Contenido +18

Este sitio incluye novelas y relatos con escenas explícitas para adultos. En ocasiones también pueden aparecer imágenes artísticas de carácter sugerente.

Al continuar, confirmas que tienes 18 años o más y que este tipo de contenido es adecuado para ti.

LCBOA
0%
romance, drama, LGBT, misterio, psicológica

Un romance manchado de sangre y oscuridad.

Katherine Fischer, inspirada por un amor, ha cumplido uno de sus sueños: Ser alguien en la vida. Después de graduarse como psicóloga en la universidad, cursó varias especializaciones que le abrieron las puertas al éxito profesional. Con tan solo treinta años, se ha creado un nombre como terapeuta, cuenta con su propio despacho y su cartera de clientes crece a buen ritmo. Además, el plano sentimental también le sonríe porque ha formalizado una relación con Andrea, una jovial enfermera.

Sin embargo, cuanto más se alza la luz del triunfo sobre Katherine, más se agranda la oscura sombra sobre la que construyó su mentira. Han pasado doce años desde que su conciencia se manchó de sangre. Creía que todo había quedado en el olvido, pero el pasado conoce su secreto y ha vuelto a por ella bajo un nombre que Katherine tiene grabado en su memoria…

Slide

Accede a todo el contenido.

No disponible aún.

«—Me he sentido muy tranquila con usted. Si le soy sincera… —titubea—, visité a otros psicólogos, pero tenía la sensación de que me miraban con ojos acusadores. Como si yo hubiera elegido lo que me pasa. Con usted es diferente. Siento que pone atención a lo que digo sin juzgarme. —No pensé que me sintiera orgullosa en una de mis pésimas sesiones. Esto compensa el haberme arrepentido de no tomarme el día libre.

—No sería muy profesional de mi parte si lo hiciera. —Consulto mis escasas notas de nuevo: «Retraída. Se daña las cutículas. Se muerde las uñas. Aspecto descuidado. Ansiosa. Nerviosa. Expone inseguridad». Insuficiente, pero tengo algo de lo que tirar—. Si te parece bien, en la próxima sesión podríamos seguir explorando tus inseguridades. Es muy probable que uno de los aspectos que debamos trabajar en ti sea la autoestima. Una autoestima baja es motivo de inseguridades constantes que interfieren en el desarrollo de tu vida normal. Lo solucionaremos. ¿Quieres que te dé cita?»

Capítulos

Faltan cinco minutos para las 5:00 pm. La última sesión de consulta del día está a punto de terminar. Mi clienta, sentada en una butaca frente a la mía, también comprueba la hora en el reloj que cuelga en la pared de mi despacho. He estado más pendiente del tictac de ese aparato analógico que de la entrevista. En otra semana cualquiera, habría justificado mi desconexión con que es viernes por la tarde y estoy cansada de escuchar historias ajenas. Hoy no. Hoy no he podido concentrarme en mi trabajo porque se cumple otro aniversario de la tragedia que cambió mi vida para siempre.

—El tiempo ha volado —observa mi clienta, una chica no mucho más joven que yo, de carácter retraído y pronunciada palidez como si estuviera anémica. Si se percató de mis ausencias, es muy probable que no contrate mis servicios terapéuticos. Me lo puedo permitir, pero ella encaja en los perfiles que me gusta tratar y sería una lástima perderla—. Supongo que la sesión acaba aquí.

—Así es… —De un vistazo, repaso su nombre en mi cuaderno de notas—. Samantha. ¿Cómo te has sentido en esta primera toma de contacto?

—Bien. —Muestra una leve sonrisa, la misma que ponía el punto final a sus anteriores respuestas—. Aunque no hayamos profundizado en mi problema, me siento como un poco más liberada. —Aún puedo convencerla de que soy la terapeuta que necesita.

Algunos clientes solo quieren vomitar sus frustraciones, pequeñeces que magnifican como si fuera el fin del mundo. No se hacen una idea de lo que es soportar el peso de un verdadero tormento durante años. Digerirlo en silencio día tras día. Samantha es de las que necesitan que las escuchen, pero presiento que sí requiere ayuda de verdad.

—Eso es una buena señal. Es importante que te sientas cómoda conmigo. Si establecemos un vínculo de confianza, las sesiones serán más efectivas y antes notarás un cambio a mejor en ti. —Me ciño a mi guion habitual, salvo que esta vez noto mi simpatía un tanto forzada.

—Me he sentido muy tranquila con usted. Si le soy sincera… —titubea—, visité a otros psicólogos, pero tenía la sensación de que me miraban con ojos acusadores. Como si yo hubiera elegido lo que me pasa. Con usted es diferente. Siento que pone atención a lo que digo sin juzgarme. —No pensé que me sintiera orgullosa en una de mis pésimas sesiones. Esto compensa el haberme arrepentido de no tomarme el día libre.

—No sería muy profesional de mi parte si lo hiciera. —Consulto mis escasas notas de nuevo: «Retraída. Se daña las cutículas. Se muerde las uñas. Aspecto descuidado. Ansiosa. Nerviosa. Expone inseguridad». Insuficiente, pero tengo algo de lo que tirar—. Si te parece bien, en la próxima sesión podríamos seguir explorando tus inseguridades. Es muy probable que uno de los aspectos que debamos trabajar en ti sea la autoestima. Una autoestima baja es motivo de inseguridades constantes que interfieren en el desarrollo de tu vida normal. Lo solucionaremos. ¿Quieres que te dé cita?

—Sí, por favor. Ya no quiero seguir así. —Samantha saca la cartera de su mochila negra—. Son sesenta euros, ¿verdad? —me consulta mientras tantea los billetes. Desde luego, se puede permitir mis servicios por las cifras que se asoman.

—Sí, pero la primera sesión es gratuita —le recuerdo—. Como te decía, el objetivo es tener una primera toma de contacto, conocernos, comprobar que te sientes a gusto, vislumbrar tus inquietudes y a partir de aquí decidimos si seguir adelante o no.

—Claro. Es verdad, lo había olvidado. Muchas gracias, doctora Fischer. —Se echa la mochila al hombro y encoge ambos.

—Un placer, Samantha. —La acompaño a la puerta—. Tengo tu contacto, te avisaré cuando organice la agenda de la semana que viene.

—Vale. Tenga un buen fin de semana, doctora. —Siempre me enorgullece que me traten con respeto. Esta chica tiene modales.

—Igualmente. —Ojalá que el fin de semana me dé alas para volar lejos de esta pesadilla que se agudiza cada año—. Hasta pronto.

Debería redactar la ficha de mi nueva clienta como de costumbre para agilizar la próxima sesión. Transcribir las notas junto a un breve análisis me permite refrescar los datos de la persona unos minutos antes de empezar. De esta manera, causo una buena impresión al denotar familiaridad.

Apago el monitor. La ficha de Samantha tendrá que esperar a que mi enturbiada mente se aclare.

Antes de salir del despacho, contemplo mi mayor logro. El logro que ella me motivó a conseguir: Ser alguien en la vida, ser quien quiera ser, ser yo misma. Mi título de graduada en Psicología, dignamente enmarcado, resplandece en la pared. Otras dos titulaciones importantes que me brindaron la oportunidad de tener mi propia consulta cuelgan a su lado. Las demás, de menor peso, permanecen enrolladas en la estantería del fondo.

La estantería es lo opuesto a mi despejado escritorio. Cualquiera afirmaría que robé una sección completa de una librería, concretamente la de Psicología y Autoayuda, por la cantidad de libros que hay sobre la materia. No los he leído todos, pero viene bien tenerlos a mano para cuestiones puntuales. Las dos butacas forman parte de mis herramientas de trabajo. Paso casi todas las horas de la jornada sentada en ellas con mis clientes cuando la interacción es más directa. Cuando cedo todo el protagonismo a los clientes, el diván juega un papel primordial. Nunca me he sentido preparada para tumbarme en él, y soy quien más debería. Lo único que no he logrado del todo es ser yo misma porque la verdad me aterra.

Atravieso la avenida principal de Palma a pie. Vivo en un apartamento decente en el centro de la ciudad, a pocos minutos del despacho.

El reflejo de mi silueta en las cristaleras de los negocios me recuerda que hace doce años era un palillo de dientes acomplejado. Ahora echo de menos aquella figura porque mi vida sedentaria amenaza con convertirme en una foca desde hace dos años. La falda ajustada me aprieta el vientre, casi que me asfixia, y los zapatos de tacón apenas me realzan el trasero. Para tener treinta años, las nalgas me flaquean por lo flácidas que se me han puesto. Sigo sin rellenar el sostén, eso no ha cambiado. Ella me convenció de que amara mi cuerpo, y así lo hice, pero me he descuidado.

Este paseo hasta la casa es prácticamente toda mi actividad deportiva diaria. La otra es tener sexo con mi novia, aunque he estado reacia en los últimos días. La quiero, me gusta mucho, pero estas fechas me ponen sensible a nivel emocional.

—Cariño, has tardado… —pronuncia mi novia, fatigada porque corre en la cinta de correr que le regalé el año pasado. Parece un hámster en una rueda desde entonces, pero un hámster muy tentador con la ropa de deporte ceñida a su cuerpo moldeado. A diferencia de mí, ella siempre ha cuidado su aspecto. Esa morena sudada dejaría sin aliento a cualquiera—. Ya casi termino. —Pero yo me fijo en su uniforme tirado en el sofá y en los zapatos desperdigados en el recibidor.

—Andrea, joder, ¡hasta cuándo te tendré que decir que el sofá no es el armario y que la zapatera está detrás de la puerta para algo! —la riño con mala gana y coloco sus zapatos en su sitio mientras resoplo.

—Ay, Kathy, no es para tanto. —Le encanta entonar el diminutivo de mi nombre con dulzura para ablandarme, pero esa técnica ya no le funciona conmigo—. Pensaba recogerlo cuando terminara. —Detiene la cinta.

—Eso dices siempre. Piensas mucho, pero nunca haces nada. —Engancho las llaves en el llavero después de descalzarme—. Te comportas como una niña irresponsable.

—Y tú como una madre irritante —replica con tono rebelde, pero me corta el paso con una sonrisa—. Lo siento, cariño. —Enlaza los brazos por detrás de mi cuello—. Soy una niña mala. Soy tu niña mala. ¿Quieres que te desestrese? Sé cómo compensarte. ¿Nos duchamos juntas? —Me chupa el labio inferior.

—Andrea, no me apetece. Estoy muy cansada, enfadada contigo y está al bajarme. —Solo quiero que este día acabe de una vez—. Apestas a sudor, ve a ducharte.

—Me das muchas largas últimamente. —Se aparta de mí—. Lo siento por no ser la niña perfecta que quiere la psicóloga —expresa con cierta congoja y se apresura hacia el sofá. Me incordia a la vez que me apena—. Hay correo para ti. —Señala las cartas que hay sobre la mesita de centro y agarra su uniforme de enfermera con enojo—. Y que sepas, Katherine, que tu niña imperfecta había cocinado un plato especial para ti, ya que ni siquiera has dicho nada del olor. —Es verdad, el olfato me había fallado. Pero lo que me termina de destrozar es ver que se le escurren las lágrimas antes de darme la espalda.

—Andrea, espera. Lo siento, no…

—Déjame, ¿vale? Me quiero duchar sola —dice con voz temblorosa y cierra de un portazo. Ni me atrevo a perseguirla porque estoy segura de que ha pasado el pestillo. Además, el pop melancólico que proviene de su teléfono indica que no quiere oír mis lamentos en la puerta.

Tengo la suerte de conocer a chicas buenas, pero la mala costumbre de hacerles daño sin querer. Al asomarme en la cocina, observo los pescados horneados y la salsa que había preparado para las patatas fritas. Hay una notita escrita por ella que dice que soy lo mejor de su vida. Se me parte el corazón más de lo que estaba hoy. Si fuera lo mejor de su vida, no la haría llorar.

Cabizbaja y con los hombros caídos, regreso al salón. No quiero perder a Andrea y estoy haciendo exactamente eso. La pierdo poco a poco. Lo que callo es como un agujero en un vaso lleno, por donde Andrea escapa de mí gota tras gota.

Conocí a mi novia hace dos años en la universidad. Yo cursaba uno de mis másteres, solo asistía a clases sueltas algunas horas a la semana. Una tarde, quise pagar unas fotocopias en efectivo en la copistería, pero me había quedado corta por unas escasas monedas. Andrea estaba detrás de mí, era la siguiente en la cola. No había notado su presencia hasta que puso el dinero que me faltaba sobre el mostrador. «Invítame a tomar algo y ya», me dijo cuando le agradecí el gesto.

No volví a ver a Andrea en varios días hasta que nuestros caminos se cruzaron por un pasillo. Enseguida me acerqué a ella para devolverle el dinero.

—Pero vamos a ver, ¿no pillaste la indirecta? Invítame a algo, ¿no? —me dijo muy risueña e insinuante.

Me sorprendió su insistencia, por lo que le propuse una especie de cita en la universidad. Andrea tenía veinticuatro años en ese entonces, igual que mi nueva clienta Samantha, y estaba a punto de graduarse como enfermera. Se ganaba la vida como dependienta en una tienda de productos de belleza, así se costeaba la carrera a plazos. Sus padres la mimaban cubriendo parte del alquiler del piso compartido en el que vivía con dos amigos universitarios.

Su simpatía y su capacidad de comunicación me convencieron para tener una segunda cita con ella. En esa cita nocturna, Andrea me mostró lo transparente que es, ¡tanto que me pareció un putón! Al principio, pensé que su intención era presumir de amante experta porque mencionó hasta un profesor joven con el que se había acostado a inicios de la carrera. ¿Por qué alguien contaría eso en una cita romántica? Según ella, estaba explorando su libertad sexual. Más tarde, yo viviría situaciones incómodas cuando ella me señalara a gente con la que había compartido algo más que un café, incluyendo a su compañera de alquiler.

No obstante, en aquel momento me era indiferente si yo iba a ser una más en su lista interminable. La razón se debía a que yo solo buscaba dos cosas. Una consistía en calmar mis sentimientos de soledad, lo que había hecho hasta entonces con escasas relaciones, y Andrea encajaba en el perfil de “es mejor no encontrarte en mi cama cuando despierte, así no tendré que echarte”. La otra se centraba en conocer a la chica perfecta, la que me hiciera sentir enamorada como la única vez que lo estuve. Pero ninguna con las que había estado cumplía con mis expectativas. Desilusionada, les rompía el corazón.

Tras varias citas y encuentros sexuales más intensos que un volcán en erupción, Andrea me dejó claro que iba en serio conmigo. Poco tiempo después, alquilamos nuestro primer apartamento juntas y, cuando mi cartera de clientes creció, nos mudamos al piso actual. Tenemos planes de comprarnos nuestra propia casa cuando ahorremos algo más de dinero. Aunque la he mantenido hasta cierto punto porque trabaja a media jornada como enfermera para cursar un máster, siempre está pendiente de mí y me ilumina los días con su sonrisa. Sonrisa que yo he ido apagando.

Sé que no me he enamorado de Andrea como me gustaría, pero no quiero que me pase lo mismo que con las otras. Quiero esforzarme para hacerla feliz como ella me hace feliz a mí. Debo aceptar que no habrá otro amor como el que viví con la chica de la que me enamoré. El día de hoy no me ayuda…

Suspiro sentada en el sofá. Mis ojos abatidos se deslizan por el correo que hay sobre la mesita. Para evitar devanarme los sesos por el daño que le he hecho a Andrea, reviso los sobres. Facturas del agua y la electricidad. El banco ofreciéndome un préstamo personal. Promociones de IKEA, la tienda de muebles para el hogar donde Andrea y yo hemos comprado parte del mobiliario. Una citación para participar en un estudio sobre la prevención del cáncer de mama. Otra para una prueba de fertilidad y la presentación de un programa de fecundación in vitro. Andrea y yo hemos hablado de tener un bebé, contemplando la opción de adoptar, pero muy a futuro.

Para Katherine Fischer.

El último sobre me desconcierta porque es atípico. Los datos del destinatario están escritos a mano. De hecho, la letra me resulta familiar. Pero nadie me escribe cartas personales, no tengo amigos íntimos a distancia. En sí no tengo amigos íntimos desde el instituto.

Rasgo el sobre con cuidado y extiendo la hoja que había doblada en su interior.

¿Recuerdas lo que hiciste hace 12 años? Aún no has pagado por ello, Elizabeth Arias Fischer.

El texto, escrito con la misma caligrafía, me provoca un aterrador escalofrío. La respiración se me detiene como un reloj al que se le ha gastado la pila, mientras que mi corazón se acelera como un motor revolucionado. Sudo puro pavor. Mi visión se distorsiona hasta duplicar las letras. La hoja se sacude por el temblor que se ha apoderado de mis manos.

Bajo la tensión que estrangula mi garganta, volteo el sobre y descubro los falsos datos del remitente.

De: BLOODY_NEMESIS

Dirección: Desde el infierno al que perteneces.

BLOODY_NEMESIS… El nombre de aquella cuenta…

Elizabeth Arias… Un nombre que daba por olvidado…

¡Alguien sabe mi secreto!



Deja una respuesta

error: ¡¡Contenido protegido!!
Scroll al inicio