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Evan Isla
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terror Z, zombis, acción, gore, mutaciones

Seis personas, retenidas en contra de su voluntad, quedan atrapadas en unas instalaciones biomédicas tras una misteriosa explosión. Cuando descubren que no están solas bajo aquella tumba de escombros, sus diferencias sociales se vuelven el menor de sus problemas. Obligadas a seguir su instinto de supervivencia y a revelar los secretos por los que fueron confinadas, deberán luchar por sus vidas mientras buscan la manera de escapar del infierno. ¿Lo conseguirán?

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«La luz se apagó un par de segundos más fuera del patrón que seguía. Durante ese pausado instante, el presidiario notó un movimiento cercano, demasiado cercano, como si el cadáver que había junto a él se hubiera desplazado. Al regresar la luz, el recluso palideció cuando contempló aquellos ojos de mirada vacía clavados en él.»

Capítulos

El reloj de la doctora Stewart marcaba las 04:47 a.m. El metal de las esposas que estrangulaban sus muñecas a la altura de su vientre dañaba su frágil piel. Cabizbaja, ocultando la desolación que devoraba su pálido rostro femenino, caminaba por el sombrío corredor que le sabía a muerte.

Un guardia la escoltaba de cerca. El logotipo con forma de tornado gris resaltaba claramente en su uniforme negro. El hombre de mandíbula ancha mantenía una mano sobre su pistola enfundada y los ojos clavados en la prisionera.

—¿Llevarás a cabo la ejecución? —murmuró la doctora, disimulando el temblor de su voz.

—Tengo órdenes de no hablar con usted, doctora Stewart. Le ruego que mantenga la boca cerrada —contestó el guardia con un tono gélido.

—¿Qué más da? Pronto estaré muerta…

—¿Intenta darme pena? Irá a la cárcel como cualquier delincuente —asumió el guardia, destacando su ignorancia.

—Eres nuevo, ¿verdad?

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Está claro que no sabes nada sobre la empresa en la que te has metido.

—Salario excelente. Es una empresa médica, desarrollan curas contra enfermedades básicamente mortales. De hecho, eliminaron mis alergias con una sola vacuna. Y trabajan bellas mujeres como usted. Es todo lo que necesito saber.

—Veremos si sigues pensando lo mismo cuando te ordenen que asesines a una persona inocente —remarcó Stewart y lo miró por un instante.

—Me advirtieron que intentaría manipularme. Ha pasado demasiado tiempo en el laboratorio, doctora. Es evidente que ha perdido el juicio y eso la ha llevado a traicionar a la empresa que le daba de comer. Es una lástima, debió asistir a las consultas de atención psicológica que ofrece la empresa a sus empleados.

—Ya eres un peón más…

—Deténgase —ordenó el guardia junto a una puerta de acero—. Hemos llegado.

El guardia abrió la puerta con su manojo de llaves. Tras cederle el paso a la doctora, entró en la habitación. El ruido del portazo al cerrar alertó a otros prisioneros esposados y adormecidos que ocupaban la pequeña sala de interrogatorio. Salvo uno, los otros cuatro estaban sentados alrededor de una mesa ubicada en el centro de la sala.

—¿Doctora Stewart? —pronunció en voz alta y con extrañeza el único hombre que estaba de pie al leer la placa en la bata blanca de ella. Su oscuro uniforme de soldado de las Fuerzas del Orden Público no pasó desapercibido para Stewart.

—¡Doctora! —exclamó una joven enfermera y, tras dejar su silla de un brinco, intentó acercársele.

—¡Quieta, señorita! —advirtió el guardia, frenándola en el acto—. Doctora, acomódese junto a ellos.

—Tranquila, Sarah. ¿Estás bien? —le consultó la doctora en cuanto la tomó de las manos.

—Sí, pero tengo miedo… —Las débiles palabras de la enfermera Sarah corroboraron su expresión de pavor y las sudoraciones nerviosas que la propia Stewart palpó en sus manos.

—¿Qué demonios? ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son todos estos? ¿Por qué estoy esposado? Tengo derechos, ¿sabe? —manifestó, exaltado, un hombre delgado de reluciente traje azul marino. Era el único en la sala que resaltaba por su aspecto galán, pero lucía desconcertado como el resto.

—Un tipo de traje como tú seguro que está metido en asuntos turbios, ¿pero un simple limpiapisos como yo? ¡Por favor! —se quejó otro hombre de baja estatura mientras abandonaba su silla, reflejando en sus ojos que estaba al borde de un ataque de histeria como la enfermera y su recién acusado.

—¿Qué insinúas, degenerado? Soy un reputado abogado y mucho he sacrificado para llegar hasta mi posición. He metido en la cárcel a muchos como tú de uniforme azul de limpieza que no pudieron mantener las manos quietas. De seguro eres uno de esos —alegó el abogado en su defensa, aprovechando la ocasión para contraatacar.

—¡Callaos, hijos de puta! Estas esposas no impedirán que le retuerza el cuello como a un pollo al que me dé dolores de cabeza —los amenazó un cuarto hombre, mucho más corpulento y de voz grave, causando cierto repudio por lucir el mono naranja propio de un presidiario.

—¡Callaos todos! —chilló el guardia con imposición—. No estáis aquí para charlar. Est…

¡BUM!

Una terrible explosión sacudió el lugar. Los temblores estremecieron las paredes como un terremoto, agrietándolas en el acto, y parte del techo se desplomó. Las luces se apagaron junto con los gritos de los prisioneros y el guardia.

El reloj de la doctora Stewart marcaba las 05:28 a.m. mientras una voz le susurraba en la cabeza que despertara. A medida que la doctora abría los ojos entre largos parpadeos, veía la luz encenderse y apagarse de forma intermitente en las lámparas que colgaban de los cables. Algún que otro chispazo saltaba en los alrededores y la nube de polvo terminaba de disiparse.

—¡Doctora! ¡Despierte! ¡Vamos! —instaba el soldado a la vez que la sacudía por los hombros.

—¿Q-qué ha pasado? —preguntó Stewart y comenzó a incorporarse.

—Algún tipo de explosión. Hemos tenido mucha suerte. ¿Se encuentra bien?

—Sí, eso creo… —respondió la doctora y distinguió a la enfermera entre los escombros—. ¡Sarah! Ayúdame a levantarla, por favor.

—Por supuesto —dijo el soldado y ambos socorrieron a la enfermera, que a simple vista lucía magulladuras insignificantes como ellos.

—¡Doctora Stewart! ¿Estoy muerta? —pronunció Sarah en brazos de sus salvadores y tosió.

—Está bien —le aseguró la doctora al soldado con una tenue sonrisa.

—Adoraba este traje —refunfuñó el abogado, que también había vuelto en sí, al notar todos sus rasguños.

—Da gracias a que estás vivo, materialista —le recriminó el limpiador, que se había incorporado poco antes que él.

—Imbéciles —murmuró el presidiario mientras se ponía de pie con dificultades—. Yo me largo de aquí… ¡Joder! —exclamó, alarmado, al percibir el cuerpo del guardia, que yacía con las piernas destrozadas por los escombros y media cara desfigurada.

—¡Él sí está muerto! —señaló Sarah con espanto.

—Lo hubiera matado igualmente para coger las llaves —presumió el recluso. Sonriendo con malicia, se aproximó al cadáver.

—No te olvides de pasarnos las llaves, no eres el único esposado —le recordó el soldado, manteniendo una expresión de desconfianza.

—Claro, soldadito —afirmó el presidiario con un aire burlón y se agachó junto al cuerpo—. Lo haré en cuanto las encuentre en este montón de excremento.

—Guardó las de las esposas dentro de su chaleco —le indicó la doctora.

—Gracias, encanto. Creo que nos llevaremos muy bien —enfatizó el presidiario con un tono repugnante. Entonces, soltó las llaves del cinturón para buscar las del chaleco.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Stewart.

—¡Grrrh!

—¿Qué coño fue eso? —expresó el recluso para sí al escuchar el extraño gruñido mientras rebuscaba dentro del chaleco.

La luz se apagó un par de segundos más fuera del patrón que seguía. Durante ese pausado instante, el presidiario notó un movimiento cercano, demasiado cercano‍, como si el cadáver que había junto a él se hubiera desplazado. Al regresar la luz, el recluso palideció cuando contempló aquellos ojos de mirada vacía clavados en él.

—¡Maldito muerto! —refunfuñó el presidiario.

—¿Por qué tardas tanto? —le consultó el soldado, sospechando que el recluso pretendía apoderarse de la pistola también.

—¡Eh, sin prisas, soldadito! Ya las tengo —remarcó el presidiario en cuanto palpó la silueta de las llaves—. ¡Ah! ¡Joder! —gritó de pronto.

El guardia se había abalanzado sobre su brazo como una fiera hambrienta. Le mordisqueaba la jugosa carne del grueso antebrazo con ansias. La sangre del recluso bañó su boca enseguida.

Los otros cinco se habían quedado estupefactos ante semejante escena. El presidiario, en su intento por librarse del ataque, facilitó que se le desprendiera el trozo de piel atrapado por los feroces dientes.

—¡Hijo de puta! ¡Cabrón! —lo insultaba el recluso durante cada patada que le asestaba en la cabeza hasta que le aplastó el cráneo con un bestial pisotón. Todos se petrificaron frente al crujido de los huesos con los sesos y la violenta conducta que explicaba que aquel hombre vistiera con un mono naranja—. ¿Ya dejaste de masticar mi carne? ¡¿Eh, mamón?!

—Esa mordida no luce bien. Deberíamos vendarla como mínimo —sugirió la doctora.

—¿Y a ti qué te importa? —ladró el presidiario, rabioso, mientras se quitaba las esposas.

—Danos las llaves —le pidió el soldado.

—¡Coge tus putas llaves, soldadito! —escupió el presidiario y se las lanzó con desprecio.

—No pareces tan duro reaccionando así por una mordida —lo provocó el soldado, que se disponía a liberar a la doctora después de haberse despojado de sus esposas.

—Hijo de puta, te tragarás esas palabras cuando te aplaste la cabeza también —lo amenazó el presidiario.

—Sarah, ayúdalo mientras libero a los demás —le ordenó la doctora y la enfermera asintió, aunque no pudo contener la mueca de disgusto.

Stewart le quitó las esposas al abogado y este lo agradeció. Prosiguió con el restante, pero, en cambio, recibió una mirada repulsiva.

—¿Qué? —preguntó la doctora.

—Como soy el de la limpieza me dejan para el final…

—Este no es momento para debatir sobre prejuicios sociales. Estabas más lejos y por eso has sido el último. No busques otra explicación —recalcó la doctora y se marchó.

—¡Menudo don de gente! —murmuró el abogado.

La enfermera ayudó al presidiario a desvestirse la parte superior del mono. Debajo, el recluso lucía una camiseta que resaltaba su buen aspecto físico y su colección de tatuajes. Ambos arrancaron un trozo de tela, que la joven empleó para vendar la herida.

—Ese hijo de puta me jodió el tatuaje de la sirena… Gracias, encanto. Te follaré todas las veces que quieras como agradecimiento. ¿Qué me dices? —insinuó el presidiario, inclinándose sobre ella hasta el punto de intimidarla.

—No me gustan los hombres tan asquerosos como tú —subrayó Sarah y concluyó el vendaje causándole daño con el nudo.

—Caerás rendida a mis pies y con la boca abierta —dijo el recluso, exhibiendo una sonrisa perversa.

—¡Qué desagradable es este sujeto! —comentó el abogado.

—¿Qué has dicho? —cuestionó el presidiario retóricamente y se abalanzó hacia él de forma intimidante.

—N-nada, nada —repetía el abogado mientras retrocedía.

—Es suficiente. Más nos vale largarnos antes de que se nos venga esto encima. No sabemos lo que ha pasado aquí con exactitud, pero seguro que ninguno queremos que nos encuentren aquí —aconsejó el soldado tras apoderarse del arma del guardia, del manojo de llaves, de una tarjeta magnética y de la porra.

—Estoy de acuerdo —asintió el limpiador.

—¡Eh, soldadito!, tú no das las órdenes —protestó el presidiario mientras lo señalaba y, en ese instante, cayó otro trozo de techo dentro de la sala.

—¿Te parece que sea una orden? Larguémonos de una vez. La puerta quedó parcialmente abierta, podemos salir —indicó el soldado.

Cruzaron la puerta torcida uno detrás de otro. La doctora Stewart fue la última. Por un segundo, miró detenidamente el cadáver del guardia y volvió a sentir un escalofrío.

Varias luces de emergencia iluminaban el corredor. El camino hacia la derecha había quedado bloqueado por completo.

—Tenemos una sola vía de escape. Marchemos —señaló el soldado.

—Antes me gustaría saber dónde estamos. Quiero hacerme una idea del motivo por el que fui secuestrado —requirió el abogado.

—Será mejor que sigamos —sugirió Stewart.

—De eso nada. Coincido con esta rata y tú sabes algo, doctora. ¡Habla! —exigió el presidiario y la acorraló contra la pared.

—¡Eh, imbécil! ¡Déjala en paz! —El soldado reaccionó al instante. Nadie habría dudado que su gesto era el propio de un defensor de la ley y de los inocentes, acorde al estatus que le otorgaba su uniforme.

—¿O qué? —El recluso lo encaró.

—O te vuelo la cabeza. —El soldado le encañonó la frente.

—¡Cobarde! No dudaste en coger el arma del muerto —contempló el presidiario, arrepintiéndose de haberse despistado lo suficiente por el ataque del guardia como para ignorar la pistola que tenía enfundada—. Cuídate las espaldas, soldadito… Y tú, doctora, ¿crees que no vi el logo del tornado en tu bata? Es el mismo que el del idiota muerto.

—Tú también sabes algo para ser un preso. ¿Cuál es tu nombre? —requirió Stewart.

—Las preguntas las hago yo. ¡Contesta, joder!

—Dime tu nombre y contaré lo que sé —propuso la doctora.

—John Harris. Más te vale hablar ahora.

—¿John Harris? —repitió Stewart.

—Conozco ese nombre —intervino Sarah.

—No me digas. ¿Escuchasteis la historia de alguna de vuestras compañeras sobre cómo me la follé? —bromeó John.

—El tornado… —murmuró el abogado y observó el logo en la bata de la doctora y en el uniforme de la enfermera—. Claro, la empresa Storm Company. No me extraña.

—¿De qué hablas, rata? —El recluso John se dirigió a él.

—De nada. Solo que no había caído en el logotipo. Cualquiera sabe que es una empresa influyente —respondió el abogado.

—¿Cuál es tu nombre? ¿Has actuado a favor o en contra de ellos alguna vez? —indagó el soldado.

—Soy Héctor Jones y no, ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué? —cuestionó el abogado.

—Intento encajar piezas —aclaró el soldado.

—¿Qué hay de ti? Vistes un uniforme de las FOP. ¿Por qué te retenían? —Héctor mostró el mismo interés—. Es un crimen secuestrar a un miembro de la ley, a nada más y nada menos que a un agente de las Fuerzas del Orden Público.

—Me llamo Karl Williams y desconozco la respuesta.

—Dejad las interrupciones. Estoy esperando la explicación de la doctora —remarcó John.

—No hay mucho que explicar —contestó Stewart y le lanzó una mirada silenciadora a Sarah—. Creo recordar que John se presentó voluntario para el testeo de nuevos medicamentos y tratamientos. Leí su historial hace mucho tiempo.

—Sí. Me prometieron reducir mi condena si me convertía en su rata de laboratorio. Pero eso no pasará, ¿verdad? Me pincharon con lo que quisieron y terminé esposado en esa habitación. ¡Menudos hijos de puta! —contó John, denotando su descontento.

—Te sientes como una mierda, ¿a que sí? —El limpiador captó la atención del recluso—. ¡Pues así me siento yo ahora! ¿Qué pasa? ¿Nadie me pregunta mi nombre? ¿Mi uniforme de trabajo es más insignificante que el de este preso? ¡Malditos engreídos!

—Di tu nombre de una vez y deja de fastidiar. Ninguno somos adivinos, así que ya nos dirás por qué estás aquí —replicó Héctor con un tono agresivo.

—Mario López, recordadlo bien. Este hombre latino que veis aquí ha trabajado para Storm Company por más de ocho años. Con todo lo que les he servido y terminan encadenándome como a este asesino…

—¿Quieres que te raje, mamón? —lo amenazó John.

—Espero que te hayas desahogado. No hay tiempo para idioteces —dijo Héctor y Mario guardó silencio.

—Basta de presentaciones —los interrumpió el soldado Karl—. Poco sacaremos los unos de los otros con esta actitud, así que lo único importante es salir de aquí y desaparecer. Doctora Stewart, ¿dónde estamos y cómo salimos de aquí?

—Estamos en una de las instalaciones más antiguas de Storm Company, ubicada en la isla artificial Cyrean —reveló la doctora, asombrando a los hombres, detalle que resaltaba que ellos desconocían que los habían trasladado a un lugar apartado de la civilización—. Se compone de dos bloques. Nosotros estamos en el bloque A, el de investigación, desarrollo y… experimentación. Este es el pabellón más viejo del bloque. Aquí no hay nada especial, por eso se siguen usando llaves, pero serán inútiles en lo adelante. Si tenemos suerte, la ruta de salida estará despejada. Deberíamos llegar a la superficie en treinta minutos por las escaleras.

—Ya estamos enterrados vivos —comentó John.

—Técnicamente, estamos bajo el nivel del mar, por lo que, si la explosión dañó la estructura de protección externa de la isla, las instalaciones podrían inundarse —apuntó la doctora.

—Pues no perdamos el tiempo —dijo Karl y retomaron la marcha.

El propio soldado encabezaba el grupo a paso firme. Era un hombre joven de oscuros cabellos cortos y piel canela. Mostraba la constitución propia de un soldado bien entrenado. Sin embargo, su rostro expresaba misterio.

John lo seguía de cerca. El presidiario rapado y de ligera barba deseaba ponerle las manos encima, pero le preocupaba más el dolor que le invadía la zona de la mordida. Incluso el color blanquecino de la piel le empezaba a cambiar.

Héctor y Mario caminaban casi a la par. No parecía que existieran diferencias entre ellos en ese momento. Ambos estaban absortos en sus pensamientos, como si supieran el motivo por el que se encontraban allí.

La doctora Stewart, rubia y atractiva, se quedó atrás y retuvo a la enfermera. Sarah, de aspecto inocente y cabellos castaños, admiraba a su superiora como una hermana mayor, por eso la obedecía sin contemplaciones.

—Lo siento mucho, Sarah. Lamento haberte involucrado en todo esto —se disculpó la doctora en voz baja.

—No se preocupe. Fue mi elección. Usted obra por el bien de las personas y por eso la apoyaré siempre. Cuando decidí ser enfermera, pretendía ayudar a otros, no lo contrario… ¿Cree que deberíamos contarles lo que pasa aquí?

—No. No podemos decir nada. Podrían perder la cabeza. Ellos nos ayudarán a salir de aquí y desapareceremos. Cuidaré de ti, te lo prometo. Estoy muy orgullosa de ti por todo.

—Gracias, doctora Stewart… El guardia…

—Sí, estaba muerto —afirmó la doctora enseguida.

—Por Dios… —Sarah tragó saliva—. ¡Me da miedo pensar en lo que pueda pasar! El preso John…

—Tranquila, estaremos bien. Lo mantendremos vigilado. Además, tenemos a Karl. Me transmite confianza —dijo Stewart y posó la mirada en el soldado.

Varios metros más adelante, llegaron a un cruce de pasillos. Según la doctora, debían continuar por la derecha, pues el acceso a las escaleras no estaría demasiado lejos. Desafortunadamente, la ruta estaba bloqueada por los escombros.

—¡Joder! —protestó John.

—¿Y ahora qué? —cuestionó Karl.

—Debemos volver. Hay que salir de este pabellón. La siguiente salida más cercana está en el pabellón de los dormitorios —indicó la doctora.

—Parece que la seguridad del personal no estaba muy garantizada aquí —contempló el abogado Héctor.

—Teóricamente, es un sitio seguro contra amenazas externas. Algo debió pasar —comentó Sarah.

—Esto tomará más de media hora. —Mario suspiró.

—Continuemos —ordenó Karl.

En esta ocasión, el soldado de las FOP se mantuvo junto a la doctora. Pretendía aclarar ciertas inquietudes que rondaban su mente.

—Doctora Stewart…

—Puedes llamarme Anna. Estoy cansada de escuchar el título de doctora —enfatizó ella, mostrándose más abierta.

—Anna, bonito nombre. Y bien, Anna, ¿por qué Storm Company encierra a una de sus doctoras junto con su enfermera? —indagó Karl.

—Directo al grano. ¿Tú qué crees?

—¿Tráfico de sustancias ilícitas? No, no lo creo. Sé perfectamente que no se tomarían tantas molestias y riesgos por meros asuntos. Me atrevería a decir que viste, hiciste o participaste en algo en lo que no estuviste de acuerdo, al igual que tu enfermera. Ese algo es demasiado serio, importante, tanto que no puede llegar a la luz de ninguna manera. Por eso ambas fuisteis retenidas. ¿Me acerco?

—Tengo la impresión de que sabes más de lo que imagino —sospechó Anna—. Tienes razón. He participado en cosas de las que no me siento orgullosa. Decidí apartarme de todo esto, pero, como ves, no hui a tiempo.

—Cosas como qué —preguntó Karl con suma curiosidad.

—¿Seguro que quieres saberlo? Cuanto más sepas, más peligro correrás.

—Ya me trajeron hasta aquí, así que ya debo saber ciertas cosas que han despertado el interés de Storm Company por mí.

—Bien. Pues se trata de experimentos con humanos. Experimentos ilegales bajo engaño. ¿Es eso lo que has estado husmeando?

—Es una de mis líneas de investigación, pero no la primordial.

—Entonces estarás al tanto del proyecto que hay en marcha con las FOP. Espero que no participaras.

—Lo sé. No me presenté entre los primeros voluntarios para la vacuna milagrosa que mejoraría nuestras capacidades físicas. Alguien me advirtió sobre ello —resaltó Karl.

—¿Tienes un contacto en Storm Company? —Anna intuyó la respuesta.

—Sí. Una persona que aprecio mucho y que lleva días sin dar señales de vida. Estuve husmeando, como dices, y me capturaron por ello —confesó Karl—. Pero no esperaba que me trajeran tan lejos, a esta isla perdida en el Atlántico.

—Entiendo. Lo siento. Espero que esa persona esté bien.

—Gracias. Que este lugar haya reventado ya es una alegría para mí.

—Y para mí —añadió Anna, que seguía guiando el camino.

—Oye, Mario, ¿no te parece raro que no veamos ni un cadáver aplastado por los escombros en estos pasillos? —preguntó Héctor, situado en el centro del grupo y cuidando el volumen de su voz.

—Ahora que lo mencionas… Sí, es raro. Tal vez pudieron escapar. Puede que haya muertos dentro de alguna de las salas derrumbadas que hemos dejado atrás. ¡Dios nos bendiga! —respondió Mario, que andaba junto a él.

—Todo esto me huele mal. Debería estar en casa con mi esposa y mi hija preparando el desayuno.

—Yo también —dijo Mario, reflejando pena en su voz.

—¿Tienes esposa e hija? —resaltó Héctor con asombro.

—¿Qué te piensas? Digo yo que tengo los mismos derechos de tener familia, ¿no? —replicó Mario, indignado—. ¿Me tomas por un cincuentón soltero y pervertido solo por mi aspecto? Lo que me sorprende es que alguien como tú tenga tiempo para preparar el desayuno con su familia.

—Es imposible mantener una conversación contigo. Eres el primero que marca las diferencias sociales. Es normal que estés donde estás —le recriminó Héctor con dureza.

—¡Vete a la mierda! Déjame en paz, ricachón. —Mario se apartó de él.

La enfermera apenas apartaba la vista del presidiario. Lo observaba, analizaba su comportamiento. Era extraño que él no hubiera abierto la boca en todo ese tiempo y que se ralentizara hasta quedarse al final del grupo. Sarah se le acercó para comprobar su estado.

—¿Cómo te sientes?

—No has tardado en venir a mí. ¿Ya piensas ponerte de rodillas? Tengo algo que te va a encantar —escupió el grosero John.

—Lo digo en serio. Estás pálido. Tienes los labios secos. Luces cansado —contempló Sarah al examinarlo de cerca.

—Pues sí. Tengo mucha sed. Estos corredores son asfixiantes. ¡Ni que fueran los corredores de la muerte!

—Ahorra energías. Nos falta poco para cambiar de pabellón. Quizás encontremos agua en el camino. Y la mordida, ¿te duele?

—Deja de agobiarme. Estoy bien. Estaría mejor si echáramos un polvo salvaje. Tu modelito de enfermera sexi me pone loco.

—En serio, eres asqueroso. Arréglatelas como puedas. —Sarah, ofendida, se alejó del recluso. Él, en cambio, sonrió.

Pronto se toparían con una puerta y una placa con el grabado «Pabellón D». La doctora indicó que era un acceso al pabellón de los dormitorios. Karl usó el manojo de llaves para abrir la puerta metálica que había sobrevivido a los daños de la explosión.

Al otro lado, el grupo encontró más escombros, luz tenue, lámparas colgando, chispazos y agua goteando. A excepción de Anna y Sarah, que ya conocían las instalaciones, los otros tuvieron la sensación de dar un salto en el tiempo hasta la actualidad a pesar del panorama catastrófico, como si hubieran salido de los suburbios de una ciudad para regresar al esplendor de esta. Algo tan simple como el revestimiento de las paredes y el decorado de diseño moderno y futurista, aunque estuvieran hechos añicos, rompían con la estética tosca de las paredes de concreto y el diseño industrial que acababan de dejar atrás.

Algunas habitaciones estaban abiertas, revelando que la mayoría de los muebles estaban destrozados. No había señales de supervivientes en las inmediaciones, pero los primeros restos humanos afloraron durante el recorrido. Piernas y brazos desgarrados se asomaban entre los montículos de escombros que, como si fueran islas, se alzaban sobre charcos de sangre.

—Es horrible —comentó Sarah, tan espantada como afligida.

—Y triste. Algunos no merecían esto —añadió Anna, igual de afectada.

En ese instante, Mario sintió que algo había rozado su pie. Inquieto, bajó la mirada lentamente.

—¡Por Dios! —gritó, alarmado, ante la espasmódica sacudida de una mano que provenía de un cuerpo sepultado por los escombros.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Karl, que estaba concentrado en el rumbo a seguir.

—¡La mano! Se ha movido y me ha tocado —dijo el asustado Mario.

—Gallina —se mofó John.

—Son espasmos post mórtem. A veces pasa —explicó Anna para calmarlo.

—Yo también me asustaría —dijo Sarah.

—Dejad que el muerto descanse en paz y no perdamos más tiempo —concluyó Karl y retomó la marcha.

Todos comenzaron a alejarse del lugar del susto. Mario fue el último en apartarse, sin perder de vista la mano durante los siguientes pasos. Al ver que esta permanecía inerte, como un escombro más, confió en las palabras de la doctora y regresó la mirada al frente. Poco después, la mano ensangrentada volvió a agitarse y un espeluznante gruñido escapó de las proximidades.

—¡¿Qué es ese ruido?! —La inquietud brotó por la boca de Mario, que miraba en todas direcciones con los ojos bien despiertos.

—Yo no escucho nada fuera de lo normal —dijo Anna, pretendiendo sofocar los nervios del limpiador.

—Tal vez sea el eco de alguna fuga —supuso Karl.

—Este es una gallina. ¿Hueles eso? Parece que ya te cagaste encima —se burló John.

—Habló el llorón de la mordida. —Karl le borró la sonrisa de la cara.

—Soldadito hijo de puta, iré a por todos tus seres queridos cuando acabe contigo —lo amenazó John.

—Lamento decepcionarte, pero soy un lobo solitario —remarcó Karl, aunque le incomodaba la presencia de un auténtico criminal en el grupo, la clase de persona que había jurado castigar como representante de la ley.

—Entonces degollaré a la doctora delante de ti. Esa es tu debilidad. No soportas ver sufrir a los débiles. ¿A quién asesinaron en tu familia? ¿Tal vez violaron a tu hermana hasta matarla? —John, irritado, se había propuesto provocarlo.

—Basta de bromas —dictó Karl con seriedad.

—¿Toqué tu punto sensible? Ya veo. Mejor los mataré a todos delante de ti —continuó John.

—Ignóralo —le sugirió Anna al soldado.

—Se nota que estás mejor —resaltó Sarah, que no había dejado de observar al recluso por el rabillo del ojo.

—¡Claro que estoy mejor! Te dije que solo necesitaba agua. He refrescado con las fugas. Ahora me falta follarte. —Sin duda, John lucía más eufórico, lo opuesto a como se comportaba unos minutos atrás. Su sonrisa perversa se había vuelto a ensanchar; de hecho, más de lo habitual en él.

—¡Qué cerdo! —replicó Sarah y sostuvo una mueca de asco.

—¡Shhh! Silencio —ordenó Karl de pronto, sumiendo a todos en la expectación—. Creo que ahora sí escuché algo. Parece un gemido.

Avanzaron con cautela hasta la siguiente intersección. Un gruñido proveniente del lado izquierdo atrajo la atención del grupo. Todos se sorprendieron al distinguir la silueta de una mujer de espaldas, cuyo vestido de dormir estaba rasgado y manchado de sangre. La chica, caracterizada por sus ondulados cabellos castaños, se tambaleaba mientras andaba muy despacio.

—¡Es una superviviente! —exclamó Sarah, que enseguida mostró su disposición para socorrerla, pero Anna la retuvo disimuladamente cogiéndola por la muñeca.

—Señorita —voceó Karl, aunque no obtuvo una respuesta.

—¡Bah! Quitaos de en medio. —John se abrió paso entre ellos, incluso adelantó a Karl, que parecía ser el único dispuesto a auxiliar a la víctima—. Mirad qué muslos tan sabrosos y el culo que se le marca. ¡Está tremenda! Yo la ayudaré.

—No me gusta su forma de andar —murmuró Mario ante la inquietante forma en que la mujer movía las extremidades, aunque todos asumieron que se refería al chulesco andar del presidiario.

John, con una sonrisa pervertida dibujada en los labios, caminó hacia la superviviente. Sus ojos no se apartaban del trasero de la chica y su mente se limitaba a imaginar escenas sexuales.

—¡Eh, guapa! ¿Estás bien? —le preguntó John a un par de pasos de distancia.

La chica se detuvo en seco, por lo que John se vio forzado a frenar. Ella tenía los hombros caídos y la cabeza inclinada hacia un lado. Sin más, su cuerpo se desplomó, pero el recluso reaccionó con rapidez y la cazó en plena caída. Aprovechó la ocasión para sobarle los pechos y el vientre mientras presionaba el abultado trasero de la mujer contra su miembro.

—Estás muy bien —le susurró John, mientras que ella solo sacudía la cabeza a ritmo pausado—. ¡La tengo! Está a salvo —vociferó tras dirigir la vista hacia atrás, hacia el resto.

Los otros cinco apenas podían ver a la mujer porque John obstaculizaba su campo visual. La sonrisa viciosa del recluso los repugnaba, sobre todo a Karl, que se arrepentía de haber consentido que ese criminal fuera el primero en socorrer a la víctima por tal de darle una oportunidad para que hiciera algo noble. Mientras, ella había empezado a voltearse entre los brazos del presidiario hasta encararlo en silencio. John se había beneficiado del gesto de la chica para arrastrar las manos hasta las nalgas de ella, que descaradamente apretujó.

—¡Joder! ¡Qué duro se me ha puesto! —exclamó John y, entonces, regresó la mirada para ver la cara de la mujer.

Al instante, perdió la erección y la sonrisa. El cuerpo le tembló como no le había sucedido en mucho tiempo. Incluso palideció y se le puso la piel de gallina. Lo que contemplaron sus ojos fue un rostro desgarrado y en carne viva, sin labios, sin la mitad de la nariz, y con un ojo colgando como un péndulo.

Antes de que pudiera reaccionar, aquella mujer abrió la boca y se abalanzó sobre él como una feroz depredadora. John cayó hacia atrás con ella encima durante su intento por contenerla. La desquiciada chica enterró los dientes en el pectoral del recluso. Enseguida, la sangre de este tiñó de rojo su camiseta blanca.

—¡Ah! ¡Joder! ¡Aah! ¡Loca hija de puta! —se quejaba John a la vez que forcejeaba para deshacerse de ella.

Todos se habían quedado atónitos ante semejante escena. Sarah, escondida detrás de Anna, temblaba como una niña horrorizada en busca del amparo de su hermana mayor.

—¡Tenéis que ayudarlo! ¡No puede con ella! —advirtió la doctora.

Parecía inconcebible que aquella masa de músculos tuviera serias dificultades para defenderse de una chica con menos de la mitad de su peso. Aun así, Karl acudió en su ayuda. Agarró a la superviviente por las axilas e intentó apartarla, pero no lo consiguió. Ella estaba sentada e inclinada sobre John. Como un perro rabioso, se había aferrado a la carne del recluso con uñas y dientes.

—Diosito, ayúdame —rezó Mario y, armado de valor y fe, se sumó al soldado.

Karl la tomó por un brazo y Mario, por el otro. Juntos, tiraron hacia atrás a la vez. John se centró en despegar la endemoniada cabeza de su pectoral. Los tres conseguían separarla, pero a costa de un agonizante dolor para el presidiario. La feroz boca arrastró consigo un trozo de carne.

—¡Ah! ¡Duele, joder! —gritó John, que sufría por el desgarro de su piel.

—¿Y tú no les ayudas? —le recriminó Anna a Héctor, aunque, irónicamente, ella tampoco había movido ni un dedo por ellos.

—Yo… Yo… —El abogado no sabía qué decir, ni siquiera parpadeaba.

Tras un fuerte tirón, la mujer cayó hacia atrás. Rápidamente le extendieron una mano a John para ayudarlo a ponerse de pie. Ella también se levantaba despacio, realizando movimientos retorcidos con las extremidades.

—¡Cuidado! —los alertó Sarah.

La mujer caminaba hacia Mario. Emitía horrendos chillidos mientras la sangre le goteaba por la boca.

—¡Dios! —exclamó Mario, espantado.

Karl empuñó la porra y le asestó un fuerte golpe a la chica en una pierna. El crujido que acompañó al azote evidenció que le había quebrado el fémur. Sin embargo, aquello no bastó para frenar su avance.

—¿Cómo? ¡No puede ser! —pronunció Karl con asombro.

—¡Dame esa jodida porra! —John se la arrebató de las manos—. Ahora verás, hija de puta.

El presidiario, manteniendo una mano sobre la reciente herida, hizo caer a la mujer al suelo de una patada. Veloz, desató una tormenta de violentas patadas y porrazos.

—Hi-ja-de-pu-ta —repetía John, machacando a su agresora entre sílabas.

La fatiga y la quietud del cuerpo convencieron al recluso de terminar con la mortal paliza.

—Toma tu puta porra. —John le entregó el arma salpicada de sangre a Karl—. Aprende a golpear como un hombre. —Su voz exponía su agitada respiración.

Karl, incapaz de digerir lo que había ocurrido, miró el cuerpo de la mujer una vez más y acompañó a John hasta regresar con el resto.

—¡Uf! Esa herida es peor. Necesitaremos vendas de verdad. Deberíamos buscar un botiquín en alguna de estas habitaciones —sugirió Sarah con un tono que no resultó muy alentador.

—Ya lo creo. Esa zorra me ha arrancado el puto pecho. —John, malhumorado por el terrible escozor, se apoyó en una pared.

—Da gracias a tus músculos. De no tenerlos, parece que te habría perforado hasta los huesos —contempló Mario, como si manifestara un pensamiento común que nadie más se había atrevido a exponer sin titubeos.

—¿Estás bien? —le preguntó Anna a Karl.

—Sí, pero desconcertado… —contestó el soldado, aunque su rostro hablaba por sí solo.

—¡¿Es que nadie va a decir nada sobre lo que hemos visto?! —chilló el abogado de repente en pleno ataque de histeria.

—Lo que he visto es que no se puede confiar en tu ayuda —le reprochó Anna, tratando de desviar el tema.

—No, doctora. Este idiota tiene razón. ¿Qué coño ha sido eso? No es una ca… —decía John, pero un grito inesperado de Sarah lo interrumpió.

—¡Ah! ¡Viene hacia nosotros! —alertó la enfermera.

—¡Dios mío! —pronunció Mario, atónito ante lo incomprensible.

—¿Qué cojones? Debería estar muerta o como mínimo incapacitada. Le rompí los putos huesos —resaltó John, igual de estupefacto.

¡Bang!

El estruendo de un disparo los tomó por sorpresa, causándoles un sobresalto. Karl se había visto forzado a desenfundar la pistola y disparar. El proyectil impactó en el pecho de la mujer y la hizo retroceder un paso, pero no acabó con ella. La mujer, a pesar de tambalearse, seguía avanzando y emitiendo los pavorosos chillidos.

—No puede ser… —murmuró Karl.

¡Bang!

Un segundo disparo en la zona del corazón tampoco la detuvo.

—¡Doctora! —Sarah, aterrada, se aferró a la firme mano de Anna.

—¡Está acercándose demasiado! —señaló Héctor, denotando su desesperación mientras retrocedía con los demás.

¡Bang! ¡Bang!

Karl realizó dos disparos más sin control. Uno de ellos alcanzó la frente de la mujer y le reventó la parte trasera de la cabeza, haciendo volar sesos y cuero cabelludo. El cuerpo se desplomó y permaneció inerte sobre el suelo.

El soldado, cauteloso, se aproximó al cadáver, apuntando con la pistola en todo momento. Pateó a la mujer varias veces en busca de alguna reacción. Guardó el arma cuando se sintió convencido de que había muerto por completo.

—Creo que ya estamos a salvo de esa… cosa —aseguró Karl.

—¡¿Cómo ha sobrevivido a los disparos?! ¡Esto no puede ser real! ¿Estoy soñando? ¿Esto es un experimento? —Héctor perdía los nervios. El nudo de la corbata lo asfixiaba, se le quedaba estrecho.

—¡Tranquilízate! —le gritó Anna con imposición.

—Empieza a darnos explicaciones, puta —exigió John y las fuerzas le fallaron.

—Primero debemos encontrar un botiquín como dijo Sarah. Podrías morir si no detenemos ese sangrado. Vayamos a aquella habitación. Debería haber un botiquín en todas con lo necesario para cauterizar y vendar esa herida —propuso la doctora, agravando la sensación de riesgo para el recluso, por lo que nadie se opuso.

Karl y Mario ayudaron a John a llegar al cuarto más cercano que hubiera sobrevivido al derrumbe, ya que aquella masa de músculos apenas se sostenía en pie. Debido a la tensión que los carcomía, ninguno de los hombres reparó en el decorado hogareño de la habitación a pesar de estar parcialmente destruida, decorado que indicaba que las habitaciones se habían diseñado para que el personal se sintiera como en casa. Acomodaron al recluso sobre la amplia cama mientras Sarah buscaba el botiquín entre los escombros. Antes de lo que John pudiera imaginar, le aplicaron el desinfectante sobre la herida con una gasa.

—¡Hijas de puta! Podíais haber avisado —protestó John, estremecido y exprimiendo las sábanas con fuerza.

—Esto estará listo pronto. No hay mucho más que podamos hacer —comentó Anna, que obraba en la herida con Sarah a su lado.

—Piensa en lo tremenda que estaba aquella mujer, ¿no? —bromeó Karl para distraerlo de tanto dolor.

—¡Soldadito cabrón! —John sonrió con dificultad—. Debió ser una ricura en vida.

—Era la doctora Miller. Era una mujer preciosa —contó Anna, notándose la pena que sentía a través de la flaqueza de su voz.

—Listo. Ahora bebe esta agua mineralizada —le ofreció Sarah tras concluir con el vendaje—. Convendría que reposáramos unos minutos hasta que recuperes fuerzas.

—Buena idea. Así la doctora nos ilustrará con sus conocimientos, a no ser que su fiel enfermera sepa tanto como ella. —John, parcialmente incorporado, sujetó la botella de agua y bebió. Los demás, que hasta el momento no habían dejado de darle vueltas a lo acontecido en diferentes rincones del cuarto, centraron la atención en la científica.

—¿Qué esperas que diga? Todos vimos lo mismo —replicó Anna, pretendiendo evadir las acosadoras miradas y evitar que agobiaran a su estimada Sarah.

—Pero tú trabajas aquí. Cualquiera sabe que este lugar esconde sus secretos —subrayó el abogado.

—En realidad, es casi imposible que cualquiera sepa que este lugar esconde secretos. En todo caso, es evidente que tú ocultas información —dedujo Anna, poniéndolo en evidencia.

—Doctora, no es una casualidad que dos cabrones me mordieran como animales. Eso quería decir antes. Y el puto guardia estaba muerto, no respiraba. He tenido muertos delante de mí y los reconozco a la perfección —expuso John.

—Anna, ¿qué debemos saber? —le consultó Karl.

—Yo… Lo siento, no sé qué decir. —Anna tragó saliva. Aún dudaba sobre revelar la información que le exigían, sobre todo, para evitar un ataque de pánico colectivo. Si conseguía que todos huyeran de allí a tiempo, se ahorraría las explicaciones.

—Entonces hablaré yo. Después de todo, no me sirve de nada callarme esto. —John cautivó a los demás.

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