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romance, drama, LGBT, erótica, psicológica

Tras superar mi etapa de rebeldía, mi salto a la adultez se convirtió en un sueño hecho realidad. Mis padres apoyaron mi capricho de vivir sola con mi novio e incluso ampliaron mi paga mensual. Mis únicas obligaciones consistían en superar la Preparatoria y ayudar a mi chico con las tareas del hogar. Como premio, gozaba de libertad y tiempo para divertirme con mi amor. ¿Qué más podía pedir? Pero esa vida de ensueño se acabó cuando ella apareció…

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Edición nueva.

«—Eres muy intensa, ¿no? —comenta Laura de pronto y exhibe la misma sonrisita socarrona de antes.

—¿Cómo? —pregunto, desconcertada.

—Escuché el “ruido” de anoche —enfatiza Laura.

Enseguida me atraganto con el café con leche, que se vuelve una asfixiante piedra en mi garganta y me fuerza a toser para desatascar mis vías. Dado que cierro la boca para evitar un desastre, el líquido tibio sube por mi nariz y casi lo escupo por ahí.

—Gemiste intensamente durante unos cinco minutos. Parece que eres muy pasional. «Corto pero intenso», suelen decir, ¿no?»

⚠️ AVISO: Querido lector, recuerda que la saga está en revisión, por lo que es posible que encuentres algunas incongruencias en las edades de los personajes y el contexto académico mientras veas este mensaje. ⚠️

Capítulos

¡Riiing! ¡Riiiiing!

Ese maldito despertador… ¿Ya se acabó el fin de semana?

Silencio ese ruido taladrador antes de que me provoque un dolor de cabeza. Me siento tan cómoda arropada por el calor que me brinda la sábana que no me apetece levantarme todavía, así que doy media vuelta y busco el cuerpo tibio de mi novio, que reposa a mi lado. Extiendo los brazos y me acurruco sobre su cálido pecho, que me complace mejor que la almohada. ¡Esto sí es estar a gusto! En nada volveré a babear otra vez…

¡Riiing! ¡Riiing!

¡No! Suena la alarma de mi chico y él sacude su cuerpo toscamente. Mi sueño tranquilo se convierte en pesadilla. Adiós comodidad. Adiós calor. Solo quería dormir un poco más…

—¡Ay!, no puedo con mi alma —expresa Eric, mi novio, y se incorpora con un estirón. Media espalda le cruje—. Mi amor, hay que levantarse. Son las seis clavadas. Recuerda que hoy tengo exámenes.

—Ya… —murmuro, desvanecida. Los párpados me pesan aún.

—Mira que te dije que no te quedaras hasta tarde mirando series. Cabezona. Pero sigue durmiendo, boba. El de los exámenes soy yo. Me basta el detalle de que quisieras acompañarme al insti antes de lo normal. —Mi adorable novio ya se ha puesto medio uniforme, increíble, y yo sigo tirada en la cama.

“Venga, Ana, mueve el culo. Hace tiempo que dejaste de ser aquella vaga tonta gracias a él”, me riño en mis adentros. Es verdad, no soy una perezosa y Eric se porta conmigo como uno de esos caballeros en peligro de extinción, así que lo mínimo que puedo hacer es pagarle con el mismo amor. Mi novio y yo llevamos un par de años juntos cultivando una relación especial, y pronto hará un año que vivo con él, aunque aún no somos independientes económicamente. El tiempo vuela, debe ser por lo bien que me siento con su compañía. Hago vida de casada sin grandes responsabilidades, nada más allá de contribuir con el mantenimiento del hogar y de velar por mis estudios. Vivir sola con mi novio es un sueño hecho realidad.

Antes de conocerlo, yo era una bala perdida, de esas que enloquecen a sus padres hasta empujarlos al borde de la depresión. Por aquel entonces, en mi temprana adolescencia, salía con chicos canallas de mi edad y, en ocasiones, con algunos mayores que yo que parecían recién fugados de la cárcel. Al mes de iniciar mi relación con Eric, dejé el vicio del cigarro y depuré mi vida, incluso añadí a mi agenda una rutina de ejercicios para mantenerme sana y en forma.

Mis padres lo adoran, por eso aprobaron nuestra relación desde que se lo presenté como mi novio oficial y apoyaron mi capricho de mudarme con él cuando cumplí los 18 años. De hecho, ampliaron mi paga mensual como un tierno gesto para ayudarnos con nuestra independencia parcial. Ellos saben que Eric es muy responsable, y una de sus formas de demostrarlo fue tomando todas las precauciones posibles cuando iniciamos nuestra vida sexual para evitar un embarazo no deseado. Ahora rozo los 19 años y él va camino a los 21, a estas alturas tomo píldoras anticonceptivas para disfrutar de nuestra vida íntima a plenitud.

Eric y yo vivimos solos en un apartamento de mis suegros ubicado a pocas calles del piso de mis padres, pero él lleva años cuidando de la casa, aunque contó con la asistencia de una tutora designada por sus padres cuando era menor, y tiene que asumir algunos gastos. Sus padres, que residen en Inglaterra con su hermana menor, lo ayudan económicamente hasta cierto punto, pues, a pesar de que son ricos y de que no dudarían en cubrir todas sus necesidades y proporcionarle todos los lujos que quisiera, son partidarios de fomentar su espíritu luchador e independiente para que se esfuerce y valore los frutos de su sudor. No puedo decir lo mismo de su hermana, que debe de ser una consentida y engreída a la que ni conozco, la típica pijita que mira a los demás por encima del hombro, porque ni siquiera ha hecho un intento por comunicarse con su hermano desde antes de que nos conociéramos según me ha contado él. Lo que sé es que admiro a Eric porque estudia y trabaja a la vez. Aunque esté cansado, siempre luce de buen humor. Me respeta. Me cuida. Me ama. ¿Qué más puedo pedir?

—Vale, mi amor. Prepárate y repasa. Yo me ocupo del desayuno. —Le regalo mi mejor sonrisa.

Eric se ríe, supongo que le causa gracia mi cara de adormecida, suele decírmelo. Me agradece el gesto con un amoroso beso en los labios. Poco después, salgo de la cama, esa maldita que me tienta para que vuelva a tumbarme como una perdedora, y me dirijo al armario para coger el uniforme. Nunca me cansaré de la comodidad de andar en bragas y camiseta por toda la casa. ¡Amo mi vida!

Mientras me pongo la falda, pienso en la rutina del instituto y me pregunto qué novedades me deparará el día de hoy.

***

Eric y yo entramos en el instituto, aunque, desde la última reforma educativa establecida por el gobierno hace un par de años, debería llamarse oficialmente Centro de Educación Superior con alternativas como Educación Secundaria Obligatoria, Ciclo 2 Obligatorio y Preparatoria. ¡Menuda odisea afrontamos los estudiantes que vivimos la reforma educativa en primera línea!

Aún recuerdo cuando las noticias dibujaban un escenario tétrico sobre el estado actual de la educación en España, exponiendo cifras que etiquetaban la educación pública de mi país como una de las más patéticas de Europa por la pobre y decadente enseñanza básica de las escuelas, lo que derivaba en que los alumnos no asentaran una base sólida de los conocimientos y, como resultado final, obtuviéramos graduados universitarios que daban risa en su desempeño como profesionales. Todo el mundo asumió que el cambio prometido sería puro humo, lo típico a lo que los políticos tenían acostumbrados a sus ciudadanos… hasta que se fijó una fecha para la reforma y comenzaron las obras para ampliar los centros educativos.

¡Qué tiempos aquellos! Yo fui una de los incontables alumnos que protestaron cuando el gobierno dictó que la enseñanza obligatoria se extendería hasta los 18 años. Los vagos que detestábamos estudiar percibimos un abuso hacia nuestros derechos, una ampliación de nuestra condena a cambio de un título, un trozo de papel que nos definía como personas más capacitadas y aptas para acceder a estudios avanzados.

La reforma educativa me alcanzó cuando finalizaba 4º de ESO, por lo que no me pude librar del cambio y maldije todo como el claro ejemplo del fracaso de la educación que era yo, una alumna conflictiva, carente de motivaciones, que incluso había repetido curso. De no haber sido por ese año que repetí, habría obtenido mi graduado escolar a tiempo y quién sabe qué camino habría tomado.

El panorama ofrecido por la reforma educativa establecía que la ESO, la Educación Secundaria Obligatoria, seguiría igual, con una duración de cuatro cursos. El cambio principal empezaba a partir de ahí, donde Bachillerato se convertiría en Ciclo 2 Obligatorio para todos los menores de edad. Esos dos años de estudio seguirían siendo densos, una ampliación del temario y recapitulación de todo lo aprendido en la ESO. Aún tengo la sensación de que superé esos cursos por obra de un milagro y por consideración de la directora y de algunos profesores, que valoraron mi transformación de demonio a ángel redimido.

Después del Ciclo 2 Obligatorio, que a día de hoy se sigue conociendo como Bachillerato en el lenguaje terrenal, el gobierno nos sorprendió con otro cambio interesante. Las pruebas de acceso a la universidad habían sido eliminadas a cambio de extender la formación general y específica con la famosa Preparatoria. Aquellas personas que decidieran ampliar sus estudios con el programa de la Preparatoria tendrían el acceso directo y garantizado a una carrera, sin miedo a quedarse sin plaza o no llegar a la media de corte. Este método valoraba la formación y evaluación continua de los estudiantes y no su rendimiento en un día puntual a través de un examen. Vamos, una gran oportunidad para las lerdas en los estudios como yo.

Además, la Preparatoria heredaría lo mejor de la ESO y de Bachillerato, o sea, mantendría las asignaturas troncales de toda la vida y las que se volverían específicas y optativas vinculadas al ámbito científico o de letras al pasar de curso, pero a un nivel muy avanzado, como si automáticamente estuviéramos en los primeros años de la universidad. Lo más sorprendente fue que extendieron la asignatura de Educación Física para fomentar los hábitos saludables en los jóvenes, algo que, con toda lógica, repercute positivamente en el rendimiento posterior, y otras opcionales como Teatro o Música, asignaturas que, en definitiva, nutran el arte y la creatividad de alguna manera.

La gran ventaja de este sacrificio de estudiar tres años más, desde los 18 hasta los 21 aproximadamente, es que la mayoría de carreras universitarias durará menos e irá al grano, a lo práctico que el mundo laboral necesita, y en dos o tres años podremos graduarnos como universitarios, siempre con la opción de enriquecer nuestros conocimientos y especializarnos con los postgrados. No sé si llegaré tan lejos, pero no está nada mal.

Para promover la Preparatoria, el gobierno concedió muchas opciones de becas y ayudas sociales para los jóvenes que se encontraran en todo tipo de situaciones, un gran detalle para los más desfavorecidos, aunque también benefició a ciertos especímenes que no lo merecían, gentuza nociva como mi yo del pasado que solo entró en la Preparatoria por el dinero y no por el interés de formarse como futuros profesionales. Por supuesto, las otras vías de formación como la Formación Profesional siguen vigentes, aunque adaptadas a la nueva reforma educativa, pero esos campos no entran en mis objetivos, pues me gustaría ir a la universidad como mi novio y la Preparatoria me pareció la mejor opción para lograrlo.

A pesar de que la intención de la reforma educativa tenía un fin memorable para limpiar la imagen del sector de la educación en el país, una de las realidades es que el gobierno se precipitó al aplicarla. Eso se notó en la falta de centros educativos exclusivos para la Preparatoria, algo que requería terrenos edificables y obras de gran envergadura, por lo que su solución apresurada fue invertir en la ampliación de bloques de los institutos públicos ya existentes y firmar acuerdos con algunos institutos privados y concertados. Por esa parte no me quejo, y no creo ser la única, ya que he podido empezar la Preparatoria en mi instituto concertado de toda la vida, cerca de mi casa, de ahí que muchos nos sigamos refiriendo a ir a cualquiera de los cursos como “ir al insti” por mera costumbre, aunque es agobiante compartir el espacio común con los críos de los grupos inferiores. ¡Son un dolor de cabeza!

Debido al aumento de alumnos y la mezcla de cursos en los centros educativos, se aprobó el uso de uniformes en la Preparatoria como indumentaria para diferenciarnos fácil y rápidamente unos de otros. Admito que los uniformes nos dotan de elegancia y de un aspecto de estatus privilegiado que alimenta nuestro ego y orgullo. Los de primer curso llevamos una camisa blanca con una elegante americana negra por encima, una falda plisada o pantalones rojos con una corbata a juego, medias y zapatos negros. Los de segundo y tercer curso, como mi Eric, que luce muy apuesto con el uniforme, usan uno idéntico en estilo, pero con una variación en el color. En su caso, la falda plisada o los pantalones son negros como la corbata y la americana posee un tono azul marino oscuro.

Esos tonos son los que más aprecio de camino al aula de Eric. Si bien apenas vemos alumnos merodeando por el patio y los pasillos porque es muy temprano, los pocos con los que nos cruzamos portan el uniforme de mi novio. Lo normal es que el instituto sea un desierto a estas horas, pero los rigurosos exámenes exigen un sacrificio a los mayores que de verdad les importa su futuro profesional. Por tanto, no me extraña que encontremos a los cuatro gatos aplicados de siempre con los codos clavados en las mesas al entrar en el aula; de hecho, ni nos molestamos en saludar para no distraerlos. Son estudiantes de tercero de Preparatoria, la élite estudiantil que está a un paso de entrar en la universidad y cuya diferencia con los cursos inferiores es abismal en cuanto al nivel de exigencia académica. Yo debería estar un año por detrás de ellos y no dos, pero en mis inicios de la secundaria fui una alumna rebelde que sacaba notas pésimas, faltaba a las clases, me burlaba de otros compañeros… y mi mala conducta terminó por pasarme factura cuando suspendí todo y tuve que repetir un curso.

—Vamos, mi amor, lo tienes controlado. Pasemos a la siguiente pregunta —le murmuro a mi novio para animarlo mientras lo ayudo a repasar el temario.

Su primer examen es de Historia, bueno, Historia Avanzada III, ya que, como todas las asignaturas clásicas, lleva la etiqueta de “Avanzada” para subrayar la profundización en el contenido. Para mí no deja de ser una de las asignaturas que más odio. Tragar y tragar información hasta más no poder para luego vomitarla. ¡Ni que fuéramos a convertirnos en enciclopedias! Para algo existen Internet y los libros. Si nos lo enseñan para tener un mínimo de nivel cultural, pues al menos que lo hagan de forma más dinámica, por ejemplo, con representaciones teatrales y proyecciones de películas. Aprendí más con La vida es bella que en clase, aunque lloré mucho. Lo cierto es que, a pesar de que el cambio en el sistema educativo tiene una buena premisa, la ejecución ha sido un poco decepcionante. Muchas asignaturas siguen siendo un plato de potaje espeso y repetitivo que provoca náuseas y sueño y que tenemos que ingerir por la fuerza. ¿Dónde quedaron las propuestas dinámicas y prácticas para enriquecer nuestro aprendizaje y volverlo más ameno y eficaz?

Las respuestas de mi novio son acertadas en general, por lo que puedo asegurarle que está bien preparado para el examen. Eric es mi ejemplo a seguir. Siempre me habla de que hay que esforzarse en la vida para conseguir lo que queremos y que eso implica afrontar situaciones que nos desagradan. Es un chico muy maduro, es una de las cosas que me encantan de él. Quiere estudiar Ingeniería Mecánica y, por el buen camino que ha ido trazando, estoy segura de que entrará en la universidad y se convertirá en un talentoso ingeniero mecánico. Por suerte, podrá cursar la carrera en la universidad pública que tenemos en Palma de Mallorca, así no se irá de mi lado y puede que hasta coincidamos un año allí.

¡Tin, tin!

Suena el timbre que marca el inicio de las clases.

—Vale, mi amor, se acabó el tiempo. No le des más vueltas, lo tienes controlado. Concéntrate y ya está. Eso es lo que sueles decirme y, si funciona conmigo, debería funcionar contigo también —bromeo para que se relaje.

—Eso espero —suspira Eric y me sonríe con ternura—. Gracias por madrugar, por acompañarme y por ayudarme. ¿Te he dicho alguna vez que eres la mejor novia del mundo?

—¿Desde cuándo te has vuelto un adulador? Nada de gracias, confío en que sabrás compensármelo muy bien —le digo con cierta socarronería y, tras reírnos, me inclino sobre él—. ¡Buena suerte, mi amor! —Le transmito mis ánimos con un profundo beso.

—A eso se le llama dopaje, ¡ja, ja! Ya te contaré. Nos vemos luego.

***

Entro en mi aula, donde me espera mi solitario puesto junto a la ventana que da a la calle. Decidí sentarme sola al final de la fila para que nadie me distraiga, ya que me cuesta mucho concentrarme en las clases de por sí como para tener a alguien al lado comiéndome la oreja. Lo admito, el instituto, o lo que sea este sistema educativo actual, sigue sin llenarme ni motivarme lo suficiente, pero no me queda otro remedio que afrontarlo como dice Eric e intentar superarlo lo antes posible. Tres años más de Preparatoria, ¡vamos, puedo hacerlo! Ya no me puedo permitir el lujo de repetir o, de lo contrario, concluiré la vida estudiantil estando al borde de la jubilación.

—Buenos días.

La profesora cruza la puerta del aula y su presencia basta para que mis compañeros dejen de dar vergüenza ajena. El suelo está lleno de trocitos de goma y de papel como si esto fuera una guardería. Yo tiraba esa basura en mi primer año de secundaria, entre otras cosas, para molestar a los demás, incluyendo a los docentes. ¿Quién diría que la mayoría tiene 18 años? Y pensar que soporto a muchos desde que repetí curso, aunque tengo buenos amigos como Roberto y Patricia.

—¿Habéis resuelto los problemas que os envié?

En fin, Matemáticas… Avanzadas I.

Comienza mi martirio semanal…

La primera hora se disipa en un estado de ensimismamiento total como cuando fumaba porros y pillaba un buen colocón. Visualizo números flotando con voluntad mágica y palabras que me suenan a conjuros de Harry Potter como hipotenusa, coseno y álgebra. ¿Quién se lo puede imaginar? Extiende tu lápiz como una varita. Conjura «¡Álgebra!». ¿Y qué pasa? Las palabras se convierten en letras con números. ¿Eso no es un acto mágico? No cualquiera lo consigue.

Tras un pausado parpadeo, recobro la consciencia en la clase de Lengua Avanzada I. Ni siquiera me he enterado de si pusieron tareas en la asignatura de Matemáticas, pero no importa, ya que he trabajado en el hábito de adelantar ejercicios en la casa para no estar tan perdida. El problema es que estoy siendo víctima de un repentino ataque de sueño y aún queda todo el día por delante.

¡Menudo aburrimiento! Sintagmas y más sintagmas, me siento atrapada en un bucle infinito. No proceso más palabras, por lo que recurro a mi pasión y comienzo a dibujar en el cuaderno para mantenerme espabilada. Al menos, así parecerá que tomo apuntes.

A veces me pregunto qué sentido tiene todo esto. No seré escritora ni daré discursos en público. ¿Por qué nos obligan a perfeccionar el idioma natal cuando nuestro nivel actual es suficiente para aplicarlo en todos los ámbitos laborales? Tampoco sé a qué quiero dedicarme, solo sé que quiero ir a la universidad y ser alguien independiente, alguien que pueda enorgullecer a sus padres y compensarlos por el daño que les causó en el pasado.

Cuando regreso a la realidad, me percato de que he terminado el boceto de una chica. Entonces, paseo la mirada por mi reloj y descubro que aún queda más de media hora de clase. No soy creyente, pero le pido a Dios que el tiempo se apresure. ¿Cómo le estará yendo a mi novio? Pobre, debe de estar obstinado.

La ventana me libera de esta prisión. Un pequeño bosque que hay al otro lado de la calle del instituto me ayuda a despejar la mente. Hace un día maravilloso para pasear por ahí, de esos con un cielo celeste donde los rayos del sol colorean el paisaje de alegría con su tono cálido. Una sonrisa bobalicona se recrea en mis labios mientras jugueteo con un mechón de mi cabello ondulado y observo el revoloteo de dos gorriones, que parecen una pareja en pleno cortejo. Incluso escucho el eco de su animado trino, o es fruto de mi imaginación.

De pronto, como salido de un portal mágico, un taxi aparece y espanta a los pájaros antes de detenerse frente a la entrada del instituto. Parece que alguien llega tarde, pues quien se baja del coche es una alumna con pintas de estudiante modosita y, por los colores de su uniforme, deduzco que va a 1º de Preparatoria. No le veo bien la cara desde aquí porque estoy en un segundo piso, pero ese flequillo tan cuidado, ese uniforme tan impecable y esa postura tan erguida y disciplinada hablan por sí solos.

¡Menuda sorpresa! La mismísima directora recibe a esa alumna. Está claro, debe ser una enchufada que aprueba hasta con los exámenes en blanco. Pero… ¿quién será? No recuerdo haberme cruzado con ella por los pasillos.

—Ana. ¡Ana! —La profesora vocifera mi nombre de tal manera que me ridiculiza en público.

—¿Sí? —Aterrizo en la Tierra otra vez.

Mis compañeros se carcajean a modo de burla. ¡Cabrones!

—Que salgas a la pizarra. Analiza la siguiente oración con lujo de detalles —me ordena la profesora—. Recordad que un lenguaje exquisito es clave para una comunicación efectiva.

¿Por qué a mí? Me tiene en su punto de mira desde las pesadillas que le causé en la ESO, seguro que ese es el motivo. El instituto debería de haber renovado su plantilla de profesores o, al menos, ampliarla con caras nuevas para las clases de Preparatoria, así ninguno me conocería. Pero consideraron que era mejor que los mismos docentes que nos conocían nos acompañaran, en la medida de lo posible y de sus capacidades, hasta el final de nuestra formación, pues tendrían un criterio más preciso y riguroso sobre nuestra evolución a lo largo de los años. A este paso, pareceremos una familia forzada por compartir tantos años juntos.

De camino a la pizarra, me silban como halago. Sienta bien, pero me hace sentir como un objeto sexual y eso me disgusta. Es Mario el que silba, lo veo al pasar cerca de su puesto, y encima me guiña un ojo. Ese aprendiz de pervertido lleva años detrás de mí. En otra época habría caído como una auténtica tonta, pero ahora ni muerta me fijo en chicos como él. Es un niñato fastidioso y repugnante, nada que ver con mi ejemplar Eric.

Consigo analizar la oración con la ayuda de la profesora, pues no soy capaz de descifrar la oración tan compleja y larga que la muy puñetera me asignó como si yo fuera una superdotada. Al menos, no me riñe porque hago más que la mayoría. Puede que ese sea realmente el motivo por el que siempre me saca a la pizarra.

Sacudiéndome el polvo de la tiza de las manos, regreso a mi mesa para seguir con la soporífera rutina, pero entonces…

Toc, toc.

—Adelante.

La puerta se abre tras la indicación de la profesora. ¡Sorpresa! Una visita de la directora.

Todos guardamos silencio ante su distinguida presencia de dictadora. No es para menos, esa mujer de cadera ancha y expresión seria impone como una tirana. Lo curioso es que ella invita a alguien a pasar.

¡No me lo puedo creer! Es la chica que se bajó del taxi hace un rato. ¿Qué hace aquí?

—Os presento a vuestra nueva compañera. Ella es Laura y desde hoy es alumna de primero de Preparatoria de este instituto. Es una alumna brillante. Tratadla bien y con respeto. Ayudadla a integrarse. Si la amargáis, ateneos a las consecuencias. Dadle una cálida bienvenida —ordena la directora, básicamente obligándonos a ser corteses a punta de pistola.

—Bienvenida, Laura —decimos a coro como dóciles reclutas.

¡Menuda presentación! Ahora sabemos quién es el nuevo ojito derecho de la directora: Laura…

—Gracias, señorita McCarthy. Hola a todos. Gracias por la bienvenida. Sois muy amables. Espero estar al nivel del grupo A de primero de Preparatoria del Centro de Educación Superior Arenal de Llucmajor —nos saluda Laura mientras recorre el aula con ojos asustados y agacha la mirada cuando llega a mí. Su voz es dulce y delicada, diría que hechizante, pero rozando un agudo infantiloide. Su postura, disciplinada, pero femenina y sumisa. Imagino que está nerviosa. Es normal, no conoce a nadie.

La directora le cede el poder a la profesora para que se encargue del resto y se marcha.

—Puedes sentarte… al lado de Ana. Es una buena estudiante, haréis buenas migas —indica la profesora y Laura asiente con la cabeza.

¿En serio? Bueno, tampoco es que quede otro puesto libre, pero se acabó mi privilegio.

Retiro mis cosas de su silla y de su parte de la mesa para hacerle sitio.

—¡Qué bombón! Está buenísima. El reinado de Ana se va a la mierda —le murmura Mario a su compañero Carlos, otro cretino como él.

—Le sobra el uniforme —añade el depravado Carlos.

Son unos idiotas. ¿Qué reinado ni reinado? Ven una cara nueva y las hormonas se les disparan enseguida. Es verdad que la chica es linda, pero tampoco es para tanto. Tiene cara de niña y ese peinado con flequillo no la ayuda, una lástima para ese pelazo negro azabache. Demasiado lacio para mi gusto.

Laura avanza hacia mi mesa destilando timidez en su andar. No es difícil darse cuenta de que evita las miradas ajenas.

—¿Puedo sentarme? —Laura me pide permiso, ¡tremendo nivel de educación!

—Sí, claro. Este será tu puesto a partir de hoy.

—Gracias. —Laura me sonríe con la misma amabilidad con la que habla.

Ahora que la veo de cerca, reconozco que tiene unos ojos verdes preciosos y relucientes como dos lunas esmeraldas.

—Disculpa, ¿puedes decirme por qué tema vais? —me pregunta Laura después de colgar la mochila en el respaldo de la silla y sacar su material escolar.

—Pues… —Tengo que pensarlo, ya que, además de ser un poco despistada, aún no me he familiarizado bien con los libros de la Preparatoria—. Tema cuatro.

—Vale. Gracias.

Laura abre su libro y su cuaderno como si fueran reliquias. Ni una arruga. Ni una tachadura. Sus apuntes son coloridos y están limpios y ordenados, hacía tiempo que no veía nada igual. Cuando Laura toma el bolígrafo con una abrumadora gentileza, pareciendo que sujeta una frágil pluma, me percato de que es zurda y de que usa una muñequera simple de color carne en esa mano. Haciendo honor a la presentación de la directora, enseguida atiende a la profesora como toda una alumna estrella.

¿De dónde ha salido esta chica? ¿Sería monja?

***

La clase de Lengua ha terminado y ahora me toca Química Avanzada I en el laboratorio. Mi intelecto no brilla como para crear pociones mágicas, pero esta asignatura sí cumple con lo de ser mitad práctica y mitad teórica gracias a nuestro veterano profesor, y eso me encanta. Aun así, ese hombre está un poco chiflado, imagino que es normal después de hablar de moles, sustancias, tabla periódica y demás constantemente.

Aprovecharía los cinco minutos de cambio de hora para escaquearme y visitar a mi novio como suelo hacer, pero él me advirtió que no podría salir ni al recreo por la tanda de exámenes que tiene esta mañana. Pobre, los de último año de Preparatoria son acribillados a exámenes desde el inicio del curso. No sé si aguantaré ese ritmo.

Salgo al pasillo con la mochila a cuestas. Parezco una superviviente adentrándome en una jungla repleta de criaturas salvajes, pues los renacuajos corretean como si gozaran de la libertad de saltar y nadar en un pantano. Si me descuido, me atropellan, aunque lo iban a lamentar. Cada año los novatos son más infantiles, siento vergüenza ajena cuando los veo. Seguro que yo también corría como una cabra loca enseñando los dientes como si no me cupieran en la boca. Recuerdo que solía fugarme durante los cambios de clase para juntarme con mis colegas fumadores.

Pero hoy es un día diferente. Resulta que Laura me sigue como una perrita. ¡Increíble! Pensaba que la novata me agobiaría con un bombardeo de preguntas en lo que restaba de clase de Lengua, pero no fue así. Al contrario, sentí que era yo quien la molestaba por cambiar de postura y resoplar con frecuencia. Ella se mantuvo concentrada hasta el último minuto, ni siquiera relajó su erguida postura. Luego me pidió que si podía venir conmigo a Química porque no conocía la distribución de las aulas del instituto y aquí estamos, entrando en el laboratorio que huele a un cóctel de metales oxidados.

Normalmente me siento sola en la clase de Química también, salvo cuando hay que formar grupos de más de dos personas. Como suponía, Laura será mi compañera hoy y probablemente hasta final de curso. Aunque creo que es una buena chica por sus marcados modales, me parece un poco rarita precisamente por eso, por la muñequera y porque, joder, lleva chapas en la mochila como si fuera una cría. Eso sin olvidar que es la protegida de la directora. No me importa lo que digan los demás, pero sí lo que hacen y me jodería verme involucrada en un problema por su culpa. Seré prudente y guardaré las distancias con ella.

El profesor había dejado las mesas dispuestas con varios recipientes que contienen líquidos coloridos y transparentes. Por lo visto, haremos un experimento de reacción química con cambio de color. Que si permanganosequé, que si azúcar, que si potasio. No capto ni la mitad, pero suena divertido.

Cuando saco el libro de fórmulas y reacciones, mis compañeros Roberto y Patricia me piden de favor que les preste el mío porque Roberto alias Memoria de pez olvidó el suyo y Patricia, que es una buena estudiante, encargó los libros de Preparatoria por Internet y aún no ha recibido algunos, incluido este. Como son amigos de confianza, no me importa prestárselo. Supongo que Laura no será rata y que compartirá el suyo conmigo.

Me estiro para alcanzarles mi libro y…

¡Clac!

Un líquido fresco humedece repentinamente mi falda y mis muslos, provocando que brinque en el taburete y que descubra un recipiente volcado sobre la mesa, cuyo contenido púrpura se derrama sobre mí.

—¡Mierda! —chillo con rabia y observo cómo el vibrante color púrpura se desvanece en segundos, dejando tras de sí una horrible mancha parda, como una quemadura o el rastro de algo podrido.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —Antes de que mi disgusto estalle, mi mirada se desvía hacia la exaltada Laura, que luce sonrojada y espantada. Ella saca un pañuelo del bolsillo de su falda más rápido de lo que puedo asimilar lo ocurrido—. Ha sido mi culpa. ¡Lo siento!

Laura presiona sobre la tela estropeada y mi piel mojada con brío, sin dejar de disculparse y destilando tal delicadeza al frotarme que me da la sensación de que me toca con un algodón. Asumo que está muy avergonzada, pero más lo estoy yo por las risitas de fondo, además de que la piel se me ha erizado y una inquietud palpita en mi interior.

—Déjalo. No es nada. —Aparto su mano, que me resulta suave y cálida al tacto—. Al menos no es ácido —bromeo para romper la tensión, pero puedo tirar la falda tranquilamente.

Esa mancha no desaparecerá sin dejar rastro. El profesor nos ha advertido muchas veces que tengamos cuidado por los efectos de las reacciones químicas. Podría intentar salvar la falda, pero será más rentable olvidarme de ella y reemplazarla. Mis muslos me preocupan más, espero no sufrir una irritación en la piel y no parecer una dálmata durante varios días.

—¡Dios, qué torpe soy! Me sabe tan mal. ¿Vamos al baño para limpiarte mejor? —sugiere Laura, ansiosa y con ojos asustados, como si estuviera al borde del llanto.

Esta niña empieza a darme pena. Parece que tiene un sentido de la culpabilidad muy agudo.

—Podéis ir al baño si queréis, pero sabéis que esa mancha no se irá con agua y jabón. Ya veis lo que pasa cuando no estáis atentos —nos riñe el profesor con su típica aura neutra y serena que lo asemeja a una estatua de mármol parlante y filosófica.

—No hace falta, en serio. Seco esto y listo.

El profesor continúa con su cháchara mientras yo le quito el paquete de pañuelos a Laura para terminar de limpiar. En el proceso, noto la expresión de culpa en su rostro. Laura sigue tan sonrojada que parece un tomate a punto de explotar. No se atreve ni a mirarme a la cara. ¿Habré hecho algún gesto que la haga sentir peor? Le recordaré que fue un accidente para que se calme.

Esto es lo que me temía. Si es tan susceptible como para malinterpretar un gesto inofensivo y acude a la directora con un cuento, saldré perjudicada. La directora fue muy clara.

***

Hace un par de minutos que sonó el timbre del recreo. Fui al baño y me froté la falda para saciar mis escasas esperanzas, pero esa mancha es una maldición incurable como intuía.

Ahora salgo al patio con mi batido de chocolate para merendar y me recuesto en la pared. Mientras los alumnos de todos los cursos van y vienen, pienso en mi novio y me pregunto cómo le estarán yendo los exámenes, aunque apuesto que está superando todos.

Mi soledad llega a su fin, pues mi mejor amiga Claudia me saluda desde la distancia.

—¡Ana! —Claudia me da dos calurosos besos en las mejillas y enseguida exhibe una mirada de asombro—. Madre mía, ¿y ese manchón? ¿Tienes la monstruación? ¡Ja, ja, ja!

Somos amigas de la infancia, por eso nos entendemos bastante bien. Yo debería estar en 2º de Preparatoria con ella, pero mi época oscura nos separó. De hecho, nuestra amistad estuvo a punto de irse a la mierda cuando me junté con los fumadores, pero Claudia me demostró lo que vale al darme una segunda oportunidad. Fue ella quien me presentó a Eric en una fiesta. La quiero mucho. Y aquí está mi Claudia, animada como siempre, ondeando su cabello ondulado y castaño oscuro a causa de su persistente risa.

—Sin comentarios. —Alzo las cejas y ella se apoya en la pared frente a mí—. Esto es obra de una chica nueva que hay en mi grupo.

Casualmente, Laura sube por las escaleras que hay cerca de nosotras y que comunican con el patio exterior, por lo que cierro el pico y pellizco a Claudia en el brazo para que capte mi señal. Ambas observamos a Laura de soslayo mientras pasa, conteniendo la risa para no delatarnos. Ella agacha la cabeza como si no supiera dónde meterse cuando me ve y desaparece al doblar por la esquina del pasillo.

—Es ella —le confirmo a Claudia—. Me puso perdida.

—¡Más torpe que un pato cojo! —se burla Claudia y nuestra carcajada aflora al unísono.

—Es un poco rara. Se puso a limpiarme y todo. Encima se sienta a mi lado y es una protegida de la directora.

—¿En serio? Te ha tocado una friki. Pobre de ti, lo que te espera —augura Claudia, fingiendo pena.

—No me seas gafe que mi vida es perfecta —enfatizo con orgullo.

—Bueno, bueno. Tanto como perfecta… ¿Cómo van esas alegrías para el cuerpo? ¿Has estrenado la nueva lencería ya? —me pregunta Claudia, gesticulando como una picarona pervertida.

—Me tiene que llegar esta semana, así que nada. Además, Eric con el insti, el trabajo y los exámenes está más cansado y no tiene tiempo. Esta racha nos enfría más en la cama.

—El tiempo para eso se hace. Sácalo del agobio. Si quieres, deja que se concentre y termine los exámenes, pero luego fóllatelo bien. Con ese modelito vas a triunfar. Es un chico, le gusta el tema por narices.

—No sé qué decirte, Claudia. Las últimas veces he sido yo la que lo ha buscado.

—Eso es porque él está en su burbuja. Sé juguetona y querrá más.

—Bueno, ya te contaré cuando pruebe. Por cierto, ¿cómo te fue tu examen?

Prefiero cambiar de tema. La realidad es que no todo en mi vida es tan perfecto actualmente. El hecho de que mi novio esté más distante de mí en el plano íntimo se ha vuelto mi único punto delicado. Quizás el problema es mío por ser muy intensa, pero no sé, al principio manteníamos relaciones casi todos los días, incluso repetíamos ronda, pero ahora me siento como una pesada suplicando por limosna y mi historial de rechazos va en aumento. A veces me da miedo pensar que ya no le gusto a Eric como antes.

—Bastante bien. No sacaré una notaza, pero aprobaré. Ahora tengo el otro. Matemáticas Avanzadas Dos, con eso te lo digo todo.

En ese instante, suena el timbre del fin del recreo.

Claudia corre escaleras arriba para llegar a tiempo al examen. Si bien no es partidaria de repasar durante los minutos previos, sí prefiere estar lista.

Yo, en cambio, doblo la esquina del pasillo y me petrifico ante lo que mis ojos presencian. Laura recién se aparta de la pared y apresura los pasos como si huyera de mí. ¿Se había quedado tan cerca? ¿Habrá escuchado lo que Claudia y yo hablamos sobre ella?

***

El último timbre del día anuncia el fin de la jornada. El instituto se estremece como si se desatara un terremoto, ocurre lo mismo todos los días a esta hora, y el temblor se volvió más notorio desde que se construyó el bloque para aumentar el número de alumnos en el centro. Todos corren en masa por los pasillos y las escaleras gritando con frenesí, especialmente los chiquillos, que saborean la libertad dando la impresión de que un día en clase equivale a media vida en prisión.

Yo también salgo con prisas para ver a Eric, pero me detengo en la puerta del aula porque un efímero sentimiento de culpa me paraliza y me empuja a mirar a Laura, que está recogiendo sus pertenencias con calma. Las últimas horas han sido incómodas y tensas entre nosotras. Ella eludía mi mirada, aumentaba la frontera entre nuestros espacios y no me dirigió ni una palabra. Yo tampoco pude romper el hielo en mis intentos por esclarecer lo ocurrido y ni siquiera le he dicho adiós. No soy así, pero ahora no es el momento para volver y arreglarlo porque anhelo saber cómo le fue a mi novio.

Vuelo por las escaleras, atravieso el vestíbulo del instituto y distingo a Eric en medio de la multitud que hay en la calle, pero no está solo, no, lo acompaña esa entrometida otra vez: Daniela. Una zorrona. Todo el mundo sabe que es una arpía.

Daniela lleva varios cursos rondando a mi novio como una abeja a una flor, ansiando probar su néctar y arruinar mi relación. Que mi Eric sea guapo, alto, de cabello negro azabache y ojos verdes cautivadores, cuyo aspecto es el de un chico malo con una personalidad encantadora, no le otorga ningún derecho a esa perra a no respetar lo ajeno. Mi novio, que suele ser comparado por mis padres y algunos profesores veteranos con John Travolta en Saturday night fever, podría ser un casanova, pero es un trozo de pan. El problema es que él es amable con las chicas y ellas lo malinterpretan, como es el caso de esta lagarta que tiene por nombre Daniela, que se lo quiere beneficiar y no lo voy a permitir.

Apresuro las zancadas, pero los enanos me bloquean el paso. ¡Malditos renacuajos! ¿Por qué mezclaron la Preparatoria con esta puñetera guardería?

Al estirar el cuello, observo que Daniela se está despidiendo de Eric. ¡La muy zorra le acaricia el pecho descaradamente mientras lo contamina con dos babosos besos en la cara! Y encima le sonríe como una tonta. ¡La muy buscona!

Aparto a los pitufos a empujones, impulsada por el fuego que arde en mi pecho, y creo una brecha hasta alcanzar a Eric, pero Daniela ya no está. Esa zorra se libró de un buen escándalo.

—¿Y esa qué quería? —le reclamo a mi novio, malhumorada y con aspereza.

—Mi amor, no te había visto. —La ingenua sonrisa de Eric me enerva—. ¿Te refieres a Daniela? Solo me deseaba suerte para los exámenes.

Eric se inclina para besarme, pero volteo la cara.

—Pues parecía otra cosa. La sonrisita y la caricia lo decían todo.

—Ana, por favor. ¿Celos de Daniela? ¿De verdad? Ya sabes cómo es. Y sabes que eres la única para la que tengo ojos.

El tono sereno de Eric y sus palabras melosas me ablandan enseguida. Realmente, no tengo razones para dudar de él, por lo que me lanzo a sus brazos y cultivamos el beso que deseaba florecer.

—¿Qué te ha pasado? —Eric se percata de mi falda manchada.

—No te lo vas a creer. Una friki en la clase de Química. Luego te lo cuento con lujo de detalles. Acabo de comportarme como una pésima novia celosa en lugar de preguntarte por los exámenes primero. —Realizo una mueca de arrepentimiento.

—No pasa nada, boba. Los exámenes fueron muy bien en general. Me ayudó mucho repasar contigo por la mañana. Diría que he aprobado todos los de hoy. Ya quedan menos.

—Habrá que celebrarlo, ¿no? —sugiero con cierta insinuación.

Tiro de su brazo para alejarnos del bullicio e iniciar nuestro regreso a casa, pero Eric permanece plantado como un árbol milenario en el mismo sitio, cosa que me extraña.

—Vale, tengo que contarte algo. —El tono de mi novio se torna serio.

¡Ay, Dios! Que no sea una confesión de infidelidad aquí y ahora. No lo soportaría.

—¿Qu-Qué cosa?

—Mis padres me llamaron. Parecía urgente, así que les respondí durante un descanso. La noticia fue tan repentina e inesperada que me costó concentrarme en el último examen.

Esa seriedad es la que me empieza a preocupar, aunque me consuela que no sea algo relacionado con una infidelidad. Odio mis celos estúpidos…

—¿Te acuerdas de mi hermana menor? Te habré hablado de ella en alguna que otra ocasión.

—Sí, bueno, parece que fue hace siglos. Ya ni recordaba que tienes una hermana. —Me reservaré mi opinión personal sobre esa pijita y el recuerdo de lo mucho que me reí cuando Eric me enseñó algunas fotos de su infancia y la comparé con una cerilla delgada y cabezona—. No sabría decir si Lara es azul como un pitufo. Era Lara, ¿no? —bromeo forzosamente para aliviar la tensión, pero me doy cuenta de que no es el momento apropiado para reírse—. ¿Le ha pasado algo?

—No, no se llama Lara, pero eso es lo de menos. No sé cómo decírtelo. A mí también me tomó por sorpresa. A ver… —Eric se frota las manos—, mi hermana viene a vivir con nosotros.

—¿Cómo? ―Creo que Eric habló en chino.

—Mis padres dicen que necesita cambiar de aires, que necesita a su hermano. En realidad, no los entiendo. Fueron ellos los que nos separaron siendo unos críos. No he hablado con ella en años por su culpa. Pero es mi hermana, tengo recuerdos maravillosos con ella y nunca he dejado de quererla. Quizás sea el momento de recuperar el tiempo perdido. Y me hace ilusión, la verdad. Espero que no te importe que se quede con nosotros. La cuidaremos juntos.

No puede ser verdad. Mi intimidad con mi novio… ¿llega a su fin? No me siento bien teniendo pensamientos egoístas cuando se trata de la familia de mi novio, pero veo el desplome de mi sueño. ¿Ahora tendré que ejercer de niñera para una pijita engreída?

—Pero ¿qué edad tiene? ¿Y cuándo viene? ―Trago saliva.

—Es un año menor que tú. Seguro que os llevaréis muy bien.

¿Por qué tengo la sensación de que he escuchado eso antes?

—O sea, irá a primero de Preparatoria también.

—Mis padres me han dicho que ya está aquí, que hoy venía al instituto. Me dieron su número nuevo y le pasé un mensaje diciéndole que la esperaría en la puerta. Imagino que tarda porque estará hablando con alguna profe. ―Su respuesta aturde mis sentidos.

—Ya está… aquí… —repito, pasmada.

La mochila me pesa el triple de repente, como si la hubieran cargado de rocas enormes para hundirme en el mar.

—Mi amor, siento no habértelo dicho antes. Ya te digo, ha sido todo muy repentino —reitera Eric mientras posa las manos sobre mis hombros. Su expresión recupera la alegría cuando mira al frente—. Ahí viene. ¡Qué guapa se ha puesto!

Me volteo de inmediato.

Ese pelo tan lacio. Ese flequillo perfecto. Ese aspecto de modosita. Esa cara de niña ingenua. Ese andar tan inocente.

—¡Laura! ¡Por aquí! —vocifera Eric a la vez que ondea un brazo.

No era Lara, sino… Laura…

¿Laura es… la hermana de mi novio?

¡¿Qué?!

El momento más embarazoso de mi vida.

El bloqueo más grande que he padecido.

Laura, esa niña tan especial, es la hermana de mi novio.

—¡Hermano!

Eric y Laura se abrazan cálidamente. Yo permanezco detrás, en las sombras, perpleja y muda.

—¡Menudo estirón has pegado! Casi ni te reconozco. —Eric irradia una felicidad inmensa, parece otra persona.

—Han pasado años desde aquel verano en Tokio. No puedo ser una niña eternamente —expresa Laura igual de alegre.

¿Que no puede ser una niña eternamente? Si parece una…

—Para mí siempre lo serás. Aunque nos hayamos perdido estos últimos años, nada cambiará que eres mi hermana menor.

—Lo siento por eso. Mamá y papá son sobreprotectores conmigo. —Laura lo abraza—. Han sido unos años difíciles. Hemos tenido algunos problemas y no quería saber de nadie. Pero les planté cara y aquí estoy. Necesito distanciarme de ellos. Lo siento por no avisarte antes. ¿Puedo quedarme contigo?

Y yo sigo aquí, plantada y olvidada, pero prefiero no interrumpir esta escena familiar, es hasta conmovedora.

—No tienes que pedírmelo, boba —dice Eric y le pellizca el moflete.

Laura acaba de aparecer y Eric ya le habla como a mí.

—Tendrías que haberte venido conmigo todas las vacaciones, pero sé cómo son nuestros padres. Nos han criado de forma diferente, pero bueno, no son de lo peor. Nos quieren a su manera. Lo importante es que estás aquí y que podrás quedarte todo el tiempo que quieras.

¿Todo el tiempo que quiera? ¿Es realmente necesario?

—Gracias, hermano. Estoy muy contenta.

Laura lo vuelve a abrazar.

—¡Ejem!

Hago notar mi presencia, ya que parece que ella no me ha visto o reconocido. Es mejor afrontar esta situación de una vez, aunque me da miedo lo que piense Eric cuando se entere de que la llamé friki.

—Por cierto, Laura, te presento a mi novia Ana. Vivimos juntos, así que compartirás casa con ella también. —Eric me echa el brazo por encima.

Laura me mira, pero no reacciona como esperaba. Expresa su amabilidad a través de una sonrisa como si no hubiera pasado nada.

—Ana, te presento a mi hermana Laura.

Trago saliva. Dudo. Ella se me lanza y me da dos besos con una ternura que me hace pensar que la conozco de toda una vida.

—Sí. Ana. Es más bonita en persona. Mamá y papá me habían enseñado una foto que les habías enviado donde sales con ella.

¿De qué va esta chica? ¿Sabía quién soy desde el principio?

—Gracias. Es curioso, Eric. Resulta que vamos al mismo grupo. ¿Te lo puedes creer? Me podías haber dicho algo, Laura. Ya que somos cuñadas…

La dejo en evidencia. No me gusta ser mala, pero quiero ver cómo se justifica.

—¿Sí? ¡Qué coincidencia! —exclama mi novio con asombro.

—Lo siento, no estaba del todo segura. Estoy cansada por el viaje y me estoy habituando —justifica Laura.

¡Menuda excusa!

—Pero me alegra que seas mi cuñada y mi compañera de clases —añade.

—Mi hermanita es un encanto —celebra Eric—. Vámonos para que puedas comer y descansar. Deja que te lleve la mochila.

La mima más que a mí. Al menos, ella se calló el incidente.

—Gracias, hermano.

—¿No tienes más equipaje? —pregunta Eric.

—Sí, pero no lo traje conmigo. Mamá y papá lo envían por separado. No querían que cargara con todo ni que perdiera tiempo en el aeropuerto. Saben que me gusta estudiar y que aprovecharía desde el primer día. Creo que mis cosas llegarán entre hoy y mañana —explica Laura.

Menos mal. Solo faltaría que tuviéramos que comprarle de todo.

Los tres caminamos en la misma dirección que la horda de pitufos. Es increíble, pero aún salen alumnos del instituto, y los que quedan por culpa de los exámenes. Mi amiga Claudia debe de estar entre esos que no pueden respirar el aire libre. No la vi salir y ella me habría dicho algo si me hubiera visto. Pobrecita. Así de duro habrá sido su último examen.

Eric me toma de la mano y le echa el brazo por encima a su hermana. Sonríe con tanta alegría que no parece que esté saturado de exámenes. Si Laura le va a aportar algo positivo, entonces me alegro.

***

Llegamos al apartamento después de un paseo tranquilo. El sacrificio de Eric por su hermana supondrá que incumpla con su horario de trabajo. Él es muy responsable, por lo que esta impuntualidad será su primera falta, así que no creo que lo riñan.

Yo preparo la mesa con cierto brío porque no quiero que mi novio se retrase en exceso y que se atragante con la comida. Saco los espaguetis de anoche, ya que no veo tiempo para cocinar. Eric está enseñándole la habitación a Laura y el apartamento, que no es muy grande, pero al menos tiene dos cuartos, un salón comedor acogedor y un baño y una cocina lo suficientemente amplios.

Les aviso de que la mesa está servida. He calentado un plato para cada uno y he llenado los vasos de agua. Me siento y los espero.

—Huele bien. Algo caliente, sí, que me ruge el estómago —comenta mi novio y se acomoda en la silla.

—Esto… Gracias, pero… Lo siento, pero no como espaguetis —remarca Laura con su voz infantil y agacha la mirada después de mirarme fijamente.

Estaba a punto de meterme el tenedor en la boca, pero me he quedado a cuadros.

—¿Alguna razón en especial por la que no los comas? —pregunto con cierta irritación.

—Simplemente no me gustan. Lo siento —me responde Laura con esa cara de niña inocente.

—Perdón, hermana. No lo sabíamos. No pasa nada. ¿Te preparo una tortilla con pan y queso? —le propone Eric y se levanta de la mesa.

—No, hermano. No quiero molestar. Comed, por favor. Puedo aguantar.

—De eso nada. Te lo preparo en un santiamén —insiste Eric.

Mi novio es tan bueno. Pero no permitiré este abuso. No puede hacer más de lo que ya hace.

—Déjalo, mi amor —intervengo—. Ya se lo preparo yo. Come tranquilo, tienes que ir a trabajar. —Abandono la mesa sin probar ni un bocado.

¿Y esta cría es un año menor que yo? ¿No sabe cocinarse ni una jodida tortilla? ¡Ni que fuera manca!

—Eres un sol —me halaga Eric, pero ayudarlo me basta para sentirme bien.

—Gracias, Ana. Siento las molestias —añade Laura.

¿Tanta educación para terminar siendo un incordio? ¿No se da cuenta de que su hermano tiene responsabilidades? Opto por cerrar el pico y cocinarle la tortilla. Ni siquiera me acompaña a la cocina para ayudarme. “No como espaguetis”. Niña pija.

Justo cuando le pongo el plato delante a Laura, mi novio termina de comer. Pobrecito, se nota que tenía hambre porque ha limpiado hasta las migajas. Ambos me agradecen el gesto y, entonces, Laura engulle el primer bocado y me lanza una mirada profunda. ¿Qué irá a soltar esa boca quisquillosa?

—Está muy bueno, Ana. Cocinas muy rico. Eres muy buena, entiendo por qué le gustas a mi hermano. —¿Laura me está haciendo la pelota con su zalamería?

Al menos, me quedo más tranquila, pero mi comida se enfrió y tengo que recalentarla.

Eric se pone el uniforme del supermercado donde trabaja. Luego, nos besa con cariño, a mí en los labios, claro.

—Os quedáis en buenas manos. Me voy corriendo. Las veo en la noche.

Y desaparece por la puerta como un soplo de viento.

Acompaño a Laura en la mesa. El almuerzo se ha vuelto incómodo y el silencio me espanta. Prácticamente puedo escuchar la comida crujiendo en nuestras bocas. Al tragar, visualizo los trozos masticados descendiendo por el esófago. Noto todo. El golpeteo de mi tenedor en el plato. El choque del culo del vaso con la superficie de la mesa. Las migas de pan volando por los aires cuando Laura clava sus dientes en las tostadas.

No lo soporto más, así que enciendo la televisión.

Me gustaría saber qué pasa por la cabeza de Laura. Ella luce bastante tranquila. Es torpe y friki, pero lo que me jode es que venga a vivir aquí. Tengo que ser realista, es por eso que no la trago. Tal vez debería esforzarme para llevarme bien con ella. Después de todo, vamos a estar bajo el mismo techo. ¿De qué podría hablarle? ¿Novios? ¿Muñecas? Es capaz de seguir en esa etapa todavía. Esas chapas que lleva en la mochila hablan por sí solas.

Las noticias siguen de fondo.

Chupo el último espagueti como si engullera un gusanito igual que Timón y Pumba. El muy rebelde escapa a mi control y me azota en la cara. Laura me mira y ríe como una idiota. Tampoco me resisto a la gracia, por lo que también me carcajeo.

Ella aproxima su mano. La detiene como si titubeara, pero enseguida continúa. No me figuro cuáles puedan ser sus intenciones, hasta que me sorprende deslizando un dedo por mi mejilla y casi roza mis labios.

—Te manchaste de salsa —indica Laura.

—A veces hago el tonto —comento y me levanto—. Voy a recoger la mesa y a fregar. Come tranquila, luego lo limpio.

Creo que es la primera vez en el día que simpatizamos de verdad. Esas risas fueron naturales. Y todo por jugar con la comida. Me siento menos tensa gracias a eso. Hace que me olvide de lo que pasó en el instituto.

Friego relajada. Es una de las tareas habituales que realizo en la casa para ayudar a Eric. Cuando no estamos en época de exámenes, él cocina y suele recoger la mesa. Normalmente limpiamos el apartamento entre los dos, así terminamos más rápido y disfrutamos de más tiempo juntos. Además, solemos colaborar al hacer la colada. En ocasiones, la chispa del amor se activa mientras doblamos la ropa seca. La llama se prende con el lanzamiento de un calcetín por mi parte y el fuego nos consume durante el placer desenfrenado, aunque esto último ocurre cada vez menos.

¡Clac!

—¡Joder! ―chillo a causa del repentino estruendo que me sobrecoge.

El sonido ha sido claramente el de un cristal fragmentándose en mil pedazos en la entrada de la cocina.

—Esto… Lo siento. Se me resbaló.

Descubro a Laura sosteniendo su plato con esa expresión de culpa igual que en el instituto, y un vaso hecho añicos a sus pies. ¿Es tan torpe que no puede cargar con dos objetos a la vez? La calma ha durado poco.

—Cosas que pasan. No te preocupes —digo como si también justificara lo del instituto—. Ten cuidado de no cortarte. Hay cristales por todos lados.

—Lo limpiaré. ¿Dónde están la escoba y el recogedor?

Me parece bien que se ofrezca, pero la veo tan zopenca que me da miedo que termine cortándose.

—Deja el plato por ahí y no te preocupes por esto, yo lo recojo. Aprovecha y descansa un poco.

Laura asiente. Por lo visto, no es de mucho insistir. Eso sí, me genera más trabajo.

***

No veía la hora de salir de la cocina. Por si fregar no era suficiente, tuve que limpiar el destrozo de la niña. Me daré una ducha para despejar y me pondré a hacer las tareas.

De camino a mi cuarto, Laura, que sostiene su teléfono, se me acerca.

—Ana, ¿puedo pedirte un favor?

—Dime…

—He hablado con la agencia de transporte. He confirmado la dirección de entrega, pero han tenido un retraso con los envíos y no me traerán mi maleta hasta mañana por la tarde. ¿Podrías… prestarme ropa tuya para cambiarme? —Cualquiera diría que me ha pedido algo de vida o muerte por sus gestos de niña retraída.

—Claro. Creo que tenemos más o menos la misma talla —digo tras observar que nuestra complexión es similar.

—¿Y una toalla para ducharme?

—También. Lo que necesites.

Me estoy ablandando, pero no le voy a negar un favor tan insignificante.

—En ese caso…, ¿algo de ropa interior? —pide Laura con esa cara de gatita buena.

Ropa interior, ¿en serio? Eso no se lo presto ni a mi mejor amiga. Es una cuestión de higiene personal. ¿Cómo se lo hago entender?

—Vale, no quiero molestarte tanto. Puedo ir… fresquita.

—No, está bien. —Increíble, he cedido—. Puedes quedarte con lo que te dé.

Entramos en mi habitación.

—Entonces aquí es donde duermes con mi hermano —comenta Laura.

No me ha quedado muy claro si lo dijo con doble sentido. Parece tan ingenua e inocente que me extrañaría.

—Sí. Vivimos juntos desde hace casi un año —le cuento mientras busco una camiseta y un pantalón corto en el armario. Esto me recuerda que ya no podré andar en bragas por respeto. Sé que es una chica y encima mi cuñada, pero pienso que sería una falta de respeto lucirme con tanta confianza sin apenas conocernos.

—Qué bien.

—¿Tú tienes novio? —indago.

—No.

Laura no da pie a una conversación. Tampoco quiero agobiarla con un bombardeo de preguntas, aunque ganas no me faltan. Le dejaré espacio para que termine de aterrizar.

Toalla, camiseta, pantalón corto, ropa interior y chanclas. La abastezco con lo mejorcito que tengo. Se me habría caído la cara de vergüenza si le hubiera dado unas bragas viejas con agujeros, aunque me habría reído de la cara que habría puesto.

Permito que Laura emplee el baño a sus anchas. Le explico que la puerta no tiene pestillo, por lo que tendrá que tocar antes de entrar siempre que la vea cerrada. Esto no pasaba viviendo sola con mi novio. No recordaba lo que era posponer una ducha cuando se me antojaba. ¿Por qué tengo la sensación de que todo va a girar en torno a ella a partir de ahora?

Aprovecho el tiempo para adelantar los deberes del instituto. Apenas completo un ejercicio de cálculo y bostezo como un hipopótamo. El cuerpo me pide una siesta y el sofá es tan cómodo que no resisto la tentación de tumbarme. Los párpados me pesan…

Escribo un nueve y todo se oscurece…

***

Al cabo de un rato, despierto babeada, incluso el libro ha absorbido parte de mis fluidos, y tengo media cara aplastada y adormecida. Compruebo el reloj y deduzco que he dormido poco más de media hora. No estoy mejor, siento que no he descansado. Debo ser lo más similar a un zombi ahora mismo. Una buena ducha me espabilará.

Hago escala en mi cuarto para coger mi ropa. Riéndome de mí misma por la forma en la que arrastro los pies, me dirijo al baño y, entonces, quebranto mi propio consejo sin querer. Abro la puerta tranquilamente, como he hecho en los últimos meses. Había olvidado a Laura.

Por un segundo, me ciega el vapor de agua que se echa sobre mí y saboreo el gel de ducha con aroma a fresas. Al desvanecerse parcialmente, percibo parte de la silueta desnuda de Laura junto al lavamanos. Ella, reaccionando al instante, oculta una mano con algo detrás y se protege con la que sujeta el cepillo del pelo.

—¡Ana! —chilla Laura, perpleja y agitada.

—¡Ana!

La voz de Laura resuena en mi cabeza antes de que cierre la puerta de un tirón. Tengo la sensación de que la he incomodado bastante. No lo he hecho con malas intenciones, pero es una representación de cómo me empiezo a sentir. Es la muerte de mi privacidad.

—¡¿Por qué has entrado así?! ¿No me dijiste que había que llamar a la puerta?

—Lo siento, Laura. Se me ha ido la pinza por completo. Me había quedado dormida y la mente se me ha reseteado. Como no estoy acostumbrada a tener a alguien más en casa… Pero bueno, no volverá a ocurrir —alego en mi defensa desde el otro lado de la puerta—. ¿Te falta mucho?

—Cinco minutos más, por favor.

Laura lleva una hora metida en el baño. Si hasta he echado una siesta. ¿Qué se supone que hace? ¿Será de esas presumidas que se cepillan el pelo como si fueran una Barbie? Tenía el cepillo en las manos y ese pelazo suyo requiere paciencia, es como la cola de un caballo. ¿Esto será así todos los días? Dios, lo que me espera.

Me pregunto qué escondería. ¿A lo mejor un tampón? Con lo torpe que es, imagino el reto que le debe de suponer introducírselo. Seguro que se le resbala de las manos como si fuera una pastilla de jabón.

Un ataque de risa me invade, así que me alejo de la puerta para que Laura no oiga mi inminente explosión. La carcajada contenida provoca que la sangre me hierva, que sude como si estuviera en una sauna y que las orejas me ardan como si se fueran a incendiar.

Libero mi frenesí en el salón, pero me esfuerzo para minimizar el ruido. Lo último que querría es que mi cuñada pensara que me río de ella después de haber escuchado cómo la ponía verde con Claudia. Esto no está bien, pero no puedo dejar de imaginarla jugando con el tampón. Laura, Laura. Tengo que reconocer que tiene un cuerpo equilibrado y hermoso. Mario y Carlos habrían matado por estar en mi lugar.

—El baño ya está libre —me avisa Laura, que está a mis espaldas.

Al voltearme, me escurro las lágrimas de risa que corren por mis mejillas.

—No te sentí salir. Estaba aquí… Bueno…

No sé ni qué decir.

—¿Te pasa algo? Tienes los ojos lagrimosos —resalta Laura, enfatizando lo evidente.

—Sí, bueno. Nada, una tontería. Una cosa en la tele que me hizo mucha gracia.

Recobro la compostura y me fijo mejor en ella. Laura juguetea con un mechón de su cabello sedoso. Sin embargo, lo curioso es que sigue con la muñequera puesta. Es tan rarita.

—Te queda muy bien mi ropa. Te ves muy bien. —Le sonrío con naturalidad.

—¿Sí? Gracias, Ana. Será mi nuevo pijama. Es más cómodo que el mío.

Su cara se ilumina. Supongo que su pijama es una camiseta y un pantalón con animalitos, algo propio de ella. La ropa que le regalé es muy ligera. Si se sentara con las piernas abiertas, dejaría poco a la imaginación.

—Bien. Bueno, me voy al baño.

—Vale. Yo… voy a hacer los deberes.

Ojalá fuera solo eso, pero presiento que Laura es una caja de sorpresas.

***

Entré en el aseo con la intención de darme una ducha rápida, pero terminé llenando la bañera. El día está siendo demasiado intenso. Necesito el agua para relajarme. Además, tengo derecho a tomarme mi tiempo como hizo Laura.

Nothing Breaks Like a Heart de Miley Cyrus

Claudia me está llamando. Tengo que contarle todo.

—Clauuudiaaaa —la saludo con emoción.

—¿Qué haces? ¿Te llegó el paquete o nada todavía? —Claudia está más pendiente que yo de ese asunto.

—Estoy metida en la bañera.

—¿Haciendo cochinadas? ¿Eres un volcán en erupción liberando gases? —Claudia desata su humor.

—No soy tan cerda como tú. —Mi risa es incontenible.

—¡Uh! Dice la que se comía los mocos hasta no hace mucho.

—¡Qué mentirosa! No me los comía, te los tiraba —bromeo.

—Ya, ya. ¿Y entonces? Que te desvías del tema.

—Pues no me ha llegado. Peeero… tengo que contarte algo muy fuerte. Pensaba llamarte cuando saliera del baño.

—Esto suena prometedor. ¿Qué cosa? Estás tardando en soltarlo. —Percibo la intriga de mi amiga.

—Claudia, que la friki nueva es la hermana de Eric —le cuento, cuidando el volumen de mi voz para que no se escuche más allá de estas cuatro paredes.

—¡No me jodas! ¿Esa que te manchó? ¿La que me enseñaste? ¿Esa es tu cuñada? —expresa Claudia con gran asombro.

—¡Sí, sí! Se llama Laura y ha llegado hoy.

—¡Dios! Esto sí que es fuerte. Cotilleo de primera. ¿Pero qué hace ahí? ¿No vivía con sus padres y no había perdido el contacto con Eric desde hace años?

—Así es, pero tuvo problemas con sus padres o algo por el estilo. La verdad es que no lo sé muy bien y no me he atrevido a preguntarle, pero resulta que ha venido a vivir con nosotros.

—¡No jodas! ¡Ja, ja, ja! ¡Qué mala suerte tienes! ¿Cómo van esas primeras horas con la friki torpe de tu cuñada en casa?

—Al final has sido gafe. Mira, si la ves, te partes de la risa. La lía todo el tiempo. No come espaguetis y tuve que cocinarle una tortilla. Se le rompió un vaso… —recuerdo con humor.

—Espera, ¿qué? —Claudia me interrumpe—. ¿Ya estás de chacha? Pero si tendrá nuestra edad o así, ¿no?

—Esta chica es un caso. Ahora me río, pero ha sido un incordio casi constante. Se me acabaron los privilegios, la intimidad. Se metió una hora en el baño. Encima le abrí la puerta sin querer y creo que la interrumpí mientras intentaba meterse un tampón. Me hizo tanta gracia. —El carcajeo es inevitable, incluso chapoteo el agua.

—¡Me parto! La que te espera. Por lo menos tienes para reírte. No te guardes los detalles, que seguro acumularás historias. ¡Ay, Ana! Que aprenda a cocinar y que te haga de sirvienta.

—Bueno, tampoco hay que excederse. Pero sí que voy a extrañar mi intimidad. Eric y yo a veces lo hacíamos en el sofá. Eso, por ejemplo, se acabó.

—Despáchala. Tú llegaste primero, es tu territorio. Sé una leona. Que no se te monte encima —me aconseja Claudia.

—Tampoco es una mala chica. Es rarita, pero no tiene maldad alguna. Todo lo contrario.

—Tú no bajes la guardia. Las santurronas a veces son las peores.

—Ya… Tema aparte. ¿Qué tal los exámenes?

—La última tanda, regular. Estoy cansada de estudiar tanto. Ahora seguiré repasando para los demás. Al menos, inglés es fácil.

—Siempre apruebas todo. Seguro que esto también lo superas —la animo—. Escucha, te dejo. Va siendo hora de que salga de la bañera y haga cosas.

—Vale. Ánimo con tu nueva cuñi. ¡Ja, ja! Te quiero, fea.

—Ya, ya. Y yo, guarra. Chao.

Después de colgar, salgo de la bañera. Hablar con Claudia siempre me sienta bien. Sus payasadas me hacen reír y estimulan mi lado tonto. Un poco de humor absurdo no hace mal a nadie.

Mientras me visto, un fuerte olor a quemado penetra por mi nariz. ¡Algo se está quemando! Imposible. ¡¿Habré encendido los fuegos de la vitrocerámica sin darme cuenta cuando limpiaba?!

***

Sudo de lo acojonada que estoy. ¿Qué me hago si he provocado un incendio en la casa de mi novio? Y esa niña estará en su mundo como para reaccionar.

Me envuelvo con la toalla. Solo tuve tiempo para ponerme las bragas. Salgo disparada hacia la cocina, lugar del que proviene esa peste a humo tan intensa que intoxica mis vías respiratorias. Cuando entro, naufrago en el interior de una chimenea, pero descubro el origen del peligro: Laura, cagada de miedo, intenta extinguir el fuego de una sartén. La muy cobarde sujeta el mango con unos trapos como si sostuviera una serpiente agresiva y sopla como una idiota.

—¡Joder, Laura! ¡¿Qué coño haces?!

Le arrebato la sartén de las manos antes de que se le caiga y prenda la casa.

—Yo… ¡Yo solo quería ayudar!

Meto la sartén bajo un chorro de agua en el fregadero. La repentina explosión de vapor me asusta.

—Esto es fuego, ¡joder! Es peligroso. No te metas a hacer lo que no sabes. Y pon la puta campana siempre que cocines. El extractor está ahí para algo —la riño, repleta de enojo, y presiono el botón con rabia.

Esta niña es imbécil. Es una inútil. Es peor que un niño chiquito. ¿El primer día y casi incendia la casa?

—Lo siento mucho, Ana. Me voy a mi cuarto…

Su voz suena temblorosa. Creo que se larga llorando. Que se joda, ahora tengo que limpiar esta mierda por su culpa.

¿Qué estaría inventando? ¿Esto quemado es arroz? En efecto, es una masa de arroz carbonizado. Menudo desperdicio. ¿No sabe que la comida cuesta dinero? ¿Y pretendía cocinar arroz sin agua en una sartén? Es para matarla…

Después de terminar de vestirme y de abrir todas las ventanas para airear la casa, los minutos me vuelan borrando el rastro del desastre de Laura. Encima me siento culpable por hablarle mal. Estoy segura de que ella ha estado llorando, sentí su sollozo cuando pasé por delante de su cuarto. No sabría ni qué decirle. ¿Quién va a ser la víctima delante de Eric? En poco más de una hora, él llegará y preguntará por nuestra tarde. ¿Qué le voy a contar? ¿Le confieso que he hecho llorar a su hermana, que llevo todo el día viviendo situaciones incómodas con ella? Lo último que deseo es preocuparlo.

Por fin me libero de la cocina, aunque pronto regresaré a ella para preparar la cena. ¡Qué asco de día! En lo que me resta de tiempo adelantaré los deberes que pueda. Odio tener tareas pendientes, pero no me queda otra que suspirar.

Me dejo caer en el sofá como un peso muerto, un cuerpo sin alma. Respiro hondo. Bajo el volumen de la televisión. ¿Y si pongo una serie para desconectar? No, no estoy de humor y no quiero arrastrar más retrasos, por lo que dirijo mis ojos a los libros de terror.

Para mi asombro, mis cuadernos y mis libros están perfectamente ordenados sobre la mesita y abiertos en las páginas correctas. No recuerdo haberlos dejado así. De hecho, sería incapaz de ser tan ordenada con esto. Incluso los bolígrafos están alineados. Pero eso no es todo. Ojeo uno de los cuadernos y me percato de que esa letra tan cuidada y fina no es mía. Lo agarro enseguida para inspeccionarlo de cerca. Las tareas de mañana están hechas y diría que perfectas. Compruebo los otros cuadernos y me encuentro con lo mismo.

¿Esto ha sido obra de Laura? Es obvio, estamos solas. Debió hacerlo mientras me bañaba. Es una máquina, ha realizado todos mis deberes. ¡Qué detallazo! Un rato de paz gracias a ella. Pero esto me hace sentir peor después del modo en el que la traté en la cocina. Debería disculparme de alguna manera.

***

Estuve como cinco minutos parada delante de la puerta del cuarto de Laura, pero no me atreví a tocar. Consideré que no era el momento oportuno. Seguramente ella estaría descansando y querría estar sola. Eso es lo que hago cuando estoy en ese estado, aunque hace mucho que no paso por eso. Así que regresé al sofá, me estiré y puse un programa de entretenimiento, de esos con preguntas y respuestas. También cogí un cuaderno y me puse a bosquejar. Desconecto, o intento desconectar.

Mi mente sigue inquieta. He estado recordando el sufrimiento que les causaba a mis padres en mi época de gamberra. Ellos me prohibían fumar y yo los desafiaba. Los restos de mis colillas se podían encontrar por los rincones de la casa. A veces, por querer demostrar que tenía ovarios, les soplaba el humo de los cigarrillos en la cara.

Si pisaba la cocina, la convertía en un infierno. Cortaba pan y dejaba las migas esparcidas. No me molestaba en secar el zumo que se me derramaba. Abandonaba los envases vacíos en la nevera aunque hubiera sido yo la que hubiera cogido la última loncha. Parecía que era alérgica al detergente, pues apilaba los platos y los cubiertos y el concepto de lavar no existía para mí. En mis peores días, si mis padres intentaban castigarme, rompía platos contra el suelo. Era muy impulsiva, un demonio. Les sacaba de quicio igual que Laura a mí, seguro que es cosa del karma.

Estoy arrepentida de haber sido así. Me merecía cada grito, cada castigo, por ser una cría estúpida e inmadura. No considero que ahora sea la más madura del universo ni nada por el estilo, pero tengo más cabeza para reflexionar. Imagino que es por la edad y por las influencias. Claudia y Eric han sido buenas influencias para mí, en especial Eric, que consiguió abrirme los ojos.

A pesar de haber cambiado, tengo miedo de que esos impulsos regresen y no pueda controlarlos. Creo que eso es lo que me ha pasado en la cocina con Laura. El estrés del día y la sensación de peligro me superaron. Podría haber actuado de otra manera con ella en lugar de gritarle como si fuera una tonta. Yo me merecía que me regañaran porque hacía las cosas mal intencionadamente, pero ella lo hacía con buenas intenciones. Ella quería ayudar y yo la traté como una mierda. Sus fallos son producto de su torpeza. La intención es lo que cuenta, eso me ha dicho Eric siempre. Que ella hiciera mis tareas es una prueba de ello.

Termino mi dibujo. Mi valoración es de ocho sobre diez porque no he pulido las sombras. He representado a Laura desnuda junto al lavamanos con su expresión de inocencia. No sé ni por qué la habré dibujado. Supongo que porque pensaba en ella.

Justo ahora, noto que Laura abandona su habitación y que entra en el baño, así que escondo el dibujo dentro del cuaderno. Quizás sea el momento de hablar con ella.

Doy vueltas delante de la puerta del aseo, sometida por un nerviosismo que escapa a mi comprensión, hasta que Laura sale por fin. Ella se petrifica cuando me ve.

—Oye, Laura, que… gracias por hacerme los deberes. No tenías por qué…

—Solo quería ayudar…

Laura agacha la cabeza como si me evitara, pero reparo en que tiene los ojos un poco hinchados. Me esquiva, pretende regresar a su cuarto.

—Tu hermano está al llegar. Ahora iba a la cocina para empezar la cena. ¿Quieres… venir y ayudarme?

Consigo que se detenga, pero no me mira.

—Lo único que hago es estorbar.

—¡Qué va, Laura! Es cuestión de aprender y practicar. Mi primer huevo frito se carbonizó. Lo dejé en el fuego pensando que tardaba mucho. Ni siquiera le había echado aceite a la sartén. Me dio trabajo limpiarla después. Y no te creas, de vez en cuando se me olvida alguna pizza en el horno y la encuentro hecha una chancla —le cuento con elocuencia.

Esta vez me mira y sonríe.

—Ven conmigo. Te enseñaré un par de cosas. Tengo un arte culinario de muerte, aunque esto no será suficiente para conquistar el estómago de un chico, ya te lo advierto.

—Vale.

Me alivia verla con mejor cara. Creo que puedo conseguir que tengamos una buena relación de cuñadas, aunque en el fondo la siga odiando por estropearme mi vida privilegiada.

***

El rato en la cocina es agradable. Parezco una buena profesora enseñándole a cocinar arroz y filetes a la plancha con un poco de gracia.

—Abrí la primera recomendación que vi en Internet. No sabía que hablaba de arroz tres delicias congelado. Creía que todo el arroz se hacía igual —confiesa Laura, revelando su metida de pata con inocencia.

—Ahora ya lo sabes. Aceite en la base, misma cantidad de arroz y de agua, y sal al gusto. Lo bueno de la olla arrocera es que cocina y para sola, pero no te puedes olvidar de desconectarla cuando ha terminado. Es fácil y rápido. Por eso Eric y yo comemos mucho arroz cuando nos da pereza cocinar algo más elaborado. Encima es fácil de acompañar.

—Ya veo. ¿Puedo darles la vuelta a los filetes? Creo que ya están doraditos como me dijiste —me consulta Laura, luciendo como una niña inexperta y curiosa al observarme con sus ojos saltones.

—Buen ojo. Aprendes rápido. Todo tuyo.

Le cedo las pinzas. ¡Me siento orgullosa de enseñarle!

Laura se concentra para cazar un filete. Su cara me recuerda a la mía cuando juego al billar y quiero golpear una bola. Cualquiera diría que soy una profesional, pero la bola blanca siempre sale disparada fuera de la mesa. Y ocurre algo parecido. El final no es lo que esperaba. Laura voltea un filete, pero lo suelta y este, al estamparse contra la superficie, provoca que las gotas de aceite caliente salten por doquier.

—¡Ah! —grita Laura. Incluso su grito es delicado y femenino.

Ella se aparta como si huyera del fuego del infierno y clava los ojos en el brazo dañado por las salpicaduras. Dada su dramática reacción, cualquiera pensaría que le saldrán ampollas por quemaduras graves. De todas formas, me preocupo y tomo su brazo para comprobar que ha sido solo un susto.

—¿Estás bien?

—S-Sí. Pero me ha dolido. Quema —se lamenta Laura, arrugando las cejas.

—No es nada. Esto pasa a veces. —Le soplo con suavidad y froto con delicadeza, cautivada por la exquisitez de su piel—. No te quedará ni una marca. Es culpa mía, debí advertirte. Cuando el aceite está muy caliente, se vuelve saltarín. Bajamos el fuego y solucionado.

Laura me mira fijamente. Luce ensimismada, como si yo hubiera acaparado toda su atención. Estamos tan cerca que puedo sentir cómo su respiración se acelera a la vez que su pecho se contrae y se expande con violencia. Yo, con la mente en blanco, guardo silencio y le devuelvo la mirada.

—¡Mi amor! ¡Hermana! ¡Ya estoy de vuelta! —anuncia Eric desde la entrada.

Suelto el brazo de Laura de inmediato, aún rozaba su piel sin darme cuenta.

—Mi amor, estamos en la cocina —le aviso.

—Huele bien, a carne. Justo lo que necesito.

Eric nos transmite su amor con besos. Siempre es encantador, a pesar de estar cansado. Reconozco el agotamiento en sus ojos.

—¿Qué tal la tarde? ¿Qué habéis hecho?

Intercambio una mirada con Laura. ¿Qué se supone que voy a responderle a mi novio? ¿Cómo le explico que le grité a su hermana por un fallo suyo en un acto de bondad y que la hice llorar? El miedo a su reacción me inquieta.

—Bueno… —Trago saliva.

—Descansar, hacer los deberes y ahora cocinar. Ana me está enseñando a cocinar cosas fáciles —reporta Laura y me contempla con una sonrisa dulce en los labios.

Le ha mentido a su hermano por mí y ni siquiera le he pedido perdón verbalmente todavía. Actúa como si no hubiera pasado nada, igual que cuando Eric nos presentó. Esto solo puede significar que la que ve y crea problemas soy yo. Ella ha venido en son de paz.

—Eso es —añado.

—Guay. Parece que os entendéis bien. Yo he tenido una tarde larga reponiendo y en caja. Ha habido mucho movimiento hoy —nos resume Eric—. Voy a darme una ducha rápida para comer caliente y ponerme al día con mi hermanita, que Ana ya ha tenido su oportunidad.

Nosotras servimos la mesa mientras él está en el baño. Reconozco que estoy tensa. No pierdo de vista a Laura porque su torpeza es una amenaza a tener en cuenta. Verla andar con platos y vasos me causa escalofríos. El arroz y los filetes podrían volar de un segundo a otro. ¿Y a quién le tocaría limpiar el desastre?

Nos sentamos cuando Eric se nos une. Afortunadamente, no hubo incidentes. Cenamos como una familia, una familia que ha crecido. Mi novio dirige la conversación. Después de celebrar lo bien que le queda mi ropa a su hermana, indaga en su pasado reciente. Laura parece ocultarse detrás de un muro con ese tema. Sus respuestas son vagas o las desvía. Según ella, le iba bien en los estudios, pero estaba cansada de la sobreprotección de sus padres. No cuenta detalles de vacaciones, de su antiguo instituto, de amistades ni de sus rutinas. Simplifica todo en un «bien». ¡Qué misteriosa!

—¡Oh, Ana! Cuéntame eso de la mancha de tu falda. Me he acordado ahora. Y con lo callada que estás… ¿Quién fue la friki? ¿Qué pasó? —inquiere Eric, centrando la atención en mí.

¿Tenía que decirlo de esa manera? La culpa es mía, son mis palabras.

La sonrisa de Laura disminuye notoriamente. Otra puñalada de mi parte. Con lo bien que estaba fluyendo todo…

—Eh… En realidad, fue culpa mía. La friki fui yo. No es importante. Prefiero seguir escuchando a tu hermana y vuestras historias. Es la recién llegada, merece nuestra atención. —La excusa perfecta.

—No está bien, es como hacerte el vacío. Ahora que mi hermana vivirá aquí, tendremos días por delante para hablar de nuestras vidas. Bueno, tú estabas allí, ¿no, Laura? Si vais a clase juntas, debiste ver lo que pasó —insiste Eric.

Es la primera vez que odio su amabilidad. Bueno, no. Cuando es amable con chicas como Daniela también lo odio.

—Sí, estuve allí, pero prefiero que Ana cuente su versión. No le robaré su historia —dice Laura y me atraviesa con la mirada.

—Si es una tontería. Pues nada, estaba en clase de Química. Teníamos sustancias líquidas coloridas para un experimento. Y, bueno… Se me ocurrió… asustar a una compañera con uno de los recipientes. Le dije que… era ácido. Entonces… me empujó para apartarme y en el proceso me cayó el líquido encima. Hice el tonto como una cría…

Miento como no hacía desde hace tiempo. No es una mentira piadosa como la que le dije a Laura cuando me estaba riendo después de verla en el baño. Me pesa, pero creo que es lo mejor para todos. Había dejado de mentir cuando empecé mi relación con Eric, aunque he mantenido ciertos secretos bajo llave. Estoy en manos de Laura. Espero que deduzca que no era mi intención ridiculizarla.

—Sí, eso fue lo que pasó —corrobora Laura y me sonríe.

Suspiro y saboreo paz gracias a ella.

Tras la cena, hacemos un buen equipo en la cocina. Yo friego, Eric seca y Laura coloca la cubertería y la vajilla en su sitio.

La cama es nuestro próximo destino, una señal de que estamos cansados. Eric y yo le damos las buenas noches a Laura antes de entrar en nuestro cuarto.

Esta noche no me alcanzan las fuerzas para ver series hasta tarde, tampoco me conviene a sabiendas de que mañana madrugo, pero sí dedico unos minutos a mi diario. Es la única cosa que Eric no comprende, no le ve el sentido a escribir todos los días todas las vivencias, pero me respeta. Mi diario es sagrado y él no se atrevería a tocarlo sin consultármelo. Para mí es un sedante, me ayuda a aligerar mis emociones internas.

Hoy escribo sobre un día poco común. Me sorprende que haya rellenado varias páginas, puesto que llevo semanas escribiendo cuatro o cinco líneas casi todos los días, excepto cuando necesito desahogarme por celos o por la falta de pasión de Eric. Me alegra poner el punto final después de mencionar que la noche con Laura terminó bien.

Esta mañana me resultó menos violenta cuando sonó el despertador. En realidad, pensar eso sería mentirme a mí misma. El despertador y yo somos enemigos mortales. Pero hoy no me moriré de sueño porque me acosté temprano anoche.

Estoy en la tercera hora de clase y me siento espabilada. El profesor de Biología Avanzada I parece que habla de alienígenas. ¿Protozoos? ¿Eucariotas? ¿Parásitos? Me suena a una invasión de seres microscópicos que se meten en nuestros cerebros y nos infligen daño desde dentro. Por lo menos presto atención a la explicación.

Si Laura supiera lo que pasa por mi cabeza, seguro que se reiría de mí. Tanto que la he juzgado y soy la primera que se distrae con tonterías. Ella está sentada a mi lado tan concentrada como ayer. Su facilidad para responder a todas las preguntas que formula el profesor me abruma. Levanta la mano con suavidad, como una pluma mecida al viento. Contesta una cuestión tras otra como si recitara un poema. Es, de lejos, la mejor alumna de mi grupo. Creo que es una superdotada en los estudios.

A Eric y a mí se nos había olvidado mencionarle que nos levantaríamos pronto para que él tuviera tiempo de repasar antes de sus exámenes. La despertamos, al menos para avisarle de que nos íbamos, pero quiso acompañarnos. Turnarse para el baño, preparar el desayuno, todo fue un caos, pero aquí estamos.

La clase de Biología termina por fin. El estruendo que se desata en los pasillos después del timbre indica que es la hora del recreo. Aún me sorprende que la Preparatoria conserve el horario riguroso de la enseñanza obligatoria, pero se supone que eso fortalecerá la disciplina de los alumnos. Recojo mis cosas a toda prisa también porque me apetece encontrarme con mi amiga Claudia, quiero contarle todo lo de ayer con lujo de detalles.

Mochila al hombro. Estoy a punto de echar a correr.

—Ana…

Esa melódica voz me frena.

—Esto… No conozco a nadie. ¿Puedo ir contigo? Por favor…

Laura me lo pide con tal amabilidad que me hace recapacitar. Si es que soy una maleducada. Es mi cuñada y he estado a punto de abandonarla como a una perra.

—Claro. Ahora somos familia, no tienes que pedirme una cosa como esa.

—No quiero ser una molestia. Supongo que tienes tus propias amistades, por eso pregunto. A lo mejor no les gusta relacionarse con una extraña como yo. No me gustaría dañar tu imagen.

Laura me sorprende con su comentario. Creo que, de algún modo, quería hacerme saber que había escuchado mi conversación con Claudia ayer. Me sabe tan mal.

—Oye, no eres una extraña. Te vienes conmigo a partir de ahora. Y no soy tan popular como crees, solo tengo una amiga de verdad y me llevo bien con casi todos mis compañeros, pero eso es todo. Venga, vamos, que el recreo dura un suspiro.

Le froto el hombro y ella me sonríe con ternura. Su ánimo se estabiliza.

Marchamos juntas al patio en medio del tumulto que me recuerda a un rebaño de ovejas. Distingo a Claudia junto a nuestra pared favorita, que está cerca de las puertas que comunican con el patio trasero. Hemos compartido tantas horas en esa pared que a día de hoy tengo la sensación de que posee nuestros nombres grabados en su alma inanimada. Intuyo que Claudia también nos ha visto al bajar por las escaleras. Esa mirada burlona suya lo dice todo.

—Claudia, te presento a mi cuñada Laura.

La conozco muy bien, no le ha gustado la sorpresa. Muestra su sonrisa forzada intentando camuflar su expresión de asco.

—Así que esta es la famosa Laura —remarca Claudia con su tono sarcástico.

—Laura, esta es mi amiga Claudia.

—Encantada, Claudia. —Laura mantiene su formalidad.

Se dan dos besos, prácticamente por impulso de Claudia, que exhibe una mueca maliciosa.

—Tienes cara de rompecorazones. ¿Qué tal tu primer día? ¿A cuántos has dejado con la bragueta apretada hasta ahora? —La socarronería de Claudia espanta a Laura, cuyos ojos ansían salirse de las cuencas.

—¡Claudia! —exclamo y le insinúo con un gesto a espaldas de Laura que no la hostigue. ¿No se da cuenta de que eso es demasiado intimidante para esta chica?

—Yo no…

—No le hagas caso, Laura —intervengo—. Claudia es así de confianzuda, pero es una buena amiga. Te caerá bien.

—Lo siento, estoy de broma —dice Claudia, pero ríe descaradamente—. Pero algo de razón tengo. Laura, eres carne fresca, carnada para estos tiburoncitos que apenas saben morder. Espero que lleves algo más que bragas debajo de esa falda porque aquí hay muchos mirones que no pierden la oportunidad en las escaleras. Bueno, a menos que seas una pervertidilla a la que le gusta que la miren.

Claudia consigue que me ría, aunque no era mi intención. Es verdad que hay mucho espabilado mirón, pero los ignoro y me ajusto la falda cuando los veo.

Laura luce incómoda, en especial por su modo de rascar los tirantes de su mochila con las uñas y porque su mirada se extravía en todas direcciones.

—No soy una…

—Es broma, chica —aclara Claudia.

—Dale un respiro, Claudia. La vas a asustar.

—Y no ha visto nada todavía —alardea la guasona Claudia.

—Lo dicho, Laura. No le hagas caso. Está loca.

—¡Oye! —exclama Claudia y reímos, pero Laura sigue ajena a nuestra química—. Vale, me comportaré. La culpa es de los exámenes. Me tienen quemada.

Me intereso por los resultados de mi amiga, así también desvío la atención que recae sobre Laura. Claudia se convierte en un loro. Empieza a escupir por su boca hasta la última pregunta con respuesta incluida de sus exámenes recientes. Por suerte, sus explicaciones parecen chistes, propio de ella. Aprovecho que estoy en modo receptiva para beberme mi batido de chocolate. Ella devora una barrita energética en segundos mientras habla, siendo obra de un milagro que no dispare las migas sobre mí. En medio de su monólogo, el estómago de Laura ruge como un león.

—¡Vaya! No sabía que el insti estuviera construido sobre un volcán —bromea Claudia.

Laura, ruborizada, no sabe a dónde mirar.

—¿No cogiste algo en casa para merendar? —pregunto, aunque intuyo la respuesta.

—No tuve tiempo para preguntar y no quería coger algo vuestro sin permiso —responde Laura.

Es demasiado buena, cosa que me irrita hasta cierto punto. Y Claudia me lanza su mirada sarcástica.

—Laura, no tienes que pedir permiso para coger comida en casa. Coge, queda medio batido —le ofrezco.

—Es tu merienda, no puedo…

—¡Qué drama! —murmura Claudia.

—Vamos, Laura. No vas a pasar hambre y yo estoy llena. —En realidad, no lo estoy. Ella coge el batido prácticamente obligada—. Claudia, ¿tienes algo de dinero que me puedas prestar? No llevo nada encima, olvidé la cartera, y no puedo interrumpir a Eric en medio de un examen.

—Lo único que tenía era esta barrita y no creo que le guste regurgitada —bromea Claudia—. Va siendo hora de que regrese a clase. El recreo está por terminar y me espera otro examen.

—Pues mucha mierda. Veré si alguien de mi grupo me puede prestar algo.

—Suerte. —Claudia exhibe su sonrisa burlesca.

—Suerte en tus exámenes… —dice Laura, inexpresiva.

Claudia, despidiéndose con la mano, se aleja.

—Ven, Laura. Por allí veo a Patricia. A ver si me presta dinero para comprarte algo en el bar.

—Ana, no. Por favor, no. El batido es suficiente, de verdad. Por favor, no te molestes más por mí. Aprecio mucho que te preocupes por mí, a pesar de todo…

Laura rodea la pajita con sus carnosos labios, luciendo como una frágil mariposa al posarse sobre una flor. A su vez, alza las cejas y las arruga con gracia, como si anticipara el placer que está a punto de saborear. El chocolate líquido sube por la pajita hasta desaparecer en el interior de su boca. Mientras lo chupa, me contempla con detenimiento. Después de tragar, se moja los labios con la lengua, se relame gustosa. Sus atractivos labios, ahora humedecidos, le resplandecen.

—¿A pesar de todo? —repito cuando proceso sus palabras.

—No quiero hablar de eso para no hacerte sentir mal…

—Quizás lo mejor sea que empecemos a ser más abiertas entre nosotras. Sé que nos conocimos ayer y las circunstancias no han sido las mejores para empezar, pero te pido que me digas lo que piensas.

—Si de verdad es lo que quieres… Espero que no me odies. Sé que te resulto un estorbo y que te parezco una friki. Te he causado problemas desde mi llegada. Lo siento, solo quería ser amable con la novia de mi hermano —expresa Laura sin apenas mirarme a los ojos.

El timbre suena en ese instante y me devuelve a la realidad. Pero, antes de que pueda asumir las palabras de Laura, ella huye entre la multitud.

***

He perseguido a Laura por las escaleras y el pasillo, pero estos pitufos han sido un estorbo como siempre. No he podido alcanzarla y ella ha entrado en el aula. Su confesión me ha dejado claro que le debo una disculpa, pero hay demasiada gente como para seguir con el tema.

Laura se dirige a nuestra mesa.

—Oye, bombón, ¿cuándo daremos una vuelta? —Escucho el comentario del pesado de Mario, que aborda a Laura con su actitud de matón barriobajero.

—Lo siento, no me interesa —responde Laura y se sienta como toda una buena estudiante.

—¿Vas de dura? —Mario se acomoda sobre la mesa y convierte las pertenencias de Laura en cojines. Adopta una postura chulesca como si fuera un casanova cuando no es más que un imbécil—. Chicas más duras que tú han caído ante mí. ¿Tan cachonda te pongo que me tienes miedo?

—Por favor, levántate. Estás arrugando mis cuadernos —le pide Laura. La noto incómoda, por lo que me apresuro.

—Y si no lo hago, ¿qué vas a hacer? ¿Te pongo nerviosa? Se me ocurren unas cuantas cosas para ponerte más nerviosa.

—Deja de incordiarla, payaso. —Aparto a Mario de la mesa con un empujón.

—A mí no me empujes así, ¡eh! Que no se te suban los humos —protesta Mario con su patético tono de amenaza, sacando el pecho como un gallo cuando no tiene ni espuelas, y niega con un dedo.

—Ni a ti. Vuelve a tu sitio con tu noviecito Carlos. —Le planto cara. Mi vieja impulsividad se reaviva.

—¿Qué cojones? —lloriquea Carlos desde su puesto—. ¿Me estás llamando marica?

—Está celosa porque ya no es la más buena de clase. Eres historia, Ana —se burla Mario, creyendo que hiere mi orgullo como todo un iluso.

—Eres realmente un idiota si eso es lo que pasa por tu cabeza. Venga, lárgate de nuestro sitio y deja de ser tan baboso. Eres un moscón repugnante que se tiene que conformar con su mano para calmar sus hormonas —lo insulto como se merece, tenía ganas de hacerlo.

Nuestra acalorada charla despierta risas de otros compañeros que aprovechan para tomar asiento como si estuvieran en un teatro con el espectáculo en marcha.

—¡Puta! Te salvas por ser chica porque te partiría la cara aquí mismo —me intimida Mario, un tanto alterado. Intenta salvar su ego herido delante de los demás.

—Abofetéala. Está deseando que le cierren esa boquita de zorra —lo incita Carlos.

—¿Por ser chica? Excusa de cobarde. No tienes huevos. Te crees muy hombre y eres un gallito desplumado como Carlos que solo habla desde su silla —contraataco, valiéndome de mi lengua afilada.

—¡Uf! ¡No me toques los cojones, Ana! —Mario patea una silla con violencia.

—¡Zúrrala de una vez! —lo alienta Carlos.

—¿Estás ciego o qué? Eso es una silla, yo estoy aquí —lo provoco y me satisface ridiculizarlo.

—Chicos, dejadlo ya. Somos todos grandecitos para esto —interviene Patricia.

Ella es una buena estudiante y muy buena compañera. Sus intenciones suelen ser nobles, por eso le tengo aprecio, pero ignoro sus palabras esta vez. Me mantengo firme delante de Mario. No puedo quitarme de la cabeza el rostro angustiado de Laura por culpa de este idiota.

—¡Tú no te metas o vas a recibir también! —la amenaza Mario.

—A ver, a ver. ¿Qué está pasando aquí? Espero que estéis debatiendo sobre Filosofía. —Aparece el profesor de Filosofía Avanzada I. Su presencia cerrando la puerta nos dispersa.

—Eres una zorra, Ana —me murmura Mario al pasarme por el lado.

Yo, más tranquila, me limito a mostrarle el dedo medio.

—¿Estás bien, Ana? —me pregunta Laura cuando me siento a su lado. La noto preocupada por la forma en la que arruga las cejas y arquea los labios hacia abajo.

—Sí, no ha sido nada. Ese payaso de Mario es un imbécil. No dejes que te moleste y si lo hace, dímelo.

—Lo siento por causarte más problemas. No tenías que hacerlo.

—Laura…

—A ver, esos cuchicheos. Parecéis gallinas cacareando. ¿Hay algo que queráis poner en común? —inquiere el profesor Ricardo y todos nos silenciamos—. ¿Mario?

—Nada —responde el imbécil.

—Con lo inspirado que te veía. A ver… ¿Ana? ¿La manzana de la clase tiene algo que aportar a esta encrucijada silenciosa? ¿Algo endulzado por tus palabras? —me pregunta el profesor.

«La manzana del grupo A». Ese es el apodo que me puso Ricardo desde que comenzó el curso. Si creía que tenía suficiente con la profesora de Lengua, este hombre rompió los esquemas. Me utiliza para todos sus símiles y ejemplos que, curiosamente, terminan teniendo una connotación sexual. ¿Por qué lo hace? No lo sé. Lo que sé es que me abruma y me he sentido avergonzada en más de una ocasión. Claudia me dice que le gusto, que lo que quiere es postrarme en su escritorio y… ¡Qué asco! Es un cuarentón con más barriga que Sancho Panza. Me trata con amabilidad y tiene humor, pero me produce náuseas solo de pensar que imagina cosas pervertidas conmigo. Espero que no sobrepase su papel de profesor de Filosofía con sus escasos diez minutos de clase y cuarenta de chistes aborrecedores.

Muevo los labios para articular mi respuesta, pero Ricardo me interrumpe para señalar su nuevo foco de atención.

—Pero si tienes nueva compañera. Tú debes de ser Laura, la alumna nueva de la que nos habló la directora en la junta. Se espera mucho de ti. Subirás la media de este grupo. Una alumna tan especial y tan radiante como una flor de primavera se merece estar a la altura de Ana. Tú serás… la cereza del grupo A. Dulce, roja y tentadora como una cereza. Mirad cómo se sonroja. ¿No os parece una apetitosa cereza? ¿Qué dices, Mauro?

Ricardo sostiene una sonrisa repugnante. Esto es ridículo, pero el colmo es que más de uno asiente y le sigue el juego. ¿El profesor no percibe que la está avergonzando?

—Ya lo creo —responde Mauro, otro compañero de clase con cierta popularidad por su derroche de simpatía.

—Anda, Laura, parece que hemos encontrado un posible pretendiente para ti —bromea el profesor Ricardo y los alumnos se comportan como corderos murmurando insinuaciones—. ¿Qué dices tú?

—Yo… no tengo nada que decir —responde Laura y evita las acosadoras miradas. Puedo sentir su vulnerabilidad, su grito interior de auxilio.

—Parece que he dado en el clavo. No seas tímida. Aquí puede surgir una bonita relación juvenil. Mauro, pídele una cita oficial, pero pórtate bien. —Detesto las ridiculeces de Ricardo.

—¿Podemos empezar la clase? Siento que no estoy aprendiendo nada —intervengo. No podía soportarlo más.

—Manzana, no seas tan seca y egoísta, eso es de frutas podridas y tú no lo eres. Estás jugosa. Laura se merece una bienvenida a su nivel. ¿Por qué te pones tan seria? —El profesor Ricardo no piensa parar. Esto es cada vez más patético.

—Lo que pasa es que está celosa. Ya no es la belleza del aula. Ha sido destronada. —El cabrón de Mario me lanza una sonrisa degradante. Ha aprovechado la situación para devolverme el golpe.

—Mario, mejor cállate. No creo que estés en posición de hablar —replico con aspereza.

—Sin malos rollos. ¿Eso es verdad, Ana? ¿Te sientes en desventaja? ¿Laura supone una rival para ti? —cuestiona Ricardo.

—¿Por qué iba a ser una rival para mí? Se supone que somos compañeras y las compañeras se apoyan, no compiten entre sí. Además, ¿de qué estamos hablando? ¿En qué se supone que estamos compitiendo? ¿Estamos en un concurso de Miss Universo o me he perdido algo? Que yo sepa, somos estudiantes —subrayo, indignada.

—No te calientes tanto que te vas a derretir, helado de manzana. —Ricardo me tiene cansada con sus bromitas absurdas. Estoy por irme de la clase si sigue así—. Vamos a ponerlo fácil. ¿Qué te parece Laura? ¿Es una cereza o no? ¿Es bella o no? Responde.

Las preguntas me obligan a mirar a mi cuñada y ella me devuelve la mirada. Sus ojos verdes me observan serenos. Sus labios se separan ligeramente en el centro, descubriendo una pincelada de sus dientes perlados. El silencio que se genera me absorbe y se prolonga en mi interior. Mis ojos la contemplan con calma, la analizan como si admiraran una obra de arte. No me gusta el flequillo, pero a ella le sienta de maravilla en su cara redondeada de ojos saltones, nariz pequeña de gnomo y labios carnosos. Es bellísima.

—Laura es… muy bonita —respondo y me percato de que me había quedado completamente ausente.

Laura, ruborizada, sonríe y agacha la mirada mientras desliza sus cabellos por detrás de la oreja.

—¡Ahí está! —exclama el profesor Ricardo—. Te habría suspendido de haber dicho lo contrario. Y todo esto sirve para iniciar el debate de hoy. La belleza. El concepto de belleza. La belleza concebida como idea abstracta. Seguro que todos o la gran mayoría apostaríais a que la belleza es subjetiva. Y lo es hasta cierto punto. Cada uno de vosotros interpretáis la belleza de una manera diferente, pero seguro que todos los aquí presentes no podéis negar que Ana y Laura son bellas. ¿Por qué creéis que pasa esto? ¿Por qué, a pesar de que seáis muchos con gustos variados, coincidiríais en que manzana y cereza son bellas?

—Pues… porque están buenas —responde Mauro y muchos ríen.

—No digas obviedades que sabemos todos —dice Ricardo con su socarronería—. Eso entraría en la idea preconcebida que se tiene de la belleza física en la época actual. Aquí vamos un poco más allá, algo que trasciende entre épocas y que se aproxima a la idea de belleza como la belleza abstracta del mundo de las ideas de Platón.

—Mmm, creo que ya me he perdido —comenta Roberto, nutriendo el buen humor de la clase, aunque todos permanecen atentos.

—Existen patrones que influyen en nuestras percepciones sensoriales del mundo que nos rodea. En lo que a belleza humana se refiere, se ha demostrado que las personas percibimos mayor belleza y atracción por caras simétricas. Si nos fijamos en nuestra manzana y nuestra cereza, podemos apreciar que sus rostros son muy simétricos si los partiéramos por la mitad y los juntáramos —explica Ricardo. Como era de esperar, soy la mona de feria y Laura ha caído en el mismo plato—. Por supuesto, hay más elementos que influyen, pero no entraremos en esos detalles. Vamos a centrarnos en ese rasgo de belleza que trasciende entre épocas y etnias. Para Platón, eso sería la idea de belleza, la belleza en sí misma, pura, como si fuera divina, injuzgable, y que solo puede existir en el mundo de las ideas.

Los aproximadamente diez minutos de clase de Filosofía han comenzado. Laura toma apuntes. Yo no sé ni qué anotar. Si escribiera algo, seguro que al releerlo me encontraría con un poema de frutas en el que muerdo una cereza. A la mayoría de mis compañeros les gustan las clases del profesor Ricardo porque les resultan divertidas y hay poco que hacer. Luego las notas hablan por sí solas, de las peores, y los excelentes se los rifan los que más le hacen la pelota. No termino de tragarlo aunque yo sea una de los que se llevan un excelente por ser la manzana del grupo A.

***

No veía la hora de que llegara el segundo recreo. Al menos, puedo decir que sobreviví a la clase de Filosofía y Laura también.

Después tuvimos Inglés Avanzado I, cuya profesora es británica e imparte las clases con un ritmo muy ameno. Empezamos con un vocabulario nuevo, seguimos con un par de reglas gramaticales y concluimos con ejercicios para repasar lo aprendido. Lo mejor es que hacemos y corregimos todo en la clase, así no tenemos deberes. La gran revelación de hoy fue Laura, por supuesto, que encandiló a la profesora con su dominio del idioma al nivel de una nativa, enfatizando que vivió en Inglaterra hasta hace poco. De hecho, la profesora la entrevistó en inglés de principio a fin. No pude entender todo, pero sí lo suficiente para saber que Laura restringió sus respuestas igual que hizo con su hermano.

Ahora, todos se marchan al patio. Laura recoge sus pertenencias y yo gano tiempo guardando las mías a cámara lenta. Tengo la sensación de que ella no va a esperar por mí. ¿Qué pensará hacer? Eric está de exámenes, no podremos verlo hasta la salida.

Laura se echa la mochila al hombro y me fijo en una de las chapas que tiene enganchadas en la parte trasera. Esta es colorida y contiene la foto de unas chicas asiáticas, pero es muy pequeña como para distinguirla mejor. Mi cuñada se dispone a irse sin mí de verdad.

—Laura, espera —le pido y ella se detiene—. Siéntate conmigo un momento.

Laura suelta la mochila sobre la mesa con sumo cuidado y regresa a su silla, pero evita el contacto visual. Al menos, podremos hablar tranquilas porque nos hemos quedado solas en el aula.

—Quiero que sepas que no era mi intención que te compararan conmigo. No he venido aquí a usurpar tu posición en nada —remarca Laura, denotando su vergüenza.

—Laura, no digas tonterías. Lo sé bien. No hagas caso a ninguno, mucho menos al profesor Ricardo. Eres mejor alumna que yo y eso es digno de admiración. No me ofende ni estoy celosa por eso.

—Me tranquiliza no ser una piedra en tu camino. Tampoco me considero guapa y menos aún tanto o más que tú —enfatiza Laura y me mira durante un milisegundo.

—Olvídate de esa tontería también. Y siéntete hermosa porque lo eres.

A lo mejor tiene algún complejo. Sé tan poco sobre ella…

—Gracias, Ana. Me alegro de que esté todo aclarado. Me voy al patio, si no te importa. —A pesar de pronunciar palabras amables, Laura destila cierta congoja.

—Espera, espera. Realmente no era de esto de lo que quería hablarte. Creo que… te debo una disculpa —verbalizo con mucho esfuerzo, incluso se invierten los papeles, pues ella me dedica su mirada y yo agacho la mía.

—¿Por qué?

—Yo no quería… insultarte, llamarte friki a tus espaldas. Eso estuvo mal por mi parte. Cuando Eric lo mencionó en la mesa… me quería morir. Lo siento mucho, Laura, de verdad. Me he portado muy mal contigo. Me siento fatal…

Laura desliza una mano atrevida por mi mejilla, forzándome sutilmente a levantar la mirada y encontrarla con la suya.

—Reconozco que… me hirió, pero no te guardo rencor. De todas formas, no me convertiré en una carga y una molestia para ti. Tú no te juntarías con una chica como yo. Creo que lo que has hecho por mí hasta ahora es porque te sentías culpable. Eso no es lo que quiero. Pero no te culpo, lo entiendo, yo soy la nueva y la que ha alterado tu estabilidad. Por eso me mantendré al margen. Sigue con tu vida normal, con tu amiga, yo estoy adaptada a estar sola. Ya no tienes que sentirte culpable por nada, así que no tienes que hacer nada por mí. No te preocupes, Eric no se enterará. Nos vemos luego, me voy al patio. —Tras sus palabras, me da la espalda.

Laura me roba el aliento. Por un instante, siento que otra persona me ha soltado ese sermón en su lugar. No sé si lo que me ha impactado más es que ella haya sido más abierta o que me haya hecho ver mis actos de otra manera.

Mi cuñada está a punto de irse. No puedo permitir que esto termine así, por lo que mi mano impulsiva busca la suya para detenerla.

—¡Laura! Espera, no te vayas. Eso no es lo que quiero. —Consigo que se quede y continúo hablando deprisa—. No quiero que pienses que actúo así por lástima o culpa. Quizás lo fuera al principio, pero te juro que no es así. Esto puede continuar como hasta ahora y mejorar a medida que nos conozcamos más. Yo quiero conocerte más. No te juzgo por nada, cada persona es como es. Tú eres una chica muy buena, eres alguien con quien me juntaría. Me he dado cuenta de tus buenas intenciones y las valoro mucho. Tal vez pecas de torpe, pero te acepto como eres —bromeo y, sometida por unos nervios inexplicables, le sonrío—. ¿Qué te parece? ¿Podemos empezar de nuevo?

—¿Por qué, Ana? ¿Por qué quieres conocerme más? —Su pregunta me inquieta, desborda mi mente.

—Laura, somos cuñadas. ¿Qué clase de cuñadas seríamos si no intentáramos llevarnos bien?

—Ya veo, ese es tu motivo… —expresa Laura con cierto desánimo.

Tardo en entenderla, pero lo logro. Laura busca un sentimiento verdadero, una razón más fuerte que la impuesta por el mero hecho de que seamos cuñadas.

—No es el único, Laura. Quiero… que seamos amigas.

Y, entonces, una sonrisa ilumina su rostro.

Nos entregamos a un espontáneo y tierno abrazo. Siento el bombeo agitado de su corazón al compás del mío mientras su mejilla tibia se frota con la mía. Laura exhala su húmedo aliento sobre parte de mi cuello y mi piel se eriza de emoción. Es el abrazo más cálido y cariñoso que he compartido en mucho tiempo.

Laura y yo perdemos el recreo. En otras circunstancias, habría maldecido todo, pero el motivo ha merecido la pena. Esos minutos hablando con Laura me han calado hondo. Siento que nuestra relación ha dado un gran paso, que nuestro vínculo como cuñadas se ha estrechado. Estoy contenta porque en poco tiempo hemos empezado a forjar una amistad, una amistad un tanto curiosa, pero una verdadera amistad por encima de nuestra unión familiar. Mi gran alivio es haber aclarado nuestras diferencias, los absurdos malentendidos que yo misma generé y permití que ganaran fuerza.

Desde ese instante, tengo la sensación de que miramos en el mismo sentido. Eso o me estoy convirtiendo en una mala influencia para ella. En las siguientes dos horas de clase, la he distraído para matar mi aburrimiento. Actué más relajada por haberme deshecho de la tensión que me carcomía por dentro. Laura, concentrada como la estudiante modelo que es, terminaba observándome a ratos a causa de mi insistente e inexplicable mirada sobre ella. Tras sonreírnos, mi cuñada regresaba la vista a la pizarra.

Así fue durante esos eternos minutos de monólogo de los profesores hasta que, llevada por la naturalidad del momento, di un paso más allá. Dibujé una caricatura del profesor de Historia Avanzada I. En ella, resalté sus principales rasgos: su enorme nariz y su panza rechoncha. Desconozco si Laura disfrutaba realmente con sus enseñanzas adormecedoras, pero le acerqué el papel y, casi al instante, ella se enrojeció como una olla de presión al borde de explotar. Luego, se tapó la boca con una mano mientras escribía junto al dibujo. «Obélix» apuntó. El mismo calor que debía estar vaporizándola por dentro lo hizo en mí. Ambas estallamos en risas que intentamos disimular, pero fue inevitable que todas las miradas se centraran en nosotras, incluida la del profesor.

—¿Acaso he dicho algo que sea motivo de risas, señoritas? ¿Dónde está la gracia en que tantas personas inocentes padecieran un infierno en los campos de concentración nazis? —espetó el profesor con tal seriedad que las venas se le hincharon.

Tuve que disculparme y asumir la culpa. No iba a permitir que la buena reputación de Laura como estudiante se viera perjudicada por mi tontería, mucho menos ante el trágico tema que impartía el profesor y al que no había prestado atención. Consecuencias: Realizar un trabajo de investigación sobre los campos de concentración nazis como castigo. Me lo merecía, pero no me arrepiento de haber hecho reír a mi cuñada.

Así volaron las dos últimas horas de clase.

Mientras Laura y yo recogemos nuestro material escolar para salir del instituto, me percato de que Claudia me ha enviado un mensaje.

¡Fea! No viniste al patio. ¿Aún respiras o tu cuñi te dio la brasa hasta dejarte KO? ¡Ja, ja, ja!

Si ella supiera…

Le respondo que estoy a punto de salir, que nos veremos en la entrada para despedirnos. Claudia escribe, imagino que para confirmar. Guardo mi teléfono para no hacer esperar a Laura.

Ambas conquistamos un hueco entre la estampida de pitufos. Mientras caminamos, recordamos nuestras risas a causa de la caricatura del profesor. Creía que mi cuñada se quejaría por haberla distraído, pero no es así, me reafirma una y otra vez que el dibujo le resultó muy gracioso.

Ando muy tranquila por el pasillo, disfruto de la compañía de Laura, ni siquiera pienso en otra cosa. Pero la armonía del presente se desvanece cuando atravesamos parte del vestíbulo, pues alguien me atropella, me golpea el hombro toscamente. El impacto me desequilibra lo suficiente como para tener que apoyarme en Laura. Mi cara despide una espontánea expresión de rabia en respuesta a la falta de modales que atribuyo a algún renacuajo.

—Quita de en medio, estorbo. ¿Te crees una princesa por ser popular? —me ofende la persona que me adelanta destilando pura maldad.

No es otra que Sandra y su cuarteto de matones. No hay más que ver su cara de perturbada para saber que no arrastra nada bueno consigo. Es la cabeza de la manada, una loba despiadada que se divierte con el sufrimiento de los demás. Su obsesión por el maquillaje negro la describe perfectamente, mientras que su rostro se asemeja a un expositor de piercings. Tiene media cabeza rapada y deja caer su melena oscura como una cascada por un lado. En conjunto, luce como una criminal en potencia, y eso que oculta sus tatuajes debajo de su uniforme descolocado. Sus sabuesos no son muy distintos de ella.

Opto por callarme e ignorarla. He tenido suficiente hoy como para sumar otro clavo ardiente a mi expediente académico. Recuerdo las palabras de Eric, siempre me ha aconsejado que no pierda los papeles, que evite la violencia innecesaria. Tiene razón. Nada puede acabar bien con Sandra. Ella manda y sus secuaces propician palizas a los indefensos. Deberían de estar en la cárcel. Los conozco muy bien, en especial a ella, porque yo formaba parte de su grupo. Eran mis amigos, los fumadores, con los que compartía orgullosa méritos lamentables e inhumanos. Igual que ellos, yo… pegaba a chicas como Laura… Ojalá que ella nunca lo sepa…

Desconecto mi mirada desafiante de la de Sandra y la observo mientras sigue su camino como una perra rabiosa que tira de la correa de sus chuchos. Me odian, lo sé. Me guardan rencor por haberles dado la espalda. Estoy segura de que desean que me descontrole, pero no les daré esa satisfacción.

—¿Estás bien? —me pregunta Laura al frotarme gentilmente el brazo.

—Sí, no es nada. Hay mucho imbécil suelto en este instituto. No te acerques a esa gente nunca.

—Vale. Me ha pasado de todo por la cabeza menos acercarme a ellos. Dan miedo.

—Son unos niñatos, las joyitas del insti. ¡Qué peste a hierba han dejado, joder! —Ambas realizamos una mueca de asco por el olor a porro que contamina el aire.

Próximas a la salida del instituto, descubro que el día no ha terminado. Distingo a Eric y…

—¿Quién es esa que está con mi hermano? —pregunta Laura, denotando su intriga.

—Esa… Esa es… ¡la puta Daniela! —bufo como un toro embravecido.

La zorrona de Daniela abraza a mi novio y le susurra al oído como una vulgar fulana.

***

Agrando las zancadas hasta prácticamente correr y aliento a Laura para que me siga, pero ella no iguala mi ritmo. Su voz se vuelve un susurro distorsionado en el bullicio mientras me pide que la espere cuando se queda atrás. Irónicamente, aparto a los polluelos a empujones como hizo Sandra conmigo, con la diferencia de que yo no lo hago por maldad como habría hecho hace años.

Daniela… Esa buscona me quiere robar a mi novio en mis narices. Apuesto a que le está susurrando obscenidades para jugar con su imaginación.

—Que corra el aire, ¿no te parece, Daniela? —espeto tras apartarla con cierta brusquedad y la reto con la mirada.

No me contengo. Daniela está invadiendo un terreno que no le pertenece.

—Tranquilita. No hace falta que muerdas. Solo me despido de Eric —se excusa Daniela, reluciendo su rostro de fulana.

¿Cómo se atreve a reírse de mí en mi cara al hablarme como si yo fuera una perra celosa?

—Ya, claro. Y voy y me lo creo. Te conozco muy bien, Daniela. Lo tuyo es tirarte a todo lo que te arrimas. —No tendré piedad con una víbora como esta.

—Oye, ¿qué estás insinuando? No te voy a permitir que me faltes el respeto, ¿sabes? —Su sonrisita chulesca se disipa.

—Chicas, ya está bien. Esto es un malentendido —interviene Eric.

Él, siendo tan bueno, no puede decir otra cosa.

—Eres tú la que no se respeta a sí misma y mucho menos respetas lo ajeno. No sé qué haces aquí estudiando cuando seguro que vives de lo que te “meten” en el sostén. —No consentiré que Daniela me humille delante de mi novio y de Laura, que recién nos alcanza.

—¿Me estás llamando puta? Eric, mira, me fastidia decirlo, pero deberías ponerle un bozal a tu perra celosa.

“Un bozal a tu perra celosa. Un bozal a tu perra celosa. Un bozal a tu perra celosa…”, se repite en mi cabeza incesantemente. La sangre me hierve como si fuera magma fluyendo por mis venas. Mi mano derecha se endurece, se pone rígida como una piedra, y desea liberar la tensión. Le voy a cruzar la cara a esa maldita zorra.

Cuando mi mano está a punto de despegar como un cohete dispuesto a estrellarse contra su objetivo, un tacto suave y cálido me detiene. La mano de Laura, sutilmente, enlaza parte de la mía. Es como si Laura hubiera leído mis pensamientos, como si conociera mis intenciones. Ella me ayuda a contenerme y evita una desgracia mayor.

—Eso es muy grosero. Ana no se merece que le hablen así. —El apoyo de Laura me conmueve.

—No hables sin saber —refunfuña Daniela.

—Calmaos —interviene Eric otra vez—. A ver, Daniela, no hace falta que insultes a mi novia de esa manera. —Mi orgullo se eleva por las nubes—. Y, Ana, Daniela tampoco se merece que le hables así. Ella simplemente se estaba despidiendo de mí. Aquí no ha pasado ni pasará nada. Mi novia eres tú. —¿Por qué tenía que concluir defendiéndola también?

—Pues digo yo que para despedirse de un amigo no tiene que arrimarse tanto. —No me conformaré. Estoy segura de que Daniela busca algo más. No estoy viendo fantasmas.

—Eres una jodida posesiva. Eric se merece a alguien mejor. —Daniela sigue buscando guerra.

Permanezco callada. Espero que mi novio reaccione porque si lo hago yo…

—Dudo que haya alguien mejor —murmura Laura.

—Daniela, déjalo ya. Estoy con quien me place y eso no es de tu incumbencia. Para evitar estos problemas, mantengamos las distancias y punto. Le debo un respeto a mi novia y tú como amiga también —expone mi querido novio con firmeza.

Abofeteo a Daniela con mi sonrisa triunfante.

—Me da pena que te manipule así, pero tú mismo. Suerte con tus exámenes. Me voy, aquí no pinto nada —dice Daniela, plenamente derrotada.

—Adiós —enfatizo con sequedad, deseando que sea un adiós definitivo.

—Chao, Daniela —se despide Eric.

A medida que Daniela se aleja, recobramos nuestra paz. Laura abraza a su hermano enseguida. Tengo la impresión de que lo ha hecho para borrar lo que acaba de ocurrir, para que nos olvidemos de la penosa Daniela. Pero, en el fondo, sé que Eric se ha disgustado por mis celos. Algún día entenderá que no es por él, que es por ella. Daniela me ha llamado manipuladora, pero la única reina de la manipulación es ella.

—¿Nos vamos? —propone Eric.

—¡Ay! Un segundo. —Recuerdo que le escribí a Claudia que esperaría por ella—. Claudia debe estar al salir y quiero despedirme.

—¡Esa bicha! —exclama Eric con cariño—. A ver si se da prisa, no debería llegar tarde al trabajo dos días seguidos.

Mi novio tiene razón, lo estoy retrasando tontamente. Apenas restan alumnos saliendo del instituto y Claudia no da señales de vida. Será mejor que le envíe un mensaje.

Al sacar mi teléfono, noto el parpadeo de la luz de las notificaciones. Es la respuesta que me escribía Claudia cuando salía de clase con Laura, solo que descubro que el texto no tiene nada que ver con lo que había imaginado.

Fea, que yo ya me fui. Terminé el examen rápido y me dejaron irme. No me esperes. Quedemos esta tarde. Tengo noticias calientes. ¡Muahaha! ¿4:30 p.m. donde siempre?

***

Eric, Laura y yo almorzamos en casa.

Lamenté no haber esperado la respuesta de Claudia cuando me la escribía, me habría evitado perder tiempo. Más bien hacerle perder tiempo a Eric, pero conseguirá comer tranquilo y llegar temprano al trabajo. Le contesté a mi amiga que allí estaría. Hace días que no paseamos juntas, aunque hoy podría ser diferente.

—Laura, ¿quieres venir con Claudia y conmigo? Podemos recorrer la ciudad para que te familiarices con ella.

No creo que a Claudia le agrade que me presente con mi cuñada, pero tendrá que acostumbrarse a vernos juntas. Además, Laura se porta como una chica adorable.

—Sí, hermanita. Ve con ellas. Te lo pasarás bien. Claudia es una payasa, tendrás las risas garantizadas —la anima Eric.

—Me gustaría, pero hoy no puedo. Pasearé otro día con Ana —dice Laura.

—¿Y eso? —pregunto, intrigada—. Si es por las tareas, te aseguro que no será un paseo largo.

—No, es porque hoy traen mi equipaje. Tendré una tarde entretenida ordenando mi cuarto. Pero gracias por proponérmelo, Ana —aclara Laura.

Había olvidado que ella me había mencionado lo de su equipaje.

—Cierto, tus cosas. Entonces en otra ocasión, tenemos días por delante.

—¿Cómo van las clases? ¿Te estás adaptando bien? —le pregunta Eric.

—Sí, muy bien. Ana me ayuda mucho. —Laura sostiene una tierna sonrisa.

¿Por qué habrá dicho eso? Hoy se jugó una expulsión de clase por mi culpa.

—Laura es muy amable. Es una alumna brillante, me sirve de ejemplo.

—Veo que os entendéis bien y que os apoyáis en clase. Me alegra mucho ver que congeniáis. —La felicidad de Eric fluye a través de su voz.

—Pero hoy pasó algo inusual a lo que estoy acostumbrada —comenta Laura de pronto, con los ojos clavados en mí.

No puedo evitar sufrir un calambre de nervios y le devuelvo la mirada. ¿Qué va a contar? ¿Nuestra charla? ¿Mi bronca con Mario? ¿La gracia de la caricatura del profesor? No quiero que Eric sepa que la expongo a situaciones… desfavorables.

—¿Sí? ¿Qué cosa? —indaga mi novio.

—Un profesor me ha puesto un apodo —contesta Laura, por lo que libero un suspiro de alivio.

—Te puedes imaginar qué profesor, ¿no? —le insinúo a Eric.

—Maldito Ricardo. Tiene fijación por las chicas guapas. Primero mi novia y ahora mi hermana. ¿Con qué fruta te bautizó? —Eric conoce las peculiaridades de Ricardo porque este fue su profesor de Filosofía también.

—Con la cereza —responde Laura.

—Es un gran halago. La cereza es una de sus top. Manzana, cereza y fresa. Ya tiene dos de tres, está cerca de cumplir su sueño. Eso solía decir, que su deseo era reunir a esas tres frutas en su clase. No me digas con qué propósito, pero es un salido mental, así que no se puede esperar nada bueno de él —bromea Eric.

Tras las risas, mi novio le echa un vistazo a su reloj. Su tiempo se agota. Ya debe cambiarse y partir hacia su trabajo como el joven responsable que es. Por tanto, Laura y yo nos ocupamos de recoger la mesa.

Eric se despide de su hermana. Yo lo acompaño hasta la puerta para saborear sus labios antes de que se marche. Sin embargo, mi novio siembra miedo e inseguridad en mí con su última frase a modo de susurro envenenado antes de irse.

—Esta noche tenemos que hablar.

***

Creo que Laura notó la caída de mi humor porque me ha estado preguntando que si estoy bien, a lo que yo he respondido con un falso «sí».

Mis pensamientos se tornan inestables. ¿Qué otro significado puedo esperar de las palabras de Eric que no sea algo sobre nuestra relación? Siempre que aparece esa frase viene una crisis en las parejas. Me lo dijo para que vaya digiriendo la idea, para que vaya aceptando que se avecina una desilusión. Si al menos me hubiera sonreído o me hubiera dicho unas palabras tranquilizadoras antes de desaparecer. No quiero perderlo.

¿Querrá confesarme un desliz con la maldita Daniela? Me dolería, pero se lo perdonaría porque sé que ella lo habrá engatusado. ¿Y si quiere dejarme? ¿Y si quiere el famoso “tiempo” que se vuelve eterno? Con todo lo que significa para mí, me aterra perderlo.

“Vamos, Ana, confía en él y en vuestro amor. Que los pensamientos negativos no te superen. Él mismo te lo ha dicho mil veces”, me digo en mis adentros. Necesito que me dé el aire fresco. Necesito ese paseo con mi amiga Claudia.

Después de cambiarme de ropa y de despedirme fugazmente de Laura, huyo por la puerta. El camino me sabe amargo. Los pensamientos intrusivos son difíciles de controlar. Y, cuando más dudo, me entran ganas de llorar.

Claudia está delante de nuestra heladería favorita, nuestro punto de encuentro habitual. Siempre nos hemos reunido allí desde que éramos niñas. Esa heladería acumula años de historias y hoy porto otra más. Abordo a mi amiga antes de que pueda abrir la boca. La abrazo con intensidad y los ojos se me humedecen.

—¡Vaya, Ana! ¿Tanto me echabas de menos? —bromea Claudia, pero no tarda en darse cuenta de que no estoy bien—. Oye, ¿qué te pasa? ¿Te ha hecho algo esa friki que tienes por cuñada?

—No, ella no me ha hecho nada. Es por Eric, Claudia. Creo que me ha engañado o que me quiere dejar —declaro y, al pronunciar las palabras, cobran vida en mi cabeza y derramo algunas lágrimas.

—Ana, tranquila. Vamos, Eric no te haría una cosa como esa. —Claudia frota mi espalda con el cariño propio de una amiga de verdad—. ¿De dónde sacas esas ideas tontas?

—¡Joder, Claudia! Que se ha despedido de mí y lo último que me ha dicho es que esta noche quiere hablar conmigo. Ya sabes lo que eso significa.

—A lo mejor quiere hablarte de tu cuñada.

—Que no. Que la zorra de Daniela lo ha estado persiguiendo. Y ya casi no lo hacemos. Todo encaja, Claudia. Todo encaja. —Me desmorono como no me ocurría desde hacía tiempo.

—Anda, ven. No seas tontorrona. —Nos apartamos de la heladería y nos sentamos en un muro cerca del paseo por la playa. Claudia sigue abrazándome y acariciándome la cabeza—. A ver, Ana, cálmate. Parece mentira que no conozcas a tu novio. Eric se suicidaría antes que hacerte daño. Está perdidamente enamorado de ti. ¿Ya se te olvidó que lo vuestro fue un flechazo? Y mira que tú eras tremenda pieza por aquel entonces. ¿Cómo se te ocurre que vaya a dejarte ahora que eres un encanto?

—Se habrá cansado de mí. Si lo hubieras visto defendiendo a Daniela… —Mis lágrimas se precipitan.

—Estás fatal. —Claudia me apretuja—. No sé lo que habrá pasado, pero recuerda que Eric siempre busca la solución pacífica. Amiga, creo que estás creando drama donde no lo hay. Me parece que te estás obsesionando por el tema del sexo. Relájate. Hagamos una cosa. Demos un paseo, comamos helado y despejemos. Olvídate de la mierda que te estás metiendo en la cabeza, no te anticipes. Ya hablará y te dirá lo que quiera decirte. Seguro que no es lo que piensas. Es más, si lo fuera, yo misma mataría a Eric.

Las palabras de Claudia me consuelan. Ella tiene razón, pero ya no podía más. El bucle ha terminado colapsando. Necesitaba desahogarme, pues mi diario no ha sido suficiente para esto. Desde la llegada de Laura, estoy experimentando demasiados cambios emocionales. No quiero culparla, ella no tiene nada que ver con Daniela y con mis penas en la intimidad con mi novio. La frase de Eric ha sido el detonante. Parezco una paranoica celosa, pero no me trago a esa Daniela.

Poco a poco, mi llanto cesa. Me esfuerzo para pensar que estoy viendo fantasmas donde no los hay, que debo esperar a que Eric hable conmigo como dice Claudia.

—¿Mejor?

—Sí… —afirmo y deslizo las manos por mis mejillas para secar el rastro de mi tristeza.

—Te abofetearía, pero te salvas porque te quiero un poquito, así de poquito —dice Claudia, empleando su tono guasón y gesticulando con dos dedos.

—Pues vaya. Eso y nada es lo mismo. ¡Menuda amiga!

—¡Qué boba eres, fea!

Tras desahogarme, siento un profundo alivio. El miedo no desaparece, pero al menos puedo continuar con el paseo.

Claudia y yo pedimos nuestros helados favoritos. Ella siempre ha sido fan del helado de vainilla. Yo, todo lo contrario, amo el de chocolate. Cogemos nuestros conos y caminamos por la arena de la playa después de quitarnos las deportivas. Andamos varios metros mientras competimos para ver cuál reduce el helado más rápido a lametazos. Solíamos retarnos cuando éramos niñas y hemos mantenido la costumbre. Normalmente gano yo, pero hoy no es el caso.

Las risas nos acompañan hasta el otro extremo del balneario. Nos reímos de algunos turistas que usan trajes de baño anticuados y de aquellos cuya piel blanca como el papel se ha quemado de tal manera que parecen gambas. Eso me ayuda a desconectar. Soy afortunada de tener una amiga como Claudia, que me conoce y sabe animarme y devolverme la sonrisa, aunque pienso en Laura y en nuestro momento de complicidad en la clase de Historia.

—Bueno, lo que te quería contar. Ahora que te veo rehabilitada te lo puedo decir —comenta Claudia cuando nos acomodamos en el muro.

—Ni que fuera una yonqui —bromeo.

—Tampoco te hagas la pura porque conozco tu historial —destaca Claudia y reímos porque se refiere a que yo fumaba canutos casi cada día—. El sábado por la noche… ¡hay fiesta! Tienes que venir.

—Pues claro. Me apetece mover el esqueleto —asiento con ilusión—. ¿Dónde es la fiesta? —La música me encanta y no resisto la tentación de bailar siempre que surge una ocasión.

—En casa de nada más y nada menos que de la “gran” Estefanía. —Claudia ríe con malicia.

—¡Puf! Esa engreída pija.

No soporto a esa chica. Es hija de una familia adinerada, ha vivido toda su vida entre comodidades y disfruta mirando a los demás por encima del hombro. Cuando habla con alguien de estatus social inferior al suyo solo pretende restregarle su posición económica. Organiza fiestas para atraer víctimas a las que humillar. Es odiosa.

—Hay que hacer un esfuerzo y soportarla. Sabes que lo da todo en sus fiestas. Te vendrá bien ir con Eric y rememorar vuestros inicios —señala Claudia con insinuación.

En una de esas fiestas fue donde ella nos presentó y surgió la chispa. Quizás tenga razón y el fuego se reavive bailando y bebiendo.

—Me parece bien. Hay que ir. Llevaremos a Laura también.

—¿En serio? ¿A la zopenca de tu cuñada? —expresa Claudia de forma despectiva, gesto que me irrita.

—Laura es una buena chica. Me cae bien. Dale una oportunidad.

—No, si ya veo que te cae bien. Por lo visto, ha conquistado terreno rápido —subraya Claudia, torciendo los labios.

En parte, me suena a celos. Se le olvida que es irremplazable.

—De verdad, te caerá mejor cuanto más la conozcas.

—Vale, ya lo veremos. Me falta darte un dato. ¿A que no adivinas quién irá a la fiesta? —Claudia genera un misterio que carece de sentido para mí.

—No me digas. ¿Adrián?

—¡Sí! —afirma Claudia, emocionada.

Ese chico es su debilidad. Ese cubano que roza los treinta atonta sus neuronas desde hace años, pero él la ignora, solo se aprovecha de ella.

—¡Qué bien te conozco! Ya sabes lo que pienso de él, pero si decides lanzarte de una vez, estaré ahí para animarte —la aliento en contra de mi voluntad, ya que Adrián no es trigo limpio.

—¡Ay, no sé! Me pone tan nerviosa. No sé, ya veré. Pero tengo unas ganas de verlo que ni te imaginas. Está tan bueno. Me lo comería de la cabeza a los pies… —Claudia se pierde en sus fantasías.

Nuestro paseo concluye hablando de Adrián. No es el chico que elegiría para ella, pero no puedo oponerme a sus deseos. La he aconsejado anteriormente hasta que he desistido y la he dado por incorregible.

Un último abrazo y palabras de ánimo. No podía faltar su broma pesada sobre Laura antes de despedirnos.

***

Llego a casa con las energías renovadas. Planeo ducharme y adelantar las tareas antes de ponerme con la cena.

Laura sale a mi encuentro en el salón. Sonríe de forma radiante y mantiene las manos detrás de la espalda.

—¿Qué? ¿Han llegado tus cosas? —le pregunto con simpatía.

—Sí, así es. He estado organizando mi cuarto. También ha llegado otro paquete que creía que era mío. Lo abrí sin mirar porque, como he dicho, creía que era mío. Me he encontrado con esto. —Laura revela sus manos. Sostiene la lencería que yo había comprado por Internet: la ligera bata de tirantes y las bragas de encaje, un conjunto negro y sexi. Su mirada se torna raramente insinuante—. Está claro que es tuyo. ¿Es lo que usas para seducir a mi hermano?

La vergüenza me supera. Mi intimidad ha sido violada. Un intenso calor, potenciado por su comentario tan comprometedor, me asfixia por dentro. Me inquieta lo que insinúa, lo que pueda estar pasando por su mente respecto a mí.

—Yo… ¡Joder, Laura! ¡Dame eso! —Se lo arrebato de las manos con la misma severidad con la que escupo mis palabras. Ella se petrifica—. ¡Eso es privado! ¡¿Por qué tenías que abrir el paquete?! ¿Estás tan ciega que no viste mi nombre? ¡Eres un puto fastidio!

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