épica, oscura, aventura, acción, gore, magia
Los suyos la llaman Susurro. Los Guardianes, Hija de las Sombras.
Es una temida asesina que no dudará en derramar sangre para vengar la traición a su gremio. Un misterioso aventurero accederá a ayudarla. Juntos, emprenderán un camino sin retorno.
Sin embargo, consumar la trágica venganza será el menor de sus problemas. El Viejo requiere su presencia. Su última visión habla sobre la destrucción de la Akeria que conoce el hombre, y donde la asesina juega un papel fundamental.
Susurro y su leal acompañante deberán encontrar a una joven vidente, la única que puede ayudarlos a evitar el alzamiento de El de alas rojas. Será entonces cuando descubran que se enfrentan a fuerzas sobrehumanas y que todo lo que creían conocer es realmente insignificante.
«―¡Tenemos que irnos, Susurro! ―dijo Adelle.
―¡No dejaré a Arcir! ―Suseila dio un par de pasos y Adelle la sujetó por un brazo―. ¿Qué hacéis?
―¡Arcir me dijo que nos fuéramos y es lo que haremos! No estáis preparada para hacerle frente a esa cosa.»
Capítulos
Akeria, la tierra que acunaba la vida en su interior, el mundo en el que la humanidad había despertado para soñar, el corazón de una legendaria historia que por siempre latirá.
Así fue bautizado el hogar de la civilización desde tiempos inmemoriales por los primeros hombres capaces de razonar. Si bien nadie habría podido datar con plena certeza el verdadero origen de tal nombre en aquellos tiempos remotos, cualquiera de Los Siete Reinos habría inclinado la balanza hacia su religión, eso sin contar con los gremios y las sectas ocultas, cuyas creencias suponían una amenaza para las tierras reales que infectaban como una plaga con su existencia.
Sin embargo, todos coincidían en que Akeria había sido un ser sobrenatural, un ente inimaginablemente poderoso con el don de conceder la vida y arrebatarla a su voluntad. Los humanos la consideraban una Ahé, o Diosa ―la interpretación era la misma en todas las lenguas―. Muchos alegaban que era hombre y mujer a la vez, incluso una entidad carente de género, pero una cosa eran las creencias y otra, la auténtica realidad que un humano jamás llegaría a comprender.
La Akeria que conocía el hombre era un enorme continente del cual ellos ocupaban una minúscula parte del norte. Una frontera ubicada en el sur delimitaba su territorio, una frontera que nunca se habían atrevido a cruzar por miedo, por temor al misterio y al horror que albergaba en su interior, y por el escalofriante pavor de una muerte segura proveniente del lugar que apestaba a putrefacción. La llamaban Bosque Sombrío, o Mortífero, según aquellos que residían en sus proximidades.
Los humanos, atrapados en una Era Medieval en desarrollo, sobrevivían en lo que poseían de continente, un trozo que de por sí les había bastado para su proliferación. El Decreto Primero Real era uno de sus mayores logros por haber establecido la paz entre Los Siete Reinos.
Ellos, a pesar de sus diferencias culturales, intuían que un poder superior regía sobre su mundo. Los rumores corrían de boca en boca portando información sobre sucesos sobrenaturales que sembraban muerte y destrucción a su paso. Sabían que la magia existía y que sus dominios residían en la oscuridad. Los humanos se estremecían desde el comienzo del año 539 E. Q. S. R. (Era Quinta de la Segunda Reencarnación) porque aquello que temían se había dispuesto a acecharles…
Un hombre maduro, que resaltaba por su aspecto formidable, una melena negra que reflejaba algunas canas y unos llamativos ojos grises, caminaba por un sendero fangoso mientras sostenía una expresión serena. Sus pasos firmes y sus botas de cuero enfangadas lo conducían hacia una pequeña ciudad perteneciente al reino suroriental Caluro, un reino conocido por las extrañas características rojizas de su tierra y su vegetación, al punto de que los más religiosos aseguraban que aquella tierra había sido teñida con la sangre de Ahé, de Akeria. Además de sus ajustadas prendas de cuero de un tono verde oscuro, el viajero portaba consigo un arco, una aljaba llena de flechas y una ligera bolsa sellada con una cuerda.
A las puertas del muro de la ciudad ubicada a orillas de un bosque, dos guardias lo retuvieron brevemente. Era el protocolo habitual.
―¿Qué os trae por Vendaval, viajero? ―preguntó uno de los guardias de rojizo estandarte tras un saludo formal, un hombre fornido e imponente con su escudo y lanza en mano.
―Soy cazador. Tengo entendido que vuestras tierras son un lugar de caza idóneo para hacerse con piezas exquisitas. Sobrevivo comerciando con las pieles, la carne y los ornamentos derivados de mis capturas. Los pies cansados y la falta de una bebida ardiente me han traído hasta aquí en busca de un reposo tranquilo. ―El hombre esbozó una sonrisa amigable.
―Entonces os recomiendo que visitéis al desollador Fericio si os interesa vender pieles y recibir unos consejos de buenos sitios de caza de la zona. Y para descansar… os recomiendo que acudáis a la posada La Rana Negra. Es la más tranquila, o más bien la que escasea en problemas ―le sugirió el otro guardia de semblante más endeble, enfatizando que la ciudad no atravesaba un período de paz absoluta.
―¿Tenéis muchos problemas en Vendaval? Parece que hay algo por lo que deba preocuparme ―indagó el cazador, arrugando las cejas.
―No os vamos a mentir —continuó el guardia fornido—. No tenemos una buena racha en la ciudad. El crimen está en su máximo apogeo. Una banda de asesinos y ladrones está establecida en alguna parte y esos malnacidos avasallan a nuestros nobles con frecuencia. Nos hemos visto obligados a doblar la guardia y, de vez en cuando, capturamos y ejecutamos a alguno de esos desgraciados. Sin embargo, no conseguimos que delaten a los suyos y sus muertes tampoco atemorizan a los demás. Si os interesara, en los tablones de la ciudad encontraréis información sobre delincuentes que buscamos. Hemos tenido que recurrir a las recompensas, muy buenas, por cierto, para ver si con ayuda externa acabamos con esos malditos malhechores, especialmente con una que se ha vuelto muy famosa por aquí.
―Es una pena. Hay hombres y mujeres que no saben convivir con buenos ciudadanos. Si me entero algo, haré lo que pueda para ayudar a la ciudad, pero no os prometo mucho porque evito los problemas que supongan un riesgo para mi vida. ―El cazador se encogió de hombros.
—Yo diría que vuestra vida ha estado expuesta al peligro en más de una ocasión. Vuestras cicatrices hablan por vos —señaló el guardia endeble al observar los brazos desnudos del viajero con detenimiento y prosiguió admirando su esculpida figura—. Además, gozáis de una buena condición física. Se os ve fuerte. Si os interesa, estamos reclutando soldados con buenas dotes de arquero.
—Gracias, pero la cacería y perderme en la naturaleza son lo único que me hace sentir vivo —contestó el cazador, manteniendo su tono afable—. Lo que veis no es más que el fruto de un hombre humilde que se ha curtido a lo largo de los años en sus aventuras y desventuras. Tengo suficiente con enfrentarme a alguna mala bestia salvaje de vez en cuando.
―Entiendo. A veces yo también deseo una vida sin ataduras. En fin, cualquier cosa que ayude a capturar a esa escoria será de agradecer. No os preocupéis, no suelen ir a por simples viajeros. Mi consejo es que no presumáis de vuestra buena fortuna en la caza para no convertiros en la presa de esos delincuentes ―le recomendó el guardia fornido.
―Gracias por vuestros avisos. Si me disculpáis, seguiré mi camino. Que tengáis un agradable día ―se despidió el cazador, inclinando parcialmente la cabeza como gesto de cortesía.
―Bienvenido a Vendaval ―entonaron ambos guardias y le permitieron cruzar el portón del muro.
El cazador se adentró en las rojizas calles de piedra de la ciudad Vendaval, donde el bullicio de la hora punta del día lo engulló al instante. Hombres, mujeres y niños de alta y baja cuna paseaban de un lado a otro como hormigas alborotadas que componían el alma de aquel ajetreo incesante. Algunos animales de rebaño correteaban como si huyeran del matadero y otros devoraban los desperdicios procedentes de los puestos de comida. Los comercios, cuyos productos variaban desde la venta de carne fresca, hortalizas y especias hasta joyas, telas y equipamiento militar, dominaban la avenida principal. Esta trazaba una ruta hasta la plaza de la ciudad, un punto céntrico desde el que destacaba el castillo del regente en lo alto del horizonte.
El cazador, mientras recorría las pedregosas calles, escaneaba todo a su paso como una sagaz águila acechando a su presa. Él ya estaba acostumbrado a sumergirse en aquellos mares de hedores conformados por los excrementos de las bestias que tiraban de las carretas de mercancías, por la carne muerta de los animales despedazados y bañados en sal, por los manjares cocinados en parrillas y ollas bajo el fuego del carbón e, incluso, por la falta de higiene de algunos ciudadanos. Aun así, agradecía adentrarse en el distrito de alta estirpe, donde las calles estaban más limpias y la pestilencia era opacada por una mezcla de fragancias embriagadoras provenientes de los puestos de venta de frutas frescas, de flores silvestres, de perfumes caseros, de pócimas revitalizantes y hasta de cautivadores inciensos que atraían a los clientes a los comercios de joyas exóticas. Allí, las moscas no molestaban tanto y la vista agradecía contemplar una arquitectura local más cuidada y vistosa decorando las calles de la ciudad.
El viajero, después de analizar a una vendedora de frutas que cotilleaba con sus clientes sobre la vida privada de otros ciudadanos, dando a entender que estaba al tanto de todo lo que ocurría dentro de aquellos muros, se detuvo frente a su comercio. Dado que él buscaba información sobre una persona, aquella mujer encajaba en el perfil de alguien que podría ahorrarle mucho tiempo de búsqueda.
―Buenas, mi señora ―la saludó el cazador con elegancia.
―Buenos días, apuesto y encantador caballero. ¿Queréis refrescar vuestra garganta con el jugo de una deliciosa y dulce fruta de nuestros bosques? Tengo tuniros, manelos, uracas y otras delicias locales. ¿Algo en especial? Acepto monedas de otros reinos ―le ofreció la elocuente vendedora, que lo devoraba con la mirada como si ansiara exprimirle hasta la última moneda de la bolsa.
―En realidad, busco cierta información, pero puede que venga a por alguna de vuestras frutas más tarde ―aclaró el cazador―. No llevo mucho encima, pero podría pagaros por la información.
―No os preocupéis por eso. No me va tan mal como para tener que cobrar por una respuesta ―enfatizó la sonriente mujer, cuya mirada se tornó más cálida hacia el desconocido y amable viajero―. Adelante, preguntad.
―Os lo agradezco. Veréis, busco a una joven, es como una hija para mí. La última vez que la vi tenía el pelo negro, liso y muy largo. Sus ojos son verdes, verdes como la esmeralda y la esperanza, son muy atractivos. No es muy alta y su piel es como la canela. Tiene un pequeño lunar encima de los labios, justo aquí, en el lado derecho. ―El cazador acompañó sus palabras con gestos descriptivos.
―¿La última vez que la visteis? —repitió la vendedora con asombro—. Habláis como si hubierais pasado una eternidad sin verla.
―Algo así. Ella es muy importante para mí. Su padre fue un gran amigo mío y antes de fallecer le prometí que cuidaría de su hija como si fuera la mía. La pobre chica ya había perdido a su madre y lo de su padre terminó de hundirla. El problema es que ella es muy traviesa e impulsiva. No es la primera vez que se marcha sin avisar y me preocupa que se vea envuelta en líos. No os digo el nombre porque probablemente use uno falso.
―Cuánto lo siento. —La mujer realizó una mueca de pena—. La verdad es que los rasgos generales de la joven coinciden con los de los nativos de Caluro, por lo que os cruzaréis con chicas similares por todas partes. ¡Yo soy un ejemplo de una pasada por los años! —bromeó—. Tomando en cuenta las peculiaridades de los ojos y el lunar, no recuerdo haber visto a ninguna chica con esas características por estos parajes. Lo dicho, podría daros algunos nombres de algunas jóvenes que guardan cierto parecido con ella, pero son naturales de Vendaval y no ocultan ninguna historia sospechosa de fuga que yo sepa, y yo sé muchas cosas —resaltó.
―Bueno, no os preocupéis. Seguiré buscando y preguntando en otros lugares. Gracias por vuestro tiempo. —El cazador se disponía a marcharse.
―¡Esperad! ―La mujer lo detuvo con su repentino e intrigante chillido―. ¡Por Ahé! No sé cómo no me di cuenta antes. Salvo por el lunar, acabo de recordar que conozco unas descripciones similares de una chica tan preciosa que podría ser la envidia de la mismísima Ahé, especialmente por el verdor resplandeciente de sus ojos. Pero… ojalá me equivoque porque no os agradará saber dónde vi tales descripciones.
―Contadme, por favor ―le pidió el cazador, casi saboreando la respuesta que anhelaba.
―Justo allí. ―La vendedora dirigió su dedo índice hacia un enorme tablón de madera que había al otro lado de la calle―. En el tablón de recompensas, veréis un cartel sobre una delincuente muy buscada en la ciudad. La apodan La Dama Letal. El retrato dibujado a partir de los testimonios de varios testigos que presenciaron sus fechorías elogian, irónicamente, la belleza de sus ojos verdes. Acercaos, al menos, para descartar que se trata de vuestra ahijada y así me sentiré bien por vos.
―De ser ella, sería terrible. Pero lo dudo. Su corazón es tan noble que no les haría daño a personas buenas e inocentes. No obstante, miraré el tablón para quedarme tranquilo… Una última cosa, y no os molesto más. ¿Me recomendáis alguna posada en la que pueda pasar la noche?
―Descuidad, no me supone una molestia ayudaros… —En ese instante, la mujer le agradeció a un cliente con escasa interacción la compra fugaz de una fruta—. El hijo del herrero, siempre va con prisas. Su padre no le da tregua, y un noble lo vigila de cerca porque sospecha que ha mancillado el honor de su hija a escondidas… Perdón, me he desviado de vuestra consulta. —La vendedora ensanchó la sonrisa—. En Vendaval hay dos posadas, La Rana Negra y El Perro Borracho. En El Perro Borracho encontraréis los mejores precios de la ciudad, pero eso no compensa las peleas y los idiotas que abundan por allí. Si hay un lugar para reunir a la mala hierba de Vendaval, ese es El Perro Borracho. Os recomiendo La Rana Negra. Os aseguro que allí dormiréis como en vuestra casa, aunque os costará unas cuantas monedas más. A veces, los precios elevados lo valen y más si está en juego nuestra seguridad. Ya me entendéis.
―Seguiré vuestra recomendación, dadlo por hecho. Bien, debo continuar con mi búsqueda. Ha sido un placer, mi señora. ―El cazador, tras despedirse de la mujer realizando una reverencia, dio media vuelta.
―¡Esperad! ¡Tomad! ―Para sorpresa del viajero, la vendedora le lanzó un rojizo y suculento manelo semejante a un tomate.
―¿Y esto? ¿Cuánto os debo?
―¡Nada! Estáis invitado. Una jugosa fruta para que os refresque la garganta. Hay que combatir los calores que azotan estas tierras ―contestó la risueña mujer y el cazador se lo agradeció devolviéndole la sonrisa.
Una vez plantado frente al tablón de recompensas, el misterioso hombre clavó los ojos en los numerosos carteles de “SE BUSCA” que ocupaban el plano principal del mural. La mayoría de los delincuentes, cuyos rostros figuraban en los carteles a modo de retrato dibujado por un profesional, estaban acusados de cometer crímenes de toda índole, como el asesinato, el hurto y la estafa; incluso un par de trovadores ambulantes destacaba entre los ladrones por ser considerados unos brujos capaces de hechizar y adormecer a sus víctimas con su música. Las monedas prometidas por las capturas, las cabezas o los soplos de aquellos malhechores resultaban muy tentadoras para cualquiera, pero, sin duda, el cartel que sobresalía por encima del resto era el de La Dama Letal, por quien ofrecían diez mil monedas de sangre, una recompensa considerable en el reino Caluro.
El cazador, decepcionado, suspiró al contemplar el retrato de la supuesta criminal y leer los testimonios aportados por los testigos. Luego, volteó la cabeza parcialmente y le dedicó una sonrisa teatrera a la vendedora, que no lo perdía de vista, como signo de que la asesina no era la persona que buscaba.
Con su porte firme y sereno, el viajero tensó la cuerda de la bolsa sobre su hombro y se encaminó hacia la posada El Perro Borracho. Basándose en su intuición y en las recomendaciones de los guardias y la vendedora de frutas, pensó que un lugar manchado por su mala reputación y sus antecedentes conflictivos podría ser la guarida de los criminales que acechaban la ciudad. Si estaba en lo cierto, las probabilidades de encontrar a La Dama Letal aumentarían considerablemente.
Las indicaciones que conducían hacia El Perro Borracho eran fáciles de rastrear, pues dirigían al viajero al distrito más empobrecido de la ciudad, donde las callejuelas volvían a apestar y la muchedumbre era más revoltosa, especialmente por las bandas de mercenarios de poca monta que circulaban por allí como si aquello fuera un corral de cerdos y ellos fueran los cerdos que, ebrios a plena luz del día, chillaban y orinaban a placer. Aun así, los guardias patrullaban la zona para mantener el orden y la seguridad de sus ciudadanos, y algunos aguardaban a las puertas de la posada como si el pan de cada día fuera encarcelar a los deplorables clientes que tarde o temprano cometerían un delito.
Uno de los guardias, al percibir la buena presencia del cazador, le aconsejó que no entrara en aquel recinto que anunciaba desde la puerta el caos que albergaba por el escándalo y la peste a sudor y cerveza que provenían de su interior. El viajero agradeció la advertencia y mintió al responder que no podía permitirse lujos mayores porque recién había llegado a la ciudad y las monedas le escaseaban, pero la realidad era que no temía por su vida ni lo que pudiera encontrar allí dentro, más bien asumiría riesgos por tal de averiguar el paradero de la joven que buscaba, así que entró en el establecimiento.
Como suponía, el ambiente del lugar se asemejaba más a un burdel que a una posada. Las alimañas de Vendaval, que se jactaban de sus aventuras y derramaban más cerveza de la que bebían, ocupaban casi todas las mesas del área de servicio y estremecían la polvorienta estructura del recinto con sus gestos rudos y sus indecentes bramidos. Los empleados, tanto hombres como mujeres de diversas edades, se contoneaban con escasas prendas de tela traslúcida al atender a los indeseables clientes y se comportaban como vulgares furcias al permitir que los manosearan a cambio de unas miserables propinas.
El cazador pasó desapercibido gracias al ajetreo del festín y se acercó a la barra discretamente. El encargado lo recibió con una sonrisa socarrona que se tornó repugnante cuando asomó sus dientes podridos. Mientras, secaba una jarra desgastada con un trapo sucio, agujereado y maloliente que dejaba el rastro de las pelusas allá donde frotaba.
―Vos no sois de por aquí, ¿verdad? ¿Qué se os ofrece? Tenemos de todo tipo de bebidas, quedan habitaciones libres y aquí encontraréis los mejores servicios de nuestras damas y caballeros de compañía —exponía el repulsivo encargado con un tono ruin y descarado—. Las habitaciones cuestan cinco monedas de sangre por noche y las fulanas salen a diez. Pedid ambas cosas y cada noche os saldrá por doce monedas. ¿Qué me decís? No encontraréis una oferta mejor, a no ser que queráis pasar la noche a la intemperie o en la alcoba de alguna señoritinga, ¡ja, ja!
―Ya lo creo, vuestra oferta es muy tentadora y vengo de un largo viaje, pero aún no he decidido pasar la noche aquí en Vendaval. Claro está que tendré muy en cuenta vuestra hospitalidad si cambio de parecer. Eso sí, una buena cerveza y una silla donde sentarme os lo acepto. ―El cazador se ciñó a su papel de viajero cordial para seguir transmitiendo la imagen que pretendía dejar a su paso.
―Bien pensado. ―El posadero se ausentó por un breve instante para abrir el grifo del barril que había en las inmediaciones y servirle la cerveza en la misma jarra que acababa de limpiar―. Aquí tenéis. Una moneda de sangre, viajero, y podéis acomodaros por aquel rincón —le indicó empinando el morro.
El avispado cazador se percató de que varias alimañas, incluyendo al posadero, le echaron el ojo a su bolsa como buitres hambrientos mientras buscaba la moneda para pagar.
―Tomad. Gracias.
Después de pagar, el cazador se acomodó en la solitaria y pequeña mesa del rincón sombrío que el posadero le había señalado con su jarra de cerveza. Enseguida, una joven y bella mujer que mostraba gran parte de sus encantos femeninos se le arrimó de forma insinuante para ofrecerle sus servicios. El viajero, como un noble caballero, la rechazó amablemente para evitar ofenderla y le prometió que más adelante la buscaría exclusivamente a ella para disfrutar de su compañía.
Sin embargo, la joven no fue la única que manifestó su interés por el cazador. Poco después de que ella se marchara, un hombre delgaducho y de nariz torcida, cuyos movimientos torpes delataban cuán ebrio estaba, se levantó de su silla y se aproximó a la mesa del pacífico viajero. Con cierto disimulo, empuñó un cuchillo de hoja oxidada que ocultaba bajo sus harapos y, al detenerse junto a su objetivo, se atrevió a amenazar su cuello con el arma ante la vista de los presentes, aunque todos fingieron no ver el atraco desviando la mirada.
―Maldito cabrón —murmuró el sujeto con bravuconería, despidiendo su asqueroso aliento a cerveza y tambaleándose a causa de los efectos del alcohol—. Os habéis equivocado al venir aquí. Escuchadme, no haréis ninguna estupidez y me vais a dar vuestra bolsa. Un movimiento en falso y os rebano el pescuezo. ¿Os ha quedado claro?
El cazador no se inmutó, ni siquiera mostró un atisbo de pavor ante el intimidante atracador que ponía su vida en juego. En cambio, en el momento menos esperado, sacudió una pierna ágilmente por debajo de la mesa y golpeó al sujeto con una fuerza abrumadora por los tobillos. Los pies del desgraciado resbalaron hacia atrás, desestabilizando su frágil postura, y su cuerpo se balanceó descontroladamente hacia adelante. En lo que dura un pestañeo, su rostro se estampó bruscamente contra la esquina de la mesa, impacto que desató un ruido corto y seco. Un río de sangre comenzó a brotar de las destrozadas boca y nariz del sujeto, que se retorcía de dolor en el suelo y ahogaba sus quejidos bajo las manos con que se cubría la cara. Entonces, el silencio reinó durante unos instantes en aquel paraíso del jaleo.
―¡Ha resbalado! ―exclamó el cazador en voz alta y se inclinó sobre su atacante, a quien agarró por sus pegajosos y revueltos cabellos y le dirigió la palabra con un tono imponente―. Ahora me vais a escuchar vos. Decid que habéis resbalado, ¡vamos!
―S-Sí… —El atracador, que temblaba y sentía que las facciones se le entumecían a causa del dolor, obedeció como un sumiso cordero—. ¡Qué torpe soy! ¡Me he caído! ―Ante su confesión, las alimañas se carcajearon y prosiguieron con su festejo, ignorando la escena.
―Bien… ―El cazador tuvo la intención de beber un trago de la cerveza, pero sus ganas se desvanecieron al recordar el trapo, así que se limitó a inclinarse sobre el depredador convertido en presa otra vez―. Ahora saldréis de aquí, acudiréis a los guardias y os entregaréis. Si no lo hacéis, os aseguro que vuestra torpeza os dejará con la garganta al aire. ¿Os ha quedado claro?
El asustado agresor percibió el collar que portaba el viajero bajo su cazadora. Un pequeño escudo de piedra con unas insignias rúnicas grabadas en él colgaba de la cuerda de cuero que rodeaba el cuello del cazador. El insignificante hombrecillo, al percatarse de que no tenía delante a un ordinario viajero, asintió nerviosamente y se largó a toda prisa de la posada para entregarse a las autoridades de la ciudad.
El cazador, lamentando no poder disfrutar de aquella cerveza contaminada, optó por refrescar su garganta con la fruta que le había regalado la vendedora. Mientras la devoraba a mordiscos, recorrió todas las caras de los presentes en busca de la joven, pero no la encontró y, además, después de semejante revuelo, ella misma lo habría reconocido y se habría acercado a él de haber estado allí. Tras un suspiro desalentador, asumió que se había equivocado de sitio después de todo.
Un ambiente opuesto al de la posada El Perro Borracho regía en la posada La Rana Negra. Allí, los clientes, que se comportaban como ciudadanos civilizados, disfrutaban de un servicio más cortés y personal, aunque no menos atrevido por ello. Tanto nobles como viajeros con un estatus social decente reflejaban el tipo de perfil que frecuentaba ese recinto, donde parecía un lujo ocupar una mesa y refrescar la garganta con una bebida de calidad. Por supuesto, no cualquiera era bienvenido en la posada. Los dueños aplicaban un filtro muy riguroso para garantizar la buena reputación de su negocio, dando la impresión de que conocían a los habitantes de Vendaval como la palma de sus manos.
En una solitaria y discreta mesa del área de servicio, dos hombres bebían y dialogaban pacíficamente como dos buenos ciudadanos de Vendaval que se habían reunido para compartir unos tragos amistosos, nada fuera de lo cotidiano. Sin embargo, uno de ellos, que destacaba por su madurez y su barba perfilada, era uno de los líderes del tan buscado gremio de asesinos. El otro, en cambio, era un chico joven, un miembro más del gremio.
―Tenéis que transmitirle un nuevo encargo a Susurro. —El líder pegó los labios a la jarra para saborear la cerveza.
―¿De qué se trata, jefe? ―El joven se inclinó levemente sobre la mesa, denotando su curiosidad.
―Eliminar al kándal Visancio. —El líder plantó la jarra sobre la mesa como si hubiera dictado la sentencia a muerte del hombre mencionado.
―¿Eliminar? —repitió el muchacho, extrañado, y sostuvo una sonrisa pícara—. ¿No suele ser uno de esos nobles que nos llenan los bolsillos?
―Así es. Susurro ha vaciado sus arcas en más de una ocasión y el miserable ni lo ha notado —recordaba el líder, empleando un tono burlón—. Pero las cosas han cambiado para él. El muy imbécil se buscó algunos enemigos y pagan muy bien por verlo muerto. Eso pasa cuando habláis lo que no tenéis que hablar. Pero eso no nos interesa, nos interesa el dinero que hay detrás. Además, recordad que somos asesinos por encima de ladrones. Susurro es una de las mejores, ni que hubiera nacido para matar. Ella conoce muy bien los movimientos del kándal Visancio, sabrá quitarlo de en medio sin levantar sospechas. Y no os preocupéis, los herederos de Visancio seguirán llenando nuestros bolsillos con sus riquezas. Acabaos la cerveza y buscadla. Nuestro cliente se muere por ver los resultados pronto.
El joven se empinó la bebida y abandonó la mesa sin armar mucho escándalo. Cauteloso, pasó por detrás de la barra para luego adentrarse en la bodega de la posada. Nadie, salvo los empleados, habría sospechado que justo allí, tras una estantería llena de tarros de especias, se hallaba una entrada secreta a la base de los asesinos. Unas escaleras iluminadas por antorchas conducían a las cloacas, que se componían de una antigua y olvidada red de túneles ubicadas bajo la ciudad. Si bien las cloacas apestaban por los desperdicios provenientes de la superficie y resultaban dañinas para la salud por ser húmedas y sombrías, los miembros del gremio las consideraban el refugio perfecto para su comunidad porque los guardias nunca patrullaban aquel lugar tan repulsivo. Además, la red de túneles les brindaba la ventaja de acechar toda Vendaval desde diferentes puntos estratégicos a la vez que burlaban a los guardias.
El muchacho cruzó un par de corredores, donde las paredes rocosas sudaban agua sucia hasta conformar pequeños charcos en el suelo y un resplandor natural de las alcantarillas vislumbraba el camino. En los pasillos más profundos, calentados e iluminados por el fuego de las antorchas para facilitar el tránsito de los asesinos, varios compañeros encargados de vigilar el acceso afloraron a su paso e intercambiaron un saludo con él. Después, tomó una bifurcación que conducía a la zona que el gremio había destinado para establecer los dormitorios y, una vez allí, buscó el cuarto de Susurro.
El muchacho se detuvo frente a la maltrecha puerta de madera con la intención de llamar antes de entrar, pero reparó en los gemidos que provenían de su interior y, tentado por la curiosidad, observó a través de las estrechas ranuras que la propia pudrición había creado en la madera. La tenue luz de una vela que reposaba sobre una mesita le reveló una escena erótica protagonizada por la legendaria Susurro. Era una ocasión única que no podía perderse, así que abrió la puerta sin vacilar e irrumpió en la habitación.
Susurro cabalgaba a un hombre, copulaba como una felina desenfrenada. La legendaria asesina era una chica joven, radiante como muchos la describían, y poseía unos ojos verdes exóticos de mirada seductora capaces de hechizar a cualquiera, incluso sus lacios y largos cabellos negros la dotaban de una sensualidad femenina irresistible. Algunas cicatrices marchitaban su exquisita piel canela, pero su espléndida figura hacía que pasaran desapercibidas. La presencia de su compañero no impidió que siguiera meneando la pelvis.
―¡Qué momento tan oportuno! ―exclamó el descarado muchacho mientras devoraba a Susurro con la vista.
―¡Heritio! ¿Qué hacéis aquí? ―preguntó Susurro, sin dejar de gozar.
―Os traigo un encargo nuevo. Han pedido que eliminéis al kándal Visancio ―le informó Heritio, que babeaba ante la deslumbrante Susurro.
―¿Por qué?
―Dicen que habló demasiado y ahora lo quieren ver muerto. Pero eso da igual, habrá buenas ganancias. El cliente ha pedido que sea cuanto antes, así que ya sabéis.
―De acuerdo… ¡Ah! ¡Aah! ―Susurro continuó gimiendo.
―En fin, me marcho muerto de envidia. ―Heritio sabía que Susurro no era famosa dentro del gremio solo por ser una asesina excepcional, sino también por ser una amante de las que graban un recuerdo en la memoria para toda la vida, pero nunca había tenido la ocasión de yacer con ella.
―¿Queréis uniros a la diversión? ―le insinuó la promiscua Susurro, sonando como el canto de una sirena para el muchacho.
―Si existe la posibilidad… ―Los ojos de Heritio resplandecieron al contemplar la materialización de su deseo.
―No veo por qué no. Podéis jugar con otra parte de mi cuerpo —enfatizó la seductora Susurro—. Cerrad y venid.
Muchos habrían dado lo que fuera por probar a Susurro, así que el afortunado Heritio no dudó ni un segundo en acatar la orden y acercarse a la humilde cama. Tras arrodillarse detrás de la asesina, se bajó los pantalones y liberó su instantánea excitación. Compartiendo una sonrisa de complicidad con el compañero que estaba tumbado sobre el fino colchón relleno de paja, poseyó a Susurro por detrás. Ella yació con ambos hasta la saciedad en aquel minúsculo cuarto mugroso de las cloacas.
***
Al día siguiente, Susurro madrugó para meditar sobre su encomienda durante su entrenamiento matutino. Mientras blandía sus dagas y aporreaba un muñeco revestido con cuero con brazos y piernas, visualizaba el plan que trazaba en su mente para cumplir con su encomienda. Lo más fácil habría sido colarse en la casa de su objetivo en mitad de la madrugada y asesinarlo en su cama bajo el silencio y la protección de la noche. Pero eso no la habría satisfecho, ni a su cliente, ya que ella acostumbraba a dar un espectáculo memorable, a cometer los crímenes a plena luz del día, si no le pedían lo contrario, como si fuera su forma de burlarse de los guardias a la vez que alimentaba su reputación.
La asesina sabía que el kándal Visancio recorría el mercado todos los días antes del mediodía, un escenario tan idóneo como desafiante para presumir de su destreza. Dado que conocía la rutina de su presa por la cantidad de veces que le había saqueado los bolsillos, suponía que varios guardaespaldas custodiarían a Visancio, así que debía actuar con rapidez y cautela.
El plan de Susurro requería que empleara su arte para el engaño, lo que significaba recurrir a sus dotes de interpretación al disfrazarse y adoptar un rol que le permitiera exponer su rostro en un sitio concurrido, reduciendo al mínimo la probabilidad de que la identificaran. Para ello, eligió su conjunto más repugnante, y tan repugnante que lo guardaba en un hoyo de uno de los corredores que nadie visitaba para que no ensuciara sus otros disfraces. El conjunto se componía de un camisón y unos pantalones anchos y harapientos que apestaban a huevos podridos.
Igual que la ropa, la asesina se impregnó los cabellos del asqueroso fango de las cloacas, que parecía un residuo extraído de las letrinas, y se alborotó la melena hasta encarnar la apariencia de una vagabunda demente. Por supuesto, también se cubrió la cara y su distintivo lunar ubicado encima de los labios con el repulsivo barro. Por último, ocultó una fina y frágil hoja forjada con un exótico material cristalino, y que recordaba la silueta de una daga punzante, bajo la ancha manga que sobrepasaba su mano.
Susurro salió a la superficie a través de una alcantarilla de un callejón sin ser vista ni siquiera por sus compañeros. A veces, ellos le atribuían poderes sobrenaturales concedidos por la Ahé de los Asesinos por su facilidad para orientarse en la oscuridad y desaparecer sin dejar rastro. Además, no concebían que ella gozara de tan buena salud, pues una cosa era vivir dentro del mar de pestilencia de las cloacas, pero otra muy distinta era untarse aquella porquería infecciosa en el cuerpo y no enfermar ni una vez.
Sumida en su papel de vagabunda, la asesina accedió al mercado y empezó a deambular por la avenida principal, despertando muecas de asco y repulsión a su paso.
—Una moneda, por favor —pedía Susurro, modificando la voz para que sonara envejecida y desgastada, mientras extendía una mano para mendigar y caminaba curvada y arrastrando los pies—. Una moneda. Tengo hambre. —Aunque actuara como una auténtica vagabunda, rastreaba a su víctima con sus agudos sentidos, sobre todo con la vista, con la que inspeccionaba el entorno desde detrás de la cortina formada por sus pelos revueltos, que caían por delante de su rostro como una cascada.
—¿A qué huele? ¡Oh, por Ahé! ¡Cuánta mugre! —protestó una refinada noble al percatarse de su presencia, una entre muchos que se alejaban para huir del desagradable olor, y protegió su boca y su nariz con un pañuelo—. ¿Por qué los guardias permiten que una andrajosa como esta pasee por nuestras calles? Se me revuelve el estómago.
—Una moneda, por favor. No tengo para comer.
—Solo es una desdichada. Toma, pero lárgate de aquí. —Algunos ciudadanos de Vendaval como ese, a pesar de sentir la misma repugnancia al verla, le obsequiaron una o dos monedas. No obstante, preferían evitar rozar su piel mugrienta, así que las arrojaban al suelo para que las recogiera.
Irónicamente, Susurro se llenaba el bolsillo con lo que consideraba una miserable propina hasta que localizó a su objetivo entre la multitud.
—Ahí estás… —murmuró para sí y esbozó media sonrisa.
El kándal Visancio, un elegante y distinguido noble de avanzada edad, recorría el mercado avenida abajo en compañía de una señorita noble y varios guardaespaldas. Susurro, que en alguna ocasión había jugado la carta de interpretar a una dama como aquella para desplumar a Visancio, intuía que él aburría a la joven con comentarios degradantes sobre algunos productos del mercado como de costumbre. La chica se limitaba a sonreír forzosamente por compromiso, probablemente porque se veía obligada a consentir un matrimonio concertado. Pero eso no le importaba a la asesina, sino que su objetivo siguiera distraído y se adentrara en el gentío del centro del mercado, como un animal de rebaño andando directo al matadero.
Susurro continuó mendigando por la calle, acortando distancia con el kándal hasta alcanzar casi la misma altura que él. Entonces, acosó a otro noble como parte de su plan.
—Por favor, una moneda. Os lo ruego.
—Dejadme, escoria. No tengo nada para vos. —El noble le dio la espalda para seguir negociando con el vendedor de joyas—. Disculpad, ¿qué precio habéis dicho?
—Solo una moneda, por favor. ¡Tengo hambre! —insistió Susurro, importunando al hombre.
—¿No me habéis oído o qué? Por mí como si os morís de hambre. ¡Dejadme en paz! —gruñó el noble, luciendo más irritado, pero la asesina no le dio tregua.
—¿Por qué sois así? Solo una moneda, por favor. —Según los cálculos de Susurro, ella y su objetivo estaban alineados, en la ubicación perfecta para ejecutar su plan, por lo que tiró de la manga de la túnica del noble al que incordiaba—. ¡Necesito comer!
—¡Por Ahé, no me toquéis con vuestras asquerosas manos! —El hombre, con la cara arrugada por el asco y el desprecio, cedió ante la histeria y empujó a Susurro con violencia—. ¡Largaos de aquí, asquerosa rata de Vendaval!
Una reacción tan hostil y espontánea era lo que la asesina buscaba en el momento propicio. Valiéndose del impulso del empujón, atravesó la defensa de los guardaespaldas del kándal y cayó como una veloz flecha sobre el torso de Visancio, en quien clavó algo más que los dedos para sujetarse.
―¡Ah! ―se quejó el kándal a causa de una leve molestia, como un pellizco intenso y punzante que había retorcido su ropaje y la piel de su abdomen―. ¡Maldita escoria de Vendaval! Quitaos de mi camino, ¡gusano! ―La cólera se sobrepuso al dolor, así que apartó a Susurro con una fuerte bofetada.
De inmediato, los guardaespaldas apresaron los brazos de la asesina y la arrastraron por la calle hasta arrojarla con desdén fuera de la avenida comercial.
—Púdrete, rata. —Uno de ellos la pateó ferozmente en el vientre y le escupió encima para humillarla. Mientras, el otro recogió las escasas monedas que se le habían salido del bolsillo a la falsa vagabunda.
—Ay… —Susurro dramatizó sus lamentos al retorcerse en el suelo—. Po-por favor, no… Ne-necesito comer…
—Hoy comerás mierda. —El cruel guardaespaldas volvió a escupirle encima y se dirigió a su compañero—. Venga, regresemos con nuestro señor.
―Perdonad, mi dama —se disculpó Visancio, que maldecía por dentro a la harapienta que había ensuciado sus atuendos—. Menos mal que no os han atacado a vos, aunque os habría protegido mejor que estos inútiles guardaespaldas a los que pago.
―Pero si fue un accidente… ―murmuró la señorita de forma ininteligible.
―En fin… Por desgracia, esta ciudad está llena de gusanos ―continuó el kándal y retomó los pasos tras el regreso de sus hombres, que le aseguraron con un gesto que le habían dado su merecido a la mendiga, así que decidió olvidarse de esta.
Susurro, apartada del gentío y de los guardias que la buscaban por el revuelo que había provocado en el mercado, desapareció en las sombras de un callejón, portando consigo una sonrisa de satisfacción que se acentuó cuando tiró con indiferencia el fragmento de hoja cristalina que había guardado en el interior de su manga. Su objetivo, que consistía en clavarle el punzón en un punto vital a su víctima y partir la hoja con tal maestría que ni siquiera se notara la penetración de la carne, había sido cumplido. Y no solo eso, su crimen se divulgaría como un espectáculo por haberse perpetuado a plena luz del día en un lugar concurrido con la identidad de una andrajosa mendiga.
Unos pocos pasos más adelante, el kándal empezó a sudar de forma espantosa. Aquel dolor que le nacía en el abdomen bajo y se extendía hacia el interior de sus órganos vitales hasta sentir que le estremecía la espalda se había agravado en cuestión de segundos. Rastreando la raíz de aquel malestar, se llevó una mano al punto en el que se originaba el dolor y notó un bulto pequeño y sólido enterrado en su abdomen a través del tejido de sus prendas sedosas.
—¿Y esto qué es? ¿Una uña de esa escoria? ¿Me ha infectado con su porquería?
Visancio, creyendo que se trataba de una uña que había perdido la vagabunda cuando se había aferrado a él, tiró del objeto por un espacio abierto de sus prendas y, atónito ante la prolongada dimensión de aquella cosa, continuó tirando por inercia, como si extrajera un hilo sin fin de su interior, hasta que contempló la punta del punzón. Boquiabierto, sostuvo en sus manos la llave de su vida, el trozo de hoja cristalina que lo acababa de sentenciar a muerte.
El noble no concebía que aquel objeto tan fino, similar a una aguja larga de apariencia frágil, hubiera penetrado tan hondo en su cuerpo sin que pareciera algo más grave que una mera molestia provocada por el agarrón de aquella mujer. Pero ya era demasiado tarde para él.
La sangre brotó por la diminuta herida sin cesar, tiñendo las prendas del noble de un tono rojizo oscuro y creando un charco a sus pies. Un fallo multiorgánico atormentó al kándal, que se desplomó en el suelo y convulsionó de forma espantosa, casi con total certeza debido a un veneno que la asesina había añadido al arma para asegurar la muerte de su presa. Un mar de horror se desató alrededor de la víctima, donde los desquiciados gritos de la inocente señorita que lo acompañaba destacaron por encima del resto, y el caos reinó en el mercado.
Tras un ronquido, Visancio murió ahogado en su propia sangre.
—Era cuestión de tiempo que te encontrara… —expresó el misterioso viajero en voz baja, contemplando la turbia escena del crimen desde la distancia.
