épica, oscura, aventura, acción, gore, magia
Aleksandra, una aprendiza de maga que será seducida por la curiosidad y que descubrirá un secreto que la arrastrará a sus límites. William, un noble caballero defensor del honor y la justicia que será presa de sus propios códigos durante la caza de la Bruja Blanca. Erimias, un guerrero cazarrecompensas de trágico pasado que entrará en conflicto con sus creencias cuando atrape a la misteriosa chica de ojos ámbares.
Tres historias. Tres personajes destinados a embarcarse en diferentes aventuras que cambiarán sus vidas hasta guiarlos hacia la misma senda.
«―Bienvenidos un día más a la morada de la oscuridad ―inició el viejo instructor, que destacaba por sus maltratados cabellos rubios y una cicatriz a lo largo de media cara, y captó la atención de los alumnos con su tono intrigante―. En mis clases de nigromancia me gusta someteros a retos, a vuestros tormentos, a vuestras pesadillas y al miedo en su estado más puro. Hoy os enseñaré uno de los conjuros más escalofriantes a ojos de meras personas carentes de sangre maga, uno de esos por los que la magia ha sido condenada, temida y motivo de persecución para los Ilustres.»
Capítulos
Akeria, la tierra que acunaba la vida en su interior, el mundo en el que la humanidad había despertado para soñar, el corazón de una legendaria historia que por siempre latirá.
Así fue bautizado el hogar de la civilización desde tiempos inmemoriales por los primeros hombres capaces de razonar. Si bien nadie habría podido datar con plena certeza el verdadero origen de tal nombre en aquellos tiempos remotos, cualquiera de Los Siete Reinos habría inclinado la balanza hacia su religión, eso sin contar con los gremios y las sectas ocultas, cuyas creencias suponían una amenaza para las tierras reales que infectaban como una plaga con su existencia.
Sin embargo, todos coincidían en que Akeria había sido un ser sobrenatural, un ente inimaginablemente poderoso con el don de conceder la vida y arrebatarla a su voluntad. Los humanos la consideraban una Ahé, o Diosa ―la interpretación era la misma en todas las lenguas―. Muchos alegaban que era hombre y mujer a la vez, incluso una entidad carente de género, pero una cosa eran las creencias y otra, la auténtica realidad que un humano jamás llegaría a comprender.
La Akeria que conocía el hombre era un enorme continente del cual ellos ocupaban una minúscula parte del norte. Una frontera ubicada en el sur delimitaba su territorio, una frontera que nunca se habían atrevido a cruzar por miedo, por temor al misterio y al horror que albergaba en su interior, y por el escalofriante pavor de una muerte segura proveniente del lugar que apestaba a putrefacción. La llamaban Bosque Sombrío, o Mortífero, según aquellos que residían en sus proximidades.
Los humanos, atrapados en una Era Medieval en desarrollo, sobrevivían en lo que poseían de continente, un trozo que de por sí les había bastado para su proliferación. El Decreto Primero Real era uno de sus mayores logros por haber establecido la paz entre Los Siete Reinos.
Ellos, a pesar de sus diferencias culturales, intuían que un poder superior regía sobre su mundo. Los rumores corrían de boca en boca portando información sobre sucesos sobrenaturales que sembraban muerte y destrucción a su paso. Sabían que la magia existía y que sus dominios residían en la oscuridad. Los humanos se estremecían desde el comienzo del año 539 E. Q. S. R. (Era Quinta de la Segunda Reencarnación) porque aquello que temían se había dispuesto a acecharles…
Aleksandra
En un lugar remoto del suroeste de Akeria existía un templo oculto dedicado a la magia, a toda clase de magia. Aunque los rumores sobre la práctica de lo prohibido y espeluznante corrían como el viento, los habitantes de Akeria desconocían la ubicación del templo y confiaban ciegamente en los Ilustres para combatir y castigar la brujería y la herejía. De hecho, esta entidad religiosa había tranquilizado al pueblo recientemente tras anunciar que la morada de la Bruja Blanca había sido descubierta y que se avecinaba su aniquilación.
Los anónimos magos del templo, con el fin de que la magia no se erradicara y su legado perdurara en el tiempo, realizaban expediciones hasta los confines de los siete reinos de Akeria en busca de nuevos aprendices, especialmente jóvenes sensibles al poder mágico. En ocasiones, el reclutamiento era forzado y los niños eran separados de sus familias bajo amenaza de muerte. Aunque pareciera un acto cruel, muchos padres preferían renunciar a sus hijos con la esperanza de que vivieran sanos y salvos en lugar de presenciar sus muertes en la hoguera a manos de los Ilustres.
Dentro del templo, los magos empleaban una vestimenta sencilla, limitada a una túnica negra con o sin capucha, y diferenciaban sus roles con detalles igual de simples. Por un lado, los instructores, aquellos responsables de adiestrar a los novicios, portaban una cuerda atada a la cintura. Por otro, los Altos Magos, que componían el consejo y la autoridad máxima, lucían medallones sombríos con rostros endemoniados grabados en ellos. Los aprendices, por su parte, usaban túnicas básicas, siendo esa la norma más flexible que debían cumplir frente al resto del estricto reglamento que condicionaba sus vidas en el interior de aquellas paredes de piedra.
―Bien, Aleksandra, hemos visto vuestra solicitud para presentaros a las pruebas de los Altos Magos ―le decía una Alta Maga, cuyas tenues canas databan sus años de experiencia, a una joven aprendiza en su despacho. Montañas de libros y pergaminos perfectamente colocados en las estanterías resaltaban cuánto conocimiento había concentrado en aquella habitación.
―Sí, así es, Alta Maga Sifia ―afirmó Aleksandra.
―Imagino que ya lo sabéis, pero es mi deber recordaros a todos los discípulos que creéis estar preparados para promoveros a una de las dos sendas las diferencias que existen entre estas. La senda de la instrucción os permitirá perfeccionar y especializar vuestro poder en una vía de la magia. Al dominar una vía con maestría, seréis apta para instruir a otros y guiarlos por el camino de la sabiduría y la disciplina. La senda de la Alta Magia, donde el conocimiento y el aprendizaje no encuentran límites, salvo el límite impuesto por la propia capacidad e inteligencia del mago en cuestión. Esta senda requiere una mayor responsabilidad, pues hay que diferenciar el conocimiento de poderes extraordinarios del dominio de estos. Si la magia os supera, podría mataros a vos y a quienes estén a vuestro alrededor. Supongo que recordáis eso. ¿Os mantenéis fiel a vuestra solicitud? ―Sifia la intimidó con su penetrante mirada.
―Sí, Alta Maga Sifia. Lo tengo muy claro. ―Aleksandra mantuvo la cabeza en alto como signo de su convicción.
―Muy bien, Aleksandra, la firmeza es uno de los requisitos de un Alto Mago. Vuestra solicitud será debatida por los miembros del consejo. Os adelanto que la confianza que hayáis transmitido a los Altos Magos desde que ingresasteis en el templo es un factor que influirá considerablemente en la decisión final. Si sois admitida, veréis cosas extraordinarias que los demás desconocen y que podrían desagradaros, por lo que es vital que vuestra lealtad esté por encima de vuestras emociones. En cuanto a la aprobación de vuestra solicitud, por mi parte no habrá problemas. —El tono de la maga Sifia se tornó más cercano y alentador—. Entrasteis en el templo siendo una niña y nunca habéis incumplido las normas. Os habéis convertido una jovencita apta para avanzar en el dominio de la magia, lo cual respaldan algunos instructores que están fascinados con vuestro potencial, y os compenetráis bien con vuestros compañeros. Siempre habéis mostrado interés por el aprendizaje y nunca os habéis quejado. Habéis sabido conservar la paciencia, lo cual es otro requisito importante para convertirse en una Alta Maga, pero, sobre todo, en una buena maga. Creo que, por mi parte, ya no tengo nada más que decir. ¿Tenéis alguna duda?
―Gracias por vuestra confianza, Alta Maga Sifia. —El entusiasmo resplandeció en el rostro de Aleksandra—. Quisiera saber cuándo recibiré una respuesta y si tenéis algún consejo para mí.
―Mañana sin falta. En cuanto el consejo tome una decisión, os la comunicaremos inmediatamente. Si os dan el visto bueno y os tenéis que someter a las pruebas, entonces os daré algún consejo en ese momento, no os preocupéis. Por ahora, seguid asistiendo a vuestras instrucciones con normalidad y, sobre todo, descansad ―le recomendó Sifia.
―Gracias, Alta Maga Sifia. Esperaré impaciente con paciencia ―bromeó Aleksandra.
La joven pelirroja, de ojos celestes, piel pálida y dulce expresión, salió del despacho. Dado que los aprendices se encontraban en la última sesión de instrucción del día, recorrió sola los sombríos pasillos del templo rocoso y se dirigió a su correspondiente clase portando una amplia sonrisa en los labios.
Aleksandra accedió a una sala de aspecto siniestro, semejante a una mazmorra, donde las antorchas iluminaban el entorno con un fuego tenue y controlado por la magia. Para su consuelo, la lección no había comenzado aún, por lo que sus tres mejores amigos se apartaron del grupo de aprendices y la recibieron con alegría y expectación. Ellos estaban al tanto de la solicitud que Aleksandra había presentado para unirse a los Altos Magos, así que no tardaron en interrogarla al respecto, pero ella prefirió reservarse los detalles hasta que la instrucción concluyera.
Justo en ese instante, el instructor entró en escena desde una puerta del fondo de la sala y se ubicó detrás de un altar de piedra sobre el que reposaba una silueta bajo una manta, una silueta que insinuaba los rasgos de un cuerpo humano a través de la tela.
―Bienvenidos un día más a la morada de la oscuridad ―inició el viejo instructor, que destacaba por sus maltratados cabellos rubios y una cicatriz a lo largo de media cara, y captó la atención de los alumnos con su tono intrigante―. En mis clases de nigromancia me gusta someteros a retos, a vuestros tormentos, a vuestras pesadillas y al miedo en su estado más puro. Hoy os enseñaré uno de los conjuros más escalofriantes a ojos de meras personas carentes de sangre maga, uno de esos por los que la magia ha sido condenada, temida y motivo de persecución para los Ilustres. Tampoco es de extrañar, ya que muchos de vosotros, como otros que he conocido, abandonaréis esta especialidad por miedo, mientras que los pocos que he conocido que se han atrevido a descubrirla, han acabado perdiendo la cordura por no dominarla y han causado caos y muerte, incluyendo la propia. No os exijo, como he comentado otras veces, dominar a la perfección todo lo que os enseño sobre nigromancia, pues entiendo que no todos sois aptos para ello. Pero sí exijo un conocimiento básico para que defendáis el templo, a vuestros compañeros magos y a vosotros mismos, ya que nunca se sabe a qué nos enfrentaremos el día de mañana. Vosotros sois aprendices avanzados, la mayoría estáis en el proceso de presentar solicitudes para convertiros en instructores o Altos Magos, por eso es momento de que os expongáis a nuevos retos. Por curiosidad, levantad la mano los que habéis presentado alguna solicitud.
Diez de los treinta aprendices levantaron la mano.
―No está mal ―dijo el instructor―. Continuando con la curiosidad, levantad la mano los que presentasteis la solicitud para la senda de la instrucción.
De los diez, nueve levantaron la mano.
―Nueve instructores por cada un Alto Mago, las cosas no cambian ―resaltó el instructor, clavando los ojos en Aleksandra.
―Instructor Kártur, el problema es que es muy difícil ser aceptado por los Altos Magos ―comentó uno de los aprendices.
―Razón no os falta, pero os diré una cosa, y espero que no salga de estas paredes. Los Altos Magos jamás llegan a conocer la magia con tanta profundidad como un instructor, quien consigue dominar aquello que más le interesa y fortalece su ánima en base a dicho poder alcanzado. Cierto es que un Alto Mago tiene acceso a un conocimiento ilimitado, ¿pero de qué le sirve si no consigue dominarlo? Pensad en ello. Los instructores, al dominar una especialidad, sacrifican menos ánima cuando usan su magia, mientras que un Alto Mago siempre agotará su ánima con escasos conjuros. Esto debieron explicároslo en instrucciones de Ánima ―les recordó el instructor, infravalorando la imagen de los Altos Magos.
―También nos enseñaron que, si se tiene un ánima muy fuerte y se es un Alto Mago, este no tendría rival ―intervino Aleksandra con el fin de defender su postura y su solicitud.
―¿Y a quién conocéis con semejante ánima? En ningún miembro de nuestro consejo ni desde tiempos inmemoriales se conoce tal caso. Esta es otra lección, aprended a diferenciar la teoría de la realidad ―replicó Kártur como si pretendiera humillarla a la vez que incitaba a la reflexión.
―A lo mejor ningún Alto Mago se ha consagrado lo suficiente a seguir el camino de la meditación, el cual alimenta nuestra ánima y nos confiere expansión ―alegó Aleksandra con un tono desafiante y atrevido.
―Aleksandra, esta no es una clase de héroes, así que tened cuidado con lo que habláis sobre vuestros superiores. Si os creéis capaz de expandir vuestra ánima por encima de la de cualquiera con más años y experiencia que vos, ya nos lo haréis saber cuando consigáis ser una Alta Maga ―la riñó el instructor Kártur.
Aleksandra guardó silencio. Sus amigos, hablando por lo bajo, también le aconsejaron que mantuviera la boca cerrada para que no se perjudicara con más comentarios que actuaban en su contra.
―He acabado desviándome del tema principal —continuó el instructor—. Las consecuencias de la curiosidad. Retomemos el objetivo de la instrucción de hoy. Ahora, os revelaré la sorpresa que tengo encima del altar. No quiero que nadie salga por esa puerta cuando veáis lo que hay aquí. ―Kártur, exhibiendo una sonrisa retorcida, retiró la manta de un tirón.
Al instante, una mezcla de asco y horror se apoderó de las expresiones de los aprendices, derivando en que algunos retrocedieran y otros padecieran arcadas a causa de la repulsión. Solo Aleksandra y dos alumnos soportaron, con sus miradas de asombro, la revelación de aquel cadáver masculino en estado de descomposición que inundaba la sala con su putrefacta peste a nivel psicológico, ya que realmente no despedía ningún olor.
―¡Por el amor de Ahé!, no seáis tan sensibles. Ni siquiera apesta gracias a la magia ―exclamó el instructor a modo de burla―. El objetivo de hoy es darle vida a este cuerpo sin ánima. ¿Alguien conoce el conjuro?
Los aprendices, lidiando con la presencia del desagradable cuerpo aún, no articularon ni una palabra. Ninguno sabía resucitar un cadáver.
―Lo suponía. —Kártur negó con la cabeza—. Nadie se interesa por profundizar en la nigromancia. Evidentemente, tampoco tenéis muchas opciones para practicar. En el mejor de los casos, disminuiréis la población de ratas que amenaza nuestras despensas. —Tras una breve carcajada, el instructor retomó la seriedad—. Antes de enseñaros el conjuro, hablemos sobre la importancia de este. ¿Por qué resucitar un cadáver? ¿Será la misma persona de antes? ¿Qué pasará cuando lo resucite? Este tipo de preguntas son las que los aprendices os soléis plantear. Existen múltiples argumentos para dar respuesta, pero yo os comentaré los fundamentales. Si os interesa, podréis profundizar en ello en la biblioteca, que para algo existe.
Kártur comenzó a pasear en torno al altar mientras impartía la lección.
—Bien, la importancia de resucitar un cuerpo. Aunque no lo parezca, se trata de un poder defensivo en términos generales. Cualquiera sabe que un mago es una persona vulnerable en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, ya que no ha tenido tiempo para otra cosa que no fuera estudiar magia. Podemos empuñar una daga o una espada, pero no conseguiremos dominarlas como un diestro soldado si seguimos el camino de la magia. Podemos atemorizar a nuestros enemigos con nuestros poderes, pero cuando se nos agote el ánima y no podamos hacer ni un chasquido con los dedos, ¿qué será de nosotros? Y la respuesta está en conferirle vida a un cuerpo muerto. Ese cadáver se puede poner de pie y luchar como una fiera para protegernos, así ganamos tiempo para escapar o para beber una poción de ánima y continuar el enfrentamiento. ¿Ha quedado clara la importancia?
Los aprendices respondieron a coro que sí, aunque algunos se preguntaban tontamente en sus adentros si debían cargar con un cadáver día tras día por si la situación lo requería.
―Sigamos ―indicó el instructor―. Un cuerpo muerto es un recipiente vacío. Es decir, el ánima que lo habitaba ya no se encuentra entre nosotros. Esto da lugar a muchas teorías y especulaciones, pero solo conocemos un par. La básica que aprenderéis hoy es la de conferirle poder a ese recipiente para que se mueva bajo nuestra voluntad. En otras palabras, lo llenamos con un poco de nuestra ánima, lo manipulamos y luego le vaciamos la energía. Parece hasta sencillo.
Kártur esbozó media sonrisa ante las muecas de ingenuidad de algunos de sus alumnos.
—En los libros hallaréis la historia de un mago que consiguió resucitar un cuerpo con el ánima de un difunto. Esta historia es considerada un hecho real, pero para mí es otra especulación que alguien hizo que pareciera real. La verdad es que se desconoce qué pasa con las ánimas de los muertos y, por lo tanto, toda clase de nigromancia relacionada con ello. Aunque encontrarais libros que hablen al respecto, no perdáis el tiempo intentando reproducir lo que dicen. Es un consejo…
Hasta cierto punto, daba la impresión de que el instructor pretendía evitar alguna desgracia con su advertencia.
—Volviendo al tema principal, hablamos de un conjuro aparentemente sencillo y fácil. Ahora bien, la realidad es que conferirle vida a un cuerpo muerto, especialmente a uno grande como el de una persona, requiere mucha energía del ánima. Esto implica lo habitual, mucha meditación, mucha práctica y experiencia. Los roedores y las alimañas en sí suelen ser buenas herramientas de práctica para los principiantes. Las consecuencias negativas de intentar reanimar un cadáver que escapa a nuestro dominio pueden ser mareos, pérdida de la consciencia, desorientación, aturdimiento y, en el peor de los casos, la muerte misma. El porqué de la muerte se debería a algo tan absurdo como que mataríamos a nuestra propia ánima por sobreesfuerzo, así que nunca os excedáis si veis que no os funciona el conjuro. ¿Sabéis qué sería lo más ridículo? Lograr reanimar el cuerpo, pero quedar tan agotados como para no poder controlarlo y que este, sin voluntad, nos mate como mismo haría con todo lo que se cruzase. Un mago inteligente siempre conocerá sus límites…
A pesar de que Kártur empleaba un tonito irónico, subrayó la última frase para denotar su importancia.
—¿Qué pasa cuando conseguimos darle vida? Simple. En nuestra mente sentiremos el control sobre el cuerpo. Basta que pensemos la acción que queramos que ejecute y la ejecutará dentro de los límites de la lógica. El cuerpo no volará solo porque vuestras actitudes infantiles así lo deseen, ¿entendido? —El sarcasmo del instructor estimuló algunas risas—. Sobre todo, recordad no agotar vuestra ánima abusando de las acciones. En cualquier momento podemos interrumpir la energía conferida, simplemente deseándolo, y dejar el cuerpo tan muerto como estaba. ¿Alguna duda hasta aquí?
Los alumnos interiorizaban las lecciones del instructor sin problema, así que nadie planteó ninguna inquietud.
―Espero que tengáis todo tan claro como afirmáis. ―Kártur los observó detenidamente como si los juzgara con la mirada―. Antes de enseñaros el conjuro, quiero advertiros algo sobre esta magia. En mis años de experiencia, he sido testigo de ciertas aberraciones por parte de algunos instructores y aprendices que no se tomaron en serio la nigromancia. Revivir cadáveres no es un juego y no debe practicarse para satisfacer vuestras oscuras fantasías. Que sepáis que siempre queda un rastro de ánima en un cadáver mancillado y este puede delatar al mago que estuvo detrás. Así que olvidad las tonterías sobre hacer bromas macabras a vuestros compañeros o cosas peores como las que he visto. Soy muy tajante con eso. Lo que enseño aquí es por el bien del propio templo… Dicho esto, pasemos a la práctica. El conjuro es “Reanimación”. Haré una breve demostración, así que apartaos un poco más.
Los aprendices, gobernados por la expectación, se alejaron del altar y del instructor, que se paró frente al cadáver.
―¡Reanimación! ―conjuró Kártur, enérgico y extendiendo un brazo hacia el cuerpo yacente. Un fugaz rayo azulado y traslúcido emanó de su mano y se introdujo en el difunto.
El cadáver, que hasta entonces reposaba inerte sobre el altar, abrió los ojos súbitamente. Luego, se incorporó y se sentó en el borde de la mesa de piedra de cara a los aprendices. Algunos trozos de carne se le desprendieron a causa de la putrefacción y un puñado de gusanos se precipitó por varios orificios del cuerpo. Semejante vivencia avivó los gestos de asombro y repugnancia de los alumnos.
El instructor, que había pasado a un segundo plano, controló la mirada vacía del muerto para fijarla en una de las chicas. La joven notó que aquellos ojos perturbadores y aquel rostro repulsivo la acosaban de una forma inquietante, lo suficiente como para que su pecho se agitara y el pavor se propagara por su interior. Aquella angustiosa sensación se agravó cuando sus compañeros se hicieron a un lado para confirmar que el resucitado se había encaprichado en ella.
Cuando la chica se sintió desamparada y quiso refugiarse entre los demás, el muerto, repentinamente, saltó del altar y corrió hacia la joven bramando y alzando los brazos como una bestia enloquecida. Los alumnos se petrificaron al creer que aquella cosa estaba fuera de control y, espantados, gritaron como la chica, que se estremeció cuando percibió las asquerosas uñas de la criatura prácticamente encima de ella.
Entonces, el cadáver se desplomó antes de que llegara a tocarla, pero eso no alivió los temblores de la pobre muchacha. Sus compañeros, que recobraban el valor y la compostura antes que ella, se le arrimaron para consolarla y digerir el susto colectivamente. El instructor, por el contrario, rio como un degenerado.
―Siempre igual. —Kártur continuó con la lección—. Los magos no debéis temer a la magia, aunque entiendo que, cuando la vida está de por medio, asuste un poco. Por cierto, menudos compañeros sois, no movisteis ni un dedo para detener a la marioneta que cargaba hacia vuestra amiga. En fin, obviando que me refería a este tipo de bromas cuando os advertí que no las hagáis, habéis tenido una pequeña demostración. No teníais por lo que temer. Como os había explicado, tenía el cadáver bajo mi voluntad en todo momento. Recobrad el aliento porque el verdadero reto viene ahora. Ya habéis visto cómo funciona el conjuro, ahora necesito un voluntario que se atreva a reanimar este cadáver. La clave es la concentración y el propio dominio que tengáis sobre la magia que habéis desarrollado. Bien, ¿algún voluntario? ¿Alguien que se atreva? ―pedía el instructor, pero nadie daba un paso al frente, mucho menos sin haber superado el trago amargo de la lección aún―. No seáis tímidos. Entonces escogeré a alguien al azar… Mmm… Veamos… —Kártur alimentaba los nervios de aquellos a quienes les dedicaba unos pausados segundos con la mirada, pero él sabía a quién pretendía escoger desde el principio—. ¡Aleksandra! Seréis vos.
―No estoy preparada para eso ―alegó Aleksandra, siendo consciente de sus limitaciones como aprendiza.
―No seáis tan modesta delante de vuestros compañeros. Os presentáis para Alta Maga, así que, por favor, no ocultéis el potencial que debéis tener para tal cosa. Además, ¿qué hay de la expansión del ánima gracias a la meditación? Debéis estar más que cualificada para este simple ejercicio ―insistió el instructor, poniéndola en evidencia delante de todos.
―Vale, lo intentaré. ―Aleksandra cedió ante la irritante ironía de su maestro.
―¡Bien! Acercaos al cuerpo y pronunciad el conjuro con vigor ―le indicó el instructor.
Aleksandra obedeció y se detuvo frente al cadáver, que yacía en el suelo. Kártur, sosteniendo una expresión soberbia, se paró a su lado.
―¿Podréis hacer que ese cuerpo inerte se mueva, futura Alta Maga Aleksandra? ―la retó el instructor en voz baja, pareciendo que anhelaba el fracaso de su alumna.
Aleksandra, a pesar de ser presa del enojo, deseaba superar el ejercicio con éxito para abofetear a Kártur, por lo que entró en un estado de concentración profunda hasta sentir el flujo de su ánima.
―¡Reanimación! ―conjuró la maga con intensidad y una espesura blanca nubló su vista.
***
La joven pelirroja despertó desorientada sobre una cama. A medida que recobraba la claridad de la visión, reconocía las escasas pertenencias de su habitación compartida contrayéndose y expandiéndose de forma antinatural. Además, apreció que se había hecho de noche al contemplar el brillo de la luna y las estrellas a través de la ventana. Dos amigas se sentaron junto a ella en cuanto se percataron de que había abierto los ojos.
―¿Cómo os sentís? ―le preguntó la morena Yaril al tomar una de sus manos.
―La cabeza me da vueltas. ¿Qué pasó? ―Aleksandra realizó una mueca de malestar y parpadeó repetidas veces, pero se alegraba de escuchar dos voces familiares.
―Os desmayasteis al pronunciar el conjuro. Nos preocupamos mucho, nunca habíais fallado en un ejercicio. Os trajimos a la habitación porque el instructor Kártur dijo que estaríais bien, que despertaríais cuando vuestra ánima se recuperara ―le contó su amiga de cabellos castaños Folkra, que le acarició su ondulada melena rojiza.
―Nunca me ha caído bien Kártur y parece que yo a él tampoco, especialmente desde que supo que quería ser Alta Maga. Pero no me importa, un día de estos le demostraré que seré una Alta Maga competente… —Tras un leve quejido, Aleksandra compartió la intriga que rondaba sus pensamientos—. ¿No os ha parecido raro que tuviera un cuerpo humano en la clase?
―Un poco. ¡Era asqueroso! ―enfatizó Folkra.
―A mí no me gustó nada. Pensaba que emplearíamos ratas como casi siempre ―añadió Yaril.
―Aquí siempre ocurren cosas extrañas, ¿no lo habéis notado? Llevan toda la vida pidiéndonos que confiemos en ellos, pero nunca nos cuentan toda la verdad sobre la magia. Ya no somos niñas a las que callar con migajas. Quiero averiguar qué pasa, qué ocultan, todo sobre la magia ―planteó Aleksandra, revelando las inquietudes que la carcomían desde que había alcanzado la madurez suficiente para empezar a cuestionarse las cosas que sucedían a su alrededor.
―No os metáis en líos, Aleksandra —le advirtió Folkra—. Ya os hemos cubierto otras veces en vuestras escapadas nocturnas por el templo, pero tenemos miedo y no queremos seguir con eso.
―Es verdad. Olvidaos de los secretismos del templo, que por algo secretos son. Centraos en vuestra solicitud, convertíos en una Alta Maga y así resolveréis todas vuestras interrogantes. No sigáis arriesgándoos por gusto porque, tarde o temprano, os descubrirán y no quiero pensar en lo que podrían haceros como castigo —le aconsejó Yaril también—. Al final, podríais perderlo todo por una tontería. Imaginad que tanto secretismo solo oculta un cuarto de tesoros o algo así. Gutman piensa como nosotras.
―Sí, tenéis razón. Es mejor que me aleje de todo lo que no me incumbe. ¿Y cómo está Gutman? ―Aleksandra desvió el tema hacia su amigo.
―Estaba muy preocupado también. Hoy ya no podrá veros porque es tarde, pero mañana no tardará en aparecer ―le contestó Yaril.
―Por cierto, ¿qué os dijo la Alta Maga Sifia? ―indagó Folkra con interés.
―Mañana sabré si aceptan mi solicitud. Sifia me apoya, estoy contenta por contar con ella dentro del consejo ―contó Aleksandra, recuperando la sonrisa y el resplandor de sus ojos.
―¡Lo conseguiréis! Estamos con vos. Y no dejéis que el instructor Kártur os desanime con lo que pasó, que potencial tenéis de verdad ―la animó Yaril, repleta de entusiasmo.
―¡Sí! Estamos orgullosas de vos. Pronto os trataremos de Alta Maga ―agregó Folkra con humor y las tres rieron―. Hora de descansar, Aleksandra. ¡A dormir!
―Gracias, chicas. Sois muy buenas amigas ―concluyó Aleksandra y sus tripas rugieron con fuerza—. ¡Uy! Mi ánima está hambrienta, no creo que quiera seguir durmiendo, ¡ja, ja!
***
El delgado Gutman aguardaba en la puerta del cuarto de sus compañeras desde temprano. Ansioso, caminaba de un lado a otro como un perro guardián hasta que las bisagras chirriaron. En cuanto Aleksandra se asomó, él se abalanzó sobre ella y la apretujó mediante un amistoso abrazo.
―¡Menudo susto nos disteis! Me alegro de veros como siempre, aunque os noto pálida ―resaltó el risueño Gutman.
―¡Será por los nervios! —intervino Yaril—. Hoy le dirán si aceptaron su solicitud.
―Sí, eso debe ser ―supuso Aleksandra—. Gracias por preocuparos por mí.
―Aleksandra, la Alta Maga. ¡Qué cosas! —celebró Gutman, dramatizando sus palabras—. Los tres esperamos veros entre los miembros del consejo muy pronto.
―¡Eh!, tengo hambre y falta poco para la primera instrucción, así que movámonos ―sugirió Folkra.
Los cuatro se reunieron con más compañeros y desayunaron una buena dosis de frutas con pan, queso y leche de cabra en el comedor del templo. Después, acudieron a la primera lección de la mañana, que consistía en una instrucción sobre pociones del ánima. A diferencia de la sala de Kártur, esta sí gozaba de buena iluminación, como si un astro estuviera suspendido en el techo para bendecirlos con su luz divina. Los alumnos, saciados y descansados, ocuparon sus respectivos asientos detrás de las mesas llenas de artilugios e ingredientes para fabricar pociones.
―Buen día tengáis, queridos aprendices ―los saludó la encantadora instructora Zalatea al entrar en el aula y todos la correspondieron con agrado, resaltando que ella era una de sus maestras favoritas―. He preparado un tema muy interesante para hoy. Hoy os hablaré sobre la legendaria poción del ánima suprema… —anunció con pasión y misterio—. En nuestro mundo, como ya os he explicado otras veces, podemos fabricar todo tipo de pociones del ánima capaces de restablecer la energía de nuestra ánima. La calidad de la poción depende de los ingredientes que empleemos, es evidente. Y lo que también es evidente es que un mago sin una poción de ánima que lo respalde es vulnerable. Como último recurso, beber sangre es una alternativa para recuperar la energía, pero espero que nadie recurra a ello nunca… —Zalatea les arrojó una seria pero graciosa mirada—. Ahora que hemos hecho este pequeño repaso, os contaré qué es la poción del ánima suprema. Para empezar, no hay que fabricarla, pues se encuentra en la naturaleza. Es un líquido bañado en un vapor constante, es pura energía mágica. Se cree que también posee efectos curativos, pero su beneficio principal reside en devolver la vitalidad al ánima.
―¿Y dónde se encuentra? ¿Por qué no la utilizamos? ―preguntó un curioso aprendiz.
―¿Para qué la querríamos? Yo me conformo con el método de recuperación del ánima por intercambio de fluidos. Seguro que, después de pasar una noche con una compañera, ambos despertaríamos siendo invencibles ―bromeó otro aprendiz, provocando una risa colectiva.
―Muy gracioso, Zen. Veo que habéis aprendido algo más que los caprichos de la juventud… —Zalatea alzó las cejas y continuó con la lección. Dado que era una de las instructoras más jóvenes del templo, era más permisiva con los alumnos y empatizaba mejor con ellos, por eso la admiraban tanto—. Bien, Bennet, en relación a vuestra pregunta, ese es el problema y lo triste de la historia. No existe en nuestro mundo, nadie de nuestra época la ha descubierto. Sin embargo, algunos textos antiguos mencionan la existencia de esa fuente natural de energía. ¿Existe de verdad? Es probable. Pero, por lo visto, las posibles localizaciones se hallan más allá del Bosque Mortífero, que está al sur de nosotros, así que nunca sabremos si es cierto, pero sabemos que es posible. Esto os lo cuento no para incitaros a cometer la locura de querer adentraros en ese lugar de muerte, sino para que tengáis presente que existen fuerzas mágicas a nuestra disposición. Y también para que, si algún día, por alguna casualidad, os encontrarais con ella, la reconozcáis ―explicaba la instructora hasta que su clase fue interrumpida por la Alta Maga Sifia.
―Perdonad, instructora Zalatea. El consejo requiere la presencia de Aleksandra ―informó Sifia, desencadenando una ola de suspiros de asombro en la sala.
―¡Oh! Adelante, Aleksandra. Buena suerte. ―Zalatea despidió a su alumna con una cálida sonrisa.
Aleksandra, tras compartir una mirada tensa con sus amigos, se marchó con Sifia. Aunque la joven pelirroja tenía una convicción elevada, temía haber decepcionado al consejo después de su fracaso en la clase de Kártur, quien seguro se habría tomado la molestia de dañar su intachable reputación como alumna ante los Altos Magos. Esa era la explicación que encontraba a la repentina agitación de sus pulsaciones.
—Os noto rígida —contempló la Alta Maga mientras atravesaba el corredor con Aleksandra—. Es normal que estéis nerviosa, pero no os preocupéis. Ha llegado el momento que tanto anhelabais. El consejo ha tomado una decisión sobre vuestra solicitud.
Aleksandra y Sifia recorrieron los pasillos hasta llegar a un salón ocupado únicamente por una mesa de madera alargada en el centro. Varios miembros del consejo, ancianos de poderosa aura mágica en su mayoría, aguardaban a la joven. La discípula se detuvo frente a los poderosos magos, manteniendo una postura disciplinada, y uno de ellos tomó la palabra.
―Buenos días, Aleksandra.
―Buenos días, Alto Mago Augusto y demás miembros del consejo ―los saludó Aleksandra, destilando respeto y admiración por sus superiores.
―No os haremos esperar ni sufrir demasiado con la respuesta. Recibimos vuestra solicitud para seguir la senda de la Alta Magia y he de deciros, en nombre de todos, que no tuvimos que meditarlo demasiado. Todos hemos aceptado vuestra solicitud. ―La revelación de Augusto despertó una sonrisa de orgullo en los labios de Aleksandra―. Ahora bien, debéis superar unas pruebas antes de concederos el medallón que os identifique como Alta Maga. Supongo que lo intuíais. Antes debo advertiros que esperamos contar con vuestra lealtad, vuestra discreción y vuestra sabiduría, pues nosotros, los magos avanzados del templo y en especial los Altos Magos, compartimos nuestros secretos y nuestros conocimientos, los cuales, bajo ninguna circunstancia, deben ser revelados a otros. Dejando esto claro, nos centraremos en vuestra primera prueba, que deberéis superar ahora mismo. ―El repentino examen suscitó una expresión de sorpresa en la joven maga―. Tomaréis la puerta que hay a vuestra izquierda. Antes de entrar, podréis escoger un instrumento o un arma y no contaréis con pociones de ánima. Es una prueba de supervivencia, Aleksandra. Si rehusáis afrontarla, no volveréis a ser tenida en cuenta entre los Altos Magos. Depende de vos. ¿Queréis seguir adelante?
―No quiero perder la oportunidad. Lo haré ―afirmó Aleksandra con plena convicción, realzando así su determinación.
―Bien. Nosotros os esperaremos aquí. Si todo va bien, saldréis por la puerta de la derecha. Si el miedo os vence, que sepáis que no podréis volver por la misma puerta ―le advirtió el veterano Augusto, cuyas enigmáticas palabras inquietaron a Aleksandra por el mensaje de peligro latente―. Sifia os acompañará a la entrada.
La Alta Maga escoltó a Aleksandra hasta una mesa auxiliar que había cerca de la puerta de la izquierda. Un libro con grabados ornamentales, un bastón de madera, una daga y una espada reposaban encima del mueble.
―¿Algún consejo? ―le consultó Aleksandra, que dudaba sobre qué objeto coger.
―Tomad un arma mágica, aquella con la que mejor os sintáis, para canalizar y potenciar vuestro poder. Cuando estéis dentro, pensad únicamente en que queréis ser una Alta Maga y que lo sois. ―Sifia la animó con una mirada firme y carismática.
―Gracias. Lo tendré en cuenta… ―Aleksandra suspiró y, siendo consciente de que no poseía la destreza necesaria para blandir un arma de filo, se decantó por el libro, el instrumento mágico con el que sentía una fuerte conexión.
Tras la elección, Sifia abrió la puerta e invitó a la joven a pasar hacia una oscuridad desconocida. Aleksandra notó una brisa helada proveniente del otro lado, un aura desconcertante que le ponía los pelos de punta y aceleraba sus pulsaciones. A pesar de que los nervios intentaban someterla, la aspirante a Alta Maga respiró hondo y avanzó con seguridad. Al cerrarse la puerta a sus espaldas, todo se volvió oscuro por unos instantes. Luego, un pasillo se iluminó de forma artificial delante de ella.
―Supongo que continuar es lo único que puedo hacer. Vamos, Aleksandra. Podéis hacerlo ―se alentó a sí misma.
La joven maga se adentró en el corredor de paredes rocosas manteniendo un ritmo natural pero cauto en sus pasos. Pronto vislumbraría una sala que la impulsaría a acelerar la marcha con el fin de afrontar la prueba. Sin embargo, una inesperada y repugnante peste a putrefacción le revolvió el estómago, forzándola a cubrirse la nariz y la boca con una mano. Entonces, Aleksandra descubrió el origen de aquella pestilencia y una escena tan retorcida como espeluznante. Varios cadáveres putrefactos colgaban del techo con una cuerda que asfixiaba sus cuellos.
―¡¿Qué locura es esta?! —expresó Aleksandra, horrorizada—. ¡¿Qué pretenden con todos estos cuerpos ahorcados?! ¿Y quiénes serían estas personas? ¿Qué relación guarda esto con ser Alto Mago? ¿Es una prueba para ver si soy capaz de controlar mis emociones y soportar cualquier escenario? ¿Y si esto no es real? ―Las reflexiones de la maga le devolvieron la confianza para que se atreviera a caminar entre las piernas podridas que colgaban como las ramas de un árbol, evitando el más mínimo roce para que ni siquiera los gusanos le cayeran encima.
Aleksandra observó que la única vía para seguir era otra galería que había a su izquierda, por lo que apresuró las zancadas para dejar atrás la repulsiva habitación. A lo largo del pasillo, varias armaduras inertes, erguidas y con las espadas apoyadas en el suelo lucían como las guardianas del corredor. Su aspecto imponente provocó que la aprendiz se sintiera vigilada y amenazada, como si aquellas armaduras se le fueran a echar encima de un segundo a otro para despedazarla, así que cruzó el corredor con suma suspicacia hasta acceder a otra sala.
Un conjunto de sarcófagos abiertos descansaba en el interior de la habitación. Aleksandra, con la intención de confirmar sus sospechas y saciar su curiosidad, se acercó a ellos. En efecto, los desgastados sarcófagos contenían cadáveres polvorientos, consumidos hasta los huesos, justo como ella intuía. En cuanto el polvo del cuerpo que observaba despertó un cosquilleo en su nariz, se apartó del sarcófago y dirigió la mirada al frente, donde el camino continuaba hacia unas escaleras que parecían llevar a una puerta.
―Esto es desagradable. ¿Cuál es el propósito de exponerme a tantos cadáveres? Sigo sin entenderlo… —murmuraba la joven maga para sí mientras trazaba la nueva ruta—. Si de verdad pretenden comprobar que soy lo suficientemente fuerte como para soportarlo, lo cierto es que no me gusta el rumbo que lleva esta prueba. Esta no es una manera objetiva de evaluar mis capacidades mágicas. De todas formas, parece que la salida está ahí delante. En el fondo ha sido un examen fácil.
Aleksandra, al pie de la escalera y vislumbrando la supuesta salida de la sala se petrificó cuando una puerta de gruesos barrotes de hierro se precipitó desde el techo como una guillotina y le cortó el paso.
—¡Por Ahé! —expresó la maga, exaltada—. Si esto me hubiera caído en la cabeza… —Aleksandra rodeó los barrotes con los dedos y sacudió la puerta con todas sus fuerzas, pero no pudo abrirla, ni siquiera logró hacer que temblara. No tenía modo de quitarla de en medio—. No puede ser. Así que aquí está el truco. O abro la maldita puerta o me convierto en un cadáver como todos los que he dejado atrás… ¿Se romperá con magia? No pierdo nada con intentarlo… ¡Llama destructiva! ―conjuró a la vez que extendía un brazo.
Una bola de fuego salió despedida hacia la puerta e impactó en ella con violencia, provocando una ligera explosión. Sin embargo, no ocurrió nada. Los barrotes seguían intactos en su sitio.
―Ya veo, la prueba no podía ser tan fácil. ¿Pero qué debo hacer? Podría estar todo el día lanzando conjuros contra esta puerta en vano. Debe estar protegida con magia poderosa… —meditaba la analítica Aleksandra junto al infranqueable obstáculo—. Tal vez depende de un mecanismo para abrirse y lo que los Altos Magos pretenden demostrar es que es más importante la inteligencia que la magia en sí. Los incautos consumirían toda la energía de su ánima lanzando conjuros contra esta puerta, creyendo que el arma escogida les ayudaría. Los cadáveres juegan el papel de aumentar la tensión y la desesperación con la sensación de que estas cámaras son una trampa mortal. Cualquiera desearía no convertirse en otro cadáver más que adorne este lugar. Mmm… Tendré que…
¡PLAF!
El repentino ruido de algo golpeándose contra el suelo como si hubiera caído desde lo alto interrumpió a la maga.
―¿Qué ha sido eso? ―Aleksandra miró atrás, pero no percibió nada fuera de lo común―. Se habrá cerrado otra puerta para enjaularme más y ponerme más tensa ―supuso, ya que el sonido le recordó al de la puerta de barrotes que había caído delante de ella.
No obstante, un ruido similar volvió a hacer eco dentro de aquellas paredes rocosas unos escasos segundos después.
―¿Qué está pasando? ―Aleksandra, presa del desconcierto, regresó al centro de la sala de los sarcófagos e invadió parte del corredor de las armaduras para inspeccionar la otra habitación desde la distancia, ya que los ruidos provenían de allí.
Varios de aquellos cuerpos podridos que colgaban del techo se balanceaban bajo un aura misteriosa e inquietante. Aleksandra dedujo de inmediato que algo no iba bien, así que mantuvo los ojos clavados en los cadáveres que se mecían sin lógica alguna. Absorbida por la vigilancia y la intriga, no se percató de un pequeño movimiento ajeno a aquel siniestro vaivén de piernas putrefactas.
La joven maga no apartó la vista hasta que los cuerpos recuperaron su quietud. La inactividad, que era sinónimo de normalidad, suscitó un suspiro de alivio en ella y relajó sus músculos y sus párpados. Aleksandra pestañeó con calma por fin y agachó la mirada, momento en el que la silueta de una cabeza podrida que reposaba sobre el suelo en la esquina derecha de la entrada a la sala dilató sus pupilas. Aquel rostro deformado y poblado de gusanos la espantó, pero más lo hizo el parpadeo de aquellos ojos de expresión vacía. Por si fuera poco, la chica fue testigo de cómo una cuerda reventaba y otro cadáver se estampaba contra el piso.
―¡No! ¡¿Por qué se están moviendo?! ―Aleksandra, horrorizada y temblorosa, contempló a más muertos que se descolgaban para luego ponerse de pie mediante gestos retorcidos.
Con el corazón revolucionado, la maga empezó a retroceder despacio como si deseara contrarrestar su nerviosismo de esa manera. Entonces, un sonido metálico chirrió en sus inmediaciones y cortó su respiración. Temiendo lo peor, Aleksandra desvió la mirada a su derecha a cámara lenta. El yelmo de la armadura que se mantenía firme como una estatua de mármol a su lado se había inclinado hacia ella, transmitiendo la sensación de que la observaba fijamente. Aleksandra, tan temerosa como cautelosa, retrocedió un paso, y otro más, hasta que la armadura alzó la espada y la blandió horizontalmente en una secuencia veloz y despiadada.
―¡Ah! ―se quejó Aleksandra por el corte que recibió en un brazo y, desestabilizada por su torpe intento de esquivar el ataque, cayó hacia atrás―. ¡¿Qué es esto?! ―Aterrada, contempló desde el piso que los muertos y las armaduras no solo formaban una horda en el corredor, sino que la habían marcado como objetivo―. ¡¿Por esto es una prueba de supervivencia?! Si no los detengo, ¡me matarán!
El instinto de supervivencia impulsó a Aleksandra a incorporarse a toda prisa. A pesar de que su sangre empapaba la túnica y de que el corte desgarrador estremecía su brazo de dolor, corrió hasta el centro de la sala de los sarcófagos y sostuvo su libro mágico con determinación.
―¡Llama destructiva! ―conjuró la joven maga y lanzó la esfera de fuego contra la armadura andante más cercana.
Tras el destellante impacto, la armadura no mostró signos de haber sufrido ningún daño más allá de retroceder un par de pasos, por lo que Aleksandra repitió el conjuro, pero apuntando a los muertos en esta ocasión. El fuego prendió a uno de ellos y las hambrientas llamas se propagaron por los que había a su alrededor como si les sirvieran de combustible. Por un instante, Aleksandra creyó que al menos podría derrotar a los podridos. Sin embargo, la cruda realidad se burló de ella en sus narices con la turbia imagen de aquellos cuerpos incendiados que seguían de pie. Para empeorar la situación, los cadáveres esqueléticos comenzaron a asomar sus extremidades y torsos por el borde de los sarcófagos.
―No me lo puedo creer, ¡tienen cierta resistencia a la magia! ¡Ahé! ¡Estoy atrapada! —La desesperación sometía a la maga, que se percibía a sí misma como una vulnerable roedora atrapada en el nido de sus depredadores. Un sudor frío brotaba por su delicada piel como si así exteriorizara el pavor que crecía en su interior—. ¡¿Qué puedo hacer?! Si me quedo sin energía del ánima, estaré completamente perdida.
Las armaduras y los muertos aceleraron sus zancadas como si se hubieran convertido en criaturas salvajes. Los primeros alzaron sus afiladas espadas y los segundos, sus tenebrosos brazos. Todos se abalanzaron sobre su presa al unísono, forzándola a huir hasta acorralarla contra la puerta de barrotes. La aspirante a Alta Maga saboreó el abrazo de la muerte ejecutado por aquella jauría de dientes, uñas y espadas, un final terrible y humillante que le restregaba que no era más que una aprendiz inexperta con ambiciones tontas. Un escalofrío que anunciaba su final estremeció todo su organismo.
―¡Barrera de roca! ―Aleksandra, arrastrada por su instinto de supervivencia cuando el peligro se precipitaba sobre ella para despedazarla, reaccionó en el último segundo elevando el libro con ambas manos y pronunciando el conjuro defensivo.
Una luz de tonalidad verdosa se expandió desde el libro y creó una cúpula traslúcida sobre Aleksandra justo a tiempo. Las espadas y las desgarradoras manos rebotaron en el escudo mágico, aunque, insistentes, siguieron arremetiendo ferozmente contra la joven, ansiando asesinarla a toda costa. Ella, mostrando a través de su rostro arrugado el esfuerzo que realizaba para mantener el conjuro activo, resistiría hasta que las fuerzas se lo permitieran.
―Ahé… ¡No podré aguantar! Si se me agota el ánima… ¡Tiene que haber alguna forma! ―expresó la desesperada Aleksandra para sí, que formulaba opciones en su mente para librarse de aquella situación a una velocidad superior a la media humana―. ¡Explosión de barrera!
La cúpula reventó volcánicamente hacia fuera. Las agresivas criaturas salieron despedidas en todas direcciones, chocando unas con otras en el aire, hasta empotrarse contra las paredes y los sarcófagos. La brusca sacudida derivó en que varios cadáveres perdieran parte de sus extremidades y en que el yelmo de un par de armaduras rodara por el suelo, revelando que debajo del metal también había muertos vivientes. Aleksandra reparó en esos detalles, especialmente en uno inesperado: Un muerto había sido atravesado por una espada durante la colisión y había dejado de moverse.
―¡Creo que ya lo entiendo! —celebró la joven maga, palpando un atisbo de esperanza cuando todo parecía perdido, y recordó el mayor fracaso de su vida como aprendiza—. La instrucción de Kártur… No podré hacerles frente con el brazo herido y tampoco soy buena con las armas, así que es mi única opción… Ahé, ayúdame para que el ánima no me falle… —Aleksandra observó a los muertos al levantarse—. Debo darme prisa antes de que se pongan en pie… ―Respiró hondo para serenarse y, decidida y concentrada, empuñó el libro y extendió el brazo herido―. ¡Reanimación!
La maga articuló el conjuro, destilando una maestría ajena a su actuación en la clase práctica de Kártur. En cuanto el poder mágico manó de su extremidad, una densa debilidad castigó su cuerpo, causándole un intenso mareo y una desorientación que la obligaron a sentarse antes de que se desvaneciera. Aleksandra se aferró al libro, lo abrazó con la misma fuerza con la que aquel atisbo de esperanza la abandonaba y su visión se tornaba borrosa, sumiéndola en una espesura blanquecina que señalaba el camino hacia la oscuridad. A pesar de tener la visión distorsionada, distinguió una armadura que se precipitaba sobre ella con la espada en alto.
Aleksandra cerró los ojos para aceptar la derrota, para ceder ante la pérdida del conocimiento y no presenciar su final con lucidez. Solo anhelaba que su muerte fuera rápida e indolora, aunque, en el fondo, deseaba que la espada que amenazaba su cabeza desapareciera. Un último y débil suspiro, y todo terminaría. La joven percibió el golpe del espadazo, pero inexplicablemente seguía respirando. «¿Es que morir no duele ni se siente?», pensó con ingenuidad.
Extrañada, Aleksandra abrió los ojos. Aún le costaba enfocar con claridad, pero contempló a un muerto de armadura y sin yelmo blandir su espada contra la del que iba a poner fin a su vida. Acto seguido, el caballero sin yelmo decapitó a su rival. Para la sorpresa de la maga, se trataba del mismo muerto que había dejado de moverse al ser atravesado por el arma y al cual le había lanzado el conjuro.
―¡Lo conseguí…! —Una tenue sonrisa se dibujó en los labios de la aturdida chica—. Pero no me alcanzan las fuerzas para controlarlo por completo. Tengo que concentrarme para recuperar energía.
El muerto reanimado, luciendo más agresivo y diestro con la espada que el resto, realizó feroces tajos contra todo lo que se movía a su alrededor. Como una máquina de matar descontrolada, decapitó, atravesó y desmembró a los cadáveres vivientes uno por uno, impidiendo que llegaran hasta la casi abatida maga.
Aleksandra aprovechó la distracción y la protección que le ofrecía el curioso aliado para orillarse a la pared y sumergirse en un profundo estado de meditación y concentración, aislándose por completo del ruido de los gruñidos, de la carne triturada y del choque de los metales. Poco a poco, el mareo se disipaba y sus fuerzas regresaban a medida que la energía de su ánima se restauraba. Para cuando abriera los ojos otra vez, el único muerto en pie era el que había reanimado y, dado que estaba fuera de control, se disponía a atacarla.
―¡No! ―gritó Aleksandra y el cadáver reanimado se detuvo en seco. Luego, bajó la espada pacíficamente―. Ahora puedo sentir el control sobre vos. Así que esto es la nigromancia en su estado más puro. ―La maga, dominando la voluntad del muerto en todo momento, se levantó del suelo, quejándose en el proceso debido a la herida que tenía en el brazo―. Ahora me duele más y no para de sangrar. Sería irónico que muriera por culpa de este corte… Tengo que salir de aquí de una vez. Descansad en paz, caballero. ―Tras pronunciar esas palabras, privó al muerto de la energía mágica que lo mantenía reanimado y este se desplomó―. La puerta no se ha abierto todavía. Tiene que haber algo en alguna parte… ―Aleksandra examinó detenidamente la sala en busca de algún indicio, pero no vio nada raro―. Tiene que ser aquí, estoy segura. Tal vez requiera una magia poderosa… ¡Revelación suprema!
Aleksandra realizó el conjuro con el libro abierto. Una onda blanquecina y traslúcida emergió de las páginas hasta cubrir toda la sala de los sarcófagos y, como intuía la maga, una palanca apareció cerca de la puerta de barrotes.
―¡Ahí está! ―Aleksandra sonrió triunfante y accionó la palanca. El corazón volvía a latirle feroz, pero por la emoción del éxito—. ¿Por qué no hice esto desde el principio? Entonces la prueba sí que habría sido fácil.
«Creo que la gran lección que me llevo de esta experiencia es que se pueden conseguir grandes cosas con el uso ingenioso de conjuros simples, aunque ha valido la pena afrontar el riesgo y superar la prueba», reflexionó la maga.
La puerta desapareció en el techo, por lo que Aleksandra subió las escaleras y abrió la puerta que ponía fin a su prueba. Los miembros del consejo intercambiaron una mirada de asombro cuando la chica se reunió con ellos y, asintiendo con la cabeza, la recibieron con una cálida felicitación. El Alto Mago Augusto volvió a ejercer de portavoz.
―Estamos impresionados con vos, Aleksandra. Hace años que no contamos con un miembro nuevo en nuestra senda.
―¿Eso significa que me he convertido en una Alta Maga? ―Aleksandra se reservó la incógnita sobre lo que les había ocurrido a los aprendices que no habían superado la prueba.
―Estáis cerca. Os queda una segunda y última prueba —le aclaró Augusto—. No os preocupéis, es menos peligrosa que la que acabáis de superar, pero implicará poseer determinados requisitos. Por hoy ha sido suficiente. Confiamos en que seréis discreta respecto a lo que habéis visto y vivido tras esas puertas. Ahora la Alta Maga Sifia os acompañará para que os curen esa herida y para que descanséis. Hoy no será necesario que acudáis a más instrucciones. Mañana nos veremos para completar vuestro inicio en la senda de la Alta Magia. Felicidades una vez más, Aleksandra.
―Gracias, miembros del consejo. Tenéis mi palabra de que me llevaré mi experiencia a la tumba ―les aseguró Aleksandra.
Sifia, tras indicarle que podía dejar el libro y comprobar que su herida no era tan grave como parecía, lideró el camino hacia el exterior de la habitación. Mientras ambas andaban rumbo al cuarto de los sanadores, Aleksandra quiso hallar algunas respuestas a sus interrogantes, confiando en la cercanía de Sifia.
―Alta Maga Sifia, ¿todos los Altos Magos han pasado por la misma prueba?
―Sí, Aleksandra. La prueba inicial tiene que ser igual de dura para todos. ¿Por qué lo preguntáis? ―contestó Sifia, intrigada por el interés de la joven.
―Por curiosidad. Ha sido un verdadero reto ―respondió Aleksandra, llegando a la conclusión de que los Altos Magos dominaban la nigromancia y que, por la naturaleza de la prueba, era un tipo de magia importante para ellos―. ¿De dónde salen los cuerpos que emplean en la prueba?
―Siempre son los mismos… ―La amable expresión de Sifia apestaba a mentira.
―¿Y qué pasa con los aprendices que no consiguen superar la prueba? ―inquirió Aleksandra y Sifia sonrió por un breve instante.
―Es pronto para que lo sepáis. Deberíais reservaros ciertas preguntas para cuando seáis una Alta Maga, Aleksandra. ―El consejo de Sifia sonó como una advertencia—. Por ahora, sentíos orgullosa de haber superado la prueba.
―Lo siento. Las ansias de convertirme en una Alta Maga me superan ―se excusó Aleksandra y optó por morderse la lengua.
***
Los sanadores atendieron la herida de Aleksandra y le ordenaron que guardara reposo, sobre todo por el bien de su ánima más que por la herida en sí. Caída la tarde, sus tres amigos la visitaron y, fascinados por el triunfo de su amiga, le exigieron que les contara todos los detalles. A pesar de que intentaron sonsacarle información sobre la prueba que había superado, ella supo guardar el secreto.
Después de la cena, los sanadores le permitieron a Aleksandra volver a su dormitorio. Durante las largas horas de reposo, ella no había dejado de pensar en lo ocurrido en la prueba y en las interrogantes que seguían bombardeando su mente. Según sus pensamientos, algo oscuro y turbio ocultaban los Altos Magos. Algo que, por algún motivo, generaba un aura de secretismo y misterio en lo relativo a ellos, a los cadáveres y a los aprendices que no superaban la prueba.
Las inquietudes le robaban el sueño como nunca antes, la incitaban a investigar sobre la verdad oculta por su cuenta, aunque eso significara infringir las normas del templo…
