aposté y aposté… El juego tenía un sabor agridulce que me arrastraba a la embriaguez.

Las pérdidas superaron los beneficios obtenidos. Aun así, Charlie se sentía incapaz de abandonar el juego. Creía firmemente que en la siguiente apuesta recuperaría todo. Por ello, apostó más allá de sus límites, no tenía fin. Su preciado Rolex fue el primer objeto de valor del que tuvo que desprenderse en plena partida de póker. Luego, como una cadena arrastrada por un ancla hacia el fondo del mar, siguieron otras joyas y prendas valiosas, el BMW, los ahorros en el banco, los fondos para los estudios de su hija y el chalé. Se arruinó por completo. Lo perdió todo, incluida su destrozada familia. Charlie, afligido, recuerda a su esposa y a su hija alejándose y su casa embargada aquel día bajo la lluvia.

¡Soy un puto ludópata! Eso es lo que soy…

Gracias a su amigo John, se encuentra en la partida ilegal de póker que podría devolverle su vida. Apuesta todo el dinero que el propio John le prestó. Había sido él quien le había hablado sobre aquel lugar. Le había asegurado que allí los afortunados ganadores recibían un premio especial, uno que guardaban al otro lado de la puerta blindada.

¡Recuperaré los ahorros para los estudios de mi hija!

Charlie, tragando en seco, termina de coger la última carta. Todos lo miran intensamente en busca de un gesto que delate su mano, pero él mantiene su cara de póker, que no es más que la de un hombre hecho añicos. Al deshacerse de la carta quemada, la expectación crece en la mesa. Uno de los perdedores se bebe su whisky de un trago. El otro se pellizca la barbilla incesantemente. Es el turno de Rick, él revela su mano primero. No queda más por apostar, todo está sobre la mesa. Rick esboza su sonrisa perversa y planta sus cartas golpeando la mesa con violencia.

—¡Póker de treses, imbécil! —brama Rick—. Dudo que tengas algo mejor.

Los perdedores asumen que Rick es el ganador y se limitan a prestar su apoyo con vagas sonrisas. Charlie observa sus cartas, pestañea profundamente y las vuelve a observar con detenimiento. Tiene un as de diamantes y todos los cuatros.

¡¿He ganado?! Entonces… ¡¿el premio especial también…?!

En un desborde de energía, Charlie planta su mano con más ímpetu que Rick. La mesa tiembla ante el azote, incluso la madera cruje como si estuviera a punto de romperse.

—S-sí… Sí. ¡Sí! ¡Póker de cuatros! ¡He ganado!

Los jugadores intercambian miradas de perplejidad. Les cuesta creer que aquel enclenque vagabundo los haya desbancado, detestan que salte de alegría. Rick no puede permitir semejante humillación. ¿Cómo iba a permitir que una cucaracha lo pisoteara? ¿Cómo iba a permitir que aquel perdedor saliera de aquella habitación y fardara de haberle ganado a él, al gran Rick? Llevado por la ira, Rick empuña su revólver, apunta a Charlie y acciona el martillo. La hostilidad que despiden sus ojos endemoniados espanta a los otros dos jugadores.

—¡De eso nada, hijo de puta! —grita el colérico Rick.

Charlie se petrifica. Sabía que jugaba contra gente peligrosa, pero confiaba en que fueran leales durante la partida. Acorralado, es consciente de que es imposible que pueda escapar sin recibir un balazo. ¿Tanta dicha para terminar así? Su única oportunidad para recuperar a su familia se desvanece.

—¡Quieto, Rick! —interviene uno de los guardias de la puerta blindada, un hombre moreno cuyos músculos se dibujan en su traje oscuro. Su palabra es la ley dentro de aquellas paredes, pues se trata de un miembro de los organizadores de partidas ilegales como esa.

—¿Y dejar que esta basura se ría en mi cara? ¡Ni hablar! —protesta Rick, aunque aleja el dedo del gatillo.

—Ya conoces las reglas, Rick. Sabes lo que hay. No querrás empeorarlo, ¿verdad? —subraya el guardia moreno con un tono amenazador.

—Yo… me quiero largar de aquí —murmura uno de los perdedores.

—Y yo —añade el otro.

—¡Maricas! —los ofende Rick.

El otro guardia, un hombre blanco, rapado e igual de corpulento que su compañero y vestido como él, se dirige a la puerta y la abre. Luego, señala el camino mientras sostiene una sonrisa burlesca.

—Andando. Ahí tienes la puerta de los perdedores, Rick —le indica el hombre rapado.

Los dos jugadores acobardados agachan la cabeza y salen por la puerta. Rick aprieta los dientes, pero guarda el revólver y el guardia al mando lo escolta hasta la salida. Charlie, que permanece al margen, agradece la presencia de aquellos hombres.

—No vuelvas hasta que aprendas a ser un buen perdedor —le dice el guardia moreno.

—¡Que os jodan! —concluye Rick y desaparece.

La puerta queda bien cerrada tras su partida, por lo que Charlie suspira aliviado y, relajado, se apoya sobre la mesa para juntar los billetes. Una sonrisa esperanzadora se dibuja en sus labios al contemplar una segunda oportunidad en la montaña de dinero.

—Os lo agradezco. Ese Rick está loco. Me habría disparado por ganarle justamente. Tengo que volver con mi familia y enseñarles todo esto —expresa Charlie, saboreando el renacer de su vida.

—Enhorabuena, Charlie. Eres un tipo con suerte —lo felicita el guardia rapado mientras se le acerca y le echa el brazo por encima del hombro—. No te preocupes por el dinero ahora. Te lo guardaremos en una maleta.

—El verdadero premio se encuentra detrás de esta puerta. ¿Lo has olvidado? —le recuerda el guardia moreno junto a la puerta blindada.

—¡Es verdad! Casi lo olvido. Con todo esto de Rick… ¿Qué es? ¿Más dinero? ¿Alguna membresía por jugar tan bien? ¿Socio de un club secreto? ¿Chicas? En ese caso tendría que rechazarlo. Amo a mi mujer —divaga Charlie, consumido por la intriga.

—Descúbrelo con tus propios ojos. —El guardia rapado lo acompaña hasta la puerta blindada.

—No puedo esperar más. María, Sara, será para vosotras —murmura Charlie, sonriendo ingenuamente, y permanece inmóvil ante la puerta que está a punto de abrirse.

Se alza el telón de una cámara alargada que simula la mazmorra de un viejo castillo medieval. Rocas apiñadas componen las claustrofóbicas paredes, donde cuelgan las antorchas que iluminan la habitación con su cálido fuego. Una puerta se vislumbra en el fondo de la habitación, una puerta cuyo destino es un enigma, pero eso es insignificante ante la escena que acapara el centro de la cámara.

Tres mesas, oscuras como la sala de tortura de la que procedían, están dispuestas en paralelo. Una mujer forcejea para librarse de las cadenas que la retienen en la mesa de la izquierda. La mordaza impide que sus gritos de espanto se liberen, pero no que su rostro refleje el miedo que la devora. Una niña se encuentra en las mismas condiciones en la mesa de la derecha. Sus ojos derraman las lágrimas perpetuadas por el pavor. Ambas están rodeadas de hombres que ocultan su identidad bajo túnicas negras con pronunciadas capuchas. Uno de ellos tira de los cabellos de la niña, le inflige daño intencionadamente para que siga gimoteando. Ella se estremece de pánico al contemplar aquella mano arrugada y repleta de manchas, verrugas y uñas punzantes.

Un hombre bien conocido por Charlie —o que creía conocer— está ubicado detrás de la mesa central.

—Charlie… —pronuncia aquella voz familiar, la voz de un amigo, la voz de John, denotando un tono siniestro que le causa un escalofrío a Charlie, un escalofrío que se acentúa cuando este percibe que aquella mujer y aquella niña son su esposa María y su hija Sara.

—¡Mi familia! —grita Charlie, tan desconcertado como aterrado. En ese instante, los musculosos brazos de los guardias aprisionan los suyos como serpientes que enredan a sus presas—. ¡¿Por qué, John?! ¡¿Qué está pasando?! ¡Suelta a mi familia! ¡Te lo ruego!

—No lo entiendes, Charlie. —John atraviesa la cámara y acorta distancia con él—. Tu pequeña Sara y tu adorable María son un daño colateral. Están ahí por tu culpa. Son solo el aperitivo…

—¿De qué estás hablando? ¡John, por favor! —ruega Charlie, incapaz de librarse de aquellos brazos sólidos como el concreto.

—Aunque no lo creas, eres un suertudo. No nos conocimos por casualidad. Los O’ktulz nos nutrimos de los afortunados… —le revela John. En medio de sus palabras, Charlie clava sus ojos en uno de aquellos misteriosos hombres que descubre su rostro gradualmente. Es un rostro horrendo, un rostro que escapa a los rasgos humanos. Sus enormes ojos de insecto destacan entre la piel arrugada que viste la cabeza deformada. Las manchas oscuras abundan sobre el tono marrón camuflado por el ámbar de las llamas. Su boca es un labio circular parcialmente abierto que insinúa una inquietante oscuridad en su interior—. Y tú has sido uno de ellos…

—Dios mío… —murmura Charlie, espantado—. ¡María! ¡Sara! ¡No las toquéis! ¡John, te lo suplico!

—Llegamos a este mundo en busca de algo diferente. La carne de los afortunados nos produce una gran dicha —le cuenta John mientras se arranca la piel de la cara y arroja los babosos pellejos con desdén. Su verdadera naturaleza monstruosa se expone a la luz—. Sabía que ganarías. ¡Encadenadlo! —les ordena a sus esbirros.

Los guardias arrastran a Charlie hasta la mesa central, donde lo lanzan sobre ella como si fuera un saco de patatas y le aprisionan las muñecas en contra de su voluntad. Charlie siente el tacto frío de los grilletes que limitan sus movimientos. Está atrapado. No es más que una frágil rama gobernada por dos gruesos troncos. Tendido entre su mujer y su hija, sucumbe ante la desesperación.

—La cena está servida, hermanos. Comenzad por la niña. Quitadle la mordaza para motivar a nuestro plato principal —indica John frente a Charlie, contemplando cómo la ira y la desesperanza se propagan por el rostro de su presa.

—¡Por favor! ¡Por favor, John! ¡Deja a mi familia! ¡Por favor! —suplica Charlie.

Una mano arrugada apretuja las mejillas de Sara, prácticamente haciéndola sangrar al presionar sus punzantes uñas sobre la tierna piel de la niña, y retira la mordaza.

—¡Papá, ayúdame! ¡Tengo miedo! ¡Papá! —implora Sara entre sollozos.

—¡Sara! —chilla Charlie, experimentando una tormentosa impotencia en pleno forcejeo.

Las monstruosas manos actúan al unísono. Desgarran la ropa de Sara y prosiguen con su piel como si rasgaran una hoja de papel. La sangre inocente se derrama sobre la mesa a la vez que los gritos de agonía de la niña se disparan. Gritos. Incesantes gritos y espasmos de dolor. Sara se retuerce cuando los monstruos le arrancan los órganos como si tomaran jugosas manzanas de un árbol y devoran su carne pura como si fuera un tierno corderito recién sacrificado.

—Las entrañas de la niña son una delicia —comenta una de las criaturas.

—¡No! ¡No! ¡Dejadla! —brama Charlie, horrorizado y sufriendo con la sangrienta escena que contempla. Aquellas horrendas manos alzándose por encima de sus cabezas y tirando de la carne que intentan desprender.

La sangre se precipita como una cascada por los bordes de la mesa. Sara no se mueve. Sus gritos cesan, ya no hacen eco en la cámara. Solo el sonido de las bocas engullendo la comida con ansias inunda los oídos del atormentado Charlie, provocando que los segundos se vuelvan infernales.

—Puedo saborear la fortuna heredada de su padre —comenta una criatura.

—¡Qué pura! —añade otra.

—¡Parad! ¡Monstruos! ¡No! —implora Charlie, cuyas fuerzas flaquean y brotan en forma de lágrimas de dolor.

Los O’ktulz, chupándose los dedos y saboreando algún retal, se apartan de la mesa, dejando a la vista de Charlie el cuerpo devorado de su hija. Semejante imagen lo destroza, lo derrumba anímicamente, provocándole un sufrimiento y un llanto inmensurables. Pero un ataque de rabia nace de ese martirio y lo empuja a tensar los grilletes.

—¡Hijos de puta! ¡Mi hija! ¡Mi pequeña Sara! ¡¿Qué le habéis hecho?!

—No te impacientes, Charlie. Tu turno llegará. ¡Seguid con ella! —ordena John, señalando a María.

Los O’ktulz repiten el despiadado ritual, comenzando por posicionarse alrededor de María como si constituyeran los barrotes de una jaula. Todas aquellas caras espeluznantes la observan desde arriba mientras se relamen como bestias hambrientas. Uno de ellos desliza su mano por el rostro de la mujer. La pellizca hasta hacerla sangrar levemente y culmina apartando la mordaza de su boca.

—¡¿Por qué, Charlie?! ¡Nuestra Sara! ¡Nuestra Sarita! —solloza la abatida María, cuyo rostro encarna la mismísima desesperanza.

—Lo siento, María. Lo siento mucho… —pronuncia Charlie, denotando su debilidad al recaer en el desaliento absoluto.

Las criaturas invaden el cuerpo de María con sus desgarradoras manos y le arrancan gritos de agonía al despedazarla a ritmo lento. La sangre de la mujer se derrama igual que la de su hija, pero sus alaridos son más intensos. Cada perforación se convierte en un escalofriante grito que estremece las paredes hasta que una mano penetra en su boca y la interrumpe. María abre los ojos hasta alcanzar sus extremos cuando sus huesos faciales crujen. Diversos poros surgen en la piel tensada y un rastro de sangre se precipita por estos. Tras un brusco tirón, la criatura le arranca la mandíbula de cuajo con parte de la lengua. María convulsiona sobre la mesa, y sus alaridos se ahogan en gárgaras de sangre.

—¡No! ¡María! —chilla Charlie en su lugar, sufriendo como ella a nivel emocional.

—Jugosa —enfatiza una criatura con los intestinos de María en sus manos.

—Sí, es jugosa, pero apenas saboreo fortuna en su carne —comenta otra.

—Por eso guardamos lo mejor para el final —resalta el perverso John.

—María… Lo siento… Sarita… —solloza Charlie, desolado y sin viveza.

Ya no hay brillo en sus ojos, ni lágrimas que derramar. Prefiere apartar la vista de la atrocidad que sufre su mujer, sobre todo porque sabe que ella ya no respira. Busca el inexistente consuelo en el techo de piedras, y ruega que este se le desplome encima para que la desgracia termine pronto.

—Tranquilo, Charlie. —John se inclina sobre él—. Nosotros aprovecharemos la buena fortuna que despilfarraste… El plato fuerte nos espera, hermanos.

Charlie tiembla de horror cuando aquella boca circular se extiende desproporcionalmente y exhibe la infinitud de dientes puntiagudos que posee en su interior. Una lengua filamentosa emerge de las profundidades de aquel abismo.

John, voraz, se abalanza sobre él.

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