terror Z, zombis, acción, gore, mutaciones
En un futuro cercano donde los avances médicos se propagarán como milagros y donde el poder residirá en manos de virtuosos emprendedores, un hombre de ciencias será presa de su propio descubrimiento y renacerá convertido en el portador de un horrible apocalipsis. Su nombre es Evan…
«Poco después, el grupo llegó a la puerta que comunicaba con el cuartel. Comenzaban a cruzarla cuando escucharon un intrigante ruido metálico en el aparcamiento. Por mero instinto, barrieron diferentes perímetros con las linternas para descartar que estuvieran rodeados, pero no distinguieron nada hasta que, creyendo que alucinaban, vieron un coche elevándose por los aires.
—¿Cómo? —pronunció Estefany, alarmada como el resto.
—¡Rápido! ¡Entrad! —Tanque intuía que aquel coche no levitaba en vano, por lo que prácticamente empujaba a sus compañeros para salvarlos del peligro.»
Capítulos
Un camión furgón blanco aceleraba por una carretera convencional al norte de la isla artificial Land Heart. Parecía una ambulancia privada, pero su blindada carrocería lo dotaba del aspecto de una fortaleza móvil. Semejante inversión solo podía pertenecer a las altas esferas. Por ello, no era de extrañar que portara un inmenso logotipo de la corporación Storm Company.
El transportista, de optimista expresión, era un joven orgulloso de su puesto de trabajo y de su uniforme negro, donde destacaba el logo con forma de tornado de la compañía a la altura del pecho. Un soldado maduro, un antiguo marine que lucía en su grueso cuello el viejo tatuaje del cuerpo al que había pertenecido, escoltaba al muchacho. Transmitía severidad y rudeza, rasgos reforzados por el armamento que lo acompañaba. Nadie habría apostado que ambos tuvieran algo en común, pero, en realidad, eran viejos conocidos que habían compartido numerosos traslados de mercancías.
—¿Has visto, Rob? Te dije que por aquí sería más rápido —presumió el joven, sosteniendo una amplia sonrisa.
—Eso díselo a ese que acaba de adelantarnos —replicó el soldado Rob—. ¡Eh!, no por ello has de pisar tanto el acelerador. Recuerda que nuestra carga es delicada, Tom. Una metida de pata y a la mierda la vida privilegiada.
—Rob, relájate. Está controlado. Lo tuyo son las armas, pero lo mío es el volante.
—Debo reconocer que nos has ahorrado el atasco del fin de jornada por la vía principal. Tuviste una buena idea con esto de venir por el puente del norte. El camino está despejado, el paisaje costero es espectacular… —decía Rob mientras miraba por la ventanilla y la agradable brisa le acariciaba la cara.
—¡Claro! La ruta es más larga, pero se hace en menos tiempo. ¡Esto es vida! Terminaremos la jornada antes de lo previsto.
—La gente que vive en Land Heart ha olvidado lo maravillosa que es esta isla. Que esta carretera que atraviesa por un lugar tan natural y apartado esté vacía demuestra el estrés que elige la mayoría por ir por el camino más corto pero más pesado. ¿Ves, Tom? Por esto preferí abandonar a los marines de la Nación de América del Norte. La vida está para vivirla y disfrutarla, no para arriesgarla sin motivos.
—¡Así se habla, viejo! Mírate, de algo te ha servido. Ahora eres un simple muñeco de decoración. Cobras una pasta por pasearte con un arma y exhibir esos brazos de gorila —bromeó Tom.
—Sin envidias —enfatizó Rob, sonriente.
—¿Sin envidias? Eres un puto imán para las mujeres. ¡Eh!, pero recuerda que luego yo soy el macho que las hace felices —dijo Tom, gesticulando de forma insinuante, y ambos rieron—. Si es que…
De pronto, un golpe sacudió el camión con tal fuerza que lo desvió del carril. El susto se reflejó en los rostros de los transportistas. Aun así, Tom realizó una rápida maniobra y estabilizó el vehículo.
—¡¿Qué coño fue eso?! —cuestionó Rob, exaltado.
—¡Joder! ¿Habremos pinchado? No, no puede ser. ¿Ves algo? —preguntó Tom, que examinaba los retrovisores sin cesar.
—No hay un carajo. No vi nada que pudiera impactarnos. Convendría que nos detuviéramos por si ha reventado algo —sugirió el veterano Rob.
—Sí, será lo mejor —asintió Tom y, antes de que pisara el freno, otra estrepitosa embestida castigó el vehículo.
El impacto fue más intenso y desestabilizó el camión por completo, provocando que se saliera de la carretera y que diera un par de vueltas hasta empotrarse contra un árbol. El parabrisas reventó en el acto, reduciéndose a un montón de fragmentos de cristal.
Después de varios segundos de desorientación, Rob se recuperó del aturdimiento. Tras desabrocharse el cinturón, se inclinó sobre su joven compañero, que sangraba por la frente y estaba magullado como él.
—Tom, ¿estás bien?
—Ah… Sí, creo… —respondía el chico mientras se llevaba las manos a la cabeza—. El puto airbag no funcionó. Pienso demandarlos.
—No sé si acabaremos peor antes… —Rob distinguió por el retrovisor izquierdo una abolladura hacia fuera en el lateral del compartimento de carga del vehículo, detalle que le extrañó porque resultaba ilógico—. Pero qué… Voy a echar un vistazo a la mercancía. Llama a emergencias.
Rob abandonó la cabina del camión. Mientras rodeaba la parte frontal, resoplaba al ver el lamentable estado de la carrocería. La resistencia del blindaje le resultó decepcionante, pero eso no justificaba lo que había pasado. Boquiabierto, contempló la inexplicable y enorme abolladura que solo se podía haber causado desde el interior del compartimento de carga.
Arrastrado por las inquietudes, continuó hacia la parte trasera, donde se alarmó al descubrir que las puertas estaban destrozadas. Algo había sido capaz de arrugar aquel metal como si fuera papel, y el hecho de que las puertas estuvieran torcidas hacia fuera volvía a indicar que ese algo provenía del interior. Enseguida clavó los ojos en una cápsula médica que estaba rota y vacía. Antes de que se cuestionara qué había pasado y qué había allí dentro, ya que desconocía los detalles de la mercancía por estar clasificada como «Delicada y de alto secreto», un susurro lo sorprendió.
—¡Joder! —exclamó al tiempo que ajustaba las manos sobre su fusil de asalto. Tras voltearse a la derecha, se encontró con un hombre de espaldas a él. El misterioso sujeto, que aparentemente se miraba las manos, lucía una larga melena rubia y un cuerpo esbelto que cubría con una bata blanca. Sus pies descalzos se apreciaban al final de su blanquecino pantalón. El joven Tom observaba la escena por el retrovisor derecho mientras realizaba la llamada a emergencias—. ¿Está usted bien? ¿Venía en esa cápsula? Señor, ¿me oye?
—Soy… Soy… Hambre… —murmuró el sujeto hasta que se volteó y perforó a Rob con su perturbadora mirada. Sus ojos poseían una tonalidad azul celeste y las simétricas facciones de su rostro lo dotaban de belleza. Además, la bata abierta revelaba su excelente constitución física, pero poseía un color grisáceo pálido en la piel que solo se podía comparar con el de un muerto.
—¿Cómo se llama? ¿Entiende lo que le digo? —le preguntó Rob.
—Evan… —susurró el hombre y, entonces, su boca se oscureció. Unas espeluznantes marcas negras se ramificaron como venas palpitantes desde su cara hasta el resto del cuerpo.
—¡¿Qué demonios?! —pronunció un espantado Rob y le apuntó con su arma—. ¡No se mueva, joder!
Tom soltó el teléfono en cuanto presenció dos estruendosos disparos. Horrorizado, contempló las salpicaduras de sangre sobre el misterioso hombre, que había extendido los brazos hacia adelante. Aquel ser con aspecto humano jugueteaba con las entrañas de Rob, pero no tardó en cegar la vida del moribundo exmarine arrancándole medio cuello de un mordisco.
—¡Coño! ¡Joder! ¡Joder! ¡Qué mierda! ¡Tengo que largarme! —expresaba Tom, poseído por un pavor que lo estremecía de la cabeza a los pies, mientras intentaba poner en marcha el camión, pero este no respondía, se había averiado por completo—. ¡Maldición! —chilló y, cuando se disponía a huir por la puerta, esta salió despedida.
El ensangrentado rostro de Evan emergió frente a él, exhibiendo los dientes con restos de carne humana entre ellos. Los gritos de espanto de Tom cesaron cuando su vida escapó en un chorro de sangre por encima del capó.
La era del desarrollo tecnológico se había extendido a nivel global como una pandemia. Los privilegiados jugaban a ser dioses sobre un tablero de ajedrez que representaba los despliegues reales de sus avanzados juguetes. Los menos favorecidos soñaban con los proyectores holográficos y las muñecas de inteligencia artificial a semejanza de sus ídolos.
La generación de falsos políticos profetas, elegidos por una población cegada por tales corruptos incompetentes, respiraba su fin con el alzamiento de los empresarios. Por primera vez en la historia, mujeres y hombres con una visión de futuro conquistaron la presidencia. La nueva era estuvo a punto de desembocar en un conflicto bélico a escala mundial, pero los nuevos representantes del poder impusieron la otra cara de la moneda al destituir a los viejos políticos.
Los líderes empresariales promovieron la paz y el primer impacto de ello fue eliminar las pequeñas fronteras. Dejaron de existir países para convertirse, por proximidad geográfica, en Naciones, siendo las más representativas la Nación de América del Norte, la Nación de Europa Occidental y la Nación de Asia del Norte.
Las nuevas políticas de igualdad del mundo moderno permitían que cualquiera pudiera volverse rico de la noche a la mañana, pero a un alto precio de exigencia personal que pocos estaban dispuestos a asumir debido al conformismo. También era fácil saborear el lado opuesto, pues la nueva sociedad estaba diseñada para que todos fueran productivos, por lo que eludir las responsabilidades como ciudadano tenía consecuencias.
Las grandes empresas que se consolidaban con el nuevo sistema de gobierno invirtieron capital en el desarrollo de la seguridad civil. Después de todo, un ganado bien cuidado sería más beneficioso. Así surgieron las fuerzas especiales como las FOP, Fuerzas del Orden Público, la policía encargada de la seguridad diaria de los civiles, y las CES, Cuerpo Especial de Seguridad, una unidad destinada contra el terrorismo y todo lo que representara una amenaza de nivel superior.
Dentro de las CES de la Nación de América del Norte destacaba la Unidad 7, que operaba con frecuencia en la isla artificial del Atlántico Land Heart. Sus logros se debían a la buena compenetración de los miembros del equipo, aunque acumulaba sanciones por seguir su propio protocolo de actuación. Precisamente se encontraba en una misión cuando ocurría el accidente del camión furgón en el norte de la isla.
El edificio empresarial Cronos estaba rodeado por soldados de las FOP, que se ocupaban de mantener los alrededores despejados de ingenuos civiles curiosos. El furgón blindado de la Unidad 7 arribó a toda prisa y se detuvo junto a los coches patrulla de las FOP. Algunos sonreían con orgullo, como si la solución estuviera frente a ellos. Otros, envidiosos, observaban y pensaban en cuál sería la desagradable sorpresa que tendrían que limpiar después.
Las puertas traseras del furgón se abrieron y, veloces, varios miembros del equipo bajaron del vehículo. Todos vestían con un uniforme negro de los cuerpos especiales de las CES ceñido al cuerpo. Anclado a una oreja, portaban un dispositivo para las comunicaciones del que se extendía un lente holográfico hasta el ojo inmediato.
La francotiradora Tatiana, una joven de cuerpo atlético, fue la primera en salir. Tenía sus largos cabellos negros recogidos en una cola de caballo, salvo por el mechón rojo que le colgaba en forma de trenza. Sus atractivos ojos azules resplandecían igual que su imponente rifle. Como siempre, su presencia despertaba suspiros de asombro entre la multitud porque había sido una prestigiosa actriz.
La siguió el cabo Fernández, conocido por el equipo como Tanque. Su aspecto corpulento y sus gestos toscos eran los responsables del amistoso apodo. Tanque poseía rasgos latinos e intimidaba por su enorme escudo antibalas, que le valía para derribar puertas y todo lo que se le pusiera por delante, pero todos sabían que era un hombre noble y que, siendo uno de los mayores del equipo, se desvivía por sus compañeros.
James, el artillero, y Richard, el recién degradado a soldado, se asomaron a la par. James era un joven afroamericano experto en explosivos que parecía que explotaría de euforia en cualquier momento. Richard, en cambio, destilaba madurez y seriedad, pero, en realidad, ese hombre caucásico de ideas firmes era un temerario que ganaba rangos igual de rápido que los perdía por atribuirse las insubordinaciones del equipo.
La médica Mei, una chica de origen asiático con cabellos negros que poseían mechas verdes, fue la última en salir del compartimento trasero del furgón. Su aspecto liviano y su comportamiento delicado, además de contar con menos formación militar, la catalogaban como la más frágil de la unidad, pero la inspiración de su grupo la volvía atrevida cuando la situación lo requería.
Stuart, un chico pelirrojo experto en tecnología informática, permaneció dentro del furgón. Ser víctima de acoso escolar cuando era adolescente había influido en el desarrollo de su carrera como hacker ilegal, pero aquella época gris había quedado años luz del Stuart en el que se había convertido. Además, la relación amorosa que mantenía con James lo alentaba a dar lo mejor de sí.
El conductor del furgón, otro veterano del equipo que destacaba por su expresión gélida, abandonó su puesto. El aspecto de Leonard irradiaba la repulsión propia de un asesino frío, sobre todo por su piel pálida, su calvicie y las cicatrices de las quemaduras que decoraban la mitad de su rostro, obligándolo a cubrirse el ojo que había perdido en una explosión con un parche.
El último en salir del vehículo, que ocupaba el asiento del copiloto, fue el apuesto teniente Ethan, cuya barba perfilada resaltaba sus facciones masculinas. Si bien su porte de rectitud y disciplina hacía que luciera como un hombre maduro y rígido en el campo de batalla, todos sabían que se relajaba como cualquiera estando fuera de servicio. Pero ese no era el caso, la situación requería que asumiera su rol como teniente de la Unidad 7.
Ethan se dirigió a su igual en las FOP mientras su equipo lo respaldaba.
—Teniente Ethan McGregor de la Unidad Siete de las CES, es un placer tenerle aquí. Soy el teniente Ed García —se presentó el agente de las FOP, que le extendió la mano para un saludo más informal.
—El placer es mío, teniente. Póngame al día mientras mi informático se infiltra en el sistema —solicitó Ethan tras el saludo.
—Quince terroristas se han apoderado de las tres primeras plantas del edificio Cronos y retienen a los rehenes en la tercera. Están armados y, hasta donde sabemos, se comunican a través de walkie-talkies antiguos. Uno de los terroristas vigila la entrada al parking y reporta su estado cada pocos minutos en una clave que no hemos podido descifrar. Nos advirtieron que los rehenes morirían si perdían a su hombre. Los guardias de seguridad del edificio les cortaron el paso a partir de la cuarta planta, por eso no han podido avanzar. Los terroristas pretenden que les paguemos un rescate y que les dejemos un helicóptero en el helipuerto del edificio. El problema es que nuestro querido ricachón Llorenç Harrison está atrapado en la cumbre de su edificio y se niega a permitirles el paso, lo cual es lógico. Los terroristas han amenazado con empezar a matar rehenes si no complacemos sus peticiones dentro de una hora —informó el teniente García.
—Entiendo. Los terroristas no pueden salirse con la suya. Olvidaron que ya no negociamos con terroristas. ¿Cómo superaron el control de seguridad hasta la tercera planta? —preguntó Ethan, formulando conjeturas en su mente.
—Actuarían con rapidez —supuso Ed.
—No, no lo creo. Harrison no tomaría medidas de seguridad mediocres. Ningún terrorista hubiera pasado de la planta baja. Apuesto a que hay un infiltrado entre los hombres de Harrison. Muy bien, teniente García, nosotros nos ocuparemos de ahora en adelante. Gracias por su trabajo —agradeció Ethan.
—A usted. Dadles una lección de acción a mis hombres —dijo Ed con un tono más cálido.
—Empecemos. Tatiana, te quiero buscando un blanco desde el edificio de enfrente. Tanque y Richard, dirigíos al acceso principal, vosotros seréis la distracción primordial. James y Mei, cubridlos cuando confirmen que la entrada está despejada. Leonard, infíltrate por el parking. Asegúrate de actuar con rapidez y sigilo, no tendremos mucho margen de tiempo —ordenaba Ethan—. Sargenta Elisa… —. Hasta que reparó en la ausencia de un miembro de su equipo—. ¿Dónde cojones está mi sargenta?
—Su moto está por allí —indicó Tatiana, exhibiendo una sonrisita descarada porque conocía muy bien cuán imprudente era su compañera.
—Teniente, estoy dentro. Me desplazo por los conductos de ventilación —reportó Elisa por radio, gesto que replicó la sonrisa de Tatiana en los labios de más compañeros.
—¿Qué cojones haces ahí? —la riñó Ethan, denotando su enfado.
—Cumplir con mi trabajo, señor. Los de las FOP ignoraban que los conductos de ventilación están revestidos por la fachada del edificio. Se puede acceder a ellos desde el exterior de la primera planta. Confirmo contacto visual con los terroristas. Diviso a tres en la tercera planta y a los rehenes en el suelo. Dado que este edificio tiene una estructura industrial, el techo es alto y me facilitará pillarlos por sorpresa —transmitió la audaz Elisa. La firmeza de su tono remarcaba que se tomaba la misión en serio.
—Joder, no tienes remedio. Espera a que surja la ocasión propicia. El resto, adelante —indicó Ethan y el equipo se dividió.
—Señor, ya estoy dentro de la red de seguridad —informó Stuart, que interactuaba con un miniportátil adherido al antebrazo de su uniforme, al salir del furgón unos minutos después.
—¿Y bien? —preguntó el teniente Ethan.
—Alguien había suspendido las alarmas. No fue producto de un hackeo, se hizo desde dentro. Tal vez fuera el jefe de seguridad de la sección porque las alarmas fueron reactivadas a partir de la cuarta planta —detalló Stuart, que tecleaba ágilmente con una mano.
—Buena deducción. Descubre la identidad del responsable, pero antes ábreles el camino a tus compañeros —ordenó Ethan.
—Sí, señor… Transmitiendo imágenes a sus dispositivos, chicos —comunicó Stuart a todos.
—¡Qué voz tan sensual tiene mi novio! —enfatizó James.
—Concéntrate, idiota —lo reprendió Leonard, que se aproximaba al parking subterráneo del edificio.
—Los rehenes están en la tercera planta. Podemos avasallar a los terroristas que nos crucemos desde la planta baja. Apunta bien, Elisa. Las ovejas están contigo —bromeó Richard desde las inmediaciones de la entrada principal.
—¿Dudas de su puntería? Yo la enseñé a disparar —resaltó Tatiana con insinuación.
La francotiradora enfocó su mira telescópica en los ventanales de cristal de la tercera planta desde una ventana del edificio ubicado al otro lado de la calle.
—¿Qué? ¿Otra vez se te ha vuelto a subir la fama a la cabeza, Tatiana? —murmuró la risueña Elisa, que mantenía su posición en los amplios conductos de ventilación.
—Esto es lo malo de trabajar con críos —protestó Leonard, que, oculto tras unos contenedores de basura, acechaba a su primer objetivo.
—Listo. Generando el bloqueo de otros accesos y un apagón en la planta baja y el parking —les avisó Stuart.
Leonard, escurridizo como un ratón, atacó por la espalda al terrorista que vigilaba el acceso al parking. Este había bajado la guardia ante el sonido de la caída energética. Leonard rodeó el cuello del hombre con los brazos y se lo partió sin contemplaciones. La puerta del parking se bloqueó después de que él entrara.
En el instante del corte eléctrico, Tanque arremetió contra la puerta principal, embistiéndola con su enorme escudo. Recibió una lluvia de disparos hasta que todo quedó a oscuras cuando se sellaron las vistas de los ventanales de cristal con placas metálicas de seguridad. Richard, veloz, se incorporó junto a su compañero y apretó el gatillo de su fusil. El lente holográfico le permitía ver en la oscuridad e identificar a los terroristas, por lo que eliminó a tres durante el fuego cruzado con facilidad. Leonard, que no había hallado más resistencia en el parking, se unió a ellos por detrás del enemigo y le disparó en la cabeza a un cuarto.
—Planta baja despejada —reportó Richard, por lo que James y Mei penetraron en el vestíbulo.
—Bien, chicos —celebró Ethan con orgullo—. Continuad.
—Accediendo a los controles de la primera y la segunda planta. Aislando la tercera planta… Mierda, se averiaron los controles digitales de los paneles de seguridad de las plantas uno y tres. El infiltrado de los terroristas debió sabotear el sistema de seguridad con un código antiintrusos —advirtió Stuart, que parecía un robot con la vista clavada en la diminuta pantalla.
—Yo me encargo de la primera —dijo James y adelantó al resto.
El artillero, tras subir por las escaleras, corrió por delante de la entrada a las oficinas y lanzó varias granadas de humo. Sus compañeros aprovecharon la distracción para invadir las oficinas. Mientras Tanque los protegía de los disparos de bienvenida, Richard y Leonard derribaron a tiros a los tres terroristas de aquella planta.
—Chicos, creo que los terroristas de la siguiente planta escucharon los disparos. Hay que darse prisa. Provocaré interferencias en sus walkies. ¡Ja, ja! ¡Qué cavernícolas! ¿Quién usa walkies hoy en día? —se burló Stuart.
—Me aburro… —comentó Tatiana y bostezó.
—Entendido. —Elisa fijó un dispositivo magnético con forma de disco a una pared del conducto de ventilación.
La sargenta Elisa Walter gozaba de juventud como la mayoría de sus compañeros. El aspecto exótico que le otorgaban sus lacios cabellos teñidos de tonalidades rosas y sus ojos verdes claros realzaban su belleza. Poseía una gran agilidad física gracias a su pasión por el entrenamiento, algo que también le servía para refugiarse de su vida personal.
Elisa distinguió al terrorista que intentaba comunicarse por el walkie-talkie. Atada a una cuerda proveniente del dispositivo magnético, pateó la rejilla del conducto de ventilación y se precipitó desde el elevado techo, desenfundando sus pistolas en el acto. En plena caída, disparó repetidas veces. Los terroristas patrullaban entre los rehenes que estaban sentados, pero ella confiaba en sí misma y en sus capacidades y, en efecto, reventó el pectoral de uno y la cabeza de otro. En cuanto pisó el suelo, se liberó de la cuerda. El tercer terrorista, acorralado, soltó el walkie-talkie y dirigió su arma hacia el rehén más cercano como medida desesperada. Antes de que pudiera actuar, recibió un disparo en el entrecejo.
—Tranquilos, estáis todos a salvo —les aseguró Elisa a los asustados rehenes para calmar sus sollozos—. Soy la sargenta Elisa Walter, agente de la Unidad Siete de las CES. Estáis a salvo. Ahora vendrá un equipo a atenderos.
—Y nosotros hemos terminado aquí abajo. Vamos para allá —comunicó Mei en nombre de sus compañeros, que recién habían eliminado a la escoria de la segunda planta—. Espero que no haya heridos.
—Has disparado con los rehenes de por medio. ¿Quién les va a quitar la idea de demandarnos? —planteó Leonard, basándose en experiencias anteriores.
—A mí no pueden degradarme más y no creo que me echen del cuerpo. Me haré responsable. —Como en otras ocasiones, Richard compartió su disposición para sacrificarse por el equipo, sobre todo por Elisa.
—¿Qué decís? Elisa, hazles un estriptis para que se calmen. Así se olvidarán de demandas y tonterías —bromeó James.
—Mmm, sí. Muéstrales esas encantadoras tetas y ese bonito culo que se te marca —resaltó Tatiana, que contemplaba a Elisa serenando a los rehenes.
—¿En serio? ¿Te dedicas a mirarme el culo desde tu posición? Toma esto. —Elisa, sonriente, encaró el ventanal de cristal y le mostró el dedo medio a la francotiradora. Su vulgar gesto alarmó a los rehenes—. Oh, no, no. Perdonad, no iba para vosotros.
—No me provoques. —Tatiana rio.
—No bajéis la guardia. Falta el infiltrado de los terroristas. Podría estar entre los rehenes —advirtió Ethan, que seguía la operación junto a su informático.
—Localizando identidad. Enseguida os envío su foto —informó Stuart mientras un programa filtraba las fichas de los empleados de seguridad del edificio.
Elisa guardó silencio y, despacio, se volteó. Observaba a los rehenes con suspicacia a la vez que esperaba a sus compañeros. De pronto, un estruendoso disparo estremeció los tímpanos y los músculos de los presentes en la sala e hizo estallar el ventanal de cristal en diminutos pedazos. Los rehenes gritaron como desquiciados, especialmente un oficinista que sangraba por una oreja y manifestaba una fuerte agonía. La sargenta contempló cómo otro individuo se desplomaba con un agujero en la nuca.
—Joder, Tatiana, ¿has sido tú? —intuyó Elisa, sin poder disimular su atónita expresión.
—Obvio. Estaba aburrida. Misión cumplida —celebró Tatiana, aunque su indiferencia ante las inminentes consecuencias de su acto no pasó desapercibida.
—¿Estás loca? —protestó Leonard, que recién accedía a la tercera planta con los otros—. Ni siquiera habíamos recibido la foto del sospechoso.
—¡¿Qué coño has hecho, Tatiana?! ¿Tanto te cuesta esperar mis órdenes? —la riñó Ethan, preocupado por la gravedad de la imprudencia de la francotiradora.
—Allí hay un herido, Mei —le indicó Elisa a la médica y esta acudió enseguida a socorrer a la víctima.
—¡Ah! Mi oreja, ¡he perdido mi oreja! ¡Duele mucho! —se quejaba el oficinista herido.
—Permítame ver qué le ha pasado —le pidió Mei al oficinista tras agacharse junto a él. El hombre, que prácticamente lloraba por la angustiosa sensación de la sangre caliente bañando su mano y su rostro, le mostró la herida—. Tranquilo, es solo un rasguño. Se pondrá bien —lo consoló, articulando las palabras con suavidad y dulzura. En efecto, la bala solo le había hecho un corte en la oreja, y la tierna Mei se estaba ocupando de dicha herida.
—No la toméis conmigo. Comprobad la identidad del muerto. Simplemente vi que ese tipo realizaba un movimiento sospechoso cuando los demás seguían cagados de miedo mientras Elisa les daba la espalda. No iba a permitir que le pasara nada a Elisa —alegó Tatiana, enfatizando su verdadera prioridad, aunque, en el fondo, todos sabían que ella no había cometido un fallo al disparar. La conocían lo suficiente como para suponer que ella había previsto la trayectoria de la bala.
—¡Uf, menos mal! Es él. Es el de la foto. Estaba armado. La bala lo atravesó y rozó al otro rehén —reportó Elisa al comprobar el cuerpo—. Gracias, Tatiana. Te debo una. —Le dedicó una sonrisa y el pulgar arriba desde la distancia.
—Buen trabajo, equipo, aunque debatiremos en privado sobre lo que ha pasado. Dejad el resto a las FOP. Stuart, encárgate del papeleo —comunicó Ethan.
—¿Qué? ¿Por qué yo? —protestó Stuart.
—Porque has hecho menos que tus compañeros —argumentó Ethan.
—Mei tampoco ha disparado ni una bala —señaló Stuart en su defensa.
—¿Por qué me vendes así? —replicó Mei con enojo, pero conservando su tono meloso.
—Mei ha estado expuesta en el campo de batalla y ha… puesto un punto en un corte superficial de una oreja —bromeó Ethan.
—¡Qué cruel, teniente! —exclamó Tanque.
—Solo os tomo el pelo. Yo me encargo del papeleo como siempre. Os tengo mucho aprecio. A vuestra manera, todos hacéis un trabajo excelente. Estoy orgulloso de mi equipo. Vamos, hoy invito yo a unas cervezas. —Ethan sostuvo una cálida sonrisa.
Land Heart era una isla poderosa porque albergaba sedes de las corporaciones más influyentes a nivel mundial. Storm Company, que reinaba entre ellas, contaba con una instalación biomédica de última generación a las afueras de la ciudad y con un rascacielos para sus empleados más prestigiosos y parte de sus altos cargos en el corazón de la isla.
Su presidente, Michael Foster, un hombre ambicioso y especialista en medicina biomolecular, se alojaba en la cima del rascacielos Zeus. A pesar de lucir las canas de su más de medio siglo de vida, poseía una vitalidad envidiada por cualquiera. Como era costumbre en él, siempre lucía un moderno traje blanco.
El doctor Foster revisaba en su despacho varios informes sobre los avances de su emblemático producto “la Cura” cuando recibió a su subordinado, a quien esperaba para que le transmitiera un resumen del día y de los progresos de sus campañas.
—Presidente —saludó el trajeado oficinista y tomó asiento ante la invitación de su superior. Desde los ventanales del despacho se podía apreciar casi toda la isla, aunque anochecía y las luces de la ciudad resplandecían como estrellas terrestres. Cada detalle minimalista dentro de aquella sala se valoraba en miles de créditos, la moneda internacional, como la escultura de oro con forma de ADN que reposaba en un extremo del escritorio. El propio subordinado sentía que estaba sentado en un trono de diamantes con un aspecto futurista—. ¿Cómo está?
—No me puedo quejar. Lo único que desearía es tener la juventud con la que cuentas, pero lo conseguiré tarde o temprano cuando desarrollemos una fórmula de rejuvenecimiento celular. Ahora priman otras cosas más importantes que tratar un trozo de piel colgante —dijo el doctor Foster con humor—. Y tú, Thomas, ¿has tenido un buen día?
—Sí, señor. Tampoco me puedo quejar. Es un privilegio trabajar en Storm Company —respondió Thomas, manteniendo las formalidades.
—Bien. Me gusta que mi personal esté satisfecho. Cuéntame, ¿cómo va el traslado del paciente Evan?
—Se firmó esta tarde sin problemas. Seguro que esta noche recibimos la confirmación de su llegada a las instalaciones continentales.
—Mantenme informado. Espero que fuera un acierto realizar el traslado con un equipo reducido para no llamar la atención de los curiosos. Recuerdo cuando un grupo de terroristas asaltó nuestro convoy con destino a California porque creían que trasladábamos la fortuna de la empresa en lingotes de oro para enterrarlos en un búnker secreto. ¡Idiotas! Arruinaron los primeros viales de la Cura que habíamos destinado a esa población. Por cierto, ¿se sabe algo del ataque terrorista al edificio Cronos? ¿Qué Unidad de las CES enviaron?
—Todos eliminados. Un rehén herido. Tengo entendido que acudió la Unidad Siete —contestó Thomas.
—Qué pena. Esperaba que enviaran la Unidad Uno para ver cómo se desenvolvían nuestros conejillos de Indias. Y en cuanto a los terroristas…
—No se preocupe, no hay forma de que puedan vincularlos con nosotros. ¿Quiere que contratemos a otro grupo para ver si esta vez responden con la Unidad Uno? —planteó Thomas.
—No, no importa. Tarde o temprano los enviarán al campo de batalla. Querré todos los informes sobre el desarrollo físico y neurológico de todos los miembros de la Unidad Uno. Necesito realizar una comparativa de su evolución tras el tratamiento en circunstancias normales. En fin, ¿hay algo más que debas reportarme? —Michael Foster entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Bueno, a decir verdad… —Thomas denotó cierto nerviosismo al suavizar la voz y tragar saliva—. Hemos perdido las comunicaciones con el viejo hospital Las Palomas. Estamos enviando un equipo…
—Eso ya no me gusta cómo suena —decía Foster con un tono tan sereno que resultaba inquietante—. Si algo se ha salido de control en Las Palomas, que no quede ni rastro de ello. Que se ocupe un equipo de confianza.
—Sí, señor. También estamos recibiendo datos de anomalías en sujetos que han estado expuestos a nuestras campañas.
—Envíame esos datos. No debería haber ninguna anomalía, aunque la ciencia tampoco es exacta. Recuerda que hay que corregir aquello que se sale de las líneas estándares. Cualquiera que vaya a suponer un problema debe desaparecer antes de que la bola de nieve crezca.
—Señor, hay niños…
—Cualquiera, Thomas, cualquiera —remarcó Michael con dureza.
—S-sí, Presidente.
—Bien, puedes retirarte —concluyó Foster y el subordinado se despidió cortésmente. El doctor se giró en la silla hasta mirar por la ventana como si fuera un dios.
«Quiero corderos que trabajen sin cesar, que sean esclavos bajo la ilusión de que gozan de una salud física excelente. Si ocurre lo contrario, estaremos perdidos», pensó Michael.
Los miembros de la Unidad 7 se reunieron en The Sewer, su bar-restaurante favorito ubicado a las afueras de la abarrotada ciudad y adorado por los amantes de la cerveza tradicional. El equipo solía dedicar al menos una noche a la semana a beber en aquel lugar que a simple vista parecía un antro. Era allí donde consolidaban sus vínculos, donde compartían sus penas y sus alegrías, y donde vivían como personas normales.
Como de costumbre, los recibió la camarera Ámber, que también era una de las propietarias de The Sewer. A la mujer cincuentona de cabellos teñidos de rojo le gustaba exhibirse como una veinteañera, pero eso no dañaba la agradable y generosa imagen por la que todos la conocían. Les ofreció asiento en un rincón del recinto, sabía que ellos preferían encerrarse en su propia burbuja.
—¡Por fin respiro libertad! Ámber, que marche la primera ronda y ten a mano la segunda. Hoy invita el jefe —expresó el animado James.
—¡Los héroes de la ciudad! Hoy os vi en las noticias. Si llegáis a diez rondas, os invito a otra por ser vosotros —enfatizó la elocuente camarera.
—Tú sí que sabes, espabilada —comentó Leonard, alzando las cejas.
—Recuerda servirle un refresco a Mei, que es menor —bromeó Ethan con un tono cariñoso.
—¡Jefe! —protestó Mei, sintiéndose avergonzada.
—No seas tan estricto, Ethan. Mei aguanta un par de rondas. Me ocuparé de que llegue a casa de una pieza —le aseguró Tanque, sonando como un padre protector.
—Con la que lio la última vez, no sé yo… —Las carcajadas de Ethan contagiaban a sus amigos.
—Ten cuidado, Tanque. A ver cómo le explicarás luego a tu mujer que andas con una jovencita —agregó Richard para incordiarlo.
—Venga, no seáis malos con Mei —intervino Stuart, acompañando sus palabras con una caricia en la espalda de la joven médica, que estaba sentada a su lado—. Que beba lo que quiera, mañana libramos. Luego puede venir a casa con James y conmigo.
—Gracias, Stuart. Tú sí que eres un buen amigo. —Mei le sonrió y le mostró el dedo medio al resto.
—¡Qué chiquilla tan graciosa! —exclamó Ámber—. Mientras no vomites encima de la mesa de billar… —Recuerdos desagradables sobre los destrozos de Mei invadieron la mente de la propietaria—. Marchando ocho… Espera, ¿no falta alguien aquí?
—Tatiana, como siempre —observó Leonard—. Pensaba que había salido detrás nuestro.
—Mmm, Tatiana —comentó James con insinuación mientras miraba a Elisa—. Seguro que se está poniendo guapa para Elisa.
—¿Qué dices? ¡Eres idiota! —replicó Elisa, abrumada.
En ese instante, incontables murmullos de asombro hicieron eco por todo el bar.
—¡Hola, chicas y chicos! Siento el retraso —los saludó Tatiana, que recién había entrado en el local y deslumbraba con la melena suelta. Para sorpresa de nadie, se sentó junto a Elisa.
—Hablando de la reina de Roma… —comentó Leonard.
—¡Qué bombón! —añadió James.
—Tú no dejes de venir nunca, ¡eh! Atraes a mucha clientela. —Ámber ensanchó la sonrisa—. Bien, voy a por esas cervezas. ¿Cenaréis?
—No, gracias, no queremos que nos envenenes —dijo Ethan con humor, resaltando la confianza existente entre ellos.
—Buena elección —susurró Ámber a la vez que miraba a su marido asumiendo el servicio de barra y todos rieron—. ¡Divertíos!
La primera ronda llegó como un regalo divino, pues era verano y las gargantas pedían a gritos algo refrescante. La avispada propietaria les llenaba la mesa de tentempiés salados y picantes para que comieran al ritmo que consumían. Todos alzaron sus botellas y brindaron por ellos mismos.
Mientras bebían y charlaban, un par de jóvenes se les acercó. Ambos lucían nerviosos por su forma de cuchichear y pellizcarse las prendas, pero uno de ellos tomó la iniciativa.
—Ta-Tatiana “Tata” Ivanova, ¿verdad? ¡Eres la prota de Las Sombras Perdidas y El Cielo Roto! ¡Guau! ¡Amo tus pelis! —expresó el chico, estallando de entusiasmo al captar la atención de la actriz y del resto de sus compañeros.
—Y-y El Retorno del Cruel. ¡Y tus pósteres para el anuncio de los bañadores Solei son fantásticos! —añadió el otro joven.
—Mei, pásales esta servilleta —murmuró James, que apenas disimulaba la risa. La médica denotó su desconcierto con la mirada—. Es para que se limpien las babas —aclaró y rieron por lo bajo.
—Estás plagada de admiradores amantes del fanservice —comentó Leonard con un tono agrio y se dio un trago.
—¿Sacarás más pelis? ¿Por qué has abandonado el mundo del cine? ¿Ahora salvas vidas en el mundo real? ¿Te gusta venir a The Sewer? —El chico la bombardeó a preguntas.
—Creo que con que os firme un autógrafo será suficiente —intervino Richard para que no la agobiaran.
—Eso es, chicos. Os firmaré un autógrafo y luego seguiréis disfrutando de la noche. Dadme una servilleta y un boli —pidió Tatiana y les escribió una agradable dedicatoria.
—¿Podemos hacernos una foto también? ¡Por favor! —rogó el muchacho, volviéndose más atrevido.
—Sí, claro. Poneos a mi lado. Posemos como en la portada de Las Sombras Perdidas —indicó Tatiana y, acto seguido, encandiló a todos con su naturalidad para posar. Elisa les tomó varias fotos con el teléfono del joven.
—¡Son fantásticas! ¡Muchas gracias, Tata! Ojalá vuelvas a la gran pantalla —expresó el joven, a quien los ojos le brillaban de emoción.
—¡Sí! ¡Gracias! —añadió el otro y, entusiasmados, se alejaron hasta la barra.
—Esta noche veo a un par cascándosela en el baño —bromeó el extrovertido James.
—¡Cochino! —le recriminó Mei.
—¡Ja, ja, ja! Ha sido total lo de los pósteres en traje de baño —enfatizó el risueño Stuart.
—Mi hijo también tiene un póster de Tatiana —contó Tanque—. Enloquecerá cuando te conozca en persona.
—¿En serio? —Tatiana arrugó las cejas con ingenuidad.
—Sí. También quiso uno en el que sales en traje de baño —reveló Tanque, despertando una carcajada colectiva.
—La primera pasión de un quinceañero. A esa edad se empieza —remarcó James, gesticulando con cierto grado de obscenidad como todo un travieso.
—No seas grosero, que es mi hijo —lo riñó Tanque.
—Todavía me pregunto por qué dejaste ese mundo para meterte en esto. Se nota que disfrutas con tus fans e imagino que tienes pasta como para jubilarte —expuso Leonard y se empinó la botella para ahogar su sequedad.
—Tatiana no es como esos pijos —intervino Ethan a favor de ella.
—Es verdad que disfrutaba con mis fans, pero llegué a un punto en el que se volvió agobiante y no podía ni respirar —relataba Tatiana, que se había sentido juzgada por su compañero—. Desde pequeña, quería ser una heroína porque mi abuela me leía historias de guerreras valientes y poderosas. Por eso me convertí en actriz. Actuando, podía representar esa heroína que quería ser. ¿Sabes que nunca necesité una doble para las escenas de riesgo? Me encantaba disfrutar de todas las fases de mis personajes, pero esa emoción se fue disipando con el paso del tiempo hasta que nada me llenaba. Todo era ficción, no era una heroína de verdad. Por eso decidí dejar atrás esa vida y unirme a las CES. Aquí me siento viva, me siento como una auténtica heroína que arriesga su vida para proteger a los demás. Mi preparación física me ayudó a entrar en el cuerpo. Aún estaría en la preparatoria de no haber aprovechado el tiempo cuando era actriz.
—Bueno, preparación física y un poquito de… —James realizó otro gesto indecente para condimentar el tema con humor—. Porque no es fácil entrar en las CES si no posees un don como mi Stuart.
—¡Imbécil! —lo insultó Tatiana y le lanzó un cacahuete.
—¿Qué te dijo el jefe cuando entraste en el cuerpo? —le preguntó Richard y bebió.
—¡Ja, ja, ja! —Ethan, tras carcajearse, intercambió una mirada de complicidad con ella.
—Que estaba buena y que le resultaba familiar —contestó Tatiana y todos rieron—. Cuando supo quién era en realidad, fue menos amable. Me dijo que esto no era una película donde el guion estaba establecido, que esto era la auténtica realidad y que podía morir si cometía alguna estupidez.
—Y es verdad. Y va para todos. Por eso os digo que cumpláis las órdenes y que tengáis cuidado. Vuestras vidas son más importantes —remarcó Ethan, exponiendo, sin darse cuenta, una vieja cicatriz psicológica que algunos percibieron.
—¿No tenía otro equipo hace algunos años? ¿Qué pasó? —indagó Stuart y levantó la mano para indicar que les trajeran la segunda ronda.
—Prefiero no tocar ese tema. —La expresión de Ethan se tornó seria, por lo que Leonard y Tanque se miraron.
—Bueno, Elisa, ¿qué hay de ti? Aún no sabemos el motivo por el que te uniste a las CES. —Tanque desvió la atención.
—Una parte ya la sabéis. Tengo un hermano que cuidar… —Elisa bebió, como si de esa forma pudiera digerir la amargura de su vida—. También lo hice porque me gusta ayudar y proteger a la gente. Es una debilidad.
—¿Y ascendiste tan rápido realizando otros trabajos como Tatiana? —bromeó James, realizando el mismo gesto obsceno.
—Hablas como un necesitado. ¿No te satisfago lo suficiente? —Stuart lo besó para silenciarlo.
—Elisa también es una gran chica —resaltó Ethan para que no la mortificaran.
—¡Vaya! ¡Qué rápido bajó esa ronda! Que siga así. Aquí traigo la siguiente. A esta estáis invitados por aquellos chicos. —Ámber apuntó a los jóvenes con el morro mientras les servía las bebidas.
—Los admiradores de Tata —contempló Richard y todos alzaron las botellas como agradecimiento.
La quinta ronda llegó antes de lo que pudieran imaginar. Los agentes reían, charlaban, bromeaban como buenos colegas. Mei había dejado de ser la más tranquila y callada para convertirse en una elocuente parlanchina que se carcajeaba hasta por la más absurda de las cosas, incluso se expresaba en japonés sin que nadie pudiera entenderla, pero los hacía reír. Llena de vitalidad, animó a medio grupo para jugar a billar y, emparejada con Tanque, rivalizó con Stuart y James.
—Está loca. —Stuart, muy risueño, negó con la cabeza.
—¡Kanpaiiiii…! —pronunció Mei, enérgica, y se dio un trago. Luego, se inclinó sobre la mesa de billar porque era su turno.
—Menos mal que lleva un culote debajo de esa minifalda —dijo James, que observaba a cuatro tipos que tenían los ojos clavados en el trasero de Mei.
—Atentos, va a golpear —avisó Tanque.
—Tengo la sensación de que debimos dejar que ella rompiera. —Stuart, boquiabierto, digería cómo la médica colaba una bola tras otra como si fuera una profesional del billar. Mei, por su parte, celebraba como una niña vivaz cada bola metida—. Lo sabía…
—El alcohol la transforma —apuntó Tanque.
—Lo que necesita es un novio que le dé unos buenos meneos —bromeó el hormonal James.
Los otros cinco se reían de la situación desde sus asientos, pero se alegraban de ver a la compañera más joven desinhibida y feliz. Dos rondas después, la tendrían dormida en su silla y apoyada sobre la mesa, donde Stuart le velaría el sueño acariciándole la cabeza mientras coqueteaba con James. Ethan aprovechó la breve pausa para proponerles pasar la tarde del día siguiente en la playa, oferta que aceptaron con gusto. Luego, Tatiana le pidió a Elisa que jugara con ella una partida de billar.
—Nunca se me ha dado bien —alegó Elisa tras un pésimo golpe.
—¿Y crees que a mí sí? —Tatiana encogió los hombros—. Pero me relaja.
—Mirad, chicos, estamos de suerte. La buenorra de Tata Ivanova está aquí sujetando un palo —comentó un apuesto hombre que se les acercó con otros tres, pero que resultaba tan desagradable como sus palabras y sus gestos. Sus amigos exhibieron una sonrisa pervertida mientras las devoraban con la mirada. Eran los mismos que se habían relamido como perros en celo contemplando a Mei—. ¿Jugamos?
—En otra ocasión. Es una partida privada —respondió Tatiana con educación.
—Vamos, no seas aguafiestas. Bien que te lucías en la tele ligerita de ropa y lista para la fiesta. —El repugnante hombre se le arrimó como un vulgar depredador.
—Marc, Tatetona tiene una amiga interesante —destacó otro que se acercó a Elisa hasta casi rozarla—. ¿Nos la presentas? ¿Es una pornostar?
—¿Y si nos dejáis en paz? —les pidió Elisa, exprimiendo el palo para contenerse.
—Será mejor que os vayáis —les aconsejó Tatiana con un tono más serio.
Ethan y Richard se percataron de la desagradable situación.
—No me creo que seas una aburrida, Tata. Te gusta que te vayan detrás, ¿verdad? ¿Y si empezamos por las buenas? —El repulsivo Marc se atrevió a frotarle el trasero, a lo que Tatiana respondió inmediatamente apartándolo con un empujón.
—¡¿Qué crees que haces?! —le gritó Tatiana y Elisa también tuvo que alejar al otro por pretender sobarla.
—Es más emocionante si te resistes —insinuó Marc y los dos restantes rodearon a las chicas.
—Esto se va a poner feo —alertó Leonard cuando vio que Ethan y Richard abandonaron sus sillas de un salto.
—Las señoritas están con nosotros y os han pedido que las dejéis en paz. Respetadlas y dejadlas tranquilas —intervino Ethan de forma pacífica.
—¿Y tú quién coño te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer? ¡Aparta! —Marc lo empujó.
—No vuelvas a hacer eso —le advirtió Ethan y apretó los dientes.
—¡Serás cabrón! —Marc lanzó su puño al aire, pero Ethan lo esquivó y le pagó con la misma moneda. Bastó un puñetazo del teniente en el mentón de su rival para noquearlo.
Tatiana le clavó el codo en el estómago al que estaba detrás de ella. Acto seguido, le estampó la cara contra la mesa de billar, dejándolo inconsciente. Richard le torció el brazo a otro hasta reducirlo. Elisa le pateó los testículos al que la acechaba, un golpe certero que doblegó al borracho pervertido en el suelo.
—Joder, chicos, lo siento —se disculpó Ámber, que se acercó a ellos en cuanto presenció el conflicto. Se había quedado perpleja como el resto de los clientes—. A veces entran carroñas.
—Hemos evitado causar destrozos, aunque creo que uno se dejó un diente en la mesa de billar. No olvides tirar la basura esta noche cuando cierres —comentó Ethan, conservando el buen humor.
—Llamaré a las FOP para que se ocupen de ellos. ¿Os marcháis ya? —intuyó Ámber.
—Sí, será lo mejor. Tenemos planes mañana y disfrutaremos más si no estamos resacosos. Bueno, Mei será la excepción —contestó Ethan sonriente.
—Está bien. El próximo día estáis invitados a la primera ronda. Que tengáis una buena noche, chicos —se despidió Ámber con un gesto amable.
Tanque cargó con Mei en sus brazos y la acomodó en el coche de James y Stuart. Los cuatro fueron los primeros en marcharse.
—Elisa, ¿damos una vuelta? —le propuso Richard.
—Lo siento, Richard, tengo otros planes. —Elisa esbozó una sonrisa de pena por rechazarlo.
—Otra vez será. —Richard torció los labios y se apresuró hasta su coche después de despedirse. Poco después de que partiera, Leonard también lo hizo.
Elisa aprovechó la intimidad que le brindaba el desolado aparcamiento para abordar a Ethan con discreción.
—¿Puedo pasar la noche contigo? —le susurró Elisa, resultando evidente su tono insinuante.
—Hoy no, Elisa. Necesito estar solo. —Ethan le acarició el rostro antes de irse en su todoterreno.
—El jefe te ha dado calabazas. —Tatiana apareció detrás de ella—. Es así de raro a veces.
—Es que he pasado una noche estupenda. No quiero que termine en una discusión con mi hermano cuando llegue a casa… —expresó Elisa, revelando su congoja interior.
—Entonces ven conmigo, tonta. Terminemos la noche como Dios manda —le sugirió Tatiana y, destilando un aura sensual, le rozó los labios con la yema del dedo índice.
Elisa sabía que Tatiana le ofrecería la compañía que necesitaba, pues no era la primera vez que pasaban una noche juntas, así que asintió sin dudarlo y se marchó con ella.
Evan había dejado atrás una escena sangrienta y se había adentrado en el bosque, donde vagaba desorientado mientras la sangre de sus víctimas se secaba sobre su piel y su ropa. No comprendía lo que ocurría, ni siquiera recordaba algo más allá de su nombre.
—¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Por qué lo hice? El hambre… —repetía Evan una y otra vez al deambular bajo la oscuridad de la noche.
Evan sufría una inquietante inestabilidad en su cuerpo. Su oído se agudizaba hasta ser capaz de escuchar las pisadas de una hormiga y los signos vitales de otras alimañas nocturnas. Al mismo tiempo, las venas y las arterias se le hinchaban como si fueran a reventar y volvían a su estado normal de forma intermitente. La tortura física y sensorial se apoderó de su cabeza, doblegándolo ante el estremecimiento que amenazaba con hacérsela estallar por el aumento de la presión interna. Entonces, Evan cerró los ojos, apretó los párpados con la misma fuerza con que se cubría los oídos con las manos y, al abrirlos, descubrió que su visión había superado el espectro visible. Por un instante, presenció un salón destruido y cadáveres por doquier.
—¡¿Qué me pasa?!
Atormentado, se derrumbó en el suelo y se retorció de dolor. Perdía el control de su cuerpo, que mutaba a costa de infligirle un calvario inimaginable. El abdomen se le contraía. Las costillas se le partían violentamente y se regeneraban al instante. Las uñas le crecieron como despiadadas garras durante breves segundos, los suficientes para que se desgarrara el pecho con la intención de extirparse el dolor que lo devoraba por dentro. Evan sangró, pero las heridas desaparecieron y una intensa sensación de hambre reinó en sus pensamientos.
Tras un monstruoso grito, Evan regresó a la normalidad. Su agitada respiración se relajaba mientras permanecía tendido sobre la tierra.
—El mar… Puedo olerlo… Quiero verlo… —murmuró Evan, desfallecido, y perdió el conocimiento.
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